'En Colombia, el lugar más inseguro para los niños es su propia casa’

'En Colombia, el lugar más inseguro para los niños es su propia casa’

Andrés Casas, investigador de la Universidad de Pennsylvania, explica el porqué de esa violencia.

Plantón por Cristo José, niño secuestrado

El país ha salido, varias veces, a manifestarse en contra de los atroces crímenes en contra de niñas, niños y adolescentes. 

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Héctor Fabio Zamora. EL TIEMPO

Por: María Camila González Olarte
15 de agosto 2019 , 09:39 p.m.

Si bien el aumento de la violencia contra los niños, niñas y adolescentes, que incluye escalofriantes casos de asesinatos y abuso sexual, tiene preocupado al país, lo que realmente prende las alarmas es que esa violencia empieza en la casa.

Eso dice el investigador Andrés Casas, que trabaja en el centro de normas sociales con la Universidad de Pennsylvania y quien, bajo la dirección de la filósofa Cristina Bicchieri, está adelantando un estudio para determinar qué hay en la cultura y en el comportamiento de los colombianos para que sean tan violentos con la infancia.

A propósito del estudio, este diario conversó con Casas sobre las posibles salidas a esa violencia que se ha llevado 344 vidas en lo que va de este año y por la que se hacen 60 exámenes diarios por algún delito sexual.

La U. de Pennsylvania está haciendo un análisis del comportamiento de los colombianos, ¿qué buscan con eso?

Nuestra tarea es identificar si detrás de un comportamiento nocivo y persistente, como lo es la violencia contra los niños, niñas y adolescentes, existe un tipo de creencia social que hace que la gente no pueda salir de ese círculo.

¿Ya se sabe algo de por qué somos tan violentos con los niños?

Según hemos encontrado, la violencia puede estar basada en los roles de género y de cómo la gente cree que tiene que comportarse.

¿Cómo se puede modificar un comportamiento dañiño en una sociedad, como el de la violencia?

Nosotros hemos hecho varios trabajos para lograrlo. Por ejemplo, a Unicef le hicimos un modelo para entender por qué en Uganda abandonan la lactancia materna. Explorando el sistema nos dimos cuenta que había dentro de esa comunidad unas mujeres que aceptaban ese comportamiento, y eran las suegras.

Lo que se hizo en ese momento fue una intervención a aquellas mujeres que estaban influenciando el comportamiento de las madres y se les invitó a informarse sobre los efectos positivos de dar pecho.


Y en el caso de Colombia, ¿cuál es el diagnóstico?

En el país se han hecho muchísimas encuestas sobre el clima familiar. Sin embargo, ninguno de ellos ha clasificado para hacer una intervención basada en evidencia. Por eso, el Instituto Colombiano de Bienestar Familia (Icbf), con el Ministerio de Salud, hicieron un gran esfuerzo para apoyar al Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos para publicar una encuesta muy importante sobre violencia contra los niños, niñas y adolescentes en Colombia.

Sin embargo, tenemos que ahondar más sobre la práctica misma. Es decir, las creencias sociales que están detrás de la práctica. Ese es el trabajo que vamos a hacer en Colombia, porque hasta ahora no se ha hecho. Sí ha habido algunos pilotos, con el modelo con el que nosotros trabajamos y han encontrado cosas interesantes.

¿De qué se trata el modelo que van a hacer ustedes?

Vamos hacer un diagnóstico en unos puntos focales de prevalencia del fenómeno de violencia en Colombia. Y usando la plataforma del Icbf, la idea es poder diseñar un programa de transformación a partir de lo que encontremos en el campo. Para eso tenemos un año, que ya está comenzando y será algo novedoso que tendrá el país.

¿En qué fase están ustedes del estudio?

Estamos empezando. Ahora estamos conociendo las cifras que hay al respecto, empapándonos de lo que se está haciendo. Hay todavía unos vacíos en ese sentido, y esa es la finalidad del estudio. Entender desde una perspectiva comportamental los rasgos de la sociedad, y por primera vez entender qué hay detrás de la violencia contra los niños y las niñas.

Andrés Casas, investigador de la Universidad de Pennsylvania

Andrés Casas, investigador de la Universidad de Pennsylvania

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Cortesía Andrés Casas.


Ustedes han revisado la violencia contra los niños en otros países, ¿algo de eso se puede comparar con lo que pasa en Colombia?

Sí. Hay varios conductores y patrones similares de las violencias que se ven en África, Medio Oriente y en Colombia. Una de ellas son las culturas machistas que, sin duda, usan la violencia para la construcción de carácter, que es una falsa creencia.

Lo que también se ve es que en países donde ese tipo de violencia es prevalente, hay una correlación entre las personas que cometen homicidios y practican violencia extrema con las que fueron abusadas en sus casas.

Hay una segunda característica que no solo compartimos con países en vía de desarrollo sino con los desarrollados, y es que la violencia contra las mujeres estaba siendo invisibilizada. Eso muestra también el patrón de la violencia sexual, que apenas está siendo visibilizado con movimientos como los de MeToo, y que a su vez está siendo practicado de forma sistemática a niños y niñas en los últimos años en todo el mundo. Ese tema de la violencia sexual es algo urgente por trabajar, que tiene efectos terribles en la salud mental de las mujeres, los hombres y de los niños.

Vemos adicionalmente un tercer factor que nos muestra una situación lamentable y es la inoperancia de los sistemas de atención. En muchos casos, la prueba de la violencia sexual y otras formas de abuso psicológico cae sobre el niño y niña. Los sistema de protección no son los mejores y muchas veces los terminan revictimizando. Por otro lado, la recuperación del trauma es una deuda que tenemos como sociedad.

Apenas hemos empezado a entender la magnitud de lo que significa para el cerebro pasar por un trauma de violencia. Yo creo que el país está tomando una decisión importante y es entender que hoy en Colombia el lugar más peligrosa para los niños, niñas y las mujeres son los hogares.

Entonces la violencia empieza desde la casa...

Sí, es una profecía autocumplida. Eso empieza por prácticas silenciosas en los hogares como el maltrato físico, verbal y sexual entre las mismas parejas. Además hay una absoluta naturalización del maltrato y el control del cuerpo del otro.

Con un agravante y es que lamentablemente tenemos una distancia grande entre lo que ocurre en la ley y en la sociedad, eso es algo que no se ha estudiado. Un ejemplo de eso es que muchos funcionarios que atienden las rutas de protección o prevención, por sus creencias, respaldan el uso del castigo físico para educar a los niños y refuerzan las violencias basadas en género.

Tenemos que buscar un proceso de terapia social, y la forma de sanar. No podemos seguir creyendo en dichos como: “te quiero porque te aporreo”, en los que se cree que si no le pegas a tu hijo, van a cometer errores en el futuro.

En ese sentido, ¿cómo hacer efectiva una política pública como la que propone el Gobierno para reducir la violencia?

Quiero resaltar que una política pública no tendrán impacto si no se empiezan a tener conversaciones más francas sobre la violencia. Por ejemplo, en Uganda los funcionarios de unas organizaciones me decían que el ‘palo’ era casi un símbolo nacional, porque sino lo hacían, el país podía estar mucho peor que eso. De alguna forma, al final del taller nos dimos cuenta que esas creencias existían porque no había una alternativa a ese comportamiento violento.

La teoría de Cristina Bicchieri se basa en ofrecer a una comunidad una alternativa conductual que sea factible. Parte de lo que esperamos que se pueda adoptar en Colombia es el acompañamiento a familias en las horas de la noche, que cuando hay más violencia contra los niños. Para eso, tenemos la ventaja de que en Colombia está toda la información relacionada con los hechos violentos como el estrato, la hora y si es zonas rurales o urbanas.

¿Qué se haría, por ejemplo, en esas horas difíciles?

Con personas que tienen dos trabajos; un salario mínimo, lo último que quieren llegar a hacer es a lidiar con el desorden y la energía que tienen sus hijos. Un trabajador social les hace observaciones y les da la posibilidad de adoptar herramientas alternativas para manejar las propias emociones. Y solo basta con mirar la última encuesta de salud mental que tiene el país, que nos dice que los colombianos tenemos serios problemas de regulación de las emociones. Eso explica tanta violencia.
Por eso, lo que hacemos con nuestro modelo es transformar esas creencias, instaurar nuevas normas y promocionar alternativas comportamentales en las familias, los hogares y en los colegios.

MARÍA CAMILA GONZÁLEZ OLARTE
REDACCIÓN VIDA
Twitter: @CamilaGolarte
marola@eltiempo.com

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