La conciencia ecológica impulsa el mercado de la ropa usada en Bogotá

La conciencia ecológica impulsa el mercado de la ropa usada en Bogotá

La moda sostenible lucha contra la contaminación, el consumo desmedido y el estigma. 

Clothe moda sostenible

Camila Morentres confiesa que no es una gran fanática de la moda, pero sí del cuidado del medio ambiente. Por eso fundó Clothe hace cinco años.

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Milton Díaz. EL TIEMPO

Por: Mateo Arias Ortiz
17 de octubre 2020 , 11:00 p. m.

Alguien entra a un almacén de cadena solo por mirar, pues no necesita nada, pero se antoja de una chaqueta de poliéster verde oscuro y la compra. De una forma más actual: alguien ve una publicidad de un portal web, mira el catálogo y pide una promoción de dos 'hoodies' por el precio de uno. Es un acto sin malicia, pero, según Camila Morentres, fundadora de la ONG Clothe, ese alguien está siendo irresponsable con el medioambiente.

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La industria textil es la segunda más contaminante del planeta —señala Morentres—. Comprar en una tienda puede no parecer malo aparentemente, pero contribuye a que haya una producción desmedida”.

Y, en efecto, la producción de textiles en masa tiene un costo ambiental prominente. El impacto comienza con el nacimiento de la cadena de producción: la extracción de las materias primas. Luego pasa por el tratamiento de esos materiales; después, su transporte y, finalmente, su deshecho. En todos los pasos se deja una huella.

De hecho, en la Conferencia de la ONU (Organización de las Naciones Unidas) sobre Comercio y Desarrollo del año pasado, se informó que “el rubro del vestido utiliza cada año 93.000 millones de metros cúbicos de agua, un volumen suficiente para satisfacer las necesidades de cinco millones de personas, (...) cada año se tiran al mar medio millón de toneladas de microfibra, lo que equivale a tres millones de barriles de petróleo”.

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Según el mismo informe, esta industria “produce más emisiones de carbono que todos los vuelos y envíos marítimos internacionales juntos, con las consecuencias que ello tiene en el cambio climático y el calentamiento global”.

Pero, más allá de las cifras, que no son menores, la ONU advierte un culpable: las empresas de 'fast fashion' (moda rápida), que producen más cantidad de ropa en menos tiempo, con diseños basados en la alta costura a precios asequibles.
Por otro lado, para que este modelo de producción pueda dar abasto, las empresas contratan mano de obra barata, y con esto se crea el otro problema que el concepto de la ‘moda sostenible’ pretende combatir: la explotación laboral.

Estamos criados en una economía lineal: compramos, usamos, botamos. Hay que transformar esa forma de consumir hacia una economía circular

Ángela Serrano, investigadora de economías alternativas y fundadora de la iniciativa de moda sostenible KuKuPu, cuenta que, según sus averiguaciones, “la industria textil emplea a más de 75 millones de personas en todo el mundo, de las cuales el 80 por ciento son mujeres. Y como es un negocio tan lucrativo, fue apenas en el 2013 cuando se empezó a vislumbrar su lado oculto, tras el derrumbamiento del edificio Rana Plaza en Bangladés”, que reveló las condiciones laborales de cientos de personas. “A partir de ese momento, los consumidores en Europa empezaron a cuestionarse: ¿quién hizo mi ropa? De ahí surgió el movimiento Fashion Revolution y comenzó el cambio”.

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La moda sostenible, que ha surgido como respuesta, se basa en tres premisas principales. En primer lugar, cuidar el medioambiente a la hora de extraer los recursos primarios y tratarlos. Por otro lado, busca respetar los derechos humanos y laborales de quienes producen la ropa. Y finalmente procura alargar su vida útil lo máximo posible y postergar su desecho mediante diferentes técnicas.

Esa última parte del proceso es la que más se puede llevar a cabo en ciudades como Bogotá, a las que la ropa de marcas europeas y estadounidenses (los mayores productores) llega ya confeccionada.

Así que la labor de iniciativas como las de Camila Morentres, Ángela Serrano o María del Pilar Puerta, fundadora de Desprendarte (una boutique de ropa de segunda mano que queda en la calle 116 con carrera 15) se encargan de tomar esa ropa que ya está hecha e introducirla en modelos circulares de la economía.

Economía circular

Según Puerta, “estamos criados en una economía lineal: compramos, usamos, botamos. Hay que transformar esa forma de consumir hacia una economía circular” en la que cuando alguien deje de usar una prenda la regrese a un punto anterior de la cadena en el que se pueda reaprovechar y que alguien más la pueda usar.

Puerta explica que estas alternativas le hacen contrapeso al gran consumo de ropa de los fast fa-shion que hay. Ley del mercado: si la demanda baja, la oferta tiene que bajar. Para ella, lograr eso es imperativo y, de hecho, cuenta que hasta las grandes casas de moda del mundo están detrás de esa meta.

“Los grandes diseñadores están proponiendo sacar menos colecciones que antes, para evitar que las marcas de cadena imiten e imiten. Es decir, hay una intención en los círculos de la alta costura de que la ropa dure más tiempo estando de moda y así contrarrestar la sobreproducción de lotes de ropa que ni siquiera se alcanzan a vender y, cuando llega la siguiente colección, ya tienen que tirarlos a vertederos, que son los lugares en los que más se contamina”, dice Puerta.

Morentres coincide en que es importante evitar al máximo que la ropa llegue a la basura. En su fundación, además de recibir la ropa, alistarla y revenderla o donarla, también se asegura de que la tela que no se puede reutilizar se deseche de la forma correcta.

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Desprendarte

María del Pilar Puerta muestra el glamur de la ropa sostenible.

Foto:

Cortesía Desprendarte

“Cuando un textil se tira a la basura, simplemente termina produciendo gases en botaderos durante los siguientes 200 años”, explica Morentres, y cuenta, de paso, que en su fundación procesan en total unas 3.000 toneladas de textiles al mes.

La costumbre de comprar ropa usada existe con más fuerza en otros países y, hasta hace poco, en Colombia se asociaba con estigmas negativos relacionados con el estatus y la higiene. Pero, según María del Pilar Puerta, eso está cambiando.

No hace mucho que el poco mercado de ropa usada que había en Bogotá estaba solamente en las tiendas de la avenida Caracas con calle 50 y en la plaza España, y sus clientes solían ser personas que buscaban precios bajos. Curiosamente, también había muchos extranjeros. Ahora, la oferta se ha diversificado y tiene varias alternativas, cada vez más atractivas y enfocadas hacia el consumo responsable.

Otra muestra es la iniciativa de la diseñadora de modas Nazhly Rojas, que interviene prendas, las rediseña y les agrega partes de otras piezas. Rojas transforma la ropa y propone un valor agregado desde el diseño. Esto, de paso, demuestra el glamur que puede resultar de la moda sostenible, lo cual, desde el estereotipo, sería impensable.

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Por otro lado, respecto a ese estigma de que las prendas son viejas o sucias, Puerta explica que en su tienda se usa “un vocabulario diferente para referirse a la comercialización de ropa de segunda mano, pues lo que queremos es que la gente entienda que muchas veces ‘segunda mano’ simplemente significa que la prenda ya tuvo un dueño, pero no necesariamente quiere decir que la haya usado. Hay mucha ropa nueva o ligeramente usada que la gente nos da”.

También cuenta que “es una alternativa para quien no sabe qué hacer con ropa que está en perfectas condiciones, pero que, por alguna razón, ya no usa”.

Respecto a las reservas que tienen muchas personas sobre hacerse con vestuario de segunda mano para llenar sus clósets, Camila Morentres opina que “hay estereotipos que no sabemos de dónde nacen. No hay sustento científico para rechazar la ropa usada, que de hecho ha sido lavada y desinfectada varias veces” por sus primeros dueños y, luego, por las organizaciones como Clothe, KuKuPu, Desprendarte y otras.

“Por otro lado, sí hay pruebas de que las prendas nuevas pasan largos tiempos en bodegas o barcos y están expuestas a la humedad y a las heces de rata. También, como están recién salidas de las fábricas, desprenden químicos nocivos”, explica.

Pero ¿por qué accedemos a viviendas, carros o electrodomésticos usados sin problema y sí tenemos dudas con la ropa? Morentres reflexiona que “la ropa está ligada a la experiencia de la identidad, pues nos ayuda a entender quiénes somos y a comunicarnos. También nos permite expresar a qué clase pertenecemos (o queremos pertenecer), cómo nos sentimos, a qué nos dedicamos, de qué cultura venimos. No queremos cambiar nuestro comportamiento de consumo respecto a algo tan personal”.

Además, a cualquiera le cuesta trabajo aceptar que lo que está haciendo sin malas intenciones pueda tener un impacto negativo. Cambiar un hábito de consumo como comprar esa chaqueta verde o ese par de tenis de moda es difícil, porque aparentemente no tiene nada de malo.

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Por su parte, Puerta cree que puede tratarse de “un tema generacional. Mi mamá al principio no entendía mi iniciativa, le daba asco. Ahora es la compradora número uno. Y también es un tema de desarrollo: en Nueva York y en Londres hay tiendas muy exitosas y esta práctica es normal”.

Tecnología y comunidad

En Colombia, el camino hacia la fomentación de la moda sostenible pasa por las herramientas tecnológicas. Nazhly Rojas, fundadora de Lena Moda, insiste en la importancia del papel que han jugado las redes sociales en este proceso.
Las redes sociales han sido claves para socializar el concepto de la moda circular. La comunicación más directa con otras culturas en las que ya hay más conciencia al respecto ha logrado que personas aquí cambien su mente. Hay una tendencia que, de hecho, varios influenciadores están promoviendo”.

De hecho, iniciativas como KuKuPu organizan trueques a través de las redes sociales para que las personas se encuentren en un lugar e intercambien ropa que ya no quieren por prendas que les atraigan.

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Este tipo de interacciones combate otro de los motivos de desconfianza de quienes no se animan a comprar ropa usada, y es el de desconocer a quién pertenecía antes. De hecho, con esta premisa se han creado plataformas como Renueva tu Clóset, Go Trendier o Closeando, en las que las comunidades compran y venden ropa 'online', como pasa con otros productos, al estilo de eBay o Mercado Libre en sus inicios.

Esto es solo una mirada general a un movimiento que crece cada vez con más fuerza. El avance de la moda sostenible y el 'slow fashion' en Colombia crecen a diario y, por medio de iniciativas de este tipo, están rompiendo estereotipos y logrando un impacto positivo. Quizás mañana alguien pensará un poco antes de comprar una promoción de dos hoodies de poliéster al precio de uno por internet.

MATEO ARIAS ORTIZ
Redacción Domingo
EL TIEMPO
En Twitter e Instagram: @mateoariasortiz

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