‘Es a mi mamá a quien le debo el amor por las matemáticas’

‘Es a mi mamá a quien le debo el amor por las matemáticas’

Melisa Parra, nieta del mítico profesor Yu Takeuchi, llevará la representación nacional a Hungría.

Melissa Parra

Melisa Yume Parra Takeuchi estudia en el Colegio Calasanz, en grado 11.°. En noviembre hará las pruebas para entrar a la Universidad Nacional.

Foto:

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

Por: Myriam Bautista
03 de julio 2019 , 06:58 p.m.

Melisa Yume Parra Takeuchi fue calificada con 440 puntos en la prueba escrita para los bachilleres, en exámenes patrocinados por la Universidad Ecci, que se publican en EL TIEMPO. Por ese puntaje ocupó el segundo puesto, después de José Miguel Alfaro Castillo del Colegio de Bachillerato Patria, quien obtuvo 460 puntos.

Melisa pasó a la prueba presencial y ahí alcanzó el puesto séptimo. No fue esa calificación la única buena nueva que ha recibido por estos días. Se apresta a viajar a Hungría ya que, después de varios exámenes nacionales e internacionales, hará parte del grupo de jóvenes que competirá en Budapest, un desafío que medirá únicamente conocimientos de biología a estudiantes de bachillerato.

Melisa, como su segundo nombre y apellido lo denotan, hace parte de la segunda generación de la familia Takeuchi. Su abuelo Yu Takeuchi, inolvidable profesor de matemáticas de la Universidad Nacional, ejerció ahí la docencia durante años y rubricó más de sesenta libros de textos que se siguen estudiando en todas las facultades de Matemáticas, Física y Estadística del país. Libros que escribió en solitario o con otros maestros y cuyos textos levantaba directamente en su máquina de escribir, editaba personalmente e imprimía de su bolsillo para que tuvieran un precio económico y todos los estudiantes los pudieran comprar.

El exrector de la Universidad Nacional Ignacio Mantilla Prada, en un artículo en El Espectador, en el 2015, para el primer aniversario de la muerte del maestro escribió: “Tal vez el más importante (de todos sus textos) fue un pequeño libro que escribió, en 1978, titulado Variable compleja, en tan solo tres semanas. Temas abstractos escritos de manera didáctica y en poco tiempo”.

La historia de Yu Takeuchi es harto conocida, pero vale la pena repetir algunos datos. Llegó a finales de los años cincuenta a Bogotá, cuando tenía 32 años, dejando a su esposa y a su primera hija, Yuri, en Buenaventura. Se embarcaron a América porque Japón vivía un período difícil después de dos guerras. El profesor Yu leyó en un periódico de Tokio que, en Colombia, la Universidad Nacional solicitaba profesores de matemáticas que quisieran trabajar por un año y él, hombre audaz como era, le propuso a su esposa Shizu que se embarcaran. Eso sí, antes de tomar la decisión final, viajaría solo a Bogotá y si le parecía que podían vivir bien, se devolvería por ellas. Lo que se veía de Colombia en la Buenaventura de hace medio siglo no era para tocar campanas.

Bogotá era otra cosa. Le gustó la ciudad que se hallaba en proceso de modernización. Recorrió la Ciudad Blanca y se enamoró del campus. No lo dudó. Se devolvió por su esposa y su hija y aquí se estableció por el resto de su vida. Tuvo dos hijos más (Caori –la madre de Melisa– y Noboru –su tío–), se convirtió en uno de los profesores más queridos y populares, a pesar de enseñar una de las materias menos taquilleras y más complicadas. Solía decir que con sus nietas había comprobado que los conocimientos matemáticos se adquieren a la par que se aprenden las primeras palabras y se dan los primeros pasos.

“Cuando le entregaba una galleta a mi nieta, ella la tomaba con su mano, y si le daba otra, tiraba al suelo la primera, y así indefinidamente; a medida que creció tenía una galleta y si le daba otra, la recibía porque ya valoraba que es mejor dos que una. Así pasa en la vida de cualquier persona. Puede que nunca lea un libro o que no sepa escribir sino solo firmar, pero suma, resta, multiplica y hasta divide”.

Después de jubilarse siguió visitando la universidad religiosamente todos los días. Iba a tomar tinto y a “hablar paja”, graficaba. Dentro del campus era el maestro Takeuchi, y afuera, por los alrededores, don Yu. Dentro y fuera lo saludaban replicando la venia que él hacía a quien se le atravesaba, la misma que nos hace su nieta Melisa.

Hoy, el edificio de Matemáticas, Física y Estadísticas en la Ciudad Blanca lleva su nombre y varias placas lo recuerdan.

El reto de ganarle a su profe

Melisa es una jovencita de 16 años simpática, expansiva, de risa fácil, de voz clara y juicio agudo.

De entrada, afirma que conoció poco a su abuelo Takeuchi, que fueron sus dos hermanas mayores quienes recibieron más su influencia: jugaron, oyeron sus cantos y conversaron a diario con él. Melisa recuerda, eso sí, que cocinaba delicioso, que era muy simpático y que a él le debe su segundo nombre. “No tengo recuerdos sólidos de él”, afirma muy seria.

“‘Yume’ me lo puso mi abuelito. Significa sueño, ilusión o meta en japonés. Pero que quede claro que es a mi mamá a quien le debo el amor por las matemáticas”.

“Desde que tengo uso de razón, las matemáticas y materias como esas son para mí como un juego, un rompecabezas que enfrento como tal. Ganarle a la profesora ha sido siempre mi reto, así como hallar la solución primero que los demás a los problemas más difíciles. Lograrlo me hace sentir guau, más que bien. He oído decir por ahí que las mamás y la sociedad lo primero que hacen es matar la curiosidad. Gran mentira: mi mamá nunca. Todo lo contrario, me ha estimulado siempre. Por ejemplo, quise saber lo que pasaba dentro de la carnicería de mi barrio y ella pidió que me dejaran entrar, que viera cómo molían la carne, que supiera de los distintos cortes, todo un descubrimiento para una niña que nunca olvida esa experiencia. Y ese es tan solo un ejemplo de su habilidad para incentivar mi curiosidad”.

Yu Takeuchi

El profesor Yu Takeuchi (16 de marzo de 1927, Tokio-25 de diciembre de 2014, Bogotá) fue un físico y matemático nacionalizado colombiano.

Foto:

Diego Caucayo Correa

Su papá es ingeniero mecánico, también de la Nacional, así que la vida de Melisa Yume ha transcurrido, buena parte, dentro de la universidad. Allí ha pasado momentos inolvidables, celebrando el Día de los Niños o navidades adelantadas o haciendo deportes los fines de semana. Su mamá, ingeniera civil, es profesora en varias facultades y muchos días se dan cita (ella y sus hermanos) para tomar jugos del dispensador que está en el primer piso del edificio blanco de Matemáticas.

El segundo hogar de Melisa es “la Nacho”, así lo repite y ni se le ocurre pensar por un solo instante en que vaya a perder el examen de ingreso.

Mi debilidad son las lenguas porque mi atención auditiva es muy pobre. Las notas más regulares que he sacado siempre provienen del coeficiente auditivo. En algunas oportunidades en que estoy perdida frente a una situación podría sacarla adelante, hablando con otras personas, pero no logro concentrarme, no escucho. Bailo peor porque no sigo el ritmo de la música. Los instrumentos musicales no son lo mío. En cambio, la motricidad fina se me da muy bien: por eso creo que el arte es mi pasión”.

Futura arquitecta

Después de pensarlo mucho, ya que casi todas las carreras le gustan, se decidió por Arte y Arquitectura; comenzará con la segunda. “Hasta donde me alcance la vida, estudiaré. No hay que limitar el aprendizaje. Los antiguos sabios sabían de todo, eran literatos, filósofos, matemáticos, ingenieros, pintores, constructores. Me parece muy bueno tratar de conectar todos los conocimientos”.

“Los edificios con curvas me encantan, no los de cubos, esos de unos encima de otros. Me gustan las construcciones que tienen movimiento. El auditorio León de Greiff me fascina por su majestuosidad. Me tocará aprender a mezclar los distintos estilos. El estilo clásico griego de las antiguas construcciones también me emociona. Entonces, tengo que encontrar el equilibrio entre lo clásico y lo moderno, pero siempre dejando salir mi creatividad, con mi sello, sin copiar a nadie ni a nada”.

Melisa Yume Parra Takeuchi es estudiante del Colegio Calasanz, del grado 11.°, así que hará en noviembre la prueba para entrar a su amada, familiar y cercana universidad. Ha vivido siempre en su vecindad.

Y, hablando de vecinos, cuenta que una de sus influencias es la abuelita, Shizu, quien nació en Tokio en 1933 y vive frente a su casa. “Ella nos prepara onces casi todos los días a mi hermanito menor y a mí cuando llegamos del colegio, y entre tanto nos canta en japonés, nos cuenta cómo fue su infancia y cosas de su país. Conversamos mucho. Le encanta los juegos de mesa, como Rummy-Q, y es buena, aunque mi mamá es la campeona, siempre nos gana. A la abuela le fascina ver fútbol por televisión, pasear, caminar con el perro, coser, tejer, y como vivimos al lado, desayuna y almuerza en mi casa. Eso sí, es celosa de su privacidad y por eso disfruta en su espacio, sin compañía alguna. Es una abuela muy vital que no quiere volver a montarse en un avión, o sea que no está pensando en devolverse nunca a Japón”.

Hasta donde me alcance la vida, estudiaré. No hay que limitar el aprendizaje. Los antiguos sabios sabían de todo. Me parece muy bueno tratar de conectar todos los conocimientos

Haber descendido del segundo puesto, entre sesenta y cuatro competidores, al séptimo le produjo sentimientos de frustración y de rabia. Su explicación es contundente: “Siento que las pruebas presenciales están mal diseñadas. Triunfa el que es más rápido, el que tiene mayor habilidad para apretar el botón. No gana quien sabe más. Había muchas respuestas que sabía, pero no alcanzaba a timbrar; cuando lo hacía, ya tenía otros por delante. Oprimir el botoncito de primero es lo más ineficiente. Mi fuerza motora gruesa es fatal, mis reacciones son muy lentas, por eso sentí rabia y frustración. Cuando pierdo por no saber me da pesar por no haber estudiado más y trato de superar esos vacíos con lecturas, con más trabajo. A los ocho primeros de la Olimpiada nos dieron una tarjeta Cine Colombia, cargada con 200.000 pesos, un gran premio”.

Melisa es lectora de enciclopedias y, por ahora, sus libros preferidos siguen siendo los infantiles, los juveniles. Leyendo Crimen y castigo, que se lo pusieron de lectura obligatoria en el colegio, sufrió y se desesperó.

Su madre, la ingeniera civil Caori Takeuchi, nos habla de la enfermedad de su padre y abuelo de Melisa, quien, un año antes de morir, sufrió demencia senil. “Debió ser genético, porque él llevaba una vida sana, dormía muy bien, caminaba mucho, comía bien, era una persona muy equilibrada, utilizaba mucho la cabeza, diariamente. Supo que algo fallaba y murió muy rápido. En diciembre del 2014”.

Melisa Yume y su madre Caori se despiden y se alegran de que ahora sea la menor de las nietas del profesor Yu Takeuchi la que salga en letras de molde.

MYRIAM BAUTISTA
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