Una estrategia sostenible para una crisis indefinida

Una estrategia sostenible para una crisis indefinida

Buscar medidas que cuiden vidas pero que también sean sostenibles en el tiempo. Asia es un ejemplo.

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Tras seis semanas de aislamiento, países como España han permitido la salida controlada de menores de edad para que realicen actividad física.

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Cristina Quickler. AFP

Por: Francis Cheneval*
28 de abril 2020 , 11:12 a.m.

Con algunas excepciones, todos los países practican actualmente el cierre y confinamiento a gran escala. Quienes están en el poder contrarrestan las consecuencias económicas negativas haciendo distribuciones ampliamente aceptadas del erario.

Todas estas medidas son legales, es decir, no se trata de un estado de excepción en el sentido de Carl Schmitt, sino de una ley de emergencia dentro de los parámetros constitucionales. Son necesarias y probablemente adecuadas en su mayor parte en las condiciones actuales. Pero no son sostenibles.

Nadie parece ser capaz de predecir exactamente cuánto tiempo el coronavirus, y los nuevos virus que están por venir, nos mantendrán a raya. Debemos empezar a pensar en una estrategia antivirus sostenible.

Si el debate no se lleva a cabo ahora de manera crítica, multidisciplinaria y pública y se canaliza hacia una estrategia común, existe la posibilidad de que nos enfrentemos a riesgos sistémicos que podrían resultar mucho peores que los que estamos experimentando actualmente.

Las medidas antivirus son sostenibles si no dan lugar a riesgos sistémicos incalculables, aunque se apliquen durante un largo período de tiempo o, incluso, de forma permanente.

Hay, comprensiblemente, una cierta vacilación en pensar más allá. La tarde en que el búho de Minerva asciende para mirar sabiamente los eventos del día aún no ha llegado.

Estamos en medio de la crisis, y el privilegio de saber en retrospectiva aún no es nuestro. Sin embargo, parece que está surgiendo un cierto núcleo de conocimientos.

Aquí van algunas compilaciones y alimento para el pensamiento

Primero, el planeta está experimentando actualmente un momento cosmopolita ambivalente. Un peligroso enemigo externo, un virus microscópico, une a toda la humanidad en una comunidad de experiencia. La solidaridad en la sociedad civil, que se creía perdida, está resurgiendo.

La voluntad de cooperar y el humor ingenioso se están extendiendo. En su mayor parte, la política ya no está dominada por el populismo, sino por la ciencia. Esta última está comprometida con un paradigma universalista y no nacionalista. No hay medicina, matemáticas y lógica suizas, solo medicina, matemáticas y lógica también en Suiza.

Al mismo tiempo, se confirman a la humanidad las ventajas de un sistema de Estados individuales, porque la mejor protección contra el riesgo sistémico es la subdivisión, es decir, la instalación de fronteras y salvaguardias, así como la experimentación en unidades más pequeñas.

Además (El coronavirus pone la solidaridad a prueba)

Cuando no se instalan fronteras y salvaguardias, se puede hacer que un sistema se hunda como un barco poderoso por una sola fuga. Este argumento no determina qué unidades políticas específicas deben existir. También es evidente que las ventajas de la subdivisión fomentan los prejuicios de exclusión irracional.

Solo cabe mencionar aquí un primer punto de una estrategia sostenible contra el coronavirus: en el futuro debería haber unidades políticas que permitan ser cerradas. Es decir, unidades que en tiempos normales permanecen abiertas, con poderes políticos limitados, en las que se puedan realizar experimentos con medidas individuales y en las que se puedan extraer enseñanzas de las comparaciones.

En segundo lugar, de Corea del Sur se puede aprender a adoptar ensayos sistemáticos en toda la zona como un elemento de una estrategia sostenible. La falta de pruebas hasta la fecha nos obliga a hacer una presunción general de enfermedad hacia todos.

La consecuencia es que todo el mundo tiene que quedarse en casa, como si estuviera infectado. Esto equivale a poner a todos en prisión con una presunción general de culpabilidad, porque solo esta medida asegurará que todos los criminales reales y potenciales estén bajo control.

Tal medida no es ni sostenible ni éticamente justificable. Para evitarlo hay que dedicar muchos más recursos a las pruebas sistemáticas. Esta toma de conciencia parece estar ganando terreno.

En tercer lugar, las medidas de protección que también son eficaces en Asia, como el uso de máscaras y guantes y la disponibilidad general de desinfectantes para las manos y los objetos, así mismo deben convertirse en rutina, o al menos estar disponibles a corto plazo.

También favorecen la continuidad del funcionamiento controlado de la sociedad.

El cuarto elemento es la llamada trazabilidad, la detección de personas infectadas y la advertencia a personas no infectadas.

¿Pueden justificarse estas medidas como prevención de enfermedades virales incluso en un estado de normalidad permanente? ¿Son compatibles con los principios de protección de la privacidad?

Las sociedades asiáticas que practican el rastreo de contactos mediante la vigilancia digital con un anonimato dudoso tienen, como mínimo, normas menos estrictas a este respecto que las democracias liberales.

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Desde la perspectiva del liberalismo, la intervención del Estado en la esfera privada está permitida si sirve a un propósito de fomento de la libertad, y el propio Estado debe actuar como un necesario agente de la libertad.

Por ejemplo, desde una perspectiva liberal, aceptamos que el Estado tenga a su disposición toda nuestra información financiera, porque es la única manera de recaudar impuestos para proporcionar bienes públicos que fomenten la libertad, como la seguridad física y un entorno seguro.

Sin embargo, se aplica el estricto secreto oficial en relación con terceros. Una consideración similar se puede hacer en el caso de algunas de nuestras informaciones de salud.

Podemos considerar al Estado como un intermediario para proporcionar el bien público del control de la pandemia. El Estado debe saber quién está infectado para poder proporcionar este bien. Puede proteger a los no infectados de los infectados. Todo el mundo tiene un interés razonable en esto.

Podemos considerar al Estado como un intermediario para proporcionar el bien público del control de la pandemia

Desde un punto de vista liberal, las personas infectadas están obligadas por el principio de no causar daño a nadie. Los no infectados tienen el derecho de ser protegidos de los infectados. Pero ambos tienen el derecho a la privacidad.

Para asegurar el anonimato mutuo y al mismo tiempo proporcionar el bien público del control de la pandemia, el Estado, como agente de salud, debe respetar el secreto oficial. En esta forma, que solo se esboza aquí, el ‘rastreo de contactos’ es un medio sostenible y también legítimo para combatir los virus.

La proporcionalidad

Por último, una observación fundamental sobre la ponderación de los bienes, que es inevitable en este contexto y que debe describirse más bien como el balance de los males. Debemos considerar honesta y coherentemente bajo qué circunstancias aceptamos una probabilidad estadística anticipada de muertes.

No hemos paralizado completamente el tráfico en Suiza o Colombia en 2019 porque el año anterior se produjeron 280 muertes (en Colombia, 6.494) en accidentes de tráfico, y se podría esperar de nuevo un número similar o solo ligeramente inferior.

¿Fue cínico en el pasado no parar totalmente el tráfico, tan solo buscar ‘moderarlo’? La respuesta es no, porque hay otros riesgos equivalentes y el cierre total del tráfico representa riesgos nuevos y posiblemente mayores.

Por supuesto, los accidentes de tráfico no son viralmente contagiosos, pero la cuestión aquí no es sobre esta diferencia, sino más bien sobre si aceptamos, y bajo qué circunstancias aceptamos, las muertes estadísticamente probables en la acción gubernamental en el futuro.

Si en el futuro hiciéramos lo mismo con el coronavirus que con los accidentes de tráfico, una estrategia coherente sería reducir las muertes en la medida de lo posible, teniendo en cuenta todos los riesgos sistémicos.

FRANCIS CHENEVAL
Para EL TIEMPO* Francis Cheneval es profesor titular de Filosofía Política en la Universidad de Zúrich. La versión alemana del articulo fue publicado en ‘Neue Zürcher Zeitung’, 31 de marzo de 2020

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