¿Salvamos un río virgen o hacemos otra represa?

¿Salvamos un río virgen o hacemos otra represa?

El conflicto conservó un río que fluye por montañas y pasa por la autopista de Bogotá a Medellín.

Río Samaná

Vista del río Samaná, ubicado a dos horas de Medellín y a cuatro de Bogotá.

Foto:

SALUD HERNÁNDEZ–MORA

18 de septiembre 2018 , 10:15 p.m.

Salvamos un río virgen, una maravilla natural cerca de Medellín y Bogotá, o hacemos una represa? El dilema está servido. Los dueños del proyecto hidroeléctrico afirman que río y embalse son compatibles. Ambientalistas advierten que hacer la obra supone condenar a muerte al Samaná, además del riesgo de repetir el desastre de Hidroituango.

“Por más de veinte años estuvo oculto para los colombianos, nadie se dio cuenta de que el río Samaná estaba allí, porque era la línea divisoria entre guerrilla y paramilitares. Y ahora que hay paz en la zona, semejante sitio tan maravilloso va a desaparecer por una represa”, dice el biólogo Rodrigo Bernal.

Sería una oportunidad excelente de tener un parque natural y mostrar que la conservación de la naturaleza vale la pena

Se encuentra sobre la autopista que une Medellín con Bogotá, a dos horas de la primera y a cuatro de la capital del país. Es un pedazo de esa Colombia imponente, de montañas, de selvas espesas y ríos transparentes, que suele encontrarse en lugares remotos de difícil acceso.

Al Samaná, sin embargo, es sencillo llegar en carro, y se puede descender en canoa por sus rápidos, bañarse en sus aguas cálidas y cristalinas, zambullirse en las pozas de alguna de sus cascadas, pescar con anzuelo y disfrutar kilómetros fluviales custodiados por selvas montañosas, sin un habitante a la vista. Un lujo al alcance de la mano.

Un sobreviviente

“En la Unión Europea no quedan ríos vírgenes como el Samaná y, menos aún, cerca de grandes ciudades. Colombia, que todavía lo tiene, debe ser consciente de que cuenta con un patrimonio natural único que debería preservar por encima de todo”, señala la española María Soledad Gallego, abogada ambiental, experta en Derecho de aguas y biodiversidad.

Lo mismo pensaron los jóvenes franceses Jules Domine y Mael Nguyen en cuanto conocieron el Samaná. No podían creer que aún existiera un río tan bien conservado, encañonado entre cerros frondosos y tan próximo a las dos principales ciudades colombianas. A medida que lo recorrían y en cada trayecto descubrían nuevas cascadas, pozas profundas y otros tesoros naturales, se convencieron de que habían dado con El Dorado que soñaban.

“Me he dedicado a la expedición profesional, y hace unos años, cuando mejoró la situación, puse los ojos en Colombia. Me atraía mucho porque el conflicto armado hizo que no vinieran exploradores”, cuenta Jules.

“Exploramos muchos ríos que ahora son represados, y solo han pasado cinco o seis años desde que comenzamos. Llegamos al Samaná, recorrimos uno de sus tramos, y para mí fue evidente que se trataba de un río único por su situación geográfica y por lo bien conservado. Estamos ante un ícono de lo que es Colombia: un país de selvas y ríos transparentes. He recorrido toda la cuenca del Magdalena por años, y no hay otro igual. Colombia tiene unas bellezas naturales increíbles, como el Chiribiquete, pero, vaya usted allá si puede”, agrega.

¿Lo salvó el conflicto?

La explicación de la escasa depredación humana habría que buscarla en la brutal violencia con la que Eln, Farc y Auc sometieron el oriente antioqueño desde los ochenta y hasta principios del siglo presente. Fueron decenas los desplazamientos, secuestros, ataques, campos minados y crímenes de toda índole en San Francisco, San Carlos o San Luis, por citar solo algunos municipios donde guerrillas y paramilitares impusieron su barbarie. Baste recordar que la circulación vial entre Medellín y Bogotá cayó hasta un 70 % en los albores del siglo XXI para comprender la magnitud de la tragedia humanitaria. Sin embargo, para el río Samaná y los montes frondosos que lo escoltan, el conflicto armado significó su supervivencia.

“Yo no estoy en contra del desarrollo, generar energía es necesario para las naciones, pero esta zona de Antioquia es la potencia hidroeléctrica más grande del país, ya cuenta con varias represas y solo le queda una joya que sobrevive de milagro. ¿Qué sentido tiene dañarla por un proyecto que solo representará el 3 por ciento de la producción energética?”, se pregunta Jules. “Es absurdo”.

Fue en la primera ocasión que visitaba Puerto Garza, diminuta vereda de San Carlos, a orillas del Samaná, aún entusiasmado por el descubrimiento, cuando supo del proyecto. “Lo van a represar también”, recuerda que le dijeron los nativos, la mayoría pescadores y mineros artesanales.

Queremos persuadir a los gobiernos de que no se haga la represa porque es increíble que haya un Yellowstone entre Bogotá y Medellín y lo dejemos destruir

Pese a ser extranjero y pasar solo temporadas en Colombia, resolvió iniciar una cruzada para protegerlo. Pronto sumó aliados tanto entre habitantes de la región como expertos de Medellín. “Entre varios formamos un grupo que adoptó el nombre Yumaná. Nos unimos con el objetivo de salvar el río”, explica Juan David Botero, un abogado que nunca se interesó por los temas ambientales hasta que conoció el río y los peligros que lo acechan, y ahora lo defiende con el fervor de los conversos.

“Queremos persuadir a los gobiernos de que no se haga la represa porque es increíble que haya un Yellowstone entre Bogotá y Medellín y lo dejemos destruir”.

La futura hidroeléctrica

El proyecto, bautizado Porvenir 2, lo promueve Celsia, con sede en Medellín, empresa del grupo Argos. De los 148 kilómetros de longitud del Samaná, que cruza varios municipios, intervendrán directamente 27. “El embalse, que estará en mitad de la cuenca, empieza cuatro kilómetros aguas abajo desde el puente La Garrucha, sobre la autopista Medellín-Bogotá, hasta Tambores”, afirma Mauricio Mesa, gerente de la compañía y la persona que ha estado al frente del proyecto.

“El volumen del embalse tendrá 500 millones de metros cúbicos y serán 975 hectáreas de embalse que vamos a inundar, menos que otras presas que producen la misma cantidad de energía”. El muro de cemento, en forma de arco, que quedará como aprisionado entre los cerros, tendrá una altura de 140 metros.

A su juicio, la obra solo afectará una pequeña porción del Samaná y, en todo caso, no se notará “ninguna diferencia aguas arriba”, es decir, antes de comenzar el territorio fluvial de Porvenir 2. Pero, al preguntarle si, por ejemplo, se podrán surcar las aguas haciendo rafting, como ocurre hoy en día, reconoce que ya no será posible en el tramo que intervendrán. “Las condiciones del río ahí serán diferentes, navegaría sobre el embalse y no sobre los rápidos”. Para Celsia será el único cambio. Porque, agregan, contribuirán a mejorar el entorno con reforestación.

Los ambientalistas, por el contrario, afirman que el daño es en todo el recorrido, puesto que un río es un ser completo desde su nacimiento hasta la desembocadura. Y lugareños que conocen el Samaná y la zona como la palma de su mano también rechazan esa teoría.

Llevo diez años luchando por el Samaná para tratar de que mis hijos y nietos gocen de lo que yo he conocido”, dice Roberto Londoño, comerciante de la vereda El Jordán, en San Carlos. “Es un río muy rico en pescado. Conocí la región sin centrales y veo el daño tan grande que hicieron la cadena de embalses del oriente antioqueño. Cuando se construye una represa, cambia el microclima. No vale la pena cambiar nuestra cultura por un trabajo”.

A un par de horas por una trocha infame, en Puerto Garza, sobre el Samaná, la oposición es casi unánime. Después de sufrir la violencia que obligó a muchos a desplazarse y de vivir ahora unas existencias apacibles, rodeados de una naturaleza exuberante y dedicados a la pesca, la minería artesanal y el turismo, aún incipiente, no quieren oír hablar de una represa. Aunque Celsia considera que no serán afectados, por no figurar en su área de 27 kilómetros, ellos creen que el río no volverá a ser el mismo.

El río es el ‘patrón’

“El Samaná es nuestro patrón, la mejor empresa que puede existir. Recibe a niños, jóvenes, adultos, discapacitados; todos pueden ir a sus aguas a conseguirse un sustento. Y claro que la represa nos va a perjudicar”, puntualiza Disi Hincapié, de la Asociación de Mujeres Emprendedoras, gestoras de paz.

El largo recorrido desde la autopista de Medellín hasta Puerto Garza, pasando por Guatapé, confirma los peores augurios. Ya no hay ríos, sino lagos salpicados de islotes que surcan una multitud de embarcaciones para turistas. Es un paisaje muy lindo, pero donde había ríos y parajes solitarios, ahora existe un enjambre de embalses y bullicio.

Desde Puerto Garza hay unas tres horas de vía destapada hasta El Prodigio, donde Celsia establecerá la base de la obra. En este corregimiento de San Luis, de calles polvorientas, que fue feudo de los paramilitares de Ramón Isaza y sufrió asaltos de la guerrilla al mando de alias Karina, generarán miles de empleos durante los cinco años de construcción. “Llevamos tres años de operación social y contamos con un 92 % de favorabilidad de las personas de la zona”, asevera Mauricio Mesa.

Pero es precisamente en El Prodigio donde el proyecto cuenta con uno de los líderes sociales que se oponen a la represa con más vehemencia. Arnulfo Berrío considera que su región debe ser un paraíso natural que atraiga el ecoturismo, tanto nacional como extranjero. Y coincide con los ambientalistas y con nativos en que la represa transformará por completo la fisonomía tanto del Samaná como de la región por la que fluye.

Lo más grave que está pasando es lo ambiental, la violencia será una anécdota en unas décadas

“Lo más grave que está pasando es lo ambiental, la violencia será una anécdota en unas décadas”, afirma Juan David Botero. “Entregamos a nuestros hijos muchos ríos destrozados que recibimos buenos”.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
​ESPECIAL PARA EL TIEMPO – SAMANÁ, ANTIOQUIA.

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