Los magos de la palabra / En defensa del idioma
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Los magos de la palabra / En defensa del idioma

Una y otra vez, las mismas ideas vacías, pero en empaques más llamativos. 

En defensa del idioma

En defensa del idioma.

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123RF

Por: Por: Jairo Valderrama V. 
15 de marzo 2018 , 11:22 a.m.

El mérito real del poder de la palabra, de su efecto en los interlocutores, consiste en la fuerza con que los argumentos remueven las ideas previas y provocan concepciones nuevas. Sin embargo, también se vale considerar para este propósito cómo la reiteración de algunas palabras reafirma los pensamientos que desde tiempo atrás se han ido inoculando.

Por lo regular, los seres humanos decidimos y procedemos de acuerdo con las orientaciones de las ideas que creemos propias y que admitimos como válidas. De una u otra forma, cada quien toma un referente genérico para orientar su existencia, a veces sin atreverse a fundamentarlo. Es más: entre las muchas tareas de la reflexión, para ciertas personas es un proceso muy engorroso molestarse en dividir, contrastar o deducir, esos soportes teóricos de su existencia; seguirán bailando al mismo ritmo que les toquen.

Para doblegar, modificar o reforzar las percepciones de mucha gente y, por tanto, alterar o conservar la manera de actuar, ese mérito de persuadir o convencer puede examinarse desde dos enfoques. Primero: la validez juiciosa (relación lógica entre conceptos) de las ideas que se propagan. Segundo: la falta de solidez y de ejercicio mental de quienes reciben esos mensajes, y por ello son presa fácil de infinidad de embaucadores.

En el primer caso, la astucia, la buena fe y la sinceridad, combinadas, son las que permiten, entre otros talentos y virtudes, convencer a alguien acerca de la bondad de las palabras. Así, estas acciones parecen entonces adecuarse a una intención benéfica y altruista, que en últimas constituye un beneficio para toda la sociedad.

Por otra parte, cuando solo el beneficio propio (egoísmo) invade al propagador de las palabras y usa como instrumento de sus intenciones el engaño y la manipulación para alcanzar sus fines, incitando las pasiones, evocando la venganza, azuzando el resentimiento y espantando al perdón, entonces no solo desparece el mérito, sino que un proceder de estas características apenas deja campo para recibir el apelativo de perverso. Un sujeto que actúa así tendrá tanto mérito como el que se lleva un luchador de sumo cuando le arrebata un helado a un bebé dormido.

La reiteración de algunas palabras reafirma los pensamientos que desde tiempo atrás se han ido inoculando

Con trucos parecidos a los que usan los magos de feria, también por estos días los hechiceros de las palabras buscan a cualquier precio cautivar las emociones y envolver las esperanzas de tanto necesitado. La premura y las urgencias vitales ahogan a estos menesterosos y les impiden notar cómo se cuelan más las palabras de los que pueden gritar, y se ocultan, por otro lado, los susurros de quienes están impedidos para exponerlos.

Aparte de que los embaucadores (esos magos) disponen de más medios para propagar sus mensajes en mayor proporción que otros actores sociales, también estos hechiceros aprovechan la amnesia generalizada de sus destinatarios para repetir, una y otra vez, las mismas ideas vacías, pero en empaques cada vez más llamativos, y de este modo los oyentes imaginan que ha llegado una propuesta diferente, novedosa. Para estos ingenuos, es como si la historia (personal y nacional) hubiera quedado sepultada para siempre; algunos ni la conocen.

El parangón con la relación de pareja es muy fácil de establecer. Si después de 30 o 40 evidentes muestras de infidelidad todavía se sigue creyendo en un propósito de enmienda, ya no se piensa que la culpa es del engañador, sino de quien permite ser engañado.

Y recuerden que después del éxito arrollador de la feria debido a los hipnotizadores trucos de los magos, estos solo volverán a aparecer cuando se celebre, años después, otro popular y fascinante espectáculo, quizás con otros magos, pero sí con los mismos trucos. ¡Abracadabra!

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
UNIVERSIDAD DE LA SABANA 

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