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‘Les damos un valor incorrecto a los títulos universitarios’
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La tiranía del mérito Michael J. Sandel en conversación con Leopoldo FergussonLa tiranía del mérito Michael J. Sandel en conversación con Leopoldo Fergusson
Michael Sandel

Rodrigo Sepúlveda. EL TIEMPO

‘Les damos un valor incorrecto a los títulos universitarios’

El profesor de Harvard Michael Sandel dice que la educación superior se ha instrumentalizado.

El reconocido filósofo Michael Sandel habló con EL TIEMPO sobre por qué la meritocracia puede llegar a ser perversa, la tesis que desarrolla en su nuevo libro La tiranía del mérito.

Sandel, famoso por su cátedra sobre la justicia en la Universidad de Harvard, la primera de esa institución en dictarse de forma abierta y gratuita, también se refirió a otros temas como cuál es la mejor forma para decidir la remuneración de un trabajo o el papel que la suerte debería jugar en la asignación de cupos en las universidades.

Usted dice que la meritocracia es corrosiva del bien común, ¿por qué algo que consideramos bueno puede realmente ser algo tan negativo?

La meritocracia en muchos sentidos es un principio atractivo, especialmente si lo comparamos con otras formas de asignación de puestos de trabajo y posiciones sociales como la aristocracia hereditaria, el nepotismo o el favoritismo. La meritocracia es una alternativa deseable. Es una forma de escoger personas sin tener en cuenta su origen social, clase, raza, etnia o religión.

Pero, en las tres o cuatro últimas décadas, la división entre ganadores y perdedores se ha profundizado y esto tiene que ver con el aumento de las desigualdades; pero no solo eso, también con el cambio de actitudes hacia el éxito, hacia ganar y perder. Quienes han llegado a la cima creen que su éxito es obra de ellos y que, por tanto, merecen recompensas, y eso implica que se crea que quienes luchan, pero salen perdiendo, también deben merecer su destino. Y es así como la meritocracia corrompe el bien común.

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¿De dónde nació esa división entre ganadores y perdedores?

En Estados Unidos tiene que ver con la versión de la globalización que ambos partidos políticos adoptaron a partir de los 80 y 90. Está relacionado con la desregulación de la industria financiera. Los partidos nos decían que si desregulábamos la economía y permitíamos que las empresas subcontratasen trabajos a países de bajos salarios, el PIB crecería y que, si bien algunos perderían, los rendimientos de los ganadores podían ser utilizados para compensarlos. Pero eso no pasó.

Y, a medida que las actitudes hacia el éxito cambiaron, nació la idea de que la desigualdad podría estar justificada porque los ganadores merecen sus ganancias, y los perdedores, lo que reciben, porque no han trabajado tan duro. Es una forma de racionalizar las desigualdades que vinieron con la globalización.

Esto va de la mano con lo que llamo la retórica del ascenso, la respuesta a la desigualdad que no intenta abordar la desigualdad directamente con una reforma estructural de la economía, sino que le dice a la gente que está preocupada por el desempleo o el estancamiento de los salarios que lo que debe hacer es obtener un título universitario: ‘si quieres competir y ganar en la economía global, ve a la universidad; lo que ganes dependerá de lo que aprendas’.

¿Les estamos dando entonces a los títulos universitarios más valor del que deberíamos?

Les estamos dando el tipo de valor incorrecto. Aumentar el acceso a la universidad es bueno, especialmente para aquellos que no pueden pagarlo; pero hemos cometido un error al asignar a la educación superior el papel de ser árbitro sobre las oportunidades en una sociedad meritocrática. Y esto no solo deja fuera a mucha gente, porque la mayoría de la gente no tiene un título universitario, sino que también lleva a quienes van a la universidad a pensar en su educación en términos instrumentales y se distraen del propósito intrínseco de la educación, que es reflexionar sobre los propósitos fundamentales de la vida.

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Eso también implica que cada vez habría menos gente en oficios básicos…

Lejos de armar a las personas para una competencia meritocrática debemos enfocarnos más en la dignidad del trabajo, eso incluye invertir más en centros de formación. Tenemos que apoyar esas formas de aprendizaje que preparan a las personas para sus oficios y debemos asegurarnos de que esos oficios estén bien pagados, pero también honrados y respetados.

¿Cuál sería la forma más justa de definir la remuneración de un trabajo?

Necesitamos un debate público sobre qué roles son muy importantes para el bien común, incluido el trabajo del cuidado, y asegurarnos de que estén debidamente remunerados.

La pandemia ha puesto de relieve las desigualdades en nuestras sociedades. Una de las más dramáticas se da entre aquellos que podemos trabajar de forma remota y las personas que no pueden hacerlo. Hemos llegado a reconocer cuán profundamente dependemos de los domiciliarios, los empleados de tiendas de comida, trabajadores de cuidado infantil… Ellos no son los mejor pagados y, sin embargo, ahora los llamamos trabajadores esenciales. Esto podría ser el comienzo de un debate más amplio sobre cómo alinear mejor su salario y reconocer la importancia del trabajo que realizan.

Usted habla de agregar a los procesos de selección un factor de suerte…

Si tuviéramos una rifa entre los calificados para la admisión a universidades de élite, los ganadores reconocerían el papel de la suerte en su admisión y aquellos que no obtuvieron la admisión también recibirían el mensaje de que hay mucha suerte involucrada. Esto podría ser el comienzo de una forma de recordar el papel de la suerte en la vida y cultivar la humildad, de la que puede surgir un mayor sentido de responsabilidad por los menos afortunados.

Hay que crear la infraestructura cívica de una vida común compartida, porque parte del problema de hoy es que los ricos y esas personas que están luchando cada día viven vidas separadas

¿Cómo se relaciona la meritocracia con la polarización de estos tiempos?

Debido a la retórica del ascenso que escuchamos de los políticos, el énfasis en que un título es el camino para salir de la desigualdad y el estancamiento salarial, hay una tendencia de muchos trabajadores a creer que el trabajo que hacen no es respetado ni valorado, y por eso la ira y el resentimiento. Un sentimiento de exclusión social que puede ser explotado por figuras como Donald Trump.

Dos tercios de los votantes blancos sin educación universitaria votaron por él en 2016 y nuevamente en 2020, por lo que la educación se ha convertido en una de las divisiones políticas más profundas. Y los que tienen educación universitaria ahora votan cada vez más por los demócratas. En Europa, los partidos de centroizquierda, que tradicionalmente se basaron en votantes de la clase trabajadora, en las últimas décadas se han convertido en partidos más en sintonía con las clases profesionales y se han alienado a través de su retórica de ascenso. Por lo tanto, si queremos evitar la reacción populista o responder a ella, estos partidos tendrán que encontrar una manera de entender el sentido de humillación que lleva a tanta gente sin título universitario a votar por estas figuras populistas autoritarias.

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¿Cuál es el futuro de la democracia?

El discurso público se ha empobrecido. Necesitamos un mejor tipo de discurso que aborde cuestiones fundamentales de valores, como qué es lo que contribuye a una sociedad justa. Una de las razones por las que los ciudadanos de las democracias de todo el mundo están tan frustrados con la política es que quieren que se centre en cosas importantes, y en su lugar tenemos una charla tecnocrática estrecha o nos enfrentamos a gritos o corrupción o alguna combinación de esas cosas. Yo defiendo un tipo de discurso público moralmente más sólido, que se concentre más, por ejemplo, en la dignidad del trabajo.

Debemos centrarnos en unir nuestras sociedades, y eso tiene que ver con la reconstrucción de los espacios públicos, que puedan ser puntos de reunión para ciudadanos de diferentes orígenes, estilos de vida, clases sociales, ya sea en estadios, bibliotecas, centros culturales o parques. Hay que crear la infraestructura cívica de una vida común compartida, porque parte del problema de hoy es que los ricos y esas personas que están luchando cada día viven vidas separadas, rara vez se encuentran, por lo que no es de extrañar que haya más polarización. Para fortalecer la democracia, la gente debe sentir que todos estamos juntos en esto.

¿Cree que es realmente posible lograr la moralización de la política?

No es fácil. Una vez hablamos sobre cuestiones morales en la política y la gente no estará de acuerdo sobre el significado de qué es una sociedad justa o qué es el bien común. Entonces la pregunta es cómo debemos afrontar los desacuerdos que encontramos en las sociedades pluralistas.

No es fácil unir a las personas para razonar juntas sobre cuestiones importantes, pero ese es el trabajo de la democracia. Esto es lo que quiero decir con educación cívica: la capacidad de razonar juntos sobre cuestiones de valores, sobre la justicia o el bien común.

¿Cómo dignificar el trabajo sin socavar el capitalismo?

En algún momento hubo personas que dijeron que regulaciones del salario mínimo, u horas máximas, o leyes que previenen condiciones de trabajo inseguras socavaban el capitalismo, pero la mayoría de los países capitalistas democráticos ahora tienen algún tipo de salario mínimo, horas máximas, etc. El capitalismo en una sociedad democrática puede crear dignidad del trabajo de manera que la economía en su conjunto sea más productiva e inclusiva.

Hay muchas versiones del capitalismo, algunas son más compatibles con la dignidad del trabajo que otras, y en este momento hay un nuevo desafío: la dignidad del trabajo en la gig economy (la contratación de servicios a través de plataformas digitales). Cada vez veremos más debates sobre las condiciones laborales de quienes trabajan a través de aplicaciones como Uber. Algunos pueden decir que las garantías a los trabajadores destruirán el capitalismo, pero entonces la discusión deberá concentrarse en cómo dignificar el trabajo mientras se promueve la productividad.

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¿Qué personaje público de nuestros tiempos promueve el bien común?

Uno de ellos es alguien que en realidad murió el año pasado. Un estadounidense llamado John Lewis, un líder de derechos civiles. Fue miembro del Congreso y fue la conciencia del movimiento de derechos civiles en nuestro tiempo.

Este verano vimos la poderosa influencia de Black Lives Matter, que se convirtió en un movimiento multirracial y multigeneracional por la justicia. Comencé mencionando a John Lewis, pero cuando pienso en él y en el año pasado creo que quizás deberíamos mirar más que a los líderes individuales a los movimientos sociales. El lenguaje moral que puede inspirar la democracia se encuentra a menudo dentro de la sociedad civil, en los grupos que pueden no ser liderados por famosos, pero pueden reunir a vecinos y ciudadanos en favor de la renovación democrática.

¿Es la religión necesaria para el bien común?

Cada vez que tenemos un discurso público en sociedades democráticas sobre valores surge la pregunta sobre el pluralismo. Deberíamos dar la bienvenida a la discusión de los valores, sea cual sea su fuente, secular o religiosa; hay quienes impulsan sus valores desde la fe religiosa, las tradiciones y otras personas que derivan sus valores de convicciones seculares sobre la ética.

VALENTINA OBANDO JARAMILLO
EL TIEMPO

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