Diego Cardeñosa, el científico colombiano que defiende a los tiburones

Diego Cardeñosa, el científico colombiano que defiende a los tiburones

El biólogo marino habla sobre la polémica resolución de cuotas de pesca de escualos en el país.

Tiburones

Según el biólogo, los tiburones martillo son la especie más apetecida para la comercialización ilegal.

Foto:

Cortesía Diego Cardeñosa

Por: Ángela Posada-Swafford
16 de noviembre 2019 , 10:00 p.m.

Con un gesto de triunfo, el biólogo marino Diego Cardeñosa rompe la superficie del mar frente a la isla de Serranilla, en la Reserva de la Biósfera Seaflower del Caribe colombiano. Tras una ardua inmersión en apnea a diez metros de profundidad ha logrado anclar sobre el fondo un aparatoso andamiaje que parece una araña de acero con cámaras GoPro y un kilo de carnada pegado en las extremidades. La operación se repite otras siete veces en puntos distintos del arrecife, para pocas horas después recuperar una a una las ‘arañas’ con sus cámaras y regresar al campamento a ver las películas.

A cambio del esfuerzo diario durante las Expediciones Seaflower (desde 2017), Cardeñosa y sus colegas –que han incluido a Camila Cáceres, de Florida International University, y Sabrina Monsalve, de la Comisión Colombiana del Océano– se han regalado el lujo de descubrir que, a pesar del mal estado de los arrecifes coralinos de la reserva, Seaflower es el sitio de mayor abundancia de tiburones en el Caribe.

El proyecto se llama Global FinPrint, y es el intento más grande hasta la fecha de medir las poblaciones mundiales de escualos. Liderado por el ecólogo molecular de FIU Demian Chapman, en los últimos cinco años ha puesto ‘ojos’ en más de 400 arrecifes coralinos de 58 países, acumulando 20.000 horas de video. Esto es importante porque la falta de información exacta y completa del comportamiento de estos magníficos peces depredadores, críticos para la salud de los mares, dificulta los esfuerzos de restaurar sus poblaciones.

Los resultados en el Caribe colombiano han sido tan inesperados como interesantes. Los videos muestran una alta abundancia de tiburones de todos los tamaños y al menos siete especies desfilando ante las cámaras solos, en parejas, en grupos, rondando la carnada, oliscándola, empujándola con la nariz, y hasta zampándosela con todo y canasta de malla. Son seres fascinantes, distantes. Nadan en estos mares antes de que los continentes decidieran su geografía actual, adelantándose 200 millones de años a los mismísimos dinosaurios. Este estudio abre nuevas posibilidades para entrever sus misterios.

“Aunque los corales no están bien, de alguna forma esos tiburones deben estar aprovechando zonas del talud de los arrecifes donde las pesquerías de los archipiélagos no llegan, y donde hay mucho alimento”, dice Cardeñosa, quien está terminando su doctorado en Stony Brook University. “Además, los 180.000 km² de Seaflower son un santuario de tiburones desde 2008, allí, no se pueden capturar ni comercializar estos peces. Por los resultados que hemos obtenido, es obvio que las regulaciones de protección se cumplen en ese santuario por parte de las comunidades locales”.

Ciencia detrás del tráfico

Pero Seaflower es solo parte del amplio trabajo de Cardeñosa en materia de la conservación y estudio de los tiburones. De hecho, muchas de sus contribuciones tienen que ver con el tráfico de aletas y su carne, así como la ciencia para detectar qué especies están siendo traficadas, y el entrenamiento de los funcionarios fronterizos de varios países.

En 2017, junto a Chapman y otros colegas, Cardeñosa publicó una técnica que lee trozos de secuencias de ADN para detectar qué especie de tiburón hay dentro de productos altamente procesados tales como cremas, máscaras faciales, cápsulas de aceite de hígado y los trozos de aletas que se venden en los mercados asiáticos dentro de bolsas listas para preparar la famosa sopa.

“Hong Kong es el lugar de mayor tráfico legal e ilegal de aletas de tiburón en el mundo, y por eso lo escogimos para un estudio piloto iniciado en 2014 que busca usar esa y otras técnicas genéticas para identificar la composición de especies de tiburones en los mercados”, explica. “Cada mes compramos en esa ciudad dos bolsas de trozos de aletas a diez vendedores al azar. De cada una sacamos diez retazos y los identificamos en el laboratorio, y hemos descubierto que hay más de 80 especies en tráfico, de las cuales al menos tres son de tiburones martillo, listadas en el Apéndice II de la Convención Cites, están entre las más comunes en el mercado”.

Para profundizar el estudio, Cardeñosa comparó las 5.500 toneladas de aletas que Hong Kong reportó haber importado legalmente en 2015, con las escasas 24 toneladas de especies Apéndice II reportadas por la Cites. “Es decir, la proporción de aletas Cites que entraron legalmente a Hong Kong comparada con lo que entró en total ese año es 0,4 %. Eso suena muy poquito. Si fuera así, esa proporción debería verse reflejada en el contenido de las bolsas de retazos en el mercado”.

Pero en realidad, tras analizar más de 9.000 muestras, encontraron que en esos paquetes hay hasta un 8 % de trozos de especies de tiburones martillo que incluyen el ‘Sphyrna lewini’ y el ‘Sphyrna zygaena’, entre las más apetecidas para el dichoso caldo. Encima de todo, según otro estudio de Cardeñosa, estas dos especies también lideran la nueva tendencia del comercio de las aletas pequeñas, la mayoría proveniente de animales jóvenes.

Aleteo en Cali

En el país se han adelantado manifestaciones pacíficas contra la resolución sobre cuotas globales de pesca en el país para 2020, que incluye al tiburón, especie amenazada en su supervivencia. 

Foto:

Juan Pablo Rueda Bustamante / El Tiempo

“Cuando nos dimos cuenta de todo eso, nos pareció obvio que debería haber también mucho tráfico ilegal, por lo que diseñamos un laboratorio móvil para análisis de ADN ‘in situ’ para detectar especies Cites de manera rápida y efectiva. Las autoridades lo ponen ahí, durante las inspecciones de los contenedores de barcos que vienen cargados de aletas secas sin procesar, y obtienen la respuesta ‘sí’ o ‘no’ de si las aletas bajo examen están en la lista de Cites o no”.

Y en Colombia, ¿qué?

Este protocolo fronterizo, continúa el experto, detecta pedazos de aletas y carne de tiburón que son muy difíciles de identificar visualmente. “Demora entre tres y cuatro horas, pero puede procesar 96 muestras de un solo jalón”, explica, aludiendo al trabajo publicado con Chapman el año pasado en la revista indexada ‘Scientific Reports’. Cardeñosa pasó el 2018 en Hong Kong entrenando a las autoridades en el uso del método, que, dicho sea de paso, no es algo que les deje dinero a los investigadores porque no tienen la patente de una máquina o reactivos. Desde entonces, el biólogo ha guiado a funcionarios en varios países, incluyendo a Perú, donde el éxito ha sido notable, pues es una de las naciones latinoamericanas donde hay más tráfico de aletas, y donde ahora se confiscan en mayor cantidad.

Según Cardeñosa, “que la polémica nueva resolución abra la puerta al aleteo es algo que no es cierto porque el país ya prohíbe esa práctica: no se puede descargar o traer ningún tiburón sin las aletas adheridas, o las aletas sin cuerpo. Lo que dice la normativa es que usted puede capturar un tiburón, traerlo a la costa y allí en tierra firme cortarle las aletas y venderlas. Eso es distinto del aleteo, en que el animal es devuelto al mar sin esas extremidades. El problema con la resolución más bien es que es probable que no se haya hecho con los datos precisos, y que entonces las cuotas estén muy por encima de lo que deberían para hacer un uso sustentable por parte de las comunidades costeras”.

Además, dice, la gran mayoría de las especies que pusieron en la resolución son especies altamente migratorias. “Estudios genéticos demuestran que la población de tiburones zorro, los alopias y el sedoso de Colombia son las mismas que en México o Ecuador, por ejemplo. Por eso, sería importante revisar qué cuotas tienen esos países anualmente para esas especies. Y Colombia debe emitir los permisos requeridos por Cites para el comercio de estas especies, incluyendo un Dictamen de Extracción no Perjudicial. De lo contrario se estarían violando los compromisos adquiridos ante Cites”.

Que la polémica nueva resolución abra la puerta al aleteo es algo que no es cierto porque el país ya prohíbe esa práctica

Finalmente, comparada con la comercialización de aletas en otros países, la actividad en Colombia es baja. “Si tenemos en cuenta el volumen que se está permitiendo exportar de esas aletas, es solo el 0,2 % del total global importado por Hong Kong en un año, y a Hong Kong solo llega entre el 50 y el 60 % del volumen global anual. Es una mínima fracción de lo que es realmente el tráfico de aletas de tiburón a nivel global”.

Últimamente, Diego Cardeñosa pasa buena parte de su tiempo en Colombia, trabajando con las comunidades wayú en Punta Gallinas para enseñarles a capturar y liberar tiburones con el método científico: medirlos, marcarlos, anotar su sexo y devolverlos al mar. El Proyecto Puyuii (‘tiburón’) podría convertirse en una fuente de entrada de ecoturismo para ellos. También inició una campaña para proteger a los tiburones del potencial desarrollo de la costa Pacífica colombiana.

Al final de cuentas, el problema de la conservación y regulación de los tiburones a nivel mundial se reduce a falta de conocimiento acerca de la biología y comportamiento de estas criaturas que operan en su propio universo surrealista. Hay que ser optimista acerca de estos peces de antiquísimo linaje, pero también hay que usar el poder de la investigación científica para acudir en su ayuda, y entender que los tiburones están –deben estar– entre nosotros.

Sorpresas anatómicas de los tiburones

- Poseen el cerebro más grande de todos los peces.

- No tienen cuerdas vocales y no producen sonidos.

- Los martillo son la especie más joven: aparecieron hace 20 millones de años.

- Las hembras de tiburón pierden el apetito antes de dar a luz: un mecanismo para evitar que se coman a sus crías.

- Los músculos y nervios del cráneo que nos permiten tragar y hablar son los mismos que mueven las branquias de los tiburones.

ÁNGELA POSADA-SWAFFORD*
Para EL TIEMPO* Periodista científica y corresponsal sénior de ciencia.

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