La familia que decidió educar a sus hijos viajando por el mundo

La familia que decidió educar a sus hijos viajando por el mundo

Los padres resolvieron sacarlos del colegio, empacar maletas y salir a vivir experiencias.

Familia Mejía

Entre las ciudades que visitó la familia están Moscú, Petra, Atenas, Roma y El Cairo.

Foto:

Cortesía Julián Mejía

Por: Nicolás Hernández Gómez
31 de julio 2019 , 11:20 a.m.

“¿Qué vas a hacer del 5 de julio de 2018 al 5 de julio de 2019?”, le preguntó Julián Mejía, ingeniero de 50 años, a su esposa, Lupe. El mensaje se lo envió desde Buenos Aires, donde estaba dando una conferencia.

Desde hacía varios años, la idea rondaba la mente de Julián: darle la vuelta al mundo con su familia para que sus hijos aprendieran a reconocer y respetar la gran diversidad de personas que habitan el planeta.

Lupe Quiñónes, peruana y administradora de empresas, aceptó la propuesta de su esposo y durante seis meses ahorraron y planearon el viaje de sus vidas.

El primer dilema que enfrentaron fue que los niños –Luciana, de 13 años; José, de 12, y Nicolás, de 10– dejarían de estudiar durante todo un año.

Sin embargo, apoyados en la idea del ‘worldschooling’ –que consiste en hacer que los viajes sean una escuela para los niños– comprendieron que perder un año de colegio no se comparaba con conocer diferentes culturas y visitar varios museos.

Ambos son trabajadores independientes, por lo que su actividad productiva no depende de que estén o no presentes. Durante su viaje, la pareja decidió trabajar vía internet.

Durante seis meses organizaron todo lo necesario. El 5 de julio de 2018, los cinco miembros de la familia Mejía tomaron un vuelo desde Medellín, donde vivían, hasta su primer destino: Nueva York. La familia, en términos de Julián, “estaba cumpliendo su más grande sueño, darle su propia vuelta al mundo”.

Luego de un breve paso por Estados Unidos, se fueron a Europa. Una de sus primeras escalas fue París, y allí vivieron su primera experiencia como familia. Estaban en un canal y alquilaron un bote que requería de todo un equipo de personas para maniobrarlo. “Fue un reto grande porque no sabíamos cómo manejarlo. Entonces cada uno hizo una tarea y al final salimos sin ningún accidente de ese canal, los niños quedaron con las manos ampolladas de jalar las cuerdas”, recuerda Julián.

Allí también vivieron una de las pocas cosas desagradables de todo un año de viajes. Mientras no estaban, unos ladrones hurtaron su efectivo del lugar donde se hospedaban. Luego viajaron por España, Portugal, Suiza, Italia y Grecia.

De Europa partieron hacia Israel, donde un amigo judío de la familia los recibió.

Allí, los niños conocieron la cultura judía mientras jugaban con chicos de su edad, hijos de sus amigos. Días después, estaban en Palestina, una experiencia que fue enriquecedora para todos pues conocieron dos culturas diferentes. “Sin duda, lo más valioso tanto para los niños como para nosotros era preguntarnos ‘¿por qué, si son tan buenas personas y tan amables, se matan entre ellos?’”, dice Julián.

Y claro, las razones históricas, políticas y geográficas son una explicación, pero, dice Julián, la historia no se divide simplemente entre buenos y malos, sino que detrás de cada conflicto hay personas, seres humanos.

Los niños, además de aprender sobre sus experiencias, fueron una fuente de enseñanza para la pareja. Cuando estaban en África, su hijo José hizo uno de sus mejores amigos del viaje durante su visita a la tribu masái en Tanzania; el niño con el que entabló la relación fraternal se llamaba Mañuño. “Sin hablar el mismo idioma se volvieron amiguísimos, y eso pasó en todos los países, los niños tenían gran facilidad para entablar relaciones pese a no tener ningún conocimiento del idioma del otro. A los adultos nos cuesta socializar más con otros adultos –reflexiona Julián–, pero los niños tienen una facilidad para jugar con otros sin ningún tipo de reserva. Ellos no necesitan hablar para divertirse. Se reían a carcajadas y se perseguían como si se conocieran de toda la vida. Es una gran enseñanza para nosotros, con menos recursos establecen más relaciones”.

Al estar en contacto con diferentes culturas, los niños ampliaron su visión sobre el mundo, sobre su futuro y sobre ellos mismos. “Una de las cosas más sorprendentes fue ver cómo se proyectaron nuestros hijos. Por ejemplo, en la India se ve muchísima miseria. Nosotros íbamos en un mototaxi y vimos un señor en muletas que estaba en terribles condiciones, estaba pidiendo dinero. Al ver eso, Nico se atacó a llorar hasta que llegamos al hotel. Cuando entramos a la habitación me dijo que ‘le gustaría volver a la India, no de turismo, sino para ver cómo podrían ayudar a todas las personas que están en situaciones como las de ese señor’”, recuerda Lupe.

Y afirma que cuando estuvieron conociendo un santuario de elefantes, José quedó muy impactado por la belleza y la tranquilidad de esos animales. “Cuando grande quiero ir a ayudar a cuidar a los elefantes en los santuarios”, le dijo a su mamá.

Por su parte, Luciana, o Luchi, como le dicen de cariño, descubrió una forma de contar historias utilizando diferentes recursos imaginativos y estilísticos: la escritura. “José y Nico llenaban sus libretas con historias y emociones de manera más normal. En cambio, Luchi, que es una persona más reservada y callada, encontró en la escritura la manera de expresarse, en esta podía describir todo, se extendía bastante”, dice Julián.

Otro aprendizaje de Luchi fue el valor de la amistad. Según cuenta Lupe, su hija era, y es, muy apegaba a las amigas del colegio: “Los primeros días del viaje ella estaba distraída y un poco aislada porque emocionalmente estaba conectada con las amigas, y estaba pendiente de ellas por las redes. Luego comprendió que la amistad es mucho más que estar en contacto todo el tiempo. Que es algo que se debe tejer, que las relaciones se construyen y mantienen pese a la distancia. Apenas volvimos se reencontró con sus amigas”.

Los niños tenían gran facilidad para entablar relaciones pese a no tener ningún conocimiento del idioma del otro

De la experiencia, Lupe concluye que “cada niño se proyectó hacia el futuro de manera impresionante”. Y Julián dice que “afrontaron grandes retos como una familia unida”.

Si bien este puede haber sido el viaje de sus vidas, en el cual recorrieron 26 países y 112 ciudades de Europa, Asia y África, no será el último de esta familia viajera. Planean otros.

Julián afirma que, como tuvieron la oportunidad de darle su propia vuelta al mundo, se proponen hacer lo mismo en Colombia, para que los niños conozcan todos los rincones de su propio país. Luego piensan irse por Latinoamérica.

Porque para ellos, tal como lo muestran en la página web que crearon para contar y mostrar sus aventuras, su familia les está dando a los viajeros la lección de que tomen cada aventura como una forma de crecimiento personal y, para quienes tienen hijos, como una manera de enseñarles sobre tolerancia, historia y diversidad.

NICOLÁS HERNÁNDEZ GÓMEZ
Escuela de Periodismo Multimedia EL TIEMPO

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