Cómo prepararse para un mundo en el que hay cambios constantemente

Cómo prepararse para un mundo en el que hay cambios constantemente

Yuval Noah Harari llama a padres y jóvenes a fortalecer la capacidad de discernimiento.

Superación personal

El autor de este texto, un historiador israelí de 42 años, es uno de los pensadores más influyentes del mundo. Sus libros han vendido 15 millones de copias.

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123RF

Por: Yuval Noah Harari
06 de octubre 2018 , 10:23 p.m.

La humanidad se enfrenta a revoluciones sin precedentes, todos nuestros relatos antiguos se desmoronan, y hasta el momento no ha surgido ningún relato nuevo para sustituirlos. ¿Cómo prepararnos y preparar a nuestros hijos para un mundo de transformaciones sin precedentes e incertidumbres radicales? Un recién nacido ahora tendrá 30 y tantos años en el 2050. Si todo va bien, ese bebé todavía estará vivo hacia el 2100, e incluso podría ser un ciudadano activo en el siglo XXII. ¿Qué hemos de enseñarle a ese niño o esa niña que le ayude a sobrevivir y a prosperar en el mundo del 2050 o del siglo XXII? ¿Qué tipo de habilidades necesitará para conseguir trabajo y comprender lo que ocurre a su alrededor?

Por desgracia, puesto que nadie sabe cómo será el mundo en el 2050 (por no mencionar el del 2100), no tenemos respuesta a estas preguntas. Desde luego, los humanos nunca pudieron predecir el futuro con exactitud. Pero hoy es más difícil de lo que ha sido jamás, porque una vez que la tecnología nos permita modificar cuerpos, cerebros y mentes, ya no podremos estar seguros de nada.

Hace mil años, en 1018, la gente no sabía muchas cosas acerca del futuro, pero estaba convencida de que las características básicas de la sociedad humana no cambiarían. Si hubiéramos vivido en China en 1018, no sabríamos que hacia 1050 el Imperio Song podría desmoronarse, que los kitanos podrían invadir desde el norte ni que la peste podría matar a millones. Sin embargo, tendríamos claro que, incluso en 1050, la mayoría de la gente seguiría trabajando como agricultores y tejedores, que los gobernantes todavía confiarían en que los humanos dotaran de personal a sus ejércitos y burocracias, que los hombres todavía dominarían a las mujeres, que la esperanza de vida seguiría siendo de unos 40 años y que el cuerpo humano sería exactamente el mismo. De modo que en 1018, los padres chinos pobres enseñaban a sus hijos a plantar arroz o a tejer seda, y los padres más ricos enseñaban a sus hijos a leer los clásicos confucianos, a escribir caligrafía o a luchar a caballo; y a sus hijas, a ser amas de casa modestas y obedientes. Era evidente que tales habilidades todavía se necesitarían en 1050.

Por el contrario, hoy no tenemos ni idea de cómo será China o el resto del mundo en el 2050. No sabemos qué hará la gente para ganarse la vida, no sabemos cómo funcionarán los ejércitos ni las burocracias y no sabemos cómo serán las relaciones de género. Probablemente, algunas personas vivirán mucho más que en la actualidad, y el cuerpo humano podría experimentar una revolución sin precedentes gracias a la bioingeniería y a interfaces directas cerebro-computador. De ahí que muchas de las cosas que los chicos aprenden hoy serán irrelevantes en el 2050.

En la actualidad, demasiadas escuelas se centran en que se aprenda de memoria la información. En el pasado tenía sentido, porque esta escaseaba, e incluso el lento goteo de la información existente era repetidamente bloqueado por la censura. Si uno vivía, pongamos por caso, en un pequeño pueblo de México en 1800, difícilmente sabría muchas cosas sobre el resto del mundo. No había radio, ni televisión, ni diarios ni bibliotecas públicas. Y aun en el caso de que uno fuera culto y tuviera acceso a una biblioteca privada, no había mucho que leer, aparte de novelas y tratados religiosos. El imperio español censuraba con dureza todos los textos impresos localmente, y solo permitía importar unas pocas publicaciones revisadas. La cosa era muy parecida si se vivía en alguna ciudad de provincia de Rusia, India, Turquía o China. Cuando aparecieron las escuelas modernas, que enseñaron a todos los niños a leer y escribir y les impartieron los datos básicos de geografía, historia y biología, supusieron una mejora inmensa.

En cambio, en el siglo XXI estamos inundados de información, y ni siquiera los censores intentan impedirla. En cambio, están atareados difundiendo desinformación o distrayéndonos con cosas sin importancia. Si vivimos en algún pueblo mexicano de provincia y disponemos de un teléfono inteligente, podemos pasar muchas vidas enteras solo leyendo la Wikipedia, mirando charlas TED y haciendo cursos gratuitos en línea. Ningún gobierno puede pensar en ocultar toda la información que no le gusta. Por otro lado, es alarmante lo fácil que resulta inundar a la gente con informes conflictivos y pistas falsas. Personas de todo el mundo están solo a un clic de distancia de los últimos informes sobre el bombardeo de Alepo o el deshielo en los casquetes polares, pero hay tantos informes contradictorios que no sabemos qué creer. Además, hay muchísimas más cosas que también están a solo un clic de distancia, lo que hace difícil centrarse; y cuando la política o la ciencia parecen demasiado complicadas, es tentador pasar a ver algunos divertidos videos de gatitos, chismes de famosos o pornografía.

En un mundo así, lo último que un profesor tiene que proporcionar a sus alumnos es más información. Ya tienen demasiada. En cambio, la gente necesita la capacidad de dar sentido a la información, de señalar la diferencia entre lo que es y no es importante y, por encima de todo, de combinar muchos bits de información en una imagen general del mundo.

A decir verdad, ese ha sido el ideal de la educación liberal durante siglos, pero hasta ahora muchas escuelas occidentales han sido bastante indolentes a la hora de darle cumplimiento. Los profesores se permitían centrarse en acumular datos al tiempo que animaban a los alumnos a ‘pensar por sí mismos’. Debido a su temor al autoritarismo, las escuelas liberales sentían un horror particular hacia las grandes narraciones. Suponían que mientras diéramos a los estudiantes muchísimos datos y un poco de libertad, los alumnos crearían su propia imagen del mundo, e incluso si esta generación no conseguía sintetizar todos los datos en un relato del mundo significativo y coherente, habría mucho tiempo para construir una buena síntesis en el futuro. Ahora nos hemos quedado sin tiempo. Las decisiones que tomemos en las próximas décadas moldearán el futuro de la propia vida, y podemos tomar estas decisiones solo a partir de nuestra visión actual del mundo. Si esta generación carece de una concepción cabal al respecto, el futuro de la vida se decidirá al azar.

‘Hackear’ a humanos

De modo que el mejor consejo que puedo dar a un chico o a una chica de 15 años atascados en una escuela anticuada en algún lugar de México, la India o Alabama es: no confíes demasiado en los adultos. La mayoría tienen buenas intenciones, pero no acaban de entender el mundo. En el pasado, seguir a los adultos era una apuesta segura, porque conocían el mundo muy bien y el mundo cambiaba muy despacio. Pero el siglo XXI va a ser diferente. Debido a la velocidad creciente del cambio, nunca puedes estar seguro de si lo que te dicen los adultos es sabiduría intemporal o prejuicio anticuado.

Así pues, ¿en qué puedes confiar? ¿Quizá en la tecnología? Es una apuesta más arriesgada aún. La tecnología puede ayudarte mucho, pero si acaba ejerciendo un gran poder sobre tu vida, podrías convertirte en un rehén de sus planes. Hace miles de años, los humanos inventaron la agricultura, pero esta tecnología enriqueció solo a una élite minúscula, al tiempo que esclavizaba a la mayoría de sus congéneres. La mayor parte de la gente se encontró arrancando malas hierbas, acarreando agua y cosechando maíz bajo un sol abrasador desde el alba hasta el atardecer. También puede ocurrirte a ti.

La tecnología no es mala. Si sabes lo que quieres hacer en la vida, tal vez te ayude a obtenerlo. Pero si no lo sabes, a la tecnología le será facilísimo moldear tus objetivos por ti y tomar el control de tu vida. Sobre todo porque la tecnología es cada vez más sofisticada a la hora de entender a los humanos, por lo que puedes verte sirviéndola cada vez más, en lugar de que ella te sirva. ¿Has visto a esos zombis que vagan por las calles con la cara pegada a sus teléfonos inteligentes? ¿Crees que controlan la tecnología, o que esta los controla a ellos?

Entonces ¿tienes que confiar en ti mismo? Esto suena muy bien en ‘Plaza Sésamo’ o en una anticuada película de Disney, pero en la vida real no funciona tanto. Incluso Disney se ha dado cuenta de ello. Al igual que Riley Andersen, la mayoría de la gente apenas se conoce a sí misma, y cuando intenta ‘escucharse’, cae fácilmente presa de manipulaciones externas. La voz que oímos en nuestra cabeza nunca fue digna de confianza, porque siempre reflejaba la propaganda del Estado, el lavado ideológico del cerebro y la publicidad comercial, por no mencionar los virus bioquímicos.

A medida que la biotecnología y el aprendizaje automático mejoren, será más fácil manipular las emociones y los deseos más íntimos de la gente, y resultará más peligroso que nunca seguir simplemente nuestro corazón. Cuando Coca-Cola, Amazon, Baidu o el Gobierno sepan cómo tirar de los hilos de nuestro corazón y pulsar los botones de nuestro cerebro, ¿podrás seguir apreciando la diferencia entre tu yo y sus expertos en ‘marketing’?

Para tener éxito en una tarea tan abrumadora deberás esforzarte mucho en conocer mejor tu sistema operativo. Para saber qué eres y qué quieres de la vida. Este es, desde luego, el consejo más antiguo del libro: conócete a ti mismo. Durante miles de años, filósofos y profetas han animado a la gente a que se conociera a sí misma. Pero este consejo nunca fue más urgente que en el siglo XXI, porque, a diferencia de lo que ocurría en la época de Lao-Tse o de Sócrates, ahora tienes una competencia seria. Coca-Cola, Amazon, Baidu y el Gobierno se apresuran a piratearte, a ‘hackearte’. No a ‘hackear’ tu teléfono inteligente, ni tu ordenador ni tu cuenta bancaria: están inmersos en una carrera para ‘hackearte’ a ti y a tu sistema operativo orgánico. Quizá hayas oído que vivimos en la época de ‘hackear’ ordenadores, pero eso apenas es una parte de la verdad. En realidad, vivimos en la época de ‘hackear’ a humanos.

Ahora mismo, los algoritmos te están observando. Observan adónde vas, qué compras, con quién te ves. Pronto supervisarán todos tus pasos, tu respiración, los latidos de tu corazón. Para llegar a conocerte cada vez mejor, se basan en macrodatos y en el aprendizaje automático. Y cuando estos algoritmos te conozcan mejor de lo que te conoces tú, lograrán controlarte y manipularte, y tú poco podrás hacer al respecto. Vivirás en ‘Matrix’ o en ‘El show de Truman’. Al final, se trata de una cuestión empírica sencilla: si los algoritmos entienden de verdad lo que ocurre dentro de ti mejor que tú mismo, la autoridad pasará a ellos.

Desde luego, podrías ser perfectamente feliz cediendo toda la autoridad a los algoritmos y confiando en ellos para que decidan por ti y por el resto del mundo. Si es así, limítate a relajarte y a disfrutar del viaje. No es necesario que hagas nada: los algoritmos se encargarán de todo. Si, en cambio, quieres conservar cierto control de tu existencia personal y del futuro de la vida, tendrás que correr más deprisa que los algoritmos, más que Amazon y el Gobierno, y conseguir conocerte a ti mismo antes de que lo hagan ellos. Para correr deprisa, no lleves contigo mucho equipaje. Deja atrás todas tus ilusiones. Pesan mucho.

YUVAL NOAH HARARI

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