Otra epidemia invisible: suicidio en comunidades indígenas/ Opinión

Otra epidemia invisible: suicidio en comunidades indígenas/ Opinión

El comportamiento suicida ya no es un incidente aislado o una respuesta a circunstancias adversas.

Uribia, el pueblo más seco

Imagen de referencia. 

Foto:

Maurico Moreno

Por: Daniel Botero Arenas
30 de abril 2020 , 03:35 p.m.

Solo hace unas semanas las personas que se preocupaban cotidianamente por el nacimiento de nuevas epidemias podían ser agrupadas en dos bandos: especialistas de la salud y pacientes psiquiátricos. Hoy, esta angustia es universal.

La humanidad se encuentra unida haciéndole frente a un enemigo invisible y aparentemente omnipresente. Los que antes tenían dudas sobre su salud, ahora se están tornando ansiosos, y los que padecían de ansiedad están entrando en pánico. Y si bien hay algo tranquilizador en dicha universalidad, no debemos olvidar que seguirán existiendo grupos desmedidamente afectados como lo son las comunidades indígenas.


La pandemia del nuevo coronavirus (COVID-19) nos proporciona una oportunidad para poder hablar acerca de problemáticas de salud a gran escala que, aunque no tienen origen microbiano, se mantienen prácticamente invisibles. Hablo de las epidemias causadas por enfermedades mentales, como la ansiedad y la depresión, que no han recibido la atención merecida por parte de la academia y los medios. Ignorar estas problemáticas, o restarles importancia, constituye un error de juicio comparable a negar la existencia del cambio climático.

Y aunque estas no se puedan observar bajo un microscopio, tienen patrones de transmisibilidad y virulencia similares al del virus que ocasionó el COVID-19. Sin intervenciones adecuadas, la ansiedad, la depresión y el cambio climático pueden causar estragos en comunidades enteras, incluyendo la muerte de muchos de sus habitantes.

Una de estas epidemias es la crisis de suicidio en las comunidades indígenas, particularmente en la comunidad Embera-Katio. En cierto sentido, esta epidemia lleva incubándose desde hace siglos por la marginalización y el desplazamiento forzado al que se han visto sujetas estas comunidades. La conducta suicida no es necesariamente nueva entre los nativos americanos, de hecho, el suicidio colectivo fue utilizado por estos grupos como una forma de resistir la esclavización a manos de los conquistadores.

Lo que si es notable, es que la magnitud del problema, medida a través de la prevalencia de la ideación suicida y del suicidio consumado, ha incrementado en los últimos años debido a la desterritorialización causada por el conflicto armado y la transformación de los territorios a sistemas de producción insostenibles.

Podría argüirse que estos suicidios también están relacionados al cambio climático, debido a que los territorios sagrados que estas comunidades están perdiendo están siendo destinados a actividades extractivas que degradan los ecosistemas y causan alrededor del 50% de las emisiones de gases de efecto invernadero del país (la ganadería, la deforestación, la minera, entre otras). La sensación de perdida se ve agravada por la profanación.

El comportamiento suicida ya no es, dentro de estas comunidades, un incidente aislado o una respuesta a circunstancias adversas. Se ha convertido en una conducta frecuente en un porcentaje relativamente fijo de sus integrantes: los jóvenes.

La tasa de suicido en los Embera es de aproximadamente 500 por cada 100,000 habitantes, cifra que resulta macabramente colosal al ser comparada con la de 7 por 100,000 habitantes que corresponde a la tasa de suicidio promedio nacional en el 2016. Es altamente probable que, debido a la falta de interés en esta problemática y a la baja calidad de la atención de salud mental en las zonas rurales y urbanas donde habitan, esta cifra en realidad sea mayor.

Queda claro que un gran desafío ante el que se encuentran las autoridades sanitarias es de naturaleza cultural. Hace falta buscar adoptar una sensibilidad que permita intervenir para llevar a cabo una prevención del suicidio eficiente dentro de estas culturas, sin ser invasivos y sin que dicha intervención termine siendo parte del problema, es decir, que contribuya a sensaciones de desposesión o de falta de autonomía que puedan incrementar la incidencia del suicidio.

Para lograr esto será necesario un esfuerzo interdisciplinario, un trabajo en equipo entre la antropología, la psicología y la psiquiatría, al igual que con las entidades involucradas en el territorio.

También existen desafíos a la hora de lidiar con esta epidemia que trascienden los confines de la medicina y la cultura. Ciertas actividades económicas extractivas, como la minería ilegal, la especulación de tierras y la ganadería extensiva, han incrementado la severidad de la desterritorialización de estas comunidades. Cambios en el desarrollo económico del país podrán aliviar, así sea de forma indirecta, la carga de suicidio en estas comunidades. Esto requerirá, por supuesto, mayor voluntad política.

Será necesario abordar este problema sin recrear dinámicas que recuerdan al paternalismo de la conquista y la colonia. El diseño de estas intervenciones debe estar dotado de gran sensibilidad cultural, usando la medicina convencional, sin deslegitimar las tradiciones medicinales indígenas. Los psiquiatras y epidemiólogos tendrán que entenderse con los hierbateros y jaibanás que forman el sistema de salud ancestral en estas comunidades. La interculturalidad en la medicina será un requisito para la efectividad de esta intervención.

La crisis del COVID-19 nos ha abierto los ojos al mundo de los padecimientos invisibles, intangibles. Una de ellas, la ideación suicida, afecta de manera desmedida a las comunidades indígenas que han gestionado de manera efectiva y sostenible los territorios más valiosos del país desde hace milenios. Nuestra actual preocupación colectiva frente a las epidemias podría aprovecharse para obviar la necesidad de abordar la salud mental desde los territorios, y entender que su actual estado de emergencia es a causa de un modelo económico que ve a la naturaleza como un obstáculo al desarrollo. ¿Podemos llamarle desarrollo al incremento en los suicidios en las poblaciones más vulnerables del país?

Daniel Botero Arenas – Miembro de la organización de activismo climático juvenil PactoXElClima

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