Viaje a las entrañas de uno de los territorios de reincorporación

Viaje a las entrañas de uno de los territorios de reincorporación

EL TIEMPO visitó una de las zonas en donde viven los excombatientes de las Farc.

Taller biodiversidad FARC

Mario Murcia, director de Colombia BIO, explicando por qué somos el segundo país más biodiverso del mundo.

Foto:

Tatiana Pardo Ibarra

Por: Tatiana Pardo Ibarra
12 de agosto 2019 , 07:50 a.m.

Hay un hombre que nació en el corregimiento de Riogrande, en el departamento de Antioquia. Que tuvo seis hijos pero al mayor se lo mataron a tiros durante un combate. Uno con 11 hermanos: seis mujeres y cinco hombres. Que de pequeño le gustaba el boxeo y de joven trabajar con el ganado. Que tuvo una finca donde sembró cacao, plátano, arroz, maíz y yuca. Un hombre cuyos padres fueron Eusebio Zambrano y San Diego Palencia. Que tiene 69 años, la piel oscura y el cabello encanecido. De baja estatura. Viste impecable, con la camisa siempre por dentro del pantalón. Camina sin premura. Habla con cautela. Un hombre que entró el 27 de junio de 1980 a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) y luego lideró el frente 35. Uno al que, según dice, le acongoja “nunca haber besado o probado el amor con alguna camarada” durante las dos décadas que cargó un fusil.

Llegó a este mundo como Plinio Zambrano, la guerra le puso Argemiro Tamayo, pero lo conocen como ‘Curruco’.

EL TIEMPO estuvo con Zambrano y otros tantos excombatientes en un taller sobre biodiversidad y turismo científico, antes de que el Gobierno presente los avances y logros de la política de Paz con Legalidad, la apuesta del presidente Iván Duque para implementar los acuerdos con las Farc. Los exguerrilleros hablaron de sus expectativas, sus miedos y lo que esperan en el futuro.

También, habló el director de la Agencia para la Reincorporación y Normalización (ARN), Andrés Stapper, acerca del futuro de los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación (ETCR), los lugares donde los ex-Farc adelantan su proceso de regreso a la vida civil.

El proceso de reincorporación no solo consiste en dejar las armas, sino en pensar cómo se logra una transición significante para ellos

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Una lluvia hemorrágica cubre al Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) de Agua Bonita, ubicado en el municipio de La Montañita (Caquetá), a menos de dos horas de la capital, Florencia. El suelo sin pavimentar se ha convertido en un barrizal, y los rayos se asoman entre el paisaje montañoso de la noche.

Sorprende la habitación. Acogedora. Tiene un muro pintado de color verde fluorescente que separa al baño de la cama; lo demás es ladrillo y cemento sin retocar. Hay un pequeño armario de madera, una toalla, un jabón, un edredón de lana y un toldillo que cae desde el techo para protegerse de los bichos. El vidrio de la puerta está cubierto por una película polarizada lúgubre y, a los lados, decorado con pegatinas en forma de rosa que dicen ‘FARC’.

Hace más de dos años llegaron aquí 300 guerrilleros, la mayoría integrantes de los frentes 3, 14 y 15, del Bloque Sur. Esta vez son ellos los anfitriones de un poco más de 30 excombatientes, provenientes de los 24 ETCR que hay en Colombia –y cuyo propósito es servir a su reincorporación a la vida civil–, para recibir un taller sobre inventarios de biodiversidad y turismo científico, por primera vez.

Jaime Góngora, experto en genética y genómica de la Universidad de Sídney, en Australia, llevaba tres años maquinándose este encuentro nacional. Su objetivo es empoderar a los exguerrilleros para que vean en la naturaleza una alternativa sostenible, en términos económicos y ambientales. “El proceso de reincorporación no solo consiste en dejar las armas, sino en pensar cómo se logra una transición significante para ellos. Hay que trabajar en sus capacidades y destrezas para formular proyectos productivos acordes con el territorio”, dice.

Taller biodiversidad FARC

Plinio Zambrano, quien fue el líder del frente 35 de las Farc, con su libro de aves de Colombia.

Foto:

Mario Murcia.

Mientras va llegando la gente y se acomoda dentro del coliseo –uno de tejas de metal, paredes alzadas hasta la mitad y pintado con los rostros del Mono Jojoy, Jorge Briceño, Jacobo Arenas, Manuel Marulanda, Alfonso Cano y Mariana Páez– ‘Curruco’ saca de su mochila la 'Guía ilustrada de la avifauna colombiana'. Me le acerco por primera vez preguntando si es capaz de reconocer las aves solo con el canto. Y responde: “Jum, me sé un montón, casi todas, especialmente las de la serranía del Perijá, solo que no se las puedo decir en inglés o en latín. Pero estoy luchando a aprender (...) Prrrr prrrr, tuc tuc tuc tuc tuc, pá pá pá, piiiiiis piiiiiis; también las puedo llamar. Mi favorito es el sonido del paujil”.

En el 2008, la prensa titulaba: “Caen siete presuntos guerrilleros de los frentes 35 y 37 de las Farc (…), conformaban la comisión de alias ‘Curruco’”. Actualmente ese hombre toma apuntes en su agenda y reparte tarjetas improvisadas a los funcionarios del Gobierno Nacional para que le ayuden a sacar adelante un proyecto ecoturístico en su ETCR, el de Pondores, en el municipio de Fonseca. Ahora pregunta incisivo que qué está pasando con el bosque seco tropical de La Guajira que ya no se ve cómo antes, que las aves que él recuerda ya casi no se escuchan, que la deforestación está disparada, que qué van a hacer para controlarla.

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Terminados los protocolos que cada evento carga consigo, el grupo se divide en tres equipos: los que van a recolectar plantas, irán con Dairon Cárdenas, director del herbario del Instituto Sinchi; los que harán observación de aves, estarán con el profesor Alexander Velásquez, de la Universidad de la Amazonia; y los que explorarán la ruta de las cavernas, arrancan con Mario Murcia, director del programa Colombia BIO de Colciencias. ‘Curruco’, por supuesto, quiere ver pájaros.

A diferencia de otros “alumnos”, esta clase conoce mejor que nadie los misterios de la selva y cómo sobrevivir en ella. Tal vez no puedan decir los nombres científicos de las especies, ni hablar otros idiomas, ni manejen la técnica para prensar las plantas, envolverlas en papel periódico y luego remojarlas en alcohol para darle vida a un pequeño herbario; y se embrollen cuadrando el ISO y el diafragma de una cámara, y no logren ver con claridad a través de los binoculares; y no sepan nada de servicio al cliente y estándares de calidad para exportar sus productos, pero esos quehaceres se aprenden. Estas mujeres y hombres, en cambio, sí saben cómo es la Colombia incógnita para la mayoría de nosotros.

“Si yo le contara todas las maravillas que he visto, usted no me creería”, dice Francisco Gamboa, líder del ETCR ‘Marco Aurelio Buendía’, ubicado en Charras (Guaviare). “Para nosotros es difícil ponerle valor a la naturaleza, ¿sí me entiende? Yo todavía no comprendo cómo es que la gente paga por bañarse en cascadas o ver un sendero; si es que durante 20 años yo viví rodeado de esto”, continúa Francisco, más conocido como ‘Ricardo Semilla’. “La Amazonia es impresionante, se lo juro. ¿Chiribiquete? Pfff ni le digo. Ese paisaje, allá arriba de los tepuyes... Sus ojos nunca han visto algo más hermoso. Y yo extraño eso. A veces en medio de tantas reuniones lo único que quiero es irme al monte a pensar. A estar tranquilo. A conectarme otra vez”.

Taller biodiversidad FARC

El ETCR de Agua Bonita, en Caquetá. Allí se realizó el primer semillero sobre inventarios biológicos con exguerrilleros.

Foto:

Mario Murcia.

Todos ellos están marcados por una guerra atroz que dejó más de 262.000 muertos, la gran mayoría civiles; pero también los une la naturaleza: El jaguar que se encontraron de frente, el frailejón que los abrigó en noches gélidas, la raíz del árbol de quina que les quitó el paludismo, el perro que nunca los abandonó ni siquiera después de un bombardeo, el cacho de venado que usaron para el dolor de estómago o las hojas de la palma de milpesos que utilizaron de colchón o techo en sus trincheras. La naturaleza estuvo ahí. Siempre. Y sí, también cuando volaron un oleoducto y mancharon los ríos de petróleo.

Los territorios controlados por las Farc son un tesoro aún desconocido, incluso para los científicos, ya que por cuestiones de seguridad y acceso nunca pudieron adentrarse lo suficiente, de ahí los enormes vacíos de información que existen en este, el segundo país más biodiverso del planeta. Desde la firma del acuerdo de paz con el grupo guerrillero, el Gobierno ha realizado 21 expediciones, el 70 por ciento en zonas de posconflicto. ¿El resultado? 197 posibles nuevas especies para la ciencia. Nunca antes vistas.

-¿Qué aprendió de la naturaleza durante estos años de conflicto armado, Plinio?

-Todo. Lo primordial, la vida.

-¿Por qué?

-Un ave, como cualquier ser vivo en este planeta, tiene derecho a la vida y a la libertad. Eso es lo que nosotros estamos pidiendo ahora. La mejor forma de ser incluidos en la sociedad civil es que nos reconozcan como personas que tenemos derechos, y que nos quiten ese estigma tan arraigado.

-¿Siente que no es libre ahora?

-Extraño el monte. La naturaleza es todo lo que necesitamos para la reincorporación. Ella es la que nos da el vivir. Si la destruimos ahora, no estamos de acuerdo con el proceso de paz.

-¿Y qué proyectos tiene a corto plazo? ¿Qué le gustaría hacer?

-Yo me sueño como un profesor, para transmitir mis enseñanzas a las futuras generaciones. Es que el colombiano no sabe la historia de su país, o solo una versión. Entonces quiero hacer ecoturismo y memoria histórica.

-Un maestro con nombre de ave. 

El miedo por los muertos

El taller de biodiversidad, que lo lidera GROW Colombia y el Earlham Institute, y financia el Global Challenges Research Fund (GCRF) del Gobierno del Reino Unido, tiene el propósito de ser un semillero para dejar capacidad instalada en los excombatientes, o al menos en algunos de ellos, con la idea de que puedan transmitir lo aprendido y aterrizar la teoría a sus propias necesidades. Jaime Erazo, de la Universidad de East Anglia, dedica una hora a reflexionar con los participantes sobre los distintos modelos de negocio que hay.

A través de un ejercicio práctico en el que algunos hacen de operadores turísticos y otros de clientes (derrochadores de dinero, especializados, ecológicos, que vienen en busca de un plan familiar o de aventura o que no les importa nada más que tomarse una foto), Erazo lanza una pregunta tras otra:

¿Cuál es la capacidad de carga que tienen sus senderos turísticos? ¿Cuáles son los atractivos naturales que solo se encuentran en sus territorios? Si llega un observador de aves extranjero, ¿cuáles son las especies endémicas, migratorias, amenazadas o nuevas que podrán ver? ¿Tienen un registro de ventas y costos? ¿Les genera ganancias? ¿Cómo van a comunicar su experiencia y qué enseñanza dejarán? ¿Están recuperando saberes culinarios, por ejemplo? “Ustedes quieren negocios, pero deben identificar el mercado al que le quieren apostar. No todos los ETCR pueden apostarle a lo mismo”, dice.

Mario Murcia, de Colciencias, asegura que si bien el turismo es la apuesta a un desarrollo sostenible distinto, “es algo complementario, estacional y no es la única estrategia para salir adelante”. Hace un llamado al Gobierno “a tener cuidado con el lenguaje que se utiliza para no generar falsas expectativas, pues el valor agregado son ellos mismos: el intercambio de saberes, el conocimiento adquirido durante cinco décadas”.

Taller biodiversidad FARC

Dairon Cárdenas, botánico del Sinchi, enseñando en qué consiste un herbario y su importancia.

Foto:

Tatiana Pardo Ibarra

La clase toma nota atenta, pero a ellos les preocupa otra cosa, más a corto plazo: los muertos. La Misión de Verificación de la ONU llama la atención sobre los 123 exguerrilleros asesinados, 10 desaparecidos y 17 más que han sufrido atentados en los últimos dos años. Cada ataque desmorona más la esperanza y siembra miedo.

“Muchos dejaron las armas y se pusieron a preparar mermeladas de pimentón, a hacer artesanías, a fabricar maletas, a producir café, cervezas y aceite de sacha inchi; a sembrar especies nativas para reforestar, a capacitarnos ¿pero cuáles son las garantías? Ni siquiera el Estado cumple con lo pactado en La Habana”, señala Hugo Ramírez, quien duró 15 años en las Farc, entre los frentes 16, 39 y 44. “Yo estoy comprometido en que este proceso no desfallezca, se lo juro, tengo un hijo pequeño y estoy enamorado, pero es la estabilidad económica la que debemos garantizarle a los camaradas. Es muy duro aprender a vivir y convivir aquí, en el ruido de las ciudades… Yo es que ahora estoy estudiando comercio, ¿pero cómo será para aquellos que no saben leer ni escribir y lo único que conocen es cómo apretar el gatillo?”.

Cuando la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN) encuestó a 10.415 excombatientes –de los 13.014 acreditados– en 431 municipios, solo el 4 por ciento de ellos dijeron querer ingresar al mercado laborar, los demás sueñan con montar su emprendimiento, pero únicamente 3.000 personas permanecen en los ETCR.

Aunque casi todos los participantes de este encuentro sienten que “no hay voluntad política” y que la implementación del acuerdo avanza a pasos lentos y con trabas, particularmente en el punto de sustitución de cultivos ilícitos, las cifras de la ARN muestran ciertos avances: se han aprobado 29 proyectos productivos colectivos, con una inversión de 21.335 millones de pesos, que benefician a 1.934 excombatientes. También hay otros 216 proyectos de carácter individual aprobados, por 1.991 millones de pesos, que benefician a otras 241 personas.

Once ETCR tienen “barreras y limitantes”. Avanza la compra de predios.

Agua Bonita es la joya de la corona. Actualmente los ingresos de la comunidad provienen de un proyecto de piscicultura –con cuatro piscinas, cada una con capacidad para 8.000 peces, entre cachama, tilapia y mojarra–, una miscelánea, una panadería, un hotel, una gallera, una fritanguería, una despulpadora de frutas, unas cuantas máquinas de coser para confeccionar ropa y botas, y tres hectáreas cultivadas con piña que luego venden a los pueblos más cercanos. Los excombatientes tienen claridad sobre su futuro con la tierra, pero no todos corren con la misma suerte.

“Es hipócrita que el Estado nos ponga en un lugar y luego nos diga que no podemos cultivar ni tener casas, dizque porque traslapa con un parque natural o es reserva forestal de la Amazonia o un resguardo indígena”, señala Alexandra, del ETCR Llanogrande, en Dabeiba (Antioquia). “¿Pa’ qué nos ponen ahí si luego nos van a sacar? Es empezar otra vez”.

EL TIEMPO consultó al director de la ARN, Andrés Stapper, sobre los cambios que se vienen este mes, cuando este 15 de agosto los ETCR, que fueron contemplados como el puente hacia la vida civil, llegan a su fin como figura jurídica.

Algunos excombatientes sienten zozobra frente al futuro de los ETCR, muchos considerados sus nuevos hogares…


Yo siempre empiezo esta conversación por el mismo punto: El acuerdo que se suscribió con las Farc en ninguna parte del documento hizo referencia a la creación de estos espacios, solo se establecieron zonas veredales con un tiempo de 180 días para la dejación y acreditación de las armas. Pero luego el Estado buscó apalancar la reincorporación con el objetivo de que estas fueran una plataforma de servicios tanto para ellos como para las comunidades aledañas, y la promoción de iniciativas económicas y sociales.

¿Cómo determinaron que 11 ETCR, de los 24, deberán ser trasladados?


Desde el mes de octubre empezamos un análisis, con visitas en cada uno de los ETCR, para analizar cinco puntos: El estado de los predios y las tierras, la seguridad multidimensional, administrativa (acceso a servicios públicos esenciales), los proyectos productivos que se pueden desarrollar, y la oferta institucional. Al final, nuestra conclusión fue que 13 ETCR se pueden consolidar en el territorio en el que están –se podrán convertir en centros poblados, veredas o corregimientos, dependiendo de lo que la autoridad local decida–, pero 11 presentaron barreras y limitantes.

¿Qué tipo de “barreras”?

Son varias. Puede ser porque están ubicados en zona de reserva forestal, lo que impide la adquisición de los predios; porque están ubicados en baldíos y su recuperación supera los tiempos previstos para la ejecución; porque presentan muchas dificultades de acceso que hacen que la provisión de bienes y servicios sea más difícil; porque están en el interior de un resguardo indígena o en zona de frontera internacional o con riesgo de remoción de masas y desastres naturales.

¿Pero quedarán dentro del mismo municipio?


Hemos construido una estrategia que ha sido de manera articulada con los colectivos de Farc y los entes territoriales. No solo es una propuesta de traslado sino una apuesta concertada y dialogada con las comunidades. Ellos seguirán en donde están mientras se hace el proceso de compra de predios. Algunos quedarán en el mismo municipio y otros no.

¿Ya están comprados los predios para ellos? ¿Cuántos de los 11 ETCR ya tienen asegurada su nueva tierra?

Esto no lo puedo decir aún, pero ya hemos identificado y comprado algunos terrenos para el desarrollo de los macro proyectos. Estos procesos duran entre tres y siete meses.

¿Cuánto costará?

Tampoco puedo decir aún, el presidente lo dirá en su momento.

¿Qué retos o desafíos encuentra en la puesta en marcha de los proyectos productivos de los exguerrilleros?

Primero, fortalecer las habilidades y las competencias de la población para que, en su tránsito a la legalidad, vean opciones económicas acorde a sus saberes. Esto puede ser a través de proyectos productivos o del turismo en sus distintas modalidades.

También la interconectividad. Garantizarles una oferta de servicios que sean viables y competitivos. E importante que no empiecen a producir sin las condiciones técnicas que el mercado requiere, o sin las condiciones de calidad y cantidad que hacen sostenibles estas iniciativas. Requieren asistencia técnica para apalancar los proyectos desde sus inicios; no después para ver si sí sirve para exportación o no.

TATIANA PARDO IBARRA
​Twitter: @Tatipardo2
tatpar@eltiempo.com

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