Más allá de la familia tradicional: ¿Por qué no aceptar otros modelos?

Más allá de la familia tradicional: ¿Por qué no aceptar otros modelos?

Reflexiones sobre la preocupación de las religiones frente a los cambios en el concepto de familia.

Familia

El matrimonio tradicional no garantiza bienestar. Hay quienes promueven modelos distintos.

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iStock

Por: Peter Singer y Agata Sagan – Project Syndicate
05 de enero 2020 , 09:21 p.m.

En febrero del año pasado, el papa Francisco viajó a Abu Dabi, donde se reunió con Ahmed el-Tayeb, el gran imán de Al-Azhar (la Universidad de Al-Azhar es la institución sunita líder para el estudio de la ley islámica). Los dos líderes religiosos firmaron un documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común, e instaron a sus firmantes, así como a los líderes mundiales, a propagar la tolerancia y la paz y terminar con “la decadencia moral y cultural que el mundo vive actualmente”.

Un aspecto de esta supuesta decadencia moral y cultural tiene que ver con la familia: “Atacar la institución familiar, despreciándola o dudando de la importancia de su rol –declaran el papa y el gran imán– es uno de los males más peligrosos de nuestra época”. El documento asegura que la familia es el “núcleo fundamental de la sociedad y de la humanidad” y “es esencial para engendrar hijos, criarlos, educarlos y ofrecerles una moral sólida y la protección familiar”.

Su ansiedad es entendible: en muchos países, hoy la familia tradicional –que consiste en una pareja casada heterosexual con hijos– se está volviendo menos dominante. Ahora bien, ¿esto es algo realmente malo?

Las Naciones Unidas predicen que la población del mundo superará los 11.000 millones de personas para fin de siglo. El crecimiento más rápido ocurrirá en algunos de los países más pobres del mundo. En estas circunstancias, si algunas personas eligen no traer hijos, no deberían ser menospreciadas.

Por otro lado, la proporción de personas que están legalmente casadas está cayendo en algunas regiones, por una diversidad de razones. En tanto el estigma alguna vez vinculado a ‘vivir en el pecado’ se desvanece, muchas parejas ven pocos motivos para casarse, tengan o no hijos. En algunos países, las dificultades legales y los costos asociados con el divorcio son un factor de disuasión del matrimonio.

Estas parejas, por supuesto, pueden formar familias que son tan fuertes como las integradas por parejas que han pasado por una ceremonia de matrimonio legal. De la misma manera, las familias ‘ensambladas’ o ‘reconstituidas’ que juntan hijos de relaciones anteriores pueden ofrecer todo lo que ofrece una familia tradicional.

(Lea también: Por qué la planificación familiar es una inversión inteligente)

Hoy en día, en muchos países, las parejas del mismo sexo tienen la posibilidad de casarse y formar familias, aunque tanto Francisco como El-Tayeb se oponen a estas familias y presumiblemente no consideren que les ofrezcan a sus hijos “una formación moral sólida”. La tendencia entre las mujeres solteras a tener hijos, muchas veces utilizando inseminación artificial o fertilización ‘in vitro’, sin duda también perturba a los partidarios de la familia tradicional.

Sin embargo, quizás el cambio más importante sea el creciente número de personas que eligen no casarse. Según un estudio, en Estados Unidos el 45 % de los adultos están divorciados, son viudos o nunca estuvieron casados. En algunos lugares, como en Nueva York, la mayoría de la gente es soltera.

Contrario al estereotipo de que la gente soltera es solitaria y desdichada, la investigación demuestra que las personas solteras, en realidad, tienen una red más amplia de amigos y conocidos que la gente casada. Los solteros hacen más por la comunidad y por los demás, y es más probable que ayuden a sus padres, hermanos o vecinos que la gente casada.

Esto no debería sorprender. Las parejas casadas probablemente antepongan a su cónyuge, al menos hasta tener hijos, y luego los hijos por lo general pasan a ser la prioridad. La tendencia a ocuparse de un círculo mayor que la propia familia es, diríamos, éticamente preferible, en especial en las sociedades ricas, donde otros miembros de la familia probablemente estén mucho mejor que los conocidos más distantes en países de bajos ingresos. Tanto la Biblia como el Corán reconocen esta visión más universal como éticamente superior.

No estamos negando que haya un gran valor en dividir a la sociedad en pequeñas unidades en las que los adultos tienen una responsabilidad específica por los hijos que viven con ellos. Esto está en armonía con nuestros sentimientos instintivos evolucionados, que podemos observar también en otros mamíferos sociales. Acuerdos alternativos, como la crianza colectiva de niños en un kibutz israelí, no han sido exitosos, aunque experimentos informales de copaternalidad, en los que grupos de adultos crían juntos a los hijos de algunos de ellos, parecen estar propagándose.

Las Naciones Unidas predicen que la población del mundo superará los 11.000 millones de personas para fin de siglo. Los países pobres crecerán mas rápido

Una familia que funciona bien ofrece un entorno más afectuoso y más estable para los hijos que cualquier otro modelo diseñado hasta el momento, pero eso no significa que deba basarse en un matrimonio tradicional. En verdad, a pesar del aparente acuerdo del papa y el gran imán sobre la importancia de la familia, las tradiciones cristianas y musulmanas tienen diferentes concepciones de lo que es una familia –los musulmanes les permiten a los hombres tener más de una esposa–. Si, a pesar de estas diferencias, Francisco y El-Tayeb están dispuestos a aceptar el respaldo mutuo de ‘la familia’, también deberían poder aceptar otros modelos, siempre que no haya ninguna evidencia sólida de que son perjudiciales para los involucrados, incluidos los hijos.

Es curioso que un ‘Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común’ deba asegurar que dudar de la importancia de la familia es uno de los males más peligrosos de nuestra época. Desde una perspectiva global, no sirve de nada limitarnos a estas unidades pequeñas. El turismo e internet están permitiendo nuevas amistades más allá del hogar y de las fronteras de nuestros países. Si realmente nos preocupa la “fraternidad humana”, entonces deberíamos poner más énfasis en construir relaciones repartidas por el mundo, en lugar de condenar a quienes ven a la familia tradicional como excesivamente restrictiva.

PETER SINGER* Y AGATA SAGAN**
© Project Syndicate
Melbourne - Varsovia
* Peter Singer es profesor de Bioética en la Universidad de Princeton, profesor laureado en la Universidad de Melbourne y fundador de la organización sin fines de lucro The Life You Can Save. ** Agata Sagan es una investigadora independiente radicada en Varsovia.

El caso colombiano

La idea de un núcleo familiar compuesto por padre, madre e hijos hace rato dejó de ser un dogma en Colombia. A pesar de que por años esta figura fue el único referente aceptado en nuestra sociedad, lo cierto es que la realidad acabó imponiendo otras formas de concebir la familia.

Prueba de ello son los resultados del último censo de población del Dane. Si en las décadas de los 60 y 70 los hogares del país estaban constituidos por unidades familiares de hasta diez personas, la situación ahora ha cambiado drásticamente.

Según el censo, hemos pasado de 3,9 personas por hogar en 2005 a 3,1 en 2018. Esa cifra está directamente relacionada con el hecho de que en décadas pasadas las madres parían, en promedio, hasta ocho hijos. En 2017, ese baremo se fijó en 1,9. En ello tiene que ver el lugar que actualmente ocupan las mujeres. Ya ellas no están confinadas solo al ámbito doméstico en el papel de cuidadoras, sino que también se han convertido en proveedoras, autosuficientes y con ambición laboral, lo que normalmente retrasa o elimina su interés en ser mamás. Aquella idea tan manida que relacionaba la ‘realización personal’ con traer niños al mundo ya no funciona.

Otro dato del censo que arroja luz sobre la nueva realidad social colombiana es el considerable incremento de los hogares unipersonales. Esto es hombres y mujeres, en distintos rangos de edad, que deciden vivir solos (o se ven obligados a ello, en el caso de los mayores) como paso previo a establecer una relación estable y de convivencia en pareja, o como opción de vida. Si en el 2005 eran el 11,1 por ciento del total de hogares, en el 2018 pasaron a ser el 18,1 por ciento.

En las nuevas familias colombianas hay otros dos capítulos muy descriptivos de la transformación que se ha vivido en los últimos años. Uno es que la jefatura de los hogares por sexo pasó del 29,9 por ciento de mujeres en 2005 al 49,9 en el 2018, lo que habla de núcleos conformados por madres solteras, separadas o divorciadas.

El otro segmento es el de las parejas gais. Si bien la vía libre que dio la Corte Constitucional en abril del 2016 al matrimonio homosexual no se ha traducido en cifras muy altas, lo cierto es que estas van creciendo. Pasamos de 138 uniones en 2016 a 466 en 2017.

La diversidad, como se ve, es una realidad bastante presente y en claro ascenso en nuestro país.

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