‘Los océanos se están quedando sin peces’

‘Los océanos se están quedando sin peces’

El periodista Ian Urbina pasó tres años en altamar donde narró los crímenes que allí se cometen.

efecto N

En su libro ‘El océano sin ley: Viajes a través de la última frontera salvaje’, se muestra una red mundial de crimen y explotación que emana de las industrias pesquera, petrolera y naviera.

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Instagram @fabio.nascimento

Por: Moisés Naím
16 de julio 2020 , 11:46 p.m.

Durante más de tres años, el periodista Ian Urbina estuvo explorando los cinco océanos junto al fotógrafo brasileño Fábio Nascimento. En su aventura, Urbina develó muchos secretos escondidos en nuestro planeta.

Los océanos son fundamentales para la economía del mundo y para la vida humana. El 50 por ciento del aire que respiramos es producido por ellos, el 90 por ciento de lo que consumimos llega a través de embarcaciones, y 56 millones de personas trabajan en altamar. Pero, al mismo tiempo, Urbina encontró que los océanos son un territorio muy poco conocido donde abundan el crimen, el abuso, la esclavitud y la impunidad.

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Ian Urbina publicó parte de sus investigaciones en una serie de historias en el diario The New York Times. Es, además, autor del libro El océano sin ley, en el cual detalla todas sus experiencias, incluidos sus encuentros con traficantes, piratas y mercenarios.

Cuarenta meses en barcos y océanos, ¿por qué se le ocurrió hacer eso?

El océano es un espacio enorme que ocupa dos tercios de nuestro planeta. Periodísticamente, es un territorio no explorado, perfecto para encontrar buenas historias. Y lo que sucede en los océanos es de tal importancia que no podemos dejar de contarlo.

El libro comienza con una descripción acerca de un barco pesquero en Tailandia, ¿cómo es la vida en ese barco?

Esta historia era principalmente sobre la esclavitud en el océano. Es decir, el problema de los trabajadores cautivos en barcos de pesca en todo el mundo. Exploramos el mar del sur de China. Y allí nos enfocamos en las embarcaciones tailandesas. Pues suelen tener unos 40 hombres de países como Laos, Camboya y Birmania trabajando a bordo.

Estas personas suelen ser traficadas a Tailandia. Creen que les van a ofrecer un trabajo de construcción, pero terminan siendo vendidos a un capitán y forzados a trabajar en estos barcos tailandeses a veces durante dos o tres años.

Usted cuenta cómo el barco está infestado de ratas, cucarachas, insectos de todo tipo, enfermedades, etc. ¿Cómo era?

Los trabajadores están laborando 20 horas al día, sin regresar a tierra. Y viven en el mismo espacio donde trabajan. Son barcos infestados de ratas y cucarachas. Si un trabajador agarra una infección, puede morir porque no hay antibióticos. Si un trabajador se cae por la borda, puede pasar todo un día antes de que alguien note su ausencia. En estas embarcaciones, los asesinatos son parte de la rutina.

¿Y cómo logró convencer a un capitán de uno de estos barcos de que los aceptara a usted y a sus colegas?

El acceso a los barcos fue realmente lo más difícil. Las embarcaciones con las peores condiciones de esclavitud son las que están más alejadas de la costa, generalmente a más de 300 o 400 kilómetros. Nos demoramos unas tres semanas en convencer a un capitán para que nos llevara en su barco.

Inicialmente, nuestra esperanza era encontrar a un capitán dispuesto a llevarnos todo el recorrido hasta el barco más alejado. Pero rápidamente nos dimos cuenta de que eso no iba a suceder. Así que tuvimos que convencer a un capitán para que nos acercara los primeros 80 km. De allí convencer a otro capitán para los siguientes 80 km y así sucesivamente, saltando de un barco a otro.

Nos demoramos unas tres semanas en convencer a un capitán para que nos llevara en su barco

¿Usted les pagó?

Los periodistas podemos pagar por transporte, pero no por información. Así que les pagamos a los primeros barcos que nos llevaron, pero no pudimos reportar nada sobre ellos. El capitán de la última embarcación que abordamos sí estaba corriendo un verdadero riesgo porque íbamos a contar su historia y no estaba recibiendo ningún dinero por dejarnos estar allí.

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Mi impresión es que esos capitanes que nos acogieron sin recibir nada a cambio lo hicieron porque les provocaba curiosidad el hecho de que nosotros quisiéramos estar en sus barcos. Claro que no podíamos fotografiar al capitán ni identificar el barco en nuestro reportaje. Y si el capitán nos decía que debíamos apartarnos, lo hacíamos.

¿En qué idioma se comunicaba usted con ellos?

Teníamos un traductor que hablaba tailandés y camboyano. En la mayoría de las embarcaciones que documentamos, los oficiales y el capitán eran tailandeses, mientras que la tripulación era camboyana. Entonces las negociaciones con los altos mandos eran en tailandés. Y las entrevistas con la tripulación eran en inglés chapurreado y en idioma camboyano, en jemer.

En el libro usted habla de un hombre que se llama Lang Long. Cuéntenos…

Lang Long es un hombre joven, proveniente de un pueblo pequeño y muy pobre en Camboya. Un fin de semana, Lang Long fue a un festival religioso donde conoció a un supuesto ‘agente’ que le ofreció trabajo en Tailandia.

Esta persona, a quien consideraríamos un traficante de personas o un coyote, le dijo a Lang Long: “Mire, no se preocupe por el hecho de que no tiene dinero para pagarme. Nos encargamos de saldar la deuda más adelante”. Unas dos semanas después, Lang Long llegó a un puerto, y allí fue vendido, con su deuda, a un capitán.

El trabajo era inhumano. Lang Long estaba enfermo todo el tiempo. Y cuando otro barco más grande se acercó a entregar provisiones, Lang Long saltó por la borda e intentó escapar.

Sin embargo, fue capturado y traído de vuelta al barco. Meses después, un tripulante de otro barco vio a Lang Long encadenado. El tripulante habló a escondidas con él y se enteró de que era un esclavo. Ahí comenzó un proceso de negociación para comprar la libertad de Lang Long.

Lang Long llegó a un puerto, y allí fue vendido, con su deuda, a un capitán

Usted se reunió con oficiales tailandeses y, sin embargo, esto sigue pasando, ¿por qué?

Tailandia es un lugar complicado. En el caso de Lang Long, se tomó acción a nivel federal. El principal ministerio de asuntos exteriores del país se tomó el caso muy en serio y asignó toda una unidad para que se investigara. Eventualmente, el culpable fue arrestado y está en la cárcel. El problema en Tailandia es que, por lo general, existe mucha corrupción a nivel local. De modo que la policía de la ciudad y la policía estatal confabulan con los capitanes de los botes y con las compañías pesqueras.

Vamos a trasladarnos ahora desde el mar del sur de la China al golfo de Adén en Somalia. Esto está infestado de piratas, que secuestran barcos, etc. Y usted se metió allí a reportar eso, ¿qué encontró?

Originalmente quería ir a Somalia para hacer un reportaje sobre una historia positiva de los esfuerzos del Gobierno somalí por proteger sus aguas de los barcos extranjeros que estaban acabando con sus recursos. Quería ir específicamente a un estado separatista en Somalia que se llama Puntlandia.

Es el cuerno de África y es una parte de Somalia muy autónoma y sin ley. Así que primero tuvimos que obtener permiso de los líderes locales, del presidente local del estado y de las autoridades federales, para poder ser invitados.

Una vez allí, empezamos a investigar a una flota de barcos tailandeses que estaban pescando cerca de las aguas de Puntlandia. En esas embarcaciones ocurría una variedad de ilegalidades, incluyendo la esclavitud.

De modo que rápidamente perdimos el respaldo de las autoridades locales. Y nuestro reportaje se convirtió en una historia sobre la complicidad de Puntlandia y Somalia en muchos de los crímenes de los cuales se quejan de ser víctimas, como por ejemplo la pesca ilegal.

Usted escribe de una manera muy interesante, hasta poética, sobre el silencio del océano y las consecuencias que tiene eso…

Una de las cosas que realmente me conmovió al pasar tanto tiempo en estos barcos es el efecto que tiene el silencio sobre la salud mental. Los hombres que trabajan en estas embarcaciones viven largos períodos en una especie de confinamiento solitario. Están lejos de su familia, en lo que esencialmente es un tanque de aislamiento sensorial. Estos barcos son lugares muy jerárquicos donde solo puedes hablar cuando te dirigen la palabra.

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En mi experiencia, el silencio se volvió una carga y quise hablar de la presencia del silencio en las embarcaciones y de cómo me afectó a mí. Cuando vuelves a tierra, hay que volver a ajustarse al ritmo de la vida. Eso me permitió entender por qué había trabajadores que habían sufrido abusos en altamar y luego pudieron volver a tierra, e incluso conseguir otro trabajo, y no lo hicieron. Optaron por volver al mar, a pesar del abuso.

libro océanos

Capitán Swing, 25€, 516 páginas

Foto:
Usted muestra cuánto dependemos los seres humanos de los océanos...

Los océanos son esenciales para el planeta. Son los sistemas circulatorios de la economía mundial. El 90 por ciento de lo que consumimos llega a nosotros a través de buques. El 50 por ciento del aire que respiramos se produce en los océanos. En algunos lugares del mundo, más del 80 por ciento de la proteína consumida proviene de los océanos. 56 millones de personas trabajan allí. Es un espacio próspero, del cual depende de manera vital buena parte del comercio y el ambiente.

Durante todos los años que ha estado cubriendo los océanos ha encontrado una gran cantidad de crímenes contra estos...

Uno de los crímenes más graves es la acidificación. Esto tiene que ver con la manera como el cambio climático está afectando el pH o el nivel de acidez del agua. La cantidad de dióxido de carbono que está en el aire y que se disuelve en el agua está cambiando la composición química de esta. Y esa acidificación está afectando la posibilidad de que la fauna marina pueda sobrevivir.

¿Los plásticos en los océanos también son un problema?

Pongo a los plásticos en el segundo lugar de la lista de los mayores crímenes contra los océanos. La cantidad de plástico que termina en los océanos es en su mayoría basura que viaja de un río a otro hasta llegar al mar. También hay microplásticos, esas pequeñas partículas de plástico que se desprenden de nuestra ropa y a través de los drenajes llegan al océano.

Ahora estas partículas se están bioacumulando. Eso significa que los peces se están comiendo los microplásticos. Y luego nosotros nos comemos esos peces y los microplásticos terminan en nuestros cuerpos.

¿Cree que llegará el momento en que acabaremos con todos los peces de los océanos?

Los océanos se están quedando sin peces. No quisiera hacer un comentario global sobre esto, pero la trayectoria general es que el 90 por ciento de peces del mundo ya están colapsando o están al borde del colapso. El ritmo al cual estamos sacando a los peces del océano supera su capacidad de reproducirse. Esto es consecuencia de la eficiencia de las tecnologías que hemos desarrollado y de la manera como hemos industrializado la pesca. Y lo más irónico es que el 40 por ciento de los peces que estamos sacando del océano no son para consumo humano. Están siendo molidos para alimentar a peces exóticos, salmones y camarones en criaderos. O para producir aceite de pescado.

¿Y en sus andanzas también se encontró con personas y organizaciones cuya misión es impedir que se siga violando la ley en el mar?

Hay una organización interesante llamada Sea Shepherd. Es un grupo de conservación del océano que nació de la organización no-gubernamental Greenpeace. Sea Shepherd tiene una flota de barcos en todo el mundo que se dedica a proteger la vida marina y en muchos casos a imponer las leyes que los gobiernos no hacen cumplir.

Ellos estuvieron involucrados en una situación realmente inusual y épica con el barco llamado Thunder, que era el barco más buscado por la Interpol. Durante 10 años, el Thunder se había dedicado a la pesca ilegal en la Antártida. Tenía una suma de 67 millones de dólares. Y, sin embargo, ningún gobierno había estado dispuesto a detener a este buque.

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Y este era un barco sin bandera… ¿No se sabía a qué país pertenecía?

En su momento llevó una bandera de Nigeria, cuando estuvo pescando ilegalmente en aguas de la Antártida. Pero las embarcaciones de Sea Shepherd comenzaron a perseguirlo por todo el mundo, desde la Antártida hasta el norte de África. Esa persecución duró 110 días a lo largo de decenas de miles de kilómetros. Al final, el Thunder se quedó sin combustible y provocó su propio hundimiento. La tripulación fue rescatada, y los oficiales de la embarcación fueron procesados y condenados.

¿Qué puede hacer una persona para contener estas prácticas tan graves que usted documenta?

Primero, descifrar cuál de todos los problemas que documento en mi libro es el que más le interesa. Segundo, averiguar cuáles son las organizaciones que trabajan en el tema específico que le interesa. En mi libro ofrezco algunos nombres de organizaciones que creo que hacen un buen trabajo. Donar a esas organizaciones y ajustar nuestros hábitos de compra es importante.

MOISÉS NAÍM
ENTREVISTA A IAN URBINA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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