El biólogo que observa aves con los hombres que lo secuestraron

El biólogo que observa aves con los hombres que lo secuestraron

Diego Calderón fue secuestrado por las Farc cuando era un estudiante de biología. Trabaja con ellos.

Aves y paz

De acuerdo con ProColombia, el país cuenta con más de 1.920 especies, de las cuales 79 son endémicas y 197 migratorias.

Foto:

Federico Ríos Escobar

Por: Tatiana Pardo Ibarra
01 de junio 2019 , 09:38 p.m.

“Hijueputa. Increíblemente, hermosamente increíble. Desde hace 15 años no tenía un sentimiento tan sobrecogedor con respecto al secuestro. Una mezcla de felicidad acompañada de una nostalgia bonita”. Eran las 12:20 de la madrugada, de un día de junio del año 2018, a 1.200 metros sobre el nivel del mar, cuando Diego Calderón Franco se percató del momento que estaba presenciando.

En Anorí (Antioquia), con una bandada de sentimientos revoloteando en el pecho, aprovechó para escribir. “Hoy volví a estar por primera vez entre guerrilleros, entre esos colombianos que hemos sentido tan lejanos pero que han tallado nuestras vidas de una u otra manera. Esos colombianos que no pueden ni deben ni merecen seguir siendo lejanos. Hoy sentí, sin temor a equivocarme, esperanza”.

Calderón –biólogo y fundador de Colombia Birding, la primera empresa del país en observación de aves– fue secuestrado en abril del 2004 por el frente 41 de las Farc, en medio de las inexploradas montañas de la serranía del Perijá. Llegó hasta allá como un joven curioso estudiante de la Universidad de Antioquia, queriendo llenar algunos vacíos de información biológica sobre estos animales, especialmente de un colibrí ('Metallura iracunda') y un hojarasquero ('Asthenes perijana') de los que no se tenía registros desde hacía décadas.

Después de andar unas siete horas a caballo desde Manaure hasta Cerro Pintado, en Cesar, milicianos vestidos de civil aparecieron en una finca de amapola y cambiaron los planes. “Para ellos éramos o inteligencia militar o paramilitares. Estábamos con GPS, cámaras, binoculares, mapas y libretas de campo que tenían coordenadas y nombres en latín; pues claro, qué desconfianza tan brava”, cuenta Calderón.
Durante los 88 días que estuvo privado de la libertad, este paisa criado en Urabá aprovechó cualquier pedazo de papel para anotar los pájaros que veía pasar, desde gorriones y tangaras, hasta cóndores, tucanes y tapaculos. En otras condiciones, hubiera sido el paraíso.

Diego Calderón

Diego Calderón, biólogo.

Foto:

Federico Ríos Escobar

Hoy aprovecha su historia para “incomodar con cariño” y avivar un debate sobre las oportunidades que la firma del acuerdo de paz trae para el ecoturismo y la investigación en zonas antes ocupadas por grupos al margen de la ley, a través de su charla ‘Pajariando con Farc’. “Hay gente que nunca ha tenido la fortuna de ver la guerra de cerca, y es momento de soltar. No reconocerlos a ellos y lo que saben es desperdiciar la oportunidad de hacer ciencia de la mejor calidad”, afirma. “La naturaleza es el puente perfecto para fortalecer relaciones interpersonales y para reconciliar a la Colombia profunda con la ‘importaculista’”.

De hecho, fue en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) de La Plancha, en Anorí, Antioquia, donde 50 investigadores, incluidos 10 excombatientes del frente 36 de las Farc, le dieron al mundo una lección de reconciliación después de cincuenta años de una guerra atroz. Calderón estaba ahí, trabajando hombro a hombro con quienes alguna vez fueron sus victimarios. Después de tres semanas arduas adentrados en el bosque húmedo tropical, la expedición BIO Anorí –liderada por Colciencias, la Universidad Eafit, EPM y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)–, arrojó 14 nuevas especies para la ciencia: dos cucarrones, diez plantas, un ratón arborícola y un lagarto.

Anorí

Durante la expedición científica en Anorí, Antioquia, los excombatientes participaron como coinvestigadores. Hallaron 14 especies nuevas para la ciencia.

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Robinson Henao.

“Llámelos como quiera, póngales o no títulos, escúchelos llamarse ‘camarada’ entre ellos, pero es imposible negar que son igualiticos a vos y a mí. De hecho, son los nuestros; ni más ni menos (…) le sentí a más de uno los ojos húmedos, con ganas de que les paremos bolas y nos tratemos de tú a tú, de que aprendamos de ellos y les enseñemos de nosotros también”, recuerda Calderón.

La expedición partió de una premisa sencilla de digerir: tantos años en el monte, patoneando parajes apabullantes, desconocidos para la mayoría de nosotros, otorgan un conocimiento empírico de la naturaleza que debe ser valorado. Es el ‘título’ que da la selva, los páramos, las montañas y los ríos caudalosos de Colombia.

No reconocer a los excombatientes, y lo que saben, es desperdiciar la oportunidad de hacer ciencia de la mejor calidad

El potencial económico

El segundo país más biodiverso del planeta (o el primero por kilómetro cuadrado), que saca pecho por tener el mayor número de especies de aves (1.920, que equivalen al 20 por ciento de todas las que existen), tiene un potencial enorme para el ecoturismo, ¿pero se está aprovechando correctamente?

De acuerdo con la investigación 'La paz es mucho más que palomas', uno de los documentos más completos que hay sobre el tema, solo los entusiastas de la observación de aves estarían dispuestos a pagar, en promedio, 60 dólares más por persona, cada día, por un tour en Colombia, en comparación con un paquete similar en Costa Rica, uno de los destinos más apetecidos para la actividad. El análisis indica que un total de 278.850 observadores de aves de América del Norte quisieran visitar el país, generando ingresos por 46 millones de dólares y 7.516 nuevos empleos.

Aunque la investigación destaca el valor económico, lo cierto es que esto depende de la percepción de paz que se tenga. Esos avituristas llegarían siempre y cuando tengan la posibilidad de apreciar mayor diversidad y riqueza de aves (endémicas o nuevas, por ejemplo), cuenten con mayor seguridad durante el recorrido y las comunidades locales víctimas del conflicto participen en la provisión de los servicios y se beneficien directamente de este.

Aves y paz

El biólogo Diego Calderón junto a un líder comunal y un excombatiente, tras la expedición científica de Anorí.

Foto:

Alejandro Valencia.

El reto es enorme. Para John Myers, uno de los autores y miembro de Conservación Internacional, se necesita voluntad política para que esto funcione. “El ecoturismo es una estrategia de conservación y desarrollo económico poderosa, que en un escenario de posconflicto adquiere un valor adicional. Pero requiere de unos pasos previos para que funcione: un diseño claro (¿qué es lo que van a ofrecer y en dónde?), capacitación (en liderazgo, manejo de gente e inglés), planes de conservación (capacidad de carga, ciencia ciudadana) y, ya después de eso, sí podemos hablar de promoción o posicionamiento en el mercado”, dice Myers.

Tanto para él como para Jimena Puyana, Gerente de desarrollo sostenible del PNUD, el ecoturismo no debe ser entendido como la única apuesta para la reincorporación a la vida civil, sino como una de las alternativas que favorecen la reconciliación y el trabajo comunitario. “Se pueden generar falsas expectativas, especialmente en zonas vulnerables que están apartadas, que no tienen vías de comunicación ni agua ni energía ni infraestructura adecuada o donde la gente no tiene un nivel de educación formal –señala la experta–. Aunque no es la única apuesta, si la paz no se consolida esto solo será un sueño sin cumplir. Sin condiciones de estabilidad y seguridad en los territorios, no hay turistas”.

Proyectos de vida

Cuando Calderón terminó su presentación en la Feria Internacional de Aves en Cali, un hombre se le acercó y se presentó como “Lucas, del frente 41 de las Farc”. Este Lucas es Germán Gómez en la vida civil, y es el representante legal de Tierra Grata Ecotours, una agencia de viajes conformada por 20 personas, entre excombatientes y habitantes de la vereda La Paz Robles, situada a unos 45 minutos de Valledupar.

Estaba allá, luego de haber cargado el fusil durante 33 años, para aprender qué era eso de pagar por ir a ver unos bichos volando. “Podrá parecer una ironía, pero queremos que el ecoturismo sea nuestro proyecto de vida”, dice Germán, a sus 55 años de edad. “Aunque hay muchas heridas abiertas y las cicatrices de la guerra están recientes, en este territorio hay disposición para reconstruir el tejido social. No es una vaina fácil, ¿cierto? Pero lo estamos intentando”, cuenta.

Hace pocas semanas, Calderón estuvo visitando el ETCR, y un cartel le llamó la atención. La comunidad estaba promocionando el Global Big Day, la famosa competencia mundial de avistamiento de aves que en tan solo 24 horas busca alcanzar los mayores registros. Este fue el tercer año consecutivo en el que Colombia se llevó el primer puesto: En 2017 se registraron 1.479 aves, en 2018 fueron 1.550 y en 2019 se alcanzaron las 1.590 especies.

“Haber ido y volverlos a ver después de mi secuestro fue lindo e ilustrador. Conocer en qué andan, tener una imagen distinta a la de ‘estar parados haciéndome guardia en una caleta sin poderme hablar’, y ver que son de carne y hueso, con sueños y expectativas”, afirma Calderón. “En las condiciones en las que están se le pegan a cualquier idea, hasta a un avión fallando, y hay que hablarles con honestidad. ¿En cuáles lugares realmente se puede hacer turismo de naturaleza por los atractivos y ventajas competitivas que tienen? Aunque me parecería una chimba que sean guías locales de aves, no les pintemos pajaritos en el aire”.

TATIANA PARDO IBARRA
Twitter: @Tatipardo2
tatpar@eltiempo.com

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