Cuando Colombia quiso cambiar para los animales / Opinión

Cuando Colombia quiso cambiar para los animales / Opinión

Hoy se cumplen 30 años de ley de protección animal. ¿Qué ha mejorado? 

mascotas

La historia de Campeón, que fue maltratado cuando tenía tan solo seis meses, se convirtió en un símbolo contra la agresión a estos seres.

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Por: Javier González Cortés*
27 de diciembre 2019 , 06:14 p.m.

La violencia que sufrió Colombia en la década de 1980 fue infernal. Tocó a muchas personas, entre ellas a mí. En una noche de octubre de 1989 explotó una bomba en el supermercado que quedaba pasando la calle del apartamento donde viví cuando era niño. La mayoría de los vidrios del conjunto de edificios estalló y recuerdo muy bien las manchas de sangre que había en los pasillos del edificio causadas por las cortadas de los vecinos que espantados salieron descalzos de sus casas. 

Tan espantosa fue la violencia que múltiples editoriales y columnas de opinión de 1989 imploraban que la década terminara y que la siguiente tratara mejor a este pobre país. Pero el horror iba más allá. También azotaba las vidas de los (demás) animales.
Había que hacer algo por ellos.


En los archivos del proyecto de ley que derivó en la Ley 84 de 1989, conocida también como el Estatuto Nacional de Protección de los Animales, se menciona que un medio de comunicación internacional identificó a Colombia como un infierno para los animales.

Entonces, además de tener fama de ser un país donde no se respetaba la vida humana, también se pensaba como un territorio en donde los inocentes animales vivían sus peores vidas.

En medio de esta coyuntura se debatió y aprobó la Ley 84 de 1989, que fue sancionada el 27 de diciembre del oscuro 1989.

Si tenemos en cuenta la vigencia de la antigua idea que expresa que el trato que damos a los animales dice mucho de nuestros corazones, y que la imagen que proyecta un país hacia la comunidad internacional es un elemento de importancia estratégica, no parece coincidencia que el Estatuto haya visto la luz precisamente en esa fecha.

La 84 de 1989 es la ley que desarrolla en mayor extensión la cuestión acerca del trato que reciben los animales en el país.

Su propósito fue muy ambicioso, como indica su artículo 1: “los animales tendrán en todo el territorio nacional especial protección contra el sufrimiento y el dolor, causados directa o indirectamente por el hombre”.

A pesar de su intención y de otros elementos valiosos que contiene y que hoy permiten su revisión, la norma palidece cuando se entiende que el deber legal de protección a los animales dura hasta cuando los intereses de los humanos, aún los más triviales como la diversión, chocan con los de los animales.

Si no en todos, los animales salen perdiendo en la mayoría de casos. Sin duda, esto hay que transformarlo, como lo ha hecho la Corte Constitucional prohibiendo la caza deportiva.

Otro asunto pendiente por ajustar de la Ley 84 de 1989 tenía que ver con sus dientes, pues con los que contaba no eran suficientes para enfrentar el maltrato animal. Las sanciones, por ejemplo, que imponía a sus infractores eran contravenciones o faltas leves. Esto ha cambiado.

En el 2016 se sancionó la Ley 1774, que afiló los dientes de la protección animal y estableció que las conductas de maltrato o crueldad se tipificaran como delito.

Ahora son faltas graves que pueden mandar a los maltratadores a la cárcel. Y al respecto, vale la pena recordarle al país que la Fiscalía General de la Nación creó en octubre de este año el Grupo Especial para la Lucha contra el Maltrato Animal (GELMA), cuyo objeto es “articular las diferentes estrategias de atención, investigación y judicialización del delito de maltrato animal”. Esperemos que GELMA opere como debe.

Existen y se deben pensar más formas para generar efectos positivos en las vidas de los animales y en la sociedad en general. La lista es larga y, por ello, ofrezco excusas por no incluir todas las que conozco.

En varias partes del país existen entidades públicas y privadas dedicadas a trabajar exclusivamente por el bienestar animal.

Hay personas ocupando, y que están por ocupar, cargos de elección popular que han llegado a esas instancias proponiendo y apoyando medidas de protección animal. Debemos confiar en ellos y exigirles que su compromiso siga firme.

Las altas cortes se han pronunciado frente a la cuestión animal y así han permitido enriquecer y sugerir nortes de trabajo. La Corte Constitucional realizó este año la primera audiencia pública para discutir la posibilidad de otorgarle ciertos derechos a un animal no humano, en concreto a Chucho, el oso de anteojos que hoy es parte del “inventario” del zoológico de Barranquilla.

Todos estos desarrollos han tenido que vérselas con la Ley 84 de 1989 y muy probablemente tendrán que hacerlo las propuestas por venir.

Esta ley se debe pensar como una herramienta legal vigente que en su momento incorporó determinadas preocupaciones sociales al ordenamiento jurídico colombiano, razón por la cual permitió posicionar la discusión acerca de cómo mejorar las relaciones entre los humanos y otros animales.

Hoy esta y otras normas están siendo revisadas desde distintas perspectivas y con mayor rigor para poder imaginar y lograr que el país avance dejando atrás la denominación de infierno para los animales.

¡Felices treinta y prósperos desarrollos, Ley 84 de 1989!Instituto de Bioética, U. Javeriana*
Observatorio Animalista

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