De Pécaut a Alfredo Molano: encuentros y desencuentros

De Pécaut a Alfredo Molano: encuentros y desencuentros

El sociólogo Daniel Pécaut explica por qué el método de Molano no fue validado por la academia.

Alfredo Molano

Alfredo Molano.

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Jaime Moreno / EL TIEMPO

Por: Hernando Corral G
15 de noviembre 2019 , 10:26 p.m.

Pareciera que los sociólogos Alfredo Molano y Daniel Pécaut, hubieran estado destinados a tener encuentros y desencuentros a lo largo de su vida.

El primero de ellos, que marcó el resto de su relación, fue el muy citado y conocido entre el profesor francés y el candidato a Doctor en Sociología en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París (entre 1975 y 1977), por una tesis doctoral que no fue aceptada y un grado que no se concretó.

Con el paso de los años se fueron consolidando ambos como referentes académicos e intelectuales imprescindibles para los estudiosos del conflicto armado colombiano. Eso sí, con visiones encontradas: Pécaut, a través de sus libros, de una gran rigurosidad académica y de investigación, y Molano a través de sus crónicas y de una prolífica producción periodística, adentrándose en las distintas regiones del país, analizando la violencia armada y la problemática social.

Ambos han sido muy respetados en el examen de la violencia en Colombia, a pesar de evidentes distancias en sus posiciones, como queda plasmado en este texto, producto de una conversación sostenida con Daniel Pécaut a raíz del fallecimiento de Alfredo Molano.

Una de las últimas veces en las que nos vimos fue en La Habana, en 2015, durante la entrega del informe de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas.

“Me encuentro profundamente conmovido por la muerte de Alfredo Molano. Nos habíamos encontrado en diversos lugares y diversos momentos. Recuerdo, sobre todo, un congreso de escritores en Neiva, en 2001, donde nos tocaba intervenir en la sesión inaugural frente a un público en el que las Farc estaban ampliamente representadas y durante el cual se rumoró que se iba a producir un atentado contra uno de los dos. Una de las últimas veces en las que nos vimos fue en La Habana, en 2015, durante la entrega del informe de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas. Él había sido designado para hacer parte de la Comisión por las Farc, y yo lo había sido por el Gobierno. Al menos coincidimos en el anhelo de la paz.

Pero donde más me siento concernido es que en muchos de nuestros encuentros y en diversas entrevistas, Molano siempre volvía sobre su inscripción en el trabajo de tesis bajo mi dirección en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales y sobre el hecho de que yo había rechazado finalmente su trabajo.

Su tesis se apoyaba en diversas entrevistas, pero en lugar de presentar y comentar cada una de ellas había preferido ‘sintetizar’ para elaborar cuatro o cinco trayectorias ‘típicas’. Esto resultaba apasionante, pero era evidente que el procedimiento podía tener una dosis importante de arbitrariedad. Consulté a varios colegas especialistas en una sociología fundada sobre las ‘historias de vida’, y me dijeron todos que el procedimiento no era aceptable. Al menos era necesario que el trabajo fuera precedido por una introducción que explicara esa orientación. Le pedí en vano añadirla, pero no quiso.

Me pregunto a menudo si rechazar el texto que sometió a mi aprobación fue prueba de una imperdonable estrechez de espíritu. Sí, sin duda lo fue...

Inútil decir que yo lamento haber tenido que tomar esta decisión porque el talento de Alfredo era más que evidente. Inmediatamente después, la tesis se convirtió en la base de varios libros, entre ellos Los años del tropel, su primer gran éxito. En adelante, leí con mucha admiración la mayor parte de las obras que publicó y aprendí mucho de esta lectura. Me hicieron descubrir espacios y sectores campesinos hasta ahora poco reconocidos.

También, las múltiples formas de violencia de las cuales eran víctimas. Además de su calidad de testigo, su talento de narrador y de escritor contribuye a hacer de su obra algo inédito en la literatura colombiana. Mi deuda con él es muy considerable.

Me pregunto a menudo si rechazar el texto que sometió a mi aprobación fue prueba de una imperdonable estrechez de espíritu. Sí, sin duda lo fue, puesto que no era sino el punto de partida de una obra notable. Me tranquilizo un poco cuando considero que mi decisión no fue obstáculo para la realización de esta obra.

Pero, sobre todo, me tranquilizo más cuando considero que si Gabriel García Márquez hubiera presentado Cien años de soledad como tesis de sociología o de historia, todos sus eventuales jurados la habrían también rechazado. Los criterios académicos ordinarios no son muy pertinentes en tales casos”.

Y es que, como lo recordó Myriam Bautista en su artículo del pasado viernes 1.º de octubre en EL TIEMPO, a raíz de la muerte de Alfredo Molano, él no quiso someterse a las exigencias doctorales académicas que llevaron a este desencuentro entre un riguroso método cartesiano y una realidad de país que desbordaba, por una parte, los principios fundamentales de las ciencias sociales y limitaba, por la otra, la capacidad de expresión de Molano, debate que, de cierta manera, después se trasladó a la literatura con el llamado realismo mágico. Y así lo dijo Molano: “Me descasé de Daniel, de la academia, y me fui para lo que considero lo real, lo verdadero, lo que permite expresar el espíritu de lo que siento y quiero: comencé a escribir”.

Me descasé de Daniel, de la academia, y me fui para lo que considero lo real, lo verdadero, lo que permite expresar el espíritu de lo que siento y quiero: comencé a escribir

Pécaut, por su parte, aclara que “no existía algo como ‘la Academia’. Había tantas orientaciones como profesores. En sociología cabían las temáticas más opuestas. Cada profesor podía hacer lo que le gustaba. Lo que importaba era la opinión de los ‘pares’. En cuanto a los estudiantes también tenían mucha libertad. La formación disciplinaria era mucho más exigente en Historia, Antropología o aun en Ciencias Políticas.

Si mal no recuerdo, Alfredo nunca me dio a leer lo que escribía hasta el día en que me entregó el texto acabado. Nunca alcancé a ver la versión original de las entrevistas. El hecho de tomar como base del trabajo historias de vida no tenía nada de subversivo. Lo que sí me pareció que planteaba un problema era que tenía decidido ‘sintetizar’ varias entrevistas para llegar a trayectorias ‘típicas’.

Pedí su opinión a varios colegas, y todos me dijeron que esto no se podía, ya que se prestaba para inventar mucho. Se suponía que al menos explicara el ‘método’ y lo justificara, lo que Molano no quiso hacer. La tradición es, más bien, que el profesor pida modificaciones o complementos. Entre mis estudiantes colombianos han sido muchos los que han optado, para completar su trabajo, incluso con regresar algún tiempo a su país.

Tengo que decir que me tomó por sorpresa su decisión de renunciar. Así que no tuvo lugar la defensa oficial de la tesis”.

Le pregunto a Pécaut: ¿Le sucedió a Molano, en París, lo mismo que a Jean-Paul Sartre, a quien los filósofos calificaban de literato y los literatos de filósofo? O, en otras palabras, ¿la Academia desconocía que la literatura empezaba a confundirse con el periodismo y el periodismo con la sociología? A esto, Daniel Pécaut responde que la comparación con Sartre le parece algo exagerada, ya que Sartre, cuando escribía filosofía, lo hacía como filósofo, y cuando escribía novelas, lo hacía como novelista, sin que no dejaran de faltar, por supuesto, los puntos de encuentro.

En cuanto a la cercanía entre cierto periodismo y cierta sociología, esta siempre existió

Cuando a Alfredo Molano le dieron el Premio de Periodismo Simón Bolívar, en privado algunos periodistas señalaron que él era un sociólogo y que el periodismo no tenía por qué premiarlo; mientras que, por el contrario, algunos sociólogos decían que Molano era un periodista.

Le planteo, entonces, al profesor Pécaut, mi inquietud acerca de si las profesiones de periodista y de sociólogo deberían ir de la mano, a lo que él me expresa: “En cuanto a la cercanía entre cierto periodismo y cierta sociología, esta siempre existió, como es el caso, por ejemplo, de Albert Camus, Jean-Paul Sartre, Raymond Aron y muchos otros. Con respecto al vínculo entre teoría y uso de ‘historias de vida’, el mismo Pierre Bourdieu, tan amigo de la teoría, terminó dirigiendo el libro titulado La misère du monde, basado en historias de vida. Pero el libro lo justificaba. Yo he sido un lector asiduo de las excelentes columnas de Molano en El Espectador”.

Como lo recuerda Pécaut al comienzo de esta entrevista, una de las últimas veces que coincidió con Alfredo Molano fue en La Habana en 2015, durante el proceso de negociación entre el Gobierno y las Farc.

Alfredo hacía de la creación de las Farc el acontecimiento fundador de toda la historia reciente de Colombia

No es ningún secreto que existían diferencias de enfoque entre los dos frente a la caracterización de la realidad colombiana, teniendo en cuenta, por ejemplo, las conclusiones presentadas a la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas. Le pido a Pécaut que precise cuál era ese punto o los puntos de desacuerdo.

“Entre los puntos de desacuerdo estaba el hecho de que a menudo, Alfredo hacía de la creación de las Farc el acontecimiento fundador de toda la historia reciente de Colombia. De cierta manera, esto me parece una forma de mantener los mitos creados por esta organización, como eje para el desciframiento de la historia colombiana.

Sigo teniendo dudas sobre la continuidad entre el periodo de la Violencia y el conflicto reciente, también sobre la semejanza entre las Farc de Marquetalia y las Farc de los años 1990-2018. De manera más general, me parece que el balance de la lucha armada es bastante discutible: contribuyó, más bien, a imposibilitar el surgimiento de movimientos sociales autónomos, a fortalecer a las élites antiguas o nuevas, a aumentar las desigualdades, a abrir el camino al paramilitarismo y a sus aliados militares y civiles, a poner a los campesinos y los varios grupos étnicos a merced de las atrocidades de los grupos armados.

Me parece que las utopías de ruptura violenta tuvieron un impacto muy fuerte en la incapacidad para tomar en cuenta los inmensos cambios de la sociedad colombiana a lo largo de las últimas décadas y para que, todavía más, se constituyeran visiones de cambio y de progreso. Esto está, incluso, en la base del escepticismo tan difundido frente a los acuerdos de La Habana”.

A pesar de los encuentros y desencuentros entre ambos intelectuales, es aleccionador constatar que, en estas épocas de polarización extrema, Pécaut reconoce que la obra de Molano ha sido constantamente fuente de inspiración para él.

HERNANDO CORRAL G.
*PARA EL TIEMPO

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