De la mano de mi padre

De la mano de mi padre

Hace tres años partió el escritor, traductor y artista gráfico Nicolás Suescún. Su hija lo recuerda 

Nicolas Suescún

Nicolás con sus hijas Matilde y Natalia y su nieta Rosa Pérez en Bogotá Marzo 2016.

Foto:

Archivo particular

Por: Matilde Suescún - Para EL TIEMPO 
08 de mayo 2020 , 12:04 p.m.

El 14 de abril se cumplen tres años de la muerte del escritor, traductor y artista gráfico Nicolás Suescún. Planeta publicó recientemente una colección de sus cuentos titulada Cuentos Semicompletos (Lo que soy yo).

De la mano de mi padre 

Camino por el campus de la Universidad de Columbia y trato de imaginarme a mi papá aquí a los 18 o 19 años. Siempre que vengo a Columbia pienso en él con nostalgia. Sé poco sobre la infancia de mi papá, porque, aunque siempre tenía historias que contar, hablaba muy poco sobre su familia. Vino a estudiar a Columbia cuando terminó la Greenbrier Military School en Virginia, donde lo mandó su tía para tratar de corregirlo. A los trece años se escapaba del colegio y se iba a jugar billar y a fumar cigarrillos en el centro de Bogotá. Falsificaba el carné de calificaciones de la escuela para que la tía, que pagaba por el colegio, no se diera cuenta.

Mi papá era hijo de un hombre que murió en la pobreza después de haber sido heredero de una fortuna de la que hubiera podido vivir toda su vida. Mi abuelo José, hijo de una familia acomodada de Bogotá, que ostentaba ser descendiente de un prócer de la Independencia, quedó huérfano de padre y madre en la adolescencia. Fue el único hijo varón entre cuatro hermanas. Se casó muy joven con Helena, hija de Eugenio Peña, pintor de la Escuela de la Sabana, que se ganaba la vida como secretario de la Escuela de Bellas Artes de Bogotá y dando clases de pintura.

Hace poco compré un cuadro de mi bisabuelo, no son fáciles de encontrar. Son de formato pequeño y muestran paisajes de la Sabana de Bogotá. El que tengo colgado en mi casa muestra un camino surcado de árboles en tonos verde y azul. Llama la atención el follaje espeso de los árboles y la luz blanca típica de la altiplanicie de la Sabana. Leí en alguna parte que mi bisabuelo se destacó por la manera como pintaba árboles. En el Museo Nacional en Bogotá se exhiben un par de sus cuadros.

Yo heredé el nombre de mi bisabuela Matilde, esposa de Eugenio. Mi papá decía que su amor por la literatura empezó cuando de niño le leía El Quijote a su abuelo que quedó ciego por cataratas.

Nicolas Suescún

Nicolás Suescún en el Museo Nacional frente a los cuadros de su abuelo Eugenio Peña, en marzo del 2016.

Foto:

Archivo particular

Siempre adoró Nueva York, la ciudad donde hubiera querido vivir toda la vida. “La mejor ciudad del mundo”, decía

En los últimos años de vida de mi padre fuimos varias veces al Museo Nacional a ver los cuadros de su abuelo. Guardo fotos de mi papá posando al lado de esos cuadros. Ya en ese momento tenía Alzheimer y se olvidaba de muchas cosas, pero recordaba quién era Eugenio Peña y posaba orgulloso.

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Conservamos un cuadro pintado por mi papá cuando era niño que muestra un paisaje con un camino y un árbol caído. ¿Ese árbol lo representa acaso a él? ¿Lo habrá pintado guiado por su abuelo Eugenio?

La tía Lucrecia, hermana mayor del abuelo José, se hizo cargo de mi papá desde niño. Ella no tuvo hijos, vivió de su herencia y cuando ya nadie pensaba que conseguiría marido, se casó cerca de los 40 años con un ejecutivo inglés divorciado que trabajaba en una multinacional de petróleo en Colombia. Mi papá parecía quererla más a ella que a sus padres.

Lo que sé de la familia es gracias a la tía Lucrecia, una mujer estilizada, delgada, de piel muy blanca, manos largas y nariz grande. No era muy bonita, pero era elegante. Conservo su abrigo de piel, un vestido negro de tul y una cajita de carey. A ella le gustaba contarnos historias de sus hermanas y sus padres. Fue educada por institutrices que le enseñaron a bordar y el francés. Se esmeraba en cocinar para nosotros y nos preparaba pollo al horno y pie de limón. Nuestra visita de los sábados era el centro de su vida. Fue la última sobreviviente de sus hermanos y al final quedó casi ciega y muy sola. Mi papá se fue a vivir a su apartamento para cuidarla los últimos meses antes de sucumbir a un cáncer que la hacía gritar de dolor.

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La piel blanca de los Suescún, las clases de bordado, el pie de limón, los modales en la mesa, la ruina. Mi papá es el producto de la rancia aristocracia bogotana, con la que no quiso tener nada que ver. Nunca tuvimos relación con la familia extendida.

Cuando la tía Lu, como le decíamos, se dio cuenta de que mi papá estaba faltando al colegio y andaba en malas compañías, decidió mandarlo a una academia militar en Estados Unidos. Mi papá llegó a la academia militar a los 14 años sin saber una palabra de inglés y no regresó a Bogotá hasta después de haber cursado un par de años en la Universidad de Columbia. Tuvo que volver porque el cambio del peso al dólar subió demasiado y la tía no pudo pagarle más los estudios.

No se adaptó a Bogotá y regresó a Nueva York, trató de mantenerse y pagar los estudios trabajando, lo que ya a principios de los años 60 era casi imposible para un estudiante extranjero. Sé que mi papá trabajó vendiendo biblias de puerta en puerta (¡un ateo!), haciendo reservaciones por teléfono para Braniff y lavando platos en restaurantes. Cuando se dio cuenta de que lo iban a reclutar para la guerra del Vietnam, decidió volver a Colombia. Ahí empezó a enseñar inglés en la Universidad Nacional, donde conoció a mi mamá. Una morena linda, extrovertida y muy popular, que quedó prendada del profe. Lo típico.

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Pienso en mi papá completamente solo en Nueva York, muy joven, con sus ojos verde-amarillo, su timidez, su cabello castaño abundante, su curiosidad insaciable. ¿De dónde se sentiría después de años sin regresar a Bogotá sin ver a su familia? Siempre adoró Nueva York, la ciudad donde hubiera querido vivir toda la vida. “La mejor ciudad del mundo”, decía. Desde la primera vez que vine a Nueva York estoy buscando sus huellas, estoy siguiendo sus pasos, tratando de entender por qué. A veces parece que toda mi vida he buscado descifrar la clave de mi papá. Me volví actriz para ser la mujer del afiche que colgaba frente a su escritorio, su lugar sagrado.

A los 21 años vine a vivir a Nueva York. Viví sola, trabajé en restaurantes y tomé clases de actuación. Le quería mostrar a mi papá que estaba aquí, continuando de alguna manera su historia, en su ciudad. El amor por esta ciudad es otra manera de acercarme a él. Nunca vinimos juntos a recorrerla. Daría todo por poder caminar por las calles, ir al Central Park de la mano de mi papá, visitar los sitios que frecuentaba, la Universidad de Columbia, los bares, los restaurantes donde comía. Cuando voy a The Strand, una librería maravillosa en el Village pienso en él, me pregunto si también fue allí a enredarse entre los miles de libros. Se quedaron tantas cosas sin hablar.

Regreso a vivir a Nueva York 30 años después. No se lo puedo contar a mi papá, ni le podré decir que estoy estudiando en Columbia y que, cada vez que camino por el campus, siento que sigo sus huellas.

La literatura salvó a mi papá. Fue lo único realmente importante en su vida. La tía trató de corregirlo al mandarlo a la academia militar, allí aprendió inglés y se desprendió de la familia, pero nunca dejó de ser el intelectual, el rebelde, el observador perspicaz de una sociedad obstinadamente cruel y terriblemente injusta.

En este poema, que presumo, era uno de los que más le gustaba, porque lo incluyó en varios de sus libros de poemas, mi papá describe su relación con su padre.

Pequeño poema a mi padre en espera de una larga y tendida conversación que muy probablemente jamás tendrá lugar

Con usted no puedo hablar de nada
a pesar de que mis ojos
y mi nariz sean suyos
—me lo han dicho—
o de que yo haya sido
su mayor imprudencia
—me lo han dado a entender—
y de que en cierto modo
sea usted quien camina
—soy yo quien lo sospecha—
cuando voy por la calle.


Mi versión sería diferente.

Poema a mi papá en Nueva York

Con usted hablé las cosas más importantes
a pesar de no tener la misma nariz
-afortunadamente-
compartimos el alma
-lo sabemos-
y cuando camino por Nueva York
estamos los dos.


Por Matilde Suescún

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