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El Ártico se derrite y estas serán las consecuencias para el mundo
Calentamiento global

Desde los años noventa, el calentamiento global es dos veces más rápido en el Polo norte que en cualquier otro lugar del planeta.

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Frederique Olivier. AFP

El Ártico se derrite y estas serán las consecuencias para el mundo

Rápida reducción del hielo en el Ártico podría adelantar el cambio climático extremo en 25 años.

Es difícil imaginar efectos más devastadores del cambio climático que los incendios que han estado arrasado este año a California, Oregón y Washington, o la procesión de huracanes que se han acercado –y, a veces, asolado– a la costa del Golfo de México.

También hubo olas mortales de calor en India, Pakistán y Europa, así como inundaciones devastadoras en el sudeste asiático. No obstante, lo peor está aún por venir, con un riesgo particular que es tan grande que amenaza por sí solo a la humanidad misma: el rápido agotamiento del hielo marino del Ártico.

Trayendo a la memoria una película de Alfred Hitchcock, esta ‘bomba climática’ –que, en cierto momento, podría más que duplicar la tasa de calentamiento global– tiene un temporizador que se observa con creciente ansiedad.

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Cada septiembre, la extensión del hielo marino del Ártico alcanza su nivel más bajo, antes de que la oscuridad alargada y la caída de las temperaturas causen que comience a expandirse de nuevo. En este punto, los científicos comparan su extensión con la de años anteriores.

Los resultados deberían asustarnos a todos. Este año, las mediciones del National Snow and Ice Data Center en Boulder, Colorado, muestran que hay menos hielo que nunca en el centro del Ártico, y una investigación recién publicada muestra que el hielo marino invernal en el Mar Bering del Ártico alcanzó su nivel más bajo en 5.500 años en 2018 y 2019.

En todo el Ártico, el hielo marino alcanzó su segunda extensión más baja jamás vista a mediados de septiembre. Las cantidades varían de año en año, pero la tendencia es inexorablemente descendente: todos los 14 de septiembre con menos hielo marino han ocurrido en los últimos catorce años.

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Pero el hielo marino no solo cubre menos área; también es más delgado que nunca. El hielo marino más antiguo (de más de cuatro años de edad), que es más resistente al deshielo, ahora constituye menos del 1 % de toda la capa de hielo marino. El hielo del primer año es el que domina en la actualidad, lo que hace que la capa marina sea más frágil y se derrita más rápido. Tanto, que los científicos esperan que dentro de una o dos décadas el océano Ártico podría estar casi sin hielo a finales de cada verano.

La pérdida de todo su hielo durante los meses del sol sería equivalente a añadir un millón de millones de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera y el mar subirá de nivel.

Una ‘bomba climática’

Los efectos serían catastróficos. En el escenario extremo, que podría ocurrir en el lapso de décadas, la pérdida de todo el hielo durante la totalidad de los meses soleados produciría un calentamiento radiactivo global equivalente a añadir un millón de millones de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera.

Para poner esto en perspectiva, en los 270 años transcurridos desde el comienzo de la Revolución Industrial se han añadido 2,4 millones de millones de toneladas de CO2 a la atmósfera. Cerca del 30 % del calentamiento del Ártico ya se ha agregado al clima debido al hielo perdido entre 1979 y 2016, y rápidamente habrá más calentamiento a medida que se pierda mayor cantidad del hielo restante.

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Un bloque de hielo del doble del tamaño de Manhattan se desprendió de la mayor plataforma de hielo del Ártico en el noreste de Groenlandia, luego de que se alcanzaran temperaturas veraniegas récord.

Este escenario extremo impulsaría el cambio climático adelantándolo en 25 años, y no es para nada descabellado. Apenas el mes pasado, un bloque de hielo del doble del tamaño de Manhattan se desprendió de la mayor plataforma de hielo del Ártico que quedaba, en el noreste de Groenlandia, luego de que se alcanzaran temperaturas veraniegas récord.

Mientras tanto, en tierra firme, la capa de hielo de Groenlandia también está en peligro. En vista de que el calentamiento ártico se produce al menos dos veces más rápido que el calentamiento global promedio, la tasa de deshielo de Groenlandia se ha triplicado al menos en las dos últimas décadas. Se cree que esto será irreversible en una década o menos. Con el pasar del tiempo, este deshielo hará que el nivel del mar se eleve hasta en 7 metros (23 pies), ahogando a ciudades costeras, si bien es muy probable que este pico no se alcance en cientos de años.

Para agravar el problema de la aceleración del calentamiento del Ártico, se tiene el riesgo de deshielo del permafrost que se retroalimenta reforzándose a sí mismo. Con el doble del carbono bloqueado en el permafrost del que ya está en la atmósfera, liberar incluso parte de dicho carbono podría ser desastroso. El deshielo del permafrost también liberaría gases de efecto invernadero aún más potentes: óxido nitroso y metano. A medida que aumenten las temperaturas globales, también es posible que se emita aún más metano desde el lecho del mar poco profundo de la plataforma ártica de Siberia oriental.

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Es evidente que se necesitan medidas urgentes para mitigar estos riesgos gigantescos, que incluso pueden considerarse como riesgos existenciales para muchas de las especies que habitan el planeta.

Esta muy claro que es necesario reducir rápidamente las emisiones de CO2, pero eso no es ni de lejos suficiente. De hecho, los estudios muestran que aún las reducciones rápidas de CO2 mitigarían únicamente un aproximado de entre 0,1 y 0,3 °C de calentamiento de CO2 hasta el 2050.

Por eso también es vital reducir las emisiones de los llamados contaminantes climáticos de corta duración: metano, carbono negro, hidrofluorocarburos (HFC) y ozono troposférico. Esta acción podría mitigar seis veces más el calentamiento que las reducciones de las emisiones de CO2 hasta el 2050. En general, la eliminación de las emisiones de estos supercontaminantes reduciría a la mitad la tasa de calentamiento global general y reduciría el calentamiento proyectado en el Ártico en dos tercios.

Se están logrando algunos avances. Hace casi cuatro años, en Kigali (Ruanda), 197 países aprobaron una enmienda al Protocolo de Montreal centrada en la eliminación gradual de los HFC. (El Protocolo de Montreal ya ha facilitado la eliminación de casi 100 productos químicos que impulsan el calentamiento global y ponen en peligro la capa de ozono). 

Además, en Estados Unidos el mes pasado el Senado llegó a un acuerdo bipartidista para reducir la producción e importación de HFC en un 85 por ciento hasta el año 2036. Por su parte, California ha reducido las emisiones de carbono negro en un 90 por ciento desde la década de 1960 y reducirá a la mitad desde ahora hasta el año 2030. Y, la Alianza climática de Estados Unidos –un grupo bipartidista de 25 gobernadores estatales– ha fijado el objetivo de reducir las emisiones de metano en aproximadamente 40 a 50 por ciento hasta el año 2030.

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Voluntad política

Estos son metas loables. Pero alcanzarlas, sin siquiera llegar a mencionar los objetivos más ambiciosos necesarios para frenar el aumento de la temperatura global, nos obligará a superar fuertes vientos en contra, empezando por aquellos causados por la administración del actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que se opone a los objetivos de reducción de emisiones.

Incluso si Trump pierde las elecciones esta semana, el Ártico –y todo el planeta– estarán en grave peligro a menos que la nueva administración fortalezca radicalmente los esfuerzos para reducir las emisiones de CO2 y de contaminantes climáticos de corta duración.

Personas en todo el mundo ya están perdiendo sus hogares y medios de vida a causa de mortales incendios, inundaciones, tormentas y otros desastres. Pero la realidad es que situaciones mucho peores podrían estar aún por venir.

MARIO MOLINA* Y DURWOOD ZAELKE**
© Project Syndicate
San Diego

* Mario Molina, premio Nobel de Química en 1995 y profesor por años de la Universidad Autónoma de México y de la Universidad de California en
San Diego, murió durante la preparación de este artículo.

** Durwood Zaelke es presidente del Instituto de Gobernanza y Desarrollo Sostenible y codirector del Programa de Gobernanza para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de California. © Project Syndicate


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El peor octubre en la historia

La superficie de hielo ártico registró este año su superficie más pequeña para un mes de octubre desde que se tiene registro de este tema, según datos presentados esta semana por el Instituto Meteorológico de Dinamarca (DMI).

“El crecimiento de la banquisa es más lento de lo habitual”, dijo el científico Rasmus Tonboe, experto del DMI, quien subrayó que esto no se había visto desde el inicio de las mediciones satelitales, en 1979. El dato se suma a que en septiembre el tamaño de la capa de hielo ártica ya fue el segundo menor jamás registrado, luego del de 2012.

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El derretimiento de una parte de la capa de hielo es normal en verano; de hecho, todos los años se reduce a algo más de 5 millones de kilómetros cuadrados y luego se recupera en el invierno, para alcanzar unos 15 millones de kilómetros cuadrados. Pero con el calentamiento climático se derrite cada vez más en verano y se recupera cada vez menos en invierno.

Y es que hay que anotar que desde los años 90, el calentamiento global es dos veces más rápido en el Polo norte que en cualquier otro lugar del planeta.

En palabras de Claire Parkinson, climatóloga de la Nasa, cuyos satélites miden los hielos de los polos, mientras menos hielo haya, menos rayos solares se reflejan y más son absorbidos por los océanos, lo que los calienta. Una situación que, entre otras consecuencias, está minando el hábitat de los osos polares, que según cálculos científicos habrán prácticamente desaparecido para el año 2100 si las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) continúan como van.

(Le recomendamos: ‘Es el momento para pasar a la acción con la descarbonización’).

Hoy quedan menos de 26.000 osos polares distribuidos en 19 subpoblaciones en Canadá, Alaska, Siberia, la isla Svalbard y Groenlandia. Y por culpa de la pérdida de la bancada de hielo, que dificulta su alimentación, se ha vuelto común verlos deambulando, famélicos, por poblaciones urbanas de Siberia, y otras zonas que limitan con el Ártico, en busca de comida.

*Con información de AFP

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