‘El mundo debe ir más allá de los compromisos de París'

‘El mundo debe ir más allá de los compromisos de París'

Juan Manuel Santos recibió, en Nueva York, premio Visionario Global de Conservation International.

‘El mundo debe ir más allá de los compromisos de París’

El expresidente Santos destacó la implementación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en Latinoamérica.

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Conservation International Press Office

Por: EL TIEMPO
08 de diciembre 2018 , 12:54 p.m.

El expresidente Juan Manuel Santos recibió el jueves pasado, en Nueva York, el premio Visionario Global de Conservation International. La organización destacó su trabajo por el ambiente. Este fue su discurso.

Hay dos virtudes que se echan de menos en el mundo actual, que nos hacen falta a todos y que debemos recuperar: la humildad y la moderación.

Hoy voy a hablar con humildad, pues debo reconocer que por mucho tiempo ignoré una realidad que ahora me resulta evidente
. Y voy a hablar de moderación –tan importante en la vida cotidiana, en la política, en la economía– porque esta virtud también es necesaria para el uso de nuestros recursos naturales y la protección del medioambiente.

Empecemos con la humildad. Por muchos años, debo confesarlo, consideré a los pueblos indígenas de mi país como pueblos culturalmente valiosos pero intelectualmente atrasados. ¡Qué equivocado estaba!

Hoy me doy cuenta de que era yo el que estaba preso de mis prejuicios y de que esto me convertía, en la práctica, en un analfabeta, un ignorante, acerca de la naturaleza. Porque la naturaleza habla, la naturaleza respira, la naturaleza está viva y nos enseña, pero tenemos que entenderla, tenemos que aprender a leerla.

Por fortuna, hay pueblos –sabios en su simplicidad– que hablan con la naturaleza, que la entienden, que se conectan con ella.
Son las comunidades indígenas de América, nuestros hermanos mayores, los guardianes de la Tierra, de la Pachamama, como la llamaban los incas.

He tenido el privilegio de aprender de los pueblos indígenas que habitan la Sierra Nevada de Santa Marta –las montañas nevadas más altas del mundo a la orilla del mar–, y gracias a ellos me familiaricé con conceptos que transformaron mi visión sobre la tierra y sus recursos. Se trata de los pueblos Kogui, Arhuaco, Wiwa y Kankuamo, descendientes del gran pueblo Tayrona que pobló desde hace más de 1.200 años la región Caribe de Colombia.

Busque la paz y busque la reconciliación con el medioambiente, con la Madre Naturaleza, porque ella está enloqueciendo

Hoy por hoy, ellos mantienen vivo el único sitio, dentro de las grandes culturas americanas –los incas, los aztecas, los mayas–, en el que todavía se preserva la visión prehispánica.

Calladamente, humildemente, rodeados por el silencio majestuoso de las montañas y por una biodiversidad que deja sin aliento, están forjando el nuevo patrimonio filosófico de la humanidad.
¡Cuánto tenemos que aprender de ellos!

El día en que asumí la Presidencia de Colombia, el 7 de agosto de 2010, antes de mi posesión oficial, fui a uno de sus poblados ceremoniales en lo más alto de la Sierra y me reuní con los líderes –los mamos–, y, en un gesto de respeto hacia nuestros hermanos mayores, les pedí su bendición para posesionarme.

Ellos me entregaron un bastón de mando y un collar con cuatro piedras: una representa la tierra que debemos cuidar; otra, el agua que es la fuente de la vida; otra, la naturaleza con la que debemos estar en armonía, y la cuarta, el gobierno, que debe respetar el orden de la naturaleza y la voluntad del Creador.

Y me dijeron: “Busque la paz y busque la reconciliación con el medioambiente, con la Madre Naturaleza, porque ella está enloqueciendo, está fuera de control, por la forma en que está siendo maltratada”
. Y así fue: sufrimos el más implacable fenómeno de la Niña, que produjo el peor desastre natural de nuestra historia.

En los ocho años de mi gobierno procuré ser fiel a este mandato de nuestros hermanos mayores. Busqué la paz –como ustedes lo saben muy bien–, una apuesta arriesgada y difícil que, felizmente, culminó con la firma de un acuerdo para terminar un conflicto armado de más de cincuenta años con las Farc, la más poderosa y antigua guerrilla del hemisferio occidental.

Y trabajé con toda determinación para buscar una reconciliación con la naturaleza.

El daño a la naturaleza causado por la guerra le costó al país un promedio de 2.200 millones de dólares al año

Otra víctima

Habíamos puesto fin a una guerra que generó más de 8 millones de víctimas, incluyendo 270.000 muertos. Pero había otra víctima que teníamos que reparar: nuestro medioambiente.

El daño a la naturaleza causado por la guerra le costó al país un promedio de 2.200 millones de dólares al año. El conflicto contribuyó a la deforestación y a la degradación de 4 millones y medio de hectáreas, un área que sobrepasa el tamaño de Dinamarca. Los atentados contra los oleoductos generaron el derrame de alrededor de 4,1 millones de barriles de petróleo crudo, 16 veces más que la cantidad derramada en el desastre del Exxon Valdez.

Colombia, como ustedes saben, es el segundo país más biodiverso del mundo, y el primero por kilómetro cuadrado. Somos el país número uno en especies de aves y de orquídeas; el segundo en plantas, anfibios o peces de agua dulce, y el tercero en palmas o reptiles.

Esa extraordinaria biodiversidad y nuestros extensos ecosistemas costeros, marinos y de montaña nos hacen también uno de los países más vulnerables al cambio climático. Yo entendí que –como me lo dijeron los mamos– proteger la naturaleza es también una parte fundamental de la paz. Y a ello nos consagramos.

Nos sentimos muy orgullosos, además, de que haya sido Colombia el país que lanzó la idea de adoptar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)

Durante mi periodo, llegamos a dejar protegidas –ojalá para siempre– 43 millones de hectáreas, más del 20 por ciento de nuestro territorio continental y marino. Esto significa un área protegida superior al tamaño de Alemania o de Japón.

Para dar solo un ejemplo concreto, triplicamos el Parque Nacional Natural de Chiribiquete en nuestra región amazónica, recientemente declarado por la Unesco como parte del patrimonio mundial
, tanto natural como cultural. Hoy es uno de los parques naturales más grandes del mundo –mucho más grande que el de Serengueti, en África–, y además es uno de los que concentran la mayor biodiversidad y las más inexploradas pinturas rupestres.

Y también promovimos la moderación, tan necesaria para preservar los recursos limitados de la humanidad. Creamos un impuesto al carbono y otro impuesto al consumo de bolsas plásticas. Cumplimos anticipadamente las metas de áreas protegidas de Aichi. Y apoyamos, proactivamente, el Acuerdo de París.

Nos sentimos muy orgullosos, además, de que haya sido Colombia el país que lanzó la idea de adoptar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). El proceso comenzó cuando, al inicio de mi gobierno, me visitó en mi oficina una funcionaria joven y muy talentosa del Ministerio de Relaciones Exteriores que estaba a cargo de los temas de medioambiente, y me sugirió la idea de reemplazar los Objetivos de Desarrollo del Milenio, cuyo plazo vencía en 2015, por unos objetivos de más largo alcance que incluyeran no solo metas económicas y sociales, sino también ambientales. Me planteó, con muy buenas razones, que los países desarrollados también deberían participar y ser responsables.

Me gustó mucho esta audaz aproximación al tema y, luego de algunas necesarias maniobras diplomáticas por parte de mi muy persuasiva ministra de Relaciones Exteriores
–pues al principio esta iniciativa, como todas las buenas ideas en la historia, encontró férrea oposición–, volé a Brasil y presenté la idea ante la Cumbre de Río+20, en 2012. Eso desencadenó el proceso que culminó con la adopción de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible por parte de las Naciones Unidas tres años después.

Pero, apreciados amigos, permítanme decir aquí, esta noche, que creo que nos quedamos cortos. Y lo digo inspirado por la sabiduría de nuestros hermanos mayores.

Los mamos –para mi sorpresa– me dijeron que me quedara con el bastón y con el collar por seis años más, porque mi trabajo no había terminado aún

El ambiente

Hace unos pocos meses, cuando regresé a la Sierra Nevada para devolver el bastón de mando y el collar ceremonial –me habían indicado qué debía hacer cuando me los entregaron–, y para despedirme como presidente, ellos me advirtieron que las dimensiones social, económica y ambiental de los ODS estaban muy bien, pero que faltaba una cuarta dimensión, que es, quizás, la más importante: la dimensión espiritual.

¿Y qué podemos entender, en este contexto, como dimensión espiritual? Según me explicaron, se refiere a la conexión intrínseca, vital, esencial, entre el hombre y la naturaleza.


Se refiere a ese diálogo que debe existir entre nuestra alma y el espíritu –la vibración, la energía– de las plantas, de los animales e, incluso, de los minerales, con el que debemos alinearnos si queremos sobrevivir como especie. Se refiere a esas reglas éticas que nuestros hermanos mayores han tratado de enseñarnos y ellos han aplicado durante milenios. Estamos hablando del respeto. Estamos hablando –otra vez– de la moderación. Estamos hablando del equilibrio.

Nada puede tomarse de la naturaleza sin pedir permiso y dar algo a cambio. Cuando violamos esta regla, comienza el camino hacia el abismo. La prueba de esto es el cambio climático.

Los mamos –para mi sorpresa– me dijeron que me quedara con el bastón y con el collar por seis años más, porque mi trabajo no había terminado aún. Por eso, apreciados amigos de Conservation International, tal como trabajé por el medioambiente como presidente de mi país, seguiré haciéndolo ahora como un simple ciudadano de mi país y del mundo. Como todos debemos hacerlo.

El mundo debe ir más allá de los compromisos de París. Los dos últimos informes de expertos así lo sugieren. Lo que salga de Polonia en los próximos días nos dirá si somos o no conscientes de la catástrofe a que estamos abocados
si no hacemos más.
Me siento muy honrado al recibir este premio, y de recibirlo en compañía de un gran amigo personal y de Colombia, el exvicepresidente –para muchos, el próximo presidente– Joe Biden, y lo hago en nombre de tantos colombianos que trabajan por nuestro planeta. Es un estímulo, un afectuoso recordatorio de que debemos continuar esta importante cruzada si queremos sobrevivir, una cruzada en la que Conservation International ha jugado un papel fundamental. Porque, por 27 años, ustedes han sido aliados incondicionales de Colombia y sus recursos.

Escuchemos –con humildad– la voz de los sabios guardianes de la tierra. Usemos –con moderación– nuestros limitados e invaluables recursos. Comprendamos –con una aproximación espiritual– que la tierra es nuestra madre, y que cada árbol, cada río, cada flor, cada roca, cada partícula de aire son también nuestros hermanos.

JUAN MANUEL SANTOS

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