Conservar para vivir / Columna de opinión

Conservar para vivir / Columna de opinión

Aunque podemos encontrar la vacuna contra la covid-19, para la crisis climática, no.

Descubrimiento de anfibios en Norte de Santander

 Parque Nacional Natural Tamá, una de las áreas protegidas del país, zonas con las que Colombia le hace frente a la crisis climática. 

Foto:

Cortesía

Por: Martha Fandiño-Lozano*
18 de junio 2020 , 02:36 p.m.

Hemos seguido las noticias sobre la covid-19. Millones de infectados y cientos de miles de muertos, hasta ahora. En los últimos días se ha retirado el conteo de contagios y muertes de las noticias internacionales para dar paso a hechos de violencia interracial y abuso de poder de la fuerza pública. Y, seguramente, también para no evidenciar el aumento de casos por la reactivación de las economías. Entre tanto, se acomodan montañas de ataúdes en las fosas comunes.

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Esta pandemia evidencia algo muy importante: somos vulnerables. Y es sólo una muy suave manifestación de lo que podemos enfrentar, si continuamos destruyendo la naturaleza.

En general, las infecciones virales pueden ser controladas con vacunas y las personas que contraen los virus producen anticuerpos que evitan ser infectados de nuevo por el mismo bicho; es decir, generan inmunidad. Aunque aún no contamos con la vacuna para la covid-19, ni sabemos si se logra inmunidad de largo plazo, técnicamente la solución es posible. No ocurriría lo mismo en otros eventos de crisis planetaria que hoy se vislumbran como una realidad. En particular, el cambio climático y las infecciones bacterianas.

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El cambio climático modificaría el planeta radicalmente y lo convertiría en un sitio inhabitable. Si el clima que conocemos se desajusta, no hay manera de revertir el daño. Gran parte de la tierra se congelaría y otra parte se calentaría de tal forma que no habría manera de sobrevivir. Ya vimos la fuerza del fuego en el incendio de Australia en el que mil millones de animales murieron calcinados.

En un escenario de cambio global, no sólo los animales, sino miles de millones de seres humanos morirían por frío, calor, fuego, tornados, inundaciones, hambre, violencia, enfermedad y desesperación.

En cuanto a las epidemias bacterianas, resultan especialmente amenazantes en un contexto de extinción. Hoy en día varias bacterias han desarrollado resistencia a los antibióticos conocidos.

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Según la OMS, “un creciente número de infecciones, como la neumonía, la tuberculosis, la septicemia, la gonorrea o las enfermedades de transmisión alimentaria, son cada vez más difíciles — y a veces imposibles — de tratar, a medida que los antibióticos van perdiendo eficacia”.

Nuevos antibióticos pueden hallarse en la naturaleza porque la antibiosis es una manera en que unas especies se defienden de otras o defienden su entorno inmediato. La penicilina, el primer antibiótico descubierto, utilizado en 1941 en un soldado herido en la segunda guerra mundial, se extrajo del verde hongo del pan cuyas propiedades modificaron la vida de nuestra especie.

Antes de la penicilina las personas morían de una simple herida. El poder destructivo de las bacterias se desplegó en el pasado sin solución posible. La peste negra, que tuvo lugar en el siglo XIV, mermó la población de Europa en más de un tercio. Por eso, reconoce la OMS, “la resistencia de las bacterias a los antibióticos es una de las más grandes amenazas que hoy enfrenta la humanidad”.

Sin las demás especies, no tendremos nuevos antibióticos. Qué insensatez es, entonces, continuar devastando la naturaleza. Muchos hemos seguido con horror la deforestación del Amazonas colombiano, único hogar de millones de especies. Además, los expertos climatólogos le adjudican a esta región la bondad adicional de contribuir a prevenir el cambio climático. Entonces ¿por qué no se protege, al igual que otros ecosistemas no incluidos aún en los Parques Nacionales?

El gobierno del presidente Duque ha propuesto sembrar 180 millones de árboles de aquí a 2022 —meta que no creo factible. Pero aun si se lograra, la medida puede servir, a lo sumo, para sacar carbono del ambiente; no contrarresta la pérdida de biodiversidad debida a la destrucción de áreas como el Amazonas.

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Los ecosistemas naturales alojan especies que coexisten en un delicado tejido de relaciones. La mayoría de ellas no son árboles. Y en ese complejo mundo, se mantienen los procesos necesarios para la continuación y evolución de la vida. En otras palabras, los ecosistemas naturales son mucho más que un poco de palos sembrados.

El Estado colombiano debe enfilar baterías hacia lo que es más importante: el control del territorio y, en él, la protección efectiva de todos los tipos de ecosistemas. A la fecha, 40% de ellos — es decir, 134 tipos, según mis bases de datos — siguen excluidos de la conservación. Ojalá la siembra de árboles se entienda como lo que es: un complemento de una política de conservación biológica. No puede ser la política.

Martha Fandiño-Lozano
Ph. D en Ciencias ambientales

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