‘Hablar de democratización de la moda es engañoso’

‘Hablar de democratización de la moda es engañoso’

Agnès Rocamora, habla sobre el impacto de las redes sociales en la moda y el concepto de femineidad.

Semana de la moda árabe

Una modelo muestra una creación de la colección de Amato Couture durante la Semana de la Moda Árabe celebrada en Dubái, Emiratos Árabes.

Foto:

EFE

Por: SOFÍA BEUCHAT
10 de septiembre 2018 , 09:16 p.m.

Ni bien hecha ni estilosa; ni siquiera llamativa o trendy. Hoy, el mejor cumplido que puede recibir una colección de moda es que sea ‘instagrameable’.

Àgnes Rocamora, socióloga francesa, doctora en Estudios Sociales y Culturales y académica del London College of Fashion, lleva 20 años analizando este fenómeno.

Su tema de estudio es cómo los medios –en especial los blogs de moda y las redes sociales– inciden en el sistema completo de la moda, desde la producción de materias primas hasta el consumo.

La forma que adquiere la moda en cada una de sus etapas está cada vez más mediatizada, asegura. Hoy son las redes sociales, no las calles ni los referentes provenientes del mundo cultural, las que tienen más injerencia en lo que se puede ver tanto en las pasarelas como en las vitrinas.

Ellas están cumpliendo un papel fundamental en lo que Àgnes describe como “la mitología de la moda”, es decir, la manera como el vestuario y las tendencias impulsadas por la industria de ropa y accesorios son capaces de reflejar y representar valores relacionados con conceptos como femineidad, género, clase social, raza.

Vemos cada vez más mujeres maquillándose de manera algo exagerada para verse bien en Instagram, y lo mismo puede decirse en el caso del vestuario. Varios diseñadores (en este minuto recuerdo, por ejemplo, a Alexander Wang) han declarado que tienen a esta red social en su cabeza en el momento de diseñar. Otros, como Alber Elbaz en sus tiempos en Lanvin, han dicho sentir mucha frustración cuando sus clientas se prueban la ropa y se sacan fotos inmediatamente, más preocupadas de cómo se ve el ‘posteo’ que de cómo se siente la ropa sobre la piel”, dice Àgnes al teléfono desde su oficina en Londres.

Algoritmos e inequidad

Como cofundadora y coeditora de la Revista Internacional de Estudios de Moda, Àgnes tiene acceso a muchos estudios sobre esta materia. A comienzos de agosto, recuerda, salió a la luz una investigación desarrollada por la compañía que distribuye la tarjeta de crédito Barclaycard y en la cual se demostró que en el Reino Unido, uno de cada diez clientes reconoce comprar solo para tomarse la foto de rigor, subirla a las redes, y luego devolver la ropa a las tiendas. Lo sorprendente es que el estudio no se hizo entre adolescentes, más asiduos a la ropa y supuestamente más interesados en obtener likes, sino en 2.002 adultos de entre 35 y 44 años.

Otros, como Alber Elbaz en sus tiempos en Lanvin, han dicho sentir mucha frustración cuando sus clientas se prueban la ropa y se sacan fotos inmediatamente

¿Cómo se traduce, en términos concretos, esta influencia de las redes sociales sobre la moda en sí?

Un buen ejemplo es el uso del negro, que ha tendido a disminuir porque no se luce totalmente en la instantaneidad que ofrecen las redes, donde se ven menos los detalles y texturas. Instagram está haciendo que haya cada vez más colores en las colecciones de moda.

Muchos celebran el hecho de que las redes sociales permiten visibilizar más estilos diferentes, lo cual transmite la idea de una moda cercana y plural

Eso es cierto, pero se habla mucho de una supuesta democratización de la moda, y eso me parece engañoso. En los comienzos de las redes sociales había bastante optimismo con respecto a su capacidad de mostrar gente de a pie, sin el aspecto de una modelo, hablando de moda. Efectivamente, se pueden encontrar en las redes espacios de moda dirigidos a gente de más edad, o con tallas grandes, por ejemplo. Pero estas iniciativas se mantienen aún como voces alternativas. Hoy, las redes sociales se han capitalizado, se han convertido en commodities, y esto ha instalado el canon físico tradicional –joven, blanco, flaco– en los espacios de más visibilidad.

¿A qué atribuye esto?

Las razones son culturales, pero también tecnológicas. La manera como funcionan los algoritmos que utilizan las redes sociales ofrece una mirada filtrada, selectiva, de la realidad. Las decisiones humanas son llevadas a códigos que luego reproducen las inequidades.

Llega a tal punto que si pones ‘mujeres negras’ en el buscador, lo primero que te muestra son imágenes relacionadas con la pornografía. Y si apuntas ‘mujer parisina’, arroja fotos de mujeres jóvenes, delgadas y caucásicas. Esto es algo que debemos intentar corregir.

Esta selectividad, unida al sentido aspiracional propio de la moda, ha impulsado un mercado en torno a lo que se conoce como influencers: personas usualmente admiradas por su estilo o look, que aprovechan su gran cantidad de seguidores para armar un negocio en torno a las redes sociales.

Este modelo, dice Àgnes, está en una encrucijada, debido a las crecientes dudas sobre su credibilidad: su trabajo con las marcas –que les pagan o regalan ropa y accesorios a cambio de ‘posteos’– es cada vez más evidente.

En el Reino Unido, cuenta Àgnes, la discusión ha llegado a tal punto que los encargados de las regulaciones de publicidad han “invitado” a los influenciadores a explicitar contenidos auspiciados. Pero no es aún una obligación legal.

“A dónde va a llevar esto a los blogueros es una gran pregunta”, comenta Agnes.

Estas son personas que han encontrado una manera de vivir a partir del ideal de estilo que transmiten. ¿Cómo pueden conseguir dinero si no son creíbles? Necesitan marcas tanto como credibilidad: si eliminan completamente los espacios comerciales, no se financian; si retiran totalmente los contenidos propios, pierden la razón por la que empezaron a tener seguidores. Están atrapados en esta ambivalencia propia de la era de las fake news, y, de momento, es una pregunta sin respuesta”.

¿Cuál es su visión sobre la fast fashion?

Hay mucha discusión en torno a ello. Por supuesto que debiéramos aspirar a que más gente consuma menos ropa y opte por productos de mejor calidad. Pero ¿cuántos consumidores están dispuestos a gastar más? Más aún: ¿cuántos pueden hacerlo? Sabemos los costos sociales y ambientales de la fast fashion, pero, por otro lado, permite que más gente tenga acceso a la moda. Y no está bien la idea de que haya gente excluida.

Feminismo y medioambiente

El desplazamiento de la comunicación de moda desde los blogs, cada vez menos influyentes, a las redes sociales ha tenido para Àgnes un costo no menor: se ha perdido, dice, el valor de lo que describe como “moda escrita”.

“En sus comienzos, los blogs aportaban más contenido que solo imágenes. Las palabras ofrecen espacio para la crítica, para entender los contextos, los referentes históricos, todo lo que hace que la moda sea un reflejo social”.

En esta línea, hoy están en juego temas como el feminismo y el medioambiente, y resalta que sus alumnos tienen un interés genuino por los dos.

“Hay una moda que ve a la mujer como objeto y a las personas como meros consumidores. Pero la moda puede ser usada para mantener y promover la equidad de género, combatir el racismo, fomentar la diversidad. En ningún caso debiera usarse como una manera de ejercer opresión”, dice, aludiendo a aspectos criticados como el uso de tallas alejadas de la realidad y la publicidad sexista o cosificadora.

SOFÍA BEUCHAT
EL MERCURIO (GDA)

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