Ha llegado la hora del ‘realismo verde’

Ha llegado la hora del ‘realismo verde’

La transición a un mundo sin gases de efecto invernadero tendrá costos que no se deben olvidar.

Soluciones al cambio climático

Países miembros de las Naciones Unidas se han comprometido a buscar soluciones al cambio climático. 

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Franck Robichon / EFE - Archivo EL TIEMPO

Por: Jean Pisani-Ferry - Project Syndicate
13 de abril 2019 , 11:32 p.m.

El ‘Nuevo pacto verde’ promovido por Alexandria Ocasio-Cortez, una estrella demócrata en rápido ascenso en el Congreso de Estados Unidos, y otros compañeros suyos demócratas puede dar lugar a una reanudación bienvenida de la discusión sobre la mitigación del cambio climático en Estados Unidos y otras partes.

Si bien no es del todo nuevo –los verdes europeos han venido presionando por un ‘nuevo pacto’ de este tipo desde hace diez años–, su plan es ambicioso y de amplio espectro. Tal vez, ambicioso y de amplio espectro en exceso. Pero, a diferencia de la estrategia preferida de los economistas ante el cambio climático –fijar el precio correcto para el carbono y dejar el resto en manos de decisiones privadas–, el ‘Nuevo trato verde’ abarca correctamente las muchas dimensiones de lo que debe ser una transformación fundamental de nuestras economías y nuestras sociedades si no se enfrenta con éxito el desafío climático.

La transición a una economía neutra en emisiones de carbono será tan revolucionaria como la transición a la era industrial. Dada la naturaleza global de esta transición, no se la puede resumir en un solo precio. Debe ser un emprendimiento colectivo en el que los gobiernos inviertan y cada ciudadano encuentre su rol.

Cambio de mentalidad

El espíritu optimista y participativo del ‘Nuevo pacto verde’ debería ser elogiado.

Pero seamos claros: la transición verde no vendrá sin costos. No hay duda de que la vida y el trabajo serán mucho mejores si logramos contener el cambio climático, y este es el razonamiento para emprender los esfuerzos correspondientes.

Sin embargo, eso no es lo que están preguntando muchos ciudadanos. Su expectativa de base –poco realista pero entendible– es un escenario sin grandes cambios en el que siguen consumiendo y viajando según sus hábitos actuales. Pueden aceptar comer menos carne y usar autos más eficientes, siempre que su poder adquisitivo no cambie. Y tal vez quieran cambiar de trabajo si el nuevo es mejor pago y menos estresante. Pero hay poca evidencia de que los ciudadanos estén dispuestos a mucho más.

Lógicamente, quienes respaldan el ‘nuevo pacto verde’ tienden a complacer estos sentimientos. La propuesta de Ocasio-Cortez es lo suficientemente vaga como para evitar críticas precisas, pero lo que resulta evidente es que elude las cuestiones que puedan ser perjudiciales. Lo mismo se aplica a muchos planes que prometen una vida mejor junto con más y mejores empleos.

Desafortunadamente, la verdad es muy diferente. La transición a una economía neutra en emisiones de carbono hará que estemos peor antes de que pasemos a estar mejor, y los segmentos más vulnerables de la sociedad se verán especialmente afectados. A menos que reconozcamos y abordemos esta realidad, el apoyo a una economía más verde seguirá siendo escaso y tal vez termine disipándose.

La razón nos retrotrae al instrumento favorito de los economistas: los precios. De una u otra manera, debemos empezar a pagar por algo –el carbono– que hemos venido consumiendo gratis. Y ponerle un precio al carbono reducirá el consumo general.

La causa no es el impuesto, cuya recaudación se puede redistribuir entre los contribuyentes, por ejemplo, sobre una base per cápita, como lo propuso un grupo extraordinario de economistas estadounidenses. Más bien, ponerle un precio al carbono inevitablemente resultará en lo que los economistas llaman un ‘shock de oferta negativo’. Algún equipamiento se tornará inutilizable, y algunas tecnologías ya no serán rentables.

La producción máxima (lo que los economistas llaman el PIB potencial) declinará. Si el alza del precio es abrupta, lo que vendrá después es una caída, como ocurrió en 1974, cuando los productores de petróleo de repente aumentaron los precios. Un corolario es que la riqueza cae en la medida en que decae el valor de las viviendas que no son eficientes en cuanto al consumo de combustible, el de los autos glotones y el de las acciones de las empresas petroleras.

El problema no surge del uso de un instrumento de precios. Sería lo mismo en una economía planificada: la eficiencia de carbono también exigiría que se descartaran los equipos antiguos e ineficientes y se hiciera una inversión adicional para que el PIB se vuelva menos intensivo en consumo de carbono. Las estimaciones recientes colocan la inversión adicional necesaria en alrededor del 2 por ciento del PIB anualmente en 2040, con lo cual el porcentaje de producción disponible para el consumo de los hogares será, por consiguiente, menor.

El reto de la equidad

Es más, los efectos distributivos de la transición verde son desafortunadamente adversos. La clase media pobre y suburbana gasta un porcentaje mayor de su ingreso en energía que los profesionales ricos y urbanos, y muchas veces carece de los medios para comprar un sistema de calefacción nuevo y eficiente o para aislar térmicamente su casa. Y, como los empleos de la clase trabajadora tienden a ser más intensos en consumo de carbono, los trabajadores de las fábricas y los conductores de camiones se verán más afectados que los diseñadores y los banqueros.

El problema que enfrentan nuestras sociedades es gigantesco, y no se lo debería ocultar. El Gobierno francés tuvo que dar marcha atrás luego de que los ‘chalecos amarillos’ se rebelaron contra un impuesto al combustible de 55 euros (63 dólares) por tonelada, pero una estimación reciente de lo que se necesita para una descarbonización puso la tasa en 250 euros por tonelada en 2030.

Los países europeos, que ya sufren por tener que aumentar su gasto en defensa al 2 por ciento del PIB, como ha exigido el presidente estadounidense, Donald Trump, enfrentan hoy la perspectiva de pagar otro 2 por ciento para la transición a una economía libre de carbono. Durante décadas, a la gente se le han dado incentivos para trasladarse de los centros de las ciudades a los suburbios, y ahora se le dice que su estilo de vida no tiene futuro.

Por fortuna, esos efectos se pueden aligerar. La plena redistribución de la recaudación del impuesto al carbono puede aliviar la carga sobre los más vulnerables. En un entorno de tasas de interés ultrabajas, el financiamiento de deuda es una manera racional de acelerar la transformación económica, a la vez que se reparte el costo correspondiente a lo largo de generaciones.

Y, como sugiere la asombrosa caída en el costo de los paneles solares, fomentar la innovación y la competencia ayudará a acelerar la aparición de tecnologías limpias y eficientes. Y cuanto antes se emprenda la acción, y cuanto más predecible sea la perspectiva a largo plazo, más fácil será adaptarse y menos adverso será el impacto en la producción y la riqueza.

Los cambios abruptos devalúan los activos existentes, mientras que una transición suave permite las inversiones correctas en el momento correcto.

Dicho esto, el realismo nos obliga a reconocer que nada puede eliminar del todo la penuria que implica la transición. Para ganar, los entusiastas del ‘Nuevo trato verde’ deben ser honestos con los ciudadanos respecto de qué implica la transformación inminente, cómo se minimizarán y se compartirán equitativamente sus costos y qué papel pueden desempeñar. En lugar de retratar este escenario como prometedor, deberían mostrar que es viable.

JEAN PISANI-FERRY*
© Project Syndicate
París

* Jean Pisani-Ferry es profesor en la Escuela de Gobernanza Hertie (Berlín) y Sciences Po (París), titular de la cátedra Tommaso Padoa-Schioppa en el Instituto Universitario Europeo y miembro sénior en Brueguel, un grupo de expertos con sede en Bruselas

Una propuesta agresiva que rechazan los republicanos

A comienzos de febrero, la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez, una figura emergente en su partido, presentó un ambicioso plan para que su país –el segundo mayor emisor mundial de gases de efecto invernadero– produzca el ciento por ciento de su energía mediante fuentes limpias y renovables en un plazo de diez años, es decir, para el 2030.

“Es deber del gobierno federal crear un ‘Nuevo pacto verde’ para llegar a cero emisiones netas de gases de efecto invernadero, mediante una transición justa para todas las comunidades y trabajadores”, indica la propuesta de la congresista, respaldada en el Senado por el demócrata Ed Markey.

El plan plantea “expandir y modernizar drásticamente las fuentes de energía renovable ya existentes”, pero, además, “actualizar todos los edificios existentes en Estados Unidos y construir otros nuevos para lograr una eficiencia energética máxima”, así como proporcionar garantías económicas a los trabajadores de las industrias de combustibles fósiles para que puedan hacer la transición a la producción de fuentes renovables.

Consultada durante una entrevista con el famoso programa ‘60 minutos’ sobre cómo pensaba que se podría financiar semejante cambio, Ocasio-Cortez, la congresista más joven en la historia de Estados Unidos, planteó que una de las vías sería el aumento de los impuestos para los ingresos más altos, que actualmente tienen una tasa impositiva máxima de 37 por ciento.

Los republicanos han hecho un festín con la propuesta señalándola de infantil e inviable económicamente. Además de resaltar, con fines evidentemente políticos, los crecientes ‘vientos socialistas’ que soplan hoy en el partido demócrata. De hecho, el presidente Donald Trump la comparó con un trabajo de colegio y se burló diciendo en tono irónico: “Cariño ¿hay viento hoy? Me gustaría ver la televisión”.

Pero Ocasio-Cortez se mantiene firme. “Llámame radical”, dijo en la entrevista a ‘60 minutos’, recordando a continuación que el impulso de Abraham Lincoln para poner fin a la esclavitud y la creación de la seguridad social por Franklin Delano Roosevelt también fueron ideas radicales en su momento.

Y mientras tanto...

- El Reino Unido registró una temperatura de 20 grados centígrados en pleno invierno por primera vez en su historia. Sucedió a finales de febrero en Trawsgoed, oeste de Gales.

- Un estudio publicado en la revista ‘Science’ advierte que el calentamiento global va a disminuir la cantidad de alimento marino que los humanos podrían capturar de manera sustentable. Ya hizo caer la captura de peces en un 4,1 por ciento entre 1930 y 2010, pero en algunas zonas la reducción fue del 35 por ciento. El pescado es una fuente esencial de proteína para más de la mitad de la población global.

- Los últimos cinco años fueron los más calurosos que se hayan registrado, advirtió la Organización Meteorológica Mundial (OMM).

-El Ártico podría vivir su primer verano casi sin hielo alguno en algún momento entre 2030 y 2050 si no se frena el calentamiento global, reveló un estudio publicado en la revista ‘Geophysical Research Letters’.

- “La humanidad no se está moviendo a la velocidad que se necesita para disminuir la producción de dióxido de carbono, que está calentando el planeta”. Este fue el último mensaje del recientemente fallecido Wallace Smith Broecker, el geofísico estadounidense que acuñó el término ‘cambio climático’.

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