‘La investigación es mi vida, también la del país’

‘La investigación es mi vida, también la del país’

Dolly Montoya, la rectora de la Universidad Nacional, cuenta los difíciles momentos que ha vivido.

Dolly Montoya, rectora de la Universidad Nacional

Dolly Montoya es la primera mujer en llegar a la rectoría de la U. Nacional; su número es el 44 en el listado de todos los que han pasado por ahí.

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Abel Cárdenas / Archivo EL TIEMPO

Por: Plinio Apuleyo Mendoza
15 de agosto 2019 , 09:45 p.m.

En los 150 años que cumplió la Universidad Nacional, Dolly Montoya es la primera mujer que ocupa la rectoría. Sus antecesores en siglo y medio han sido cuarenta y tres rectores.

Es una sorpresa de los nuevos tiempos. Por cierto, no es gratuita. Refugiada de niña en el Caquetá, Dolly no quiso seguir el destino de las mujeres de su época. Ha hecho profundas investigaciones en biomédica y fundó el Instituto de Biotecnología, que es su legado y su mayor pasión.

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Su viva y magnética personalidad, sin ceño ni bruscas palabras, sorprende y atrae a profesores y alumnos. Ajena a pompas académicas, se levanta a las cuatro de la mañana, hace una infaltable meditación, corre, se ejercita y, a las seis, cuando apenas está surgiendo el sol, empieza a trabajar en su amada universidad.

¿Cuál ha sido su formación?

Mi familia y yo fuimos víctimas de la violencia porque mi papá era un liberal radical. Terminamos en el Caquetá como colonos cuando sus pueblos se limitaban a cuatro calles polvorientas; no había carros, se compraba el agua en mula. Nadie llegaba allí, el Caquetá estaba naciendo.

Terminamos en el Caquetá como colonos cuando sus pueblos se limitaban a cuatro calles polvorientas; no había carros, se compraba el agua en mula

Mi mamá se ponía muy triste porque estaba acostumbrada a tener toda clase de ayudas. Allí estudié el kínder y primero de primaria con monjas misioneras de la Consolata que nos hacían conocer todas las imágenes de Europa como la torre Eiffel y la capilla Sixtina. Bailábamos, cantábamos al tiempo que estudiábamos matemáticas.

Como buen paisa (era de Marinilla), mi papá se organizó rápidamente y nos mandó a estudiar a Popayán.

¿Dónde terminó su bachillerato?

En Pereira, mi ciudad natal. Luego fui a la Universidad Nacional, donde estudié química farmacéutica, que me permitió trabajar en esa industria. La vida lo va poniendo a uno donde lo tiene que poner.

Trabajé en biológicos y en fabricación de vacunas. Muy pronto me di cuenta de que la industria maquilaba, pero no investigaba. De modo que me dije ‘esto no es lo mío’, porque yo quería investigar.

Entonces, me fui a estudiar a México, donde hice una maestría en ciencias biomédicas y terminé trabajando en biotecnología.

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¿Cómo se le ocurrió ir a México?

México era el mirador de América Latina. Poco antes me había salido una beca en Holanda, pero allí no podía vivir con mis dos hijos. A mi hija la tuve en tercer semestre y a mi hijo, en quinto semestre, de modo que mi exesposo se consiguió una beca en México y yo decidí hacer mi maestría allí.

Fue la etapa más dura de mi vida porque me tocaba hacer de todo, pero fue una experiencia muy interesante. Llegué al Instituto de Biotecnología de la Unam, donde el director había descubierto las enzimas de restricción. Allí conocí a Watson y Crick, y a Luria Bertani, entre otros.

Mi profesor de México nos ayudó a entrar en los organismos internacionales, desde la OEA hasta la Onudi. Así conocimos todo el círculo latinoamericano de biotecnología. Finalmente, fundamos el Instituto de Biotecnología en la Nacional.

Después de México, ¿qué pasó?

Decidida a hacer algo nuevo, estuve en Nueva York trabajando genética de bacterias y, luego, en Múnich (Alemania) hice el doctorado en biología molecular. Había muy pocos biólogos moleculares, y yo quería que tal disciplina fuera más universal.

Después me fui a Inglaterra, donde hay un centro que es el generador de innovación en Europa, el Spru, creado por Friedemann. Bajo el mismo signo hay tres escuelas en Europa que se mueven más en sistemas que Estados Unidos. Ahí hice mi posdoctorado en política de ciencia y tecnología, y aprendí por qué los desarrollados avanzan y nosotros no.

¿Cómo fue su vinculación con la Universidad Nacional?

Como ya le dije, aquí nací, aquí hice toda mi carrera de química farmacéutica, pero cuando salí no quería volver nunca a la universidad. Sin embargo, cuando vi la industria nacional carente de desarrollo y de investigación, decidí volver.

Como había logrado hacer mi maestría en México, me presenté con 23 aspirantes y me gané el cupo en la universidad. Desde ese día comencé a hacer
biotecnología

Como había logrado hacer mi maestría en México, me presenté con 23 aspirantes y me gané el cupo en la universidad. Desde ese día comencé a hacer biotecnología.
¿Cómo fue su sorprendente llegada a la rectoría? Ese cargo siempre fue ocupado por hombres.

Los profesores más antiguos ganan siempre las altas posiciones, pues pesa mucho la convicción de que el hombre puede. La mujer, en cambio, tiene que demostrarlo. Durante 17 años fui la única mujer que dirigía un instituto de investigación. Yo iba con mis compañeros a los consejos de sede de la universidad a los que ningún investigador quería ir.

Con tanta experiencia logré armar un programa que recogía todo lo que yo soñaba que debía ser la Universidad Nacional. Lo consulté con mi grupo, en el cual hay abogados, geógrafos, filósofos; es decir, con todos ellos para ver si se sentían representados. Al final logramos hacer un programa universal.

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Me divertí en toda esta campaña porque me di cuenta de que todos estaban sufriendo por llegar a ser rector. No era mi caso. Cuando tuve la entrevista con la ministra, Giha me dijo al final: “Dolly, ¿muy difícil esto?” Y yo le contesté: “No, ministra, me gocé el programa, la difusión, y lo que me voy a gozar la rectoría”. Ella soltó la carcajada.

¿Qué problemas ha tenido que enfrentar como rectora?

El problema real de las universidades públicas es el presupuesto. Cuando uno mira la Nacional y dice que dispone de 1,8 billones de pesos, la verdad no es así. De esa suma hay ochocientos mil millones que van a pensiones y salud.

Nos quedamos con mil cien millones, de los cuales el 90 por ciento es la nómina de la universidad. Ochenta y dos mil millones de esos van para bienestar estudiantil, que absorbe el 14 por ciento.

Nosotros tenemos tres mil profesores de planta y mil seiscientos doctores con Ph. D.

¿Hasta dónde se extiende la universidad?

Tenemos nueve sedes en todo el país. Además de Bogotá, Medellín, Manizales y Palmira, estamos abriendo La Paz, que inició clases el 12 de agosto. En frontera tenemos programas especiales para San Andrés, Leticia, Orinoquia y Tumaco. Ahí recibimos niños con un examen de admisión diferente para competir entre ellos.

El 11 por ciento de los niños de frontera están becados totalmente. Ahora también tenemos reinsertados

El 11 por ciento de los niños de frontera están becados totalmente. Ahora también tenemos reinsertados. Toca un acompañamiento psicosocial, psicológico y hasta psiquiátrico para salvar esas vidas y sacarlas de la guerra.

Cuando tú estás en la contienda, tu única fortaleza es un fusil. Entonces, ¿cómo cambiarles un fusil por un proyecto de vida?, ¿cómo decirles que a la patria no solo se le sirve disparando?

¿Cómo ha recibido la universidad el acuerdo de paz?

Como institución, nosotros no nos alineamos ni con partidos políticos ni con religiones. Somos absolutamente neutrales. Hemos trabajado con 55 gobiernos, incluyendo el actual. Estamos en permanente contacto con el presidente Duque y con la ministra.

La vicepresidenta Martha Lucía Ramírez aborda en sus programas problemas sociales. Yo la llamé y le dije que nosotros podíamos ayudarla. En eso estamos. Mandamos profesores a la JEP. Los tenemos también en la Comisión de la Verdad. Hacemos eso porque yo creo que durante doscientos años el país se ha desangrado.

En la universidad, uno advierte que la plaza central lleva el nombre del Che Guevara, así como su retrato. ¿No quiere decir esto que muchos alumnos no escapan a la polarización política?

Digamos que la universidad ha transitado por todas las etapas del país. Cuando yo ingresé a ella era una época muy rica. Había teatro francés, el Teatro del Búho, circulaban los libros de la historia política de Colombia, los escritos de Camilo Torres, los de la revolución cubana, las tesis filosóficas de Mao. O sea, esto era un hervidero de todo.

La universidad fue muy radical, y la gente, muy alineada, mientras que la dirección parecía muy conservadora. Todo se reprimía. Entraban la Policía y el Ejército para establecer el orden. Ahora, el movimiento estudiantil se ha ocupado de aislar a los violentos y ha terminado declarándose en contra de cualquier tipo de violencia.

¿Por qué dice usted que la Universidad Nacional es incomparable?

Tenemos cincuenta mil estudiantes. Con nuestros programas cubrimos todo el país. A nuestros exámenes se presentan estudiantes del 93 por ciento de los 1.122 municipios nacionales.

Tenemos, pues, la cultura nacional desde el llano hasta la selva, desde las islas hasta Tumaco; manejamos el museo de Villa de Leyva, tenemos estaciones de investigación como la Roberto Franco en San Andrés, tenemos parques ecológicos en todas partes. El Estado no sabe lo que tiene acá.

¿Hay diferencias en la forma como dirigen las mujeres y como dirigen los hombres?

Yo sé que las mujeres tenemos un poder femenino y los hombres, un poder masculino. Juntos podemos crecer muy bien mientras nos respetemos y tengamos igualdad de oportunidades. Pero yo siento que hay mujeres que hacen liderazgos masculinos y hombres que hacen liderazgos femeninos. Nosotros estamos haciendo un liderazgo colectivo.

¿Cuáles son sus aficiones personales?

Usted no me creerá, pero hago pilates, camino todos los días, hago ejercicio diario y hago meditación en la mañana y en la noche.

¿Qué valor tiene para usted la meditación?

Todo. En la mañana, cuando me levanto, desocupo mi mente. Me quedo en blanco. La mente es como la secretaria a la que uno da todo para archivar y archivar, pero no le da tiempo para que archive. La meditación es eso. Yo paro mi mente, paro mi cuerpo y dejo que pase lo que pase.

La meditación es desconectarse. Yo me levanto a las cuatro de la mañana, medito, hago ejercicio, me ducho y a las seis ya estoy aquí en la universidad

La meditación es desconectarse. Yo me levanto a las cuatro de la mañana, medito, hago ejercicio, me ducho y a las seis ya estoy aquí en la universidad. Por la noche, antes de acostarme, me siento en mi silla y otra vez desocupo la mente. Duermo en paz.

¿Cómo ve el final de su labor en la rectoría?

Estamos formando jóvenes dentro de una comunidad académica integrada, donde la comunicación y la convivencia universitaria serán transparentes, de modo que no exista más eso de la piedra.

Quiero que nuestros egresados muevan al país y estén unidos a las comunidades de afuera para hacer innovación social y tecnológica. Lo que esperamos es que haya más inversión en ciencia y tecnología.

PLINIO PULEYO MENDOZA 
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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