Un territorio seguro para la educación indígena en Bogotá

Un territorio seguro para la educación indígena en Bogotá

El colegio Compartir Recuerdo recibe indígenas para educarlos en su identidad y cosmovisión propia.

Colegio Compartir Recuerdo

Algunos profesores aprenden la lengua woun meu para comunicarse con sus alumnos indígenas, en el colegio Compartir Recuerdo.

Foto:

César Melgarejo / EL TIEMPO

Por: David Alejandro López Bermúdez
05 de mayo 2019 , 09:41 p.m.

“¿Khapeen phidag waujim? (¿hicieron la tarea?)”, le pregunta Amanda, de 16 años, a sus amigas en un pasillo del colegio Compartir Recuerdo, en Ciudad Bolívar, en el sur de Bogotá. Son las 3:50 de la tarde y es la hora del recreo. Los niños salen de las aulas para encontrarse con sus compañeros y jugar con el balón. En medio de gritos y risas se escucha una mezcla entre woun meu –lengua de los wounaanes– y español. Todos están vestidos con uniforme.

El colegio tiene tres pisos y una cancha de fútbol y baloncesto. En los pasillos y en las escaleras se sientan varios grupos en los que por lo menos uno de sus miembros pertenece a la comunidad indígena wounaan. Los más pequeños, que solo hablan su lengua nativa, balbucean palabras y mueven sus manos para hacerse entender, mientras que los mayores sostienen conversaciones en ambos idiomas.

Así transcurre la tarde en uno de los 16 colegios en los que la Secretaría de Educación y los cabildos indígenas de algunas comunidades, como los misaks, emberas chami, eperaras, uitotos e ingas han creado espacios únicos de inclusión para que los niños desplazados por la violencia se formen en un lugar protector que los transporte, aunque sea por unos minutos, a su lugar de origen para solo hablar su lengua y aprender sus valores culturales.

Por eso, los wounaanes han podido traer la esencia de su vida en el Litoral del San Juan y el bajo Baudó, Chocó, a una de las tantas montañas del sur de la capital. Pero aquí, el verde de la naturaleza que veían todos los días en medio de la densa selva del Pacífico se transformó en una mezcla entre el rojo de los ladrillos y el gris del pavimento del barrio Vista Hermosa.

Las amenazas de los grupos guerrilleros los obligaron a desplazarse a Bogotá y cambiar el sonido del caudaloso río San Juan por el de los motores de los carros que intentan subir las inclinadas calles de Ciudad Bolívar, y pasar de días húmedos y cálidos a despertar en mañanas frías y lluviosas.

***

Amanda Ismare Membache es una de los 114 chicos wounaanes que asiste cada tarde al colegio Compartir Recuerdo. Su tez morena y el negro profundo de su cabello liso contrastan con los cachetes rojos de otros niños. Está sentada, rodeada de cuatro niñas, esperando que pase el tiempo de descanso para tomar el refrigerio. “Khiireeya apiag chaain (recordar la infancia)”, le dice a una de sus amigas. Es su forma de alentar a su compañera –y a sí misma – para que no olvide el pasado, su niñez en el territorio, que otros niños de la comunidad desconocen por completo.

Desde los cinco años no vuelve al Chocó y tiene lagunas de lo que alguna vez fue su vida allá. En el 2007, su padre logró conseguir trabajo en una finca en La Mesa, Cundinamarca, a cambio de que le permitieran hospedar a su familia.

Recuerda que el lote estaba lleno de árboles frutales. Le gustaba jugar a las escondidas con sus vecinos mestizos –como denominan los wounaanes a quienes no son indígenas– que vivían cerca de su casa. Pero, en el colegio, sus compañeros le hacían matoneo por no entender su lengua.

Como le resultaba difícil hacer amigos, en su tiempo libre le gustaba sentarse por horas a observar los árboles de la finca. Quería sentir la armonía de aquellos que –como explica– podían convivir en un lugar a pesar de su diferencia. Cuando cumplió los 14 años, Amanda se trasladó con su familia al barrio Naciones Unidas de Ciudad Bolívar. Es la segunda de seis hermanos: cinco mujeres y un hombre. Desde el año pasado estudia en el Compartir Recuerdo junto con dos de ellos, una de 11 y otro de 8 años.

Se despierta a las nueve de la mañana para limpiar la casa y cocinar el desayuno y el almuerzo. A las 11:40 a. m. la recoge una ruta escolar que la institución educativa implementó para darles seguridad a los niños que viven en zonas alejadas. Sus clases inician al mediodía.

Amanda es la representante de los niños wounaanes en el colegio, por lo que tiene la oportunidad de contarle al resto de estudiantes –mestizos e indígenas– cuestiones sobre su cultura, como cuando narra historias sobre la medicina tradicional. “Si a alguien le falta un espíritu o necesita que lo sane, yo los ayudo”, dice.

También le gusta contar sobre su madre, Niufa Membache Zarco, que es médica ancestral y puede ver y hablar con los espíritus ‘wuaspien’, “que no son perceptibles por cualquier persona”. A Niufa le costó reconocer que tenía un don, relata Amanda. Una vez, mientras estaba en la finca de La Mesa, se le apareció uno de esos espíritus y le dijo que la podían ayudar. Ella se guardó el secreto por siete años hasta el día en que murió su padre, que estaba en el Chocó.

Desde ese momento –cuenta su hija– empezó a salvar a varias personas, como a los vecinos de la finca en la que vivieron. De hecho, Amanda sabe uno que otro remedio, como la mezcla de una hierba y brandy en una botella de vidrio para calmar dolores.

Por ser la personera indígena del Compartir Recuerdo, asiste a la comisión estudiantil del colegio con varios representantes de curso y profesores del consejo directivo. Algunos maestros, por iniciativa propia, optaron por aprender woun meu para mejorar la comunicación con los niños y sus padres.

Esto es cada vez más fácil porque se han contratado, con el respaldo de la Secretaría de Educación del Distrito, ‘apoyos culturales’ o etnoeducadores que hacen parte del cabildo indígena, para que ayuden a los otros profesores y den clases relacionadas con los principios culturales.

Allí trabajan Yadira, Bernardino y Jhon Freddy o Wou Meu Nakha –su nombre en woun meu–, quien fue el primer profesor indígena en ser contratado en la ciudad.

Jhon llegó a Bogotá en el 2013 luego de ser amenazado por las Farc por “mentiras y envidias”, asegura. El gobernador y fundador del cabildo, Sercelinito Piraza Bugará, lo recibió en su casa en Vista Hermosa, en Ciudad Bolívar. Para sostenerse, trabajó en un ‘call center’ hasta que fue contratado en agosto del 2015 como el primer ‘apoyo cultural’.

El indígena que pierde su lengua deja de ser indígena

“Hur-ba wajap (¡pongan atención!)”, les dice a varios estudiantes en un salón del colegio. Él es el encargado de organizar las actividades relacionadas con la comunidad wounaan, como cuando, con ayuda de la Secretaría de Educación de Bogotá, recibieron flautas, tamboras y ‘jawa’ (pinturas corporales). Estos elementos –como explica John– ayudan a fortalecer y preservar la identidad cultural de los alumnos indígenas, desde las tradiciones hasta su idioma. “El indígena que pierde su lengua deja de ser indígena”, añade Bernardino.

***

Los sábados son los días en los que el colegio se transforma en una especie de maloca indígena. Es el momento que se destina para que los niños aprendan sobre la lengua, los tejidos, la danza y la cosmovisión ancestral propia de su cultura.

Antes, estas asignaturas eran dictadas en aulas diferenciales y exclusivas para los niños en otros colegios, como la Confederación Brisas del Diamante, la Estrella y la Arabia, cuando no estaban unificados. Sin embargo, un suceso en pleno día de la independencia del 2017 cambió la forma de pensar de los líderes del cabildo wounaan.

Como narran los etnoeducadores, eran las cuatro de la tarde de aquel 20 de julio cuando Yerson desapareció. Sus amigos no sabían de su paradero, y los profesores del colegio se alarmaron. Ya había un antecedente: en el 2006, un indígena wounaan había sido asesinado en la parte alta de Ciudad Bolívar.

Durante la siguiente hora, recuerda Bernardino, las personas del barrio buscaron al joven. Al día siguiente, Medicina Legal llamó a la familia para que alguien reconociera el cuerpo del adolescente, que había sido apuñalado. Aunque se desconoce el motivo del asesinato, algunos líderes del cabildo aseguran que se trató de una riña.

Tras este hecho –y luego de cuatro reuniones con padres de familia–, en el cabildo wounaan se decidió tramitar el traslado de los niños indígenas a una sola institución: el colegio Compartir Recuerdo. La razón estaba justificada en que, en los otros colegios, no había control sobre los estudiantes, y, al tratarse de espacios tan amplios y distantes, no era posible garantizar la seguridad de los niños. Además, el índice de drogadicción había aumentado como consecuencia de que varios se escapaban del colegio o terminaban en pandillas de la zona.

No obstante, el planteamiento inicial de crear salones especializados para dictar clases sobre tradición e identidad cultural de los wounaanes se ha cambiado: la idea ahora es consolidar espacios inclusivos en los que indígenas y mestizos puedan convivir y consolidar un ambiente multicultural.

De hecho, la única aula diferencial que tendrá el Compartir Recuerdo será la de preescolar este año, porque ingresaron 14 niños indígenas. Esto supone un giro de pensamiento porque, ahora, el reto será involucrar a los otros ‘mestizos’ del curso. En este ciclo entraron, en total, 32 niños indígenas al plantel educativo.

Los profesores, los ‘apoyos culturales’ y la comunidad se han preparado para este cambio, pues para los wounaanes, la unidad es esencial, ya que fortalece su cultura. Les gusta compartir su forma de ver las cosas, como la “pedagogía de la placenta”, dice Bernardino, para entender que los territorios deben ser tan seguros como el vientre de una madre. Así se logra captar la energía necesaria que permita comprender el mundo. Un lugar que, como describe Amanda, puede ser tan agreste como un ‘khus’ (cerdo) o noble como un ‘pabu’ (planta).

DAVID ALEJANDRO LÓPEZ BERMÚDEZ
Escuela de periodismo EL TIEMPO

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