Las admirables mujeres que van por Colombia salvando playas y árboles

Las admirables mujeres que van por Colombia salvando playas y árboles

Acodal operará el programa que certifica las playas turísticas de mejor calidad ambiental.

Mujeres que van por Colombia salvando playas

En Capurganá, Chocó, está una de las doce playas seleccionadas en Colombia para iniciar el plan piloto del programa Bandera Azul.

Foto:

ARCHIVO EL TIEMPO

Por: Juan Gossaín
22 de agosto 2018 , 08:01 p.m.

Lo recuerdo perfectamente: era sábado.

Iba yo por las afueras de Cartagena y, de sopetón, me encontré con un gentío que sembraba árboles en las calles de un barrio cercano a las playas. En una esquina había varias personas que estaban cantando. Pensé que era alguna fiesta. Algo así como una tómbola de vecinos o una caseta de baile.

Periodista al fin y al cabo, la curiosidad hizo que me detuviera a preguntar qué era lo que estaba pasando. Alguien tuvo la gentileza de informarme que se trataba de un grupo de ingenieros. En ese primer momento no comprendí muy bien la relación que puede haber entre un palo de guayaba y un ingeniero.

Tuve que esperar dos días para entender lo que había sucedido y aclarar el misterioso caso de los árboles callejeros. El lunes me invitaron al congreso internacional de Acodal, que es la Asociación Colombiana de Ingeniería Sanitaria y Ambiental. Allí, en el gigantesco salón, estaban los mismos sembradores de árboles, encabezados por un grupo de mujeres.

Fue entonces cuando la ingeniera Maryluz Mejía de Pumarejo, presidenta de esa agremiación de profesionales, me explicó qué era lo que yo había visto el sábado.

“Hicimos un convenio con la empresa llamada CO2Cero, en el que establecimos que, como Cartagena es la sede de nuestro congreso anual, los miembros de Acodal debíamos compensar la huella de carbono que dejamos sobre la ciudad.

Vamos por partes, para decirlo en un lenguaje cristiano y comprensible. Las actividades humanas producen CO2, gas carbónico, que anda por el aire, lo contamina todo y destruye la vida en el planeta. Provoca cambios climáticos, incendios monumentales en los bosques, nevados que se derriten, montañas que desaparecen, evaporación de los mares, muerte de animales y plantas, irritaciones en el organismo humano y hemorragias colectivas. El desastre del apocalipsis.

Hay una manera de combatir semejante tragedia monstruosa: sembrando árboles y matas que filtran ese gas y producen, a cambio, una purificación del aire que consumen los humanos, el agua, el pájaro y el clavel. Ya saben: sembrar una matica es la manera de contrarrestar los efectos devastadores de la huella de carbono.

Ahora sí entendí. El gentío de aquel sábado estaba ayudándonos a corregir las consecuencias del cambio climático, a detener la desaparición del agua, a preservar los bosques, a evitar que agonicemos en medio de sequías interminables o de tormentas impredecibles.

Nelson Castaño, ingeniero ambiental y sanitario que también es directivo de Acodal, me cuenta que ese día ellos sembraron 684 árboles que le producirán a Cartagena 171 toneladas de aire limpio durante un año.

Las mujeres adelante

Entre charla y charla, preguntando aquí y averiguando allá, me entero de que son tres mujeres las que están al frente de estos temas en la asociación de ingenieros ambientales. Las mujeres, como siempre, luchando por sus hijos y sus nietos, por sus sobrinos y vecinos, por la especie humana completa.

Cuando no es Policarpa Salavarrieta haciéndose fusilar por la independencia de Colombia, es madame Curie, que ganó dos veces el Premio Nobel de Física, nada menos.

El ingeniero Castaño es quien me presenta a las tres señoras. La primera es la propia ingeniera Mejía de Pumarejo, que dirige todo el gremio. La segunda no es colombiana, sino oriunda de Puerto Rico. Se llama Lourdes Díaz Colón. Es miembro de la junta directiva mundial de la Fundación de Educación Ambiental, que tiene su sede en Copenhague, la capital de Dinamarca.

Está aquí porque la invitaron al congreso de Acodal para el lanzamiento en Colombia del programa Bandera Azul. En un momentico hablamos de eso. Y la tercera nació en Santa Marta. Es Roxana Paola Nieto, administradora de empresas y operadora nacional de la Bandera Azul en Colombia.

Origen del plan

Me siento a conversar con estas tres mujeres que son, en realidad, fuera de lo común.

La señora Díaz Colón, que acaba de llegar de Europa, me cuenta que Bandera Azul nació en Francia como un programa ambiental hace un poco más de treinta años, en 1987
. “Es una lucha constante, un desafío por proteger el planeta. Cada año concedemos premios a las playas que cumplen con las condiciones ecológicas, sanitarias, de instalaciones y seguridad”.

Hoy en día, el proyecto idealista de aquellos soñadores admirables que solo buscaban proteger a la humanidad funciona en el mundo entero, en casi ochenta países repartidos por toda la superficie terrestre; en Europa, el Oriente cercano y el lejano, en África y en trece naciones de América –incluyendo ahora a Colombia– y hasta en la lejana Oceanía, el continente donde hay más agua que tierra y más canguros que gente.

En este momento, si usted suma las doce playas que están empezando a operar en Colombia, hay cerca de cinco mil que forman parte de Bandera Azul en todos los rincones del planeta.

Preselección Colombia

La verdad es que las mujeres están jugando un papel fundamental en esta ardua lucha por preservar el planeta de los terribles peligros que implica el cambio climático y la acelerada desaparición del agua, ya sea dulce o salada.

Por eso, en enero de este año, hace apenas siete meses, la Fundación para la Educación Ambiental, desde Europa, escogió al gremio de Acodal para operar en Colombia el programa internacional que se encarga de certificar cuáles son las playas turísticas de mejor calidad ambiental que hay en el mundo, teniendo en cuenta factores tan significativos como la calidad misma del agua marina y la gestión que se hace para preservarla.

Esa historia empezó a fraguarse desde hace casi veinte años, a comienzos de la década del 2000, cuando nuestro país dio los primeros pasos en los programas para asegurar el futuro de las playas nacionales, que son tantas, por fortuna, a lo largo de ambos mares.

Fue así como el propio Estado, a través del Viceministerio de Turismo, se propuso reforzar los mecanismos y herramientas para que hubiera un mejoramiento continuo de las costas marinas. Al fin y al cabo, la playa es el primer atractivo turístico del país. Y su mayor reserva ecológica.

Calidad y seguridad

Según me cuenta Roxana Paola Nieto, operadora del programa en Colombia, la función de ellos se enfoca en dos aspectos principales: “Promocionar el programa para hacer que cada día lo conozcan más los ciudadanos y las organizaciones turísticas y ambientales. Además, velar también porque se cumplan sus orientaciones y sus metas, para que los avances que buscamos se vuelvan realidad”.

Ese programa de protección y mejoramiento de las playas marinas se agrupa en cuatro áreas del plan Bandera Azul: educación e información ambiental, la calidad del agua donde se baña la gente, la gestión ambiental permanente para mejorar las playas y un segmento especial de seguridad y servicios tanto para los bañistas nativos como visitantes.

En los últimos tiempos, esas normas y requisitos han sido ampliados para que incluyan también a los operadores de embarcaciones particulares y los puertos deportivos privados, que ahora se conocen como “marinas”.

De suerte que, tras un cuidadoso proceso de selección, y tal como lo dije ya, fueron escogidas doce playas para iniciar el programa en ellas. Es bueno advertir que por ahora están en la etapa piloto, que luego permitirá señalar cinco de esos lugares para implementar el programa en Colombia. Invito a las gentes de cada una de esas regiones a hacer el máximo esfuerzo y a poner el mayor entusiasmo, para que sean favorecidas.

Del Caribe al Pacífico

Las doce playas seleccionadas para iniciar los primeros pasos del plan piloto, dispersas por la geografía acuática del país, al norte, noroeste, oeste y occidente, están sobre ambas costas.

De ellas, nueve están en el Caribe y las otras tres en el Pacífico. Para información de todos los lectores, la siguiente es la lista completa de estos preseleccionados, si me permiten ustedes decirlo en términos deportivos:

En el mar Caribe

* Playa Urbana, en Riohacha.
* Playa Blanca, en Santa Marta.
* Puerto Velero, en Barranquilla.
* Playa del Pescador, en Necoclí (Antioquia).
* Playa Dulce, en Turbo (Antioquia).
* Capurganá, en el Chocó.
* Y tres playas más en el archipiélago de San Andrés: Spratt Bight, Rocky Cay y Johnny Cay.

En el océano Pacífico

* Las tres playas preseleccionadas en el Pacífico quedan todas en jurisdicción de Buenaventura: la del Hotel Maguipi, la de La Barra y la de La Plata.

Epílogo

¿Se dan cuenta ustedes de todo lo que uno averigua y lo que aprende si se sienta a conversar con tres mujeres?

Cuando me levanto de la reunión viene a mi memoria una frase que he repetido toda la vida, y que es como el lema que llevo escrito en mi escudo imaginario: lo importante en esta vida no es adónde llegas, sino para dónde vas.

Termina nuestra charla. Estamos en un salón amplio y luminoso, frente al mar, y a través de los vitrales puedo ver a los bañistas metidos en el agua. Hay varios niños que corretean. Nos separa de ellos el arenal brillante que relumbra bajo el sol de la mañana.

La ingeniera Mejía de Pumarejo me tiende la mano, para despedirse, y es entonces cuando resume toda esta historia y nuestra larga conversación de una manera perfecta:

“Al fin y al cabo –remata ella–, lo que buscamos es despertar conciencia sobre la importancia de cuidar el medioambiente, que es como cuidar nuestra propia vida, mientras se disfrutan las delicias de un baño de mar”.

Ahora solo falta la colaboración de las autoridades.

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO

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