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La mujer que hace historia al frente de la Universidad Nacional
Dolly Montoya, rectora de la Universidad Nacional

Dolly Montoya posa sonriente frente a una de las fachadas más icónicas de la Universidad Nacional, institución que dirigirá hasta el 2021.

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Carlos Ortega / EL TIEMPO

La mujer que hace historia al frente de la Universidad Nacional

A los 70, la científica Dolly Montoya se convierte en la primera mujer que dirige la institución.

Los juguetes no le duraban mucho a Dolly Montoya. Siempre quería saber qué tenían dentro, así que los abría, los revisaba y luego trataba de armarlos de nuevo. Sin embargo, explica, pocas veces tenía éxito.

Esa curiosidad innata la llevó años después a convertirse en una reconocida científica e investigadora. También, a tener un sueño que ninguna mujer había alcanzado antes y se materializó esta semana: liderar la rectoría de la icónica Universidad Nacional (U. N.).

Aunque, como ella dice, su hijo amado es el Instituto de Biotecnología, que fundó en esta institución educativa en 1982, su puesto ahora estará en el amplio despacho de la rectoría, con sus sillas de cuero, piso de madera y mesas grandes cargadas de papeles. Justo al lado está la sala de juntas, una de cuyas paredes está adornada con los retratos de los 43 rectores que han dirigido la Nacional en sus 150 años de historia. Todos ellos hombres.

Montoya señala el espacio desocupado al lado de la fotografía de Ignacio Mantilla, su antecesor y quien seguirá al frente de la institución hasta el 2 de mayo. Luego entregará las riendas a la primera mujer en la historia en dirigir la universidad. “Ese espacio en blanco es el 44, y es el mío”, muestra con orgullo.

Esta química farmacéutica de profesión, con varios títulos posgraduales, investigaciones, logros académicos y científicos y experiencia dirigiendo institutos y publicando libros, asegura que la vida la ha guiado para llegar hasta ese despacho: siempre quiso lo mejor para la universidad y para la educación de Colombia.

Química y revolución

Además de la curiosidad, Montoya también heredó el amor por la lectura de su padre, Luis Montoya. “Mi papá nos regaló a nosotros, que éramos siete hermanos, la colección de los nobeles”, cuenta.

Sin embargo, estos ilustres personajes ganadores del máximo galardón internacional por áreas del conocimiento no fueron suficientes para definir su rumbo en la vida. Tuvo que llegar el profesor de química, Antonio, del Colegio Gimnasio Pereira, en Risaralda, de donde es oriunda, para reafirmar lo que ella ya presentía: que su pasión de por vida sería la ciencia.

“Antonio me inspiró, y por eso escogí la química farmacéutica, en específico porque me di cuenta de que en esa época todas las ingenieras químicas terminaban siendo las secretarias de sus compañeros. Cuando salían al mundo laboral había una selectividad de género, y las empresas preferían a los hombres”, relata la científica.

Ella no quería eso para su vida: que por ser mujer terminara trabajando para un hombre. Y atinó con la química farmacéutica, a pesar de ser un campo poco explorado en Colombia en los años sesenta. Estudió en la Universidad Nacional, donde, asegura, pasó los mejores años de su vida.

Recuerda que cuando llegó a Bogotá de Pereira era una estudiante de provincia más, como cualquier otra. Vivió el primer semestre donde su tía, para luego irse a las residencias estudiantiles autogobernadas de la U. N.

Todos los jóvenes que allí vivían se organizaban y funcionaban como una microsociedad: se distribuían funciones, se repartían los pagos y disfrutaban de la juventud. “Nosotros éramos de clase media de provincia, así que nos giraban un dinero, no mucho, lo suficiente, así que nos medíamos. Vivíamos muy bien”, recuerda Montoya.

No fue ajena al movimiento político de los años setenta mientras estudiaba su carrera. “Los estudiantes de la Nacional eran todos revolucionarios”, asegura sin excluirse. “Siempre llegaban ofertas para que nos uniéramos a las guerrillas, algunos lo hicieron y terminaron muertos. Sin embargo, yo siempre mantuve el discurso de que las diferencias no se resuelven con balas, sino con diálogo y conversación”, añade.

Sin embargo, yo siempre mantuve el discurso de que las diferencias no se resuelven con balas, sino con diálogo y conversación

La vida juvenil de fiestas e idas y venidas a disfrutar del teatro no duró mucho para la científica: se casó en cuarto semestre, y a los 21 años ya tenía dos hijos. Pero eso no impidió que siguiera adelante: dormía dos o tres horas al día y estudiaba cuando podía para no dejar abandonados sus estudios.

Una vez se graduó, dejó la vida de política de izquierda, pero no la pasión por el estudio. Lo primero, porque una vez inició su vida laboral en el sector farmacéutico conoció la realidad de los trabajadores y se desencantó: “Ellos no querían una revolución socialista, querían vivir bien”, dice. Y se mantuvo en lo segundo porque, más allá de su pasión por la ciencia, su gran pasión es el conocimiento.

En el fondo, admite, sigue siendo una revolucionaria, aunque prefiere llamarse innovadora. Dice que los investigadores no pueden vivir en la línea de confort, sino en la incertidumbre, porque un investigador que todas las veces hace lo mismo no es un investigador. “Siempre estamos buscando hacer cosas nuevas, cosas diferentes”, explica. A estas características se debe sumar otra más cuando el investigador es además profesor: “El mejor maestro es el que con su ejemplo enamora a los estudiantes del conocimiento”.

El mejor maestro es el que con su ejemplo enamora a los estudiantes del conocimiento

Su hijo preciado

La mayor de sus innovaciones fue la creación del Instituto de Biotecnología, el único en su especie en el país. La idea fue su tesis de grado de la maestría que cursó en la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam). Estaba convencida de la necesidad de crear esta institución para realizar investigación.

A sus casi 70 años de edad, 35 de ellos los ha invertido en la Nacional, y la mayoría de estos en sacar adelante el instituto, que ya cuenta con un peso económico de 30 millones de dólares de inversión en infraestructura y proyectos. De estos recursos, 100 millones son de la Nacional y el resto, de financiación internacional que ella misma ha conseguido.

Así como sus dos hijos y cuatro nietos son su mayor tesoro, el instituto es su bien más preciado. Muestra cada uno de los laboratorios con orgullo, explica qué se hace, qué no, quiénes lo hacen, desde hace cuánto... Lo sabe todo.

En uno de ellos está Nicolás Niño, estudiante de maestría en microbiología. Conoce a la científica desde 2016 y asegura que ella es una persona íntegra que brinda mucho apoyo a sus estudiantes. “Da una visión holística de la industria y de la ciencia en general. Sabe guiar y es una buena líder. Le irá muy bien como rectora”, sostiene.

El recorrido continúa, entra a la dirección de la institución y saluda a Alba Rodríguez, secretaria del Instituto de Biotecnología. Se conocen desde hace siete años. Ella destaca la capacidad conciliadora de la nueva rectora: “Resuelve los problemas que surgen de manera rápida y siempre positiva. El reto que se viene para ella es enorme”.

“¿Qué le pediría?”, se cuestiona Alba en voz alta. “Que tenga en cuenta a los administrativos. Nosotros también formamos parte esta universidad”, dice.

Si la gente trabaja feliz, cambia todo. La felicidad para mí es la tranquilidad y la paz que da estar en el camino correcto

Parecería ser que la filosofía de Montoya se refleja en aquellos que trabajan con ella. “Si la gente trabaja feliz, cambia todo. La felicidad para mí es la tranquilidad y la paz que da estar en el camino correcto. Cuando a ‘madame’ Curie, a punto de morir, le preguntaron sobre su vida dijo: 'La ciencia me dio la paz'. Es más o menos lo mismo, en esto soy absolutamente feliz”, concluye.

SIMÓN GRANJA
EL TIEMPO
En Twitter: @simongrma

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