En defensa del idioma: morir es 'morir'

En defensa del idioma: morir es 'morir'

Jairo Valderrama defiende el uso de esta palabra, que tiene tantos eufemismos.

En defensa del idioma

En defensa del idioma.

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Archivo Particular

Por: Jairo Valderrama V.
17 de febrero 2020 , 04:49 p.m.

Mucha gente prefiere meter un amortiguador entre las ideas y las palabras para evitar el fuerte impacto de una realidad que le resulta incómoda, o para eludirla. Tal situación se da en una persona, en un gremio o en la sociedad toda, y casi nadie se toma el trabajo de examinar con detalle cómo se alteran los significados y las asociaciones cuando las palabras apenas rozan una intención que se quiere ocultar, borrar y, sobre todo, negar.

Sin embargo, esa percepción de la realidad (o la “realidad” misma) no desaparece porque deje de nombrarse. Si un ser querido murió, este jamás resucitará porque se diga con unas palabras que ha regresado a la vida. En el trópico, alguien puede decir al medio día que es de noche, y eso no significa que lo sea. De ahí la gigantesca falacia “quien no está en los medios no existe”; es decir, quien no dice, quien no se expresa o quien no figura por allí es solo un holograma, según el parecer de algunos mercaderes, por ejemplo. Y claro: sobran los ingenuos que se lo creen.

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El que hemos llamado aquí “amortiguador”, en la práctica, es el reconocido eufemismo, que, aunque en muchos casos se defina como “decoroso”, también constituye una falsedad, con intención o sin esta. Así, cuando se pronuncian o escriben palabras cuyo significado resulta distorsionado, quienes tienen mayor posibilidad de dominar el discurso público van deformando las interpretaciones o evocaciones que surgen en la mente de la mayor parte de los ciudadanos.

La defensa habitual del idioma en este espacio no solo pretende alertar acerca de las faltas en el ordenamiento ortográfico, sintáctico o prosódico (acentuación). También la semántica (el significado) hace parte de las consideraciones para advertir de los remedos de una existencia modificada en la percepción de muchas personas, con el uso de este idioma nuestro, el español.

Por eso, y para continuar con el asunto de hoy, un caso real permite ilustrar esta falta de precisión en el lenguaje, y notar la manera en que se va inoculando el engaño cuando los términos se cambian por otros que llevan un significado semejante, pero distinto, de una idea determinada. Una joven señora en el campo decía: “Desde que mi padre nos dejó, el trabajo en la finca ya no es el mismo; la tristeza siempre nos acompaña”.

Con base en esta sencilla oración, pocas personas pueden asegurar que la señora se refería a la muerte de su padre (como después ella lo aclaró a un periodista), y no al abandono que pudieron sufrir ella y la familia porque el padre se hubiese trasladado a un lugar distante de la finca. Por supuesto, “morir” es una palabra que causa escozor, pero es la más precisa para significar que la vida se ha perdido, que se ha agotado para siempre. Y esa palabra, aparte de ello, es la única que representa la única acción segura en el futuro y que pueden afirmar y reafirmar los seres humanos sin riesgo de equivocarse. Ningún ser vivo escapa de esta. Por eso mismo, cualquier otro tipo de pronóstico distinto solo será una tentativa de engaño o solo la manifestación de un deseo insatisfecho.

Por supuesto, abundan los eufemismos para nombrar este desenlace real. “La desaparición de esta figura de la canción conmociona al mundo”, informaba un locutor de radio, generando confusión entre la audiencia, porque varios oyentes habrán creído que esa “figura de la canción” solo se extravió. Otro más se lamentaba: “Es que la pérdida de este colega tomó por sorpresa a sus amigos”: ¡¿de dónde sacan que si una persona se perdió, entonces, ya murió?!

Con otras ideas pasa lo mismo. “Es que la juventud está en mi espíritu”, dicen los que se ufanan de un optimismo desapegado de la realidad, y bien pueden decirlo (no es pecado ni delito); pero, si tienen doce años o 99, esos son los que han vivido, y punto. Ahora, de los viejos (como yo, que ya pasé el medio siglo) también dicen que son “adultos mayores” o “personas de la tercera edad”, expresiones más largas y más imprecisas. Ser viejo tampoco es pecado ni delito; no debe ser causa de vergüenza; “viejo” no es una grosería. Faltará poco para que se dirijan a los niños diciéndoles “¡hola! ¿Cómo estás, persona de la primera edad?”.

Al parecer, nombrar la última de las acciones de nuestra existencia les aterra a millones de seres humanos, o creen que mencionar la vejez (quizás por su cercanía con esa) con tantos perífrasis les ayudará a alejarla. Es tanto como querer estirar la mano para ocultar el Sol porque no se soporta su calor.

A propósito, recuerdo un grafiti en una calle bogotana: “La muerte está tan segura de alcanzarte que te da toda la vida de ventaja”.

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.

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