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Hay que aprender a escuchar y no dejarnos deslumbrar por las palabras

Hay que aprender a escuchar y no dejarnos deslumbrar por las palabras

De tu lado con Álex

06 de octubre 2021 , 10:28 a. m.

Dijo el Dalái Lama: “Cuando hablas solo repites lo que ya sabes, cuando escuchas puedes aprender algo nuevo”.

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Traigo a colación esta frase porque en días pasados leí un libro que me pareció fantástico. Se llama Callado: el poder de los introvertidos. La autora, Susan Cain, habla sobre la sobrevaloración que le ha puesto nuestra sociedad contemporánea a la necesidad de ser extrovertidos y permanentemente comunicativos.

Los puestos importantes se los ganan los que más y mejor ‘carreta’ hablen. Los políticos admirados y venerados son los grandes oradores, así sus palabras no tengan nada de trasfondo. En el colegio, si un niño no es sociable o es callado, los profesores llaman a los padres con gran consternación. Incluso les sugieren llevarlo a terapias con psicólogos para establecer por qué no interactúa o habla más.

Basada en varios estudios, ella afirma que muchos de los grandes descalabros financieros, entre ellos los empresariales y el de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos del 2006, tienen mucho que ver con que las personas nos dejamos deslumbrar por los charlatanes con grandes promesas, en vez de dejarnos guiar por las personas tímidas y de pocas palabras. Al mismo tiempo, asegura que las personas más silenciosas son mucho más analíticas y toman menos riesgos.

(Además: Luchar por nuestros derechos, sin dejar lo fabuloso de ser mujer).

Concluye que tomarse el tiempo de pensar y procesar antes de hablar, en vez de simplemente oír las palabras, es imprescindible en este mundo de tan rápidos y constantes movimientos.

Estoy convencida de que en nuestro diario vivir, con nuestros hijos o con nuestra pareja, constantemente oímos pero no escuchamos. Cuando nos hablan no estamos atentos para entender, porque por lo general estamos preparándonos para contestar o defendernos. El arte de verdaderamente escuchar se ha perdido. Nos dejamos hipnotizar por los gritos, las agresiones verbales y las palabras vacías. Le damos muy poco peso al proceso mental que deben conllevar los diálogos constructivos.

(También: Justificamos el fin, aunque el medio no sea ético o correcto)

Creo que si escucháramos de una manera más genuina con el ánimo de entender e incluso de validar, tomaríamos decisiones mucho mejores. Si en lugar de hablar con el fin de oír nuestra propia voz lo hiciéramos con argumentos bien pensados y constructivos. Si no nos precipitáramos a creerles a ciegas a los que hablan bonito, sino que hacemos la tarea de procesar, cuestionar y preguntar, no nos embaucarían tan fácilmente.

En este mundo de trinos, memes e información rápida y corta no se nos puede olvidar que el sentido de la vida no está en la velocidad, sino en la profundidad.

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