No hay media naranja / De tu lado con Alex

No hay media naranja / De tu lado con Alex

Al no sentirnos ‘enteros’, creemos que debemos extraer nuestra propia felicidad de otra persona.

Por: ALEXANDRA PUMAREJO
27 de noviembre 2018 , 09:04 p.m.

No hay duda de que la mayoría de personas somos sociables. Y, por lo general, tener una relación amorosa de pareja nos produce una increíble satisfacción.

Sentirse amado y acompañado, y amar incondicionalmente, es una sensación mágica que casi todos los seres humanos anhelamos. Me atrevería a decir que es un deseo permanente, el cual aparece desde que nacemos. Y, además del ‘efecto narcótico’ del enamoramiento, a lo largo de nuestra vida la sociedad nos alimenta la noción de que este es ‘el estado correcto’. Entonces, cuando no logramos tener relaciones exitosas, nos sentimos tristes y perdidos.

Nos han convencido de que somos medias naranjas que van por el mundo en constante búsqueda de la otra media, para poder sentirnos ‘completos’. Los solteros se creen defectuosos porque ‘les falta una parte’ y quienes están en relaciones mediocres andan frustrados y angustiados porque no logran encajar debidamente.

Al no sentirnos ‘enteros’, partimos de la base de que debemos extraer nuestra propia felicidad de otra persona o de una relación. Independientemente de si ya estamos emparejados o no, hacemos listas infinitas sobre las características que nos gustaría que tuviera esa persona para así por fin alcanzar la felicidad. Si estamos solos, la fantasía es gloriosa porque siempre existe la posibilidad de que algún día encontraremos nuestro complemento ‘perfecto’.

Pero lo más lo curioso es que incluso estando en una relación, no desamparamos nuestra idealización y constantemente comparamos la realidad con nuestras expectativas.

Permanentemente estamos midiendo a nuestra pareja con una vara que hemos creado en nuestra mente y olvidamos disfrutar lo que tenemos en la realidad.

Creo que esta es una de las razones más contundentes de los resentimientos y desacuerdos en las relaciones. Permanentemente estamos midiendo a nuestra pareja con una vara que hemos creado en nuestra mente y olvidamos disfrutar lo que tenemos en la realidad. Esperamos que esa persona haga contorsiones para convertirse en lo que queremos y pensamos que necesitamos.

Se nos olvida que nuestra felicidad no proviene de poder controlar a nuestra pareja ni de manipular una relación a nuestro antojo. Es producto de nuestro propio goce y plenitud. Antes de querer cambiar al otro o preocuparnos por si vale la pena, debemos ocuparnos de ser la mejor persona posible. Debemos ser lo que tanto queremos atraer.

Solo siendo la versión más linda, amorosa y alegre de nosotros mismos, lograremos tener la relación de nuestros sueños. La idea es gastar menos tiempo intentando controlar y más tiempo gozando nuestra propia existencia.

Recordemos que así como solo una flor abierta y florecida atrae las abejas, así nosotros plenos y radiantes atraemos la felicidad en el amor.

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