Así es como la riqueza natural puede proteger San Andrés y Providencia

Así es como la riqueza natural puede proteger San Andrés y Providencia

Esto es lo que dicen investigadores de la Universidad Nacional después de dos meses del huracán.

Corales

Instalación de sensores de presión para medir la altura de las olas en el área exterior del arrecife de coral en Serranilla Cay.

Foto:

Cortesía Universidad Nacional

Por: Universidad Nacional - Para EL TIEMPO
17 de enero 2021 , 12:00 a. m.

Las personas típicamente no son conscientes de los riesgos a los cuales están expuestas, subestiman los que reconocen y sobreestiman la capacidad que tienen para enfrentarlos; sin embargo, no se puede seguir ignorando el creciente problema, se requiere un cambio cultural que responda a los ‘nuevos’ desafíos y retos. Actualmente, los desastres son más complejos, son en cascada, simultáneos y acumulativos, están relacionados con las estructuras sociales e históricas y con dinámicas globales que revelan riesgos construidos históricamente e inequidades socioambientales.

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Vivir seguros significa tener capacidad de gestionar nuestro territorio, conociendo su historia, siendo conscientes de los riesgos existentes y tomando medidas para su disminución. Por eso es necesario integrar la gestión de los riesgos al modelo de desarrollo, y así transitar hacia un desarrollo sostenible. Esto se evidenció el 16 de noviembre de 2020, cuando el huracán Iota –de categoría 5– generó graves afectaciones en la isla de San Andrés y una situación de desastre para Providencia y Santa Catalina. Por lo tanto, trabajar en la gestión del riesgo de desastres no es solo necesario, sino urgente.

De ahí que la Universidad Nacional de Colombia haya publicado un especial multimedia con las voces de varios de sus especialistas en áreas como la biología o la antropología para revisar el panorama de San Andrés, Providencia y Santa Catalina (visite: www.unperiodico.unal.edu.co/voces_del_archipielago/). Aquí, algunos de los hallazgos.

Corales marinos y manglares protegen el archipiélago

Identificar la barrera de San Andrés como una estructura capaz de disipar la energía de las olas en más del 95 por ciento favorece la idea de apoyar proyectos de restauración que contribuyan a tener un arrecife sano. Así se garantizaría un sistema de playas más ‘fuerte’, menos erosionado y con la capacidad de proveer la seguridad alimentaria a los isleños.

Los manglares y arrecifes coralinos son reconocidos por su importancia para el desarrollo de proyectos sostenibles, la adaptación al cambio climático, la atenuación de la fuerza del oleaje y la disminución del riesgo frente a eventos extremos como los tsunamis.

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Arrecife de coral

Los manglares y arrecifes coralinos son reconocidos por su importancia para el desarrollo de proyectos sostenibles.

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Después del superciclón Amphan, que golpeó a India y Bangladés en 1999, o del tsunami ocurrido en Sri Lanka, India, Tailandia e Indonesia en 2004, solo las poblaciones que conservaron los manglares en la línea de costa sufrieron menores pérdidas, tanto de vidas humanas como de infraestructura.

En el caso de los huracanes Eta e Iota, que pasaron recientemente por San Andrés, alcanzamos a medir vientos de hasta 39 nudos (72 km/h); sin embargo, gracias a solo un árbol de mangle evidenciamos cómo la velocidad del viento se redujo a 6 nudos (11 km/h), confirmando de nuevo su gran servicio de protección a viviendas e infraestructura, incluso en condiciones de huracanes de categorías 1 a 3.

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Otra función de estos ecosistemas –considerados los más antiguos de la Tierra– es ofrecer refugio para la biodiversidad. Por ejemplo, la investigación ‘Evaluación de servicios ecosistémicos asociados con el ecosistema de manglar en bosques con régimen hídrico contrastante en una isla oceánica de la Reserva de Biósfera Seaflower’, financiada por la Universidad Nacional de Colombia (UN), mostró en Old Point Regional Park una alta presencia de especies marinas herbívoras como el pez loro, sobre todo en sus fases juveniles.

Varios estudios adelantados por la UN Sede Caribe en las expediciones Seaflower (isla cayos de Serranilla, isla cayos de Albuquerque e isla de Providencia y Santa Catalina) han servido para determinar que la barrera arrecifal cumple un importante papel en la protección de las costas en el territorio insular. De hecho, puede incluso disminuir hasta en un 95 por ciento la altura de las olas que generalmente vienen del este del mar Caribe y que en periodos de fuerte oleaje y vientos han sido de hasta 5 metros de altura en la parte externa de la barrera. Gracias a ella –concretamente, a factores como el asomeramiento y la fricción generada en el fondo–, las olas se rompen y pierden fuerza (pueden pasar de 5 m a 50 cm).

Así mismo, dentro del proyecto de investigación ‘Relaciones entre la complejidad de los arrecifes de coral y los servicios de los ecosistemas en las islas oceánicas del Caribe, Reserva de la Biosfera Seaflower’ se han realizado muestreos –mediante buceo autónomo y captura de imágenes aéreas obtenidas con drones– que han permitido determinar algunas condiciones de deterioro de las barreras naturales, relacionadas con la erosión, lo cual también afecta no solo la vida marina, sino también el bienestar y la economía de las comunidades.

Es el caso del sector de Sound Bay en San Andrés, donde algunos hoteles y viviendas han perdido casi totalmente la playa; además, la carretera ha permanecido hundida y fragmentada, desconectando este sector sur del resto de la isla por la vía principal. El panorama de hoy dista mucho de lo que recuerdan los isleños, que narran que estas playas eran tan extensas que hasta se podía jugar softball.

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La pérdida de coberturas en general de corales estructurantes, además de la reducción considerable de acropóridos, causa la disminución acelerada de la altura de las barreras coralinas y de su complejidad estructural, reflejada en un ‘aplanamiento’ del fondo marino descrito también en otras áreas del Caribe por investigadores de México, Estados Unidos y Australia. Dicha situación incrementa la cantidad de energía que llega a las costas en forma de olas y corrientes, y acelera la erosión.

Por eso, las investigaciones adelantadas desde la UN sede Caribe se enfocan en registrar la complejidad estructural de los arrecifes en las barreras de coral, con el fin de contribuir a formular estrategias de manejo y soluciones basadas en la naturaleza, a través de las cuales se puedan aprovechar e incrementar los servicios ecosistémicos, como la protección costera que aportan los arrecifes coralinos.

Para esto se emplean técnicas tradicionales y nuevas metodologías digitales como la fotogrametría para reconstruir la estructura 3D del arrecife y poder estudiar aún más a fondo su relación con diversas funciones de estos ecosistemas.

Lo anterior, con el apoyo de investigadores en Australia, gracias a la beca de intercambio doctoral de la Australian Academy of Science, que permitió, entre otras actividades, realizar una estancia en instituciones de investigación marina en dicho país, que posee la barrera coralina más grande del planeta, lo cual nos conecta aún más con dicho país a pesar de estar al otro lado del mundo, ya que en el Archipiélago –declarado Reserva de Biosfera Seaflower por la Unesco–poseemos el tercer complejo de barreras coralinas más extenso del planeta Tierra.

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Así mismo, mediante buceo autónomo hemos encontrado que en arrecifes más sanos, con mayor complejidad estructural, hay más peces en cuanto a abundancia, biomasa e incluso biodiversidad, destacando la importancia de estos ecosistemas no solo para la protección costera sino también para la seguridad alimentaria en las islas, que se convierten en ‘granjas naturales’ clave para la producción natural y autóctona de proteína de alto valor nutricional en el Archipiélago, aspecto de gran importancia para la seguridad alimentaria en islas donde se importa más del 90 por ciento de los alimentos.

El caso de la pandemia

Pese a la cuarentena y demás medidas impuestas por la pandemia del covid-19 que afectaron al turismo –principal generador de ingresos económicos en la isla–, gracias estas ‘granjas naturales’ –como podría llamarse a los arrecifes de coral, a los manglares y a los pastos marinos– varias las familias han podido solventar las necesidades de alimentación a través de la pesca.

Lo que sigue en investigación es continuar con la valoración económica ambiental para traducir los beneficios de los servicios ecosistémicos en términos económicos, y así hacer más visible su importancia, aportar argumentos para entender la rentabilidad de invertir en soluciones basadas en la naturaleza a través de la conservación, la rehabilitación y el fortalecimiento de los arrecifes coralinos y manglares del Archipiélago, lo cual permitirá mejorar la seguridad alimentaria, la economía relacionada con el turismo de sol, playa o buceo, la protección de las costas y la vida humana en las islas.

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Adriana Santos Martínez, profesora asociada. San Luis Free Town, San Andrés Isla. Universidad Nacional de Colombia sede Caribe. Julián Prato Valderrama, candidato a Ph. D. en Ciencias-Biología, Universidad Nacional Sede Caribe.

Biodiversidad marina de las islas, un tesoro inmarcesible

Providencia –Old Providence, como se denomina en inglés– es una joya magnífica que se levanta en el sector centro-occidental del mar Caribe y alberga una riqueza de biodiversidad inconmensurable.

Ese espectacular despliegue de vida permaneció oculto al conocimiento científico durante varios siglos, hasta que en 1938 –antes de la Segunda Guerra Mundial– fue visitado por el Crucero Presidencial, expedición estadounidense encabezada por Theodore Roosevelt, vigésimo sexto presidente de Estados Unidos.

Arrecifes de coral

Algunos grupos de peces juegan un rol fundamental en el mantenimiento de los arrecifes, ya que controlan la proliferación de algas que.

Foto:

iStock

En 1941, meses antes de que EE. UU. entrara a la conflagración mundial, arribó a la isla la Quinta Expedición de George Vanderbilt, de la Academia de Ciencias Naturales de Filadelfia (ACNF), seguida en 1948 por la Expedición a las Indias Occidentales de Catherwood-Chaplin, de la misma institución. La última expedición estadounidense a la isla tuvo lugar a mediados de 1960, organizada por la Universidad de Florida y la ACNF.

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En los años 70, las ciencias del mar colombianas empezaron un proceso de apropiación de la investigación en el país, que, no obstante las dos costas que lo rodean, aún justifica la manida frase de mantenerse ‘de espaldas al mar’. Se debe mencionar que en ese surgimiento, hace exactamente 40 años, un grupo de jóvenes científicos asociados al Instituto de Investigaciones Marinas de Punta de Betín –hoy Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (Invemar)– integramos la Expedición Providencia I, emprendiendo una de las aventuras más apasionantes que un científico marino puede acometer: conocer, entender y proteger ese rico cofre, apenas entreabierto por los visitantes previos.

Ese esfuerzo primario abrió el camino para que nuestro conocimiento de las riquezas naturales de la isla se incrementase, pues numerosos compatriotas efectuaron proyectos con ese objetivo. Así, en 1995 el Gobierno Nacional declaró un área de más de 1.600 hectáreas situadas al nororiente de Providencia como el Parque Nacional Natural Old Providence-McBean Lagoon, más del 90 por ciento del cual es un área marina protegida.

Para el 2000, la academia y las agencias administrativas de los recursos naturales consiguieron que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) declarara el área marina del Departamento Archipiélago reserva de biosfera, adoptando el nombre de Seaflower. Finalmente, en septiembre de 2019 la Comisión Colombiana del Océano y sus instituciones asociadas, entre ellas la Sede Caribe de la Universidad Nacional de Colombia (UN), desarrollaron en Providencia la tradicional expedición anual a la reserva. De ese modo, los investigadores participantes contamos con un prolífico caudal de datos que nos permitirán cualificar y cuantificar los daños causados por los huracanes Eta e Iota.

¿Pero qué hace de los arrecifes coralinos del archipiélago sanandresano, y en particular de los de Providencia, una maravilla caribeña?
Buscando una respuesta, podríamos enfocarnos en su muy extensa barrera, que, junto con la de la isla cayo Quitasueño, con sus 50 km, es la segunda más larga del Caribe. También cabe mencionar principalmente los peces marinos, los cuales constituyen una inmensa fuente de deleite y alimento para los providencianos y para quienes visitan este privilegiado rincón colombiano.

Considerando que del Gran Caribe –de las costas subtropicales de Estados Unidos hasta la boca del río Orinoco– se registró recientemente que 1.577 especies moran en sus aguas someras, se puede discernir que las 499 detectadas hasta ahora en Providencia (casi un tercio del total) constituyen un valiosísimo acervo. Esa deslumbrante variedad está distribuida en 96 familias, las cuales comprenden peces considerados de gran valor comercial, además de otros fundamentales para el mantenimiento de la salud arrecifal y también aquellos que, pese a sus diminutos tamaños, se constituyen en elementos que integran una complejísima trama de interacciones biológicas y ecológicas, condición básica para mantener el sano funcionamiento de la vida en los mares someros tropicales.

Los peces de importancia económica incluyen miembros de varias familias, entre las que se destacan los jureles o jacks (Carangidae), sierras, mackerels y bonitos (Scombridae), pargos o snappers (Lutjanidae) y meros o groupers (Serranidae); sin embargo, ciertos grupos a veces desestimados, como las chopas o chubs (Kyphosidae), forman parte de la cocina autóctona por ser el centro del tradicional rondón providenciano. Varios de esos peces –amenazados de extinción en el Atlántico occidental tropical– aún mantienen poblaciones vigentes en Providencia.

Por otro lado, algunos grupos de peces juegan un rol fundamental en el mantenimiento de los arrecifes, ya que controlan la proliferación de algas que, por su rápido crecimiento, tienden a cubrir y sombrear las estructuras coralinas. Se destacan los peces loro, que constituyen una porción de la familia Labridae, un conspicuo grupo de peces tropicales enormemente coloreados y de complejas historias de vida. Al desaparecer por sobrepesca las especies más apreciadas –como pargos o meros–, los pescadores de muchas localidades caribeñas han tornado hacia los loros, algunos de cuyos representantes pueden sobrepasar el metro de longitud.

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Aunque numerosas familias no son de importancia monetaria ni tienen un protagonismo ecológico tan marcado, sí aportan de forma significativa a la impactante belleza de las estructuras arrecifales, y al mismo tiempo proveen eslabones a la enormemente compleja red de interacciones tróficas (ciclo alimentario) y de todo tipo que mantienen saludable al arrecife. Deben entonces mencionarse las familias de peces cartilaginosos (Ginglymostomatidae, Carcharhinidae, Dasyatidae, Urotrygonidae), eficientes depredadores de peces e invertebrados, y numerosos grupos de peces óseos, tales como Muraenidae (murenas, moray eels), Holocentridae (carajuelos, squirrel y soldier fishes), Gobiidae (gobis), Pomacentridae (chopitas, damselfishes), Chaetodontidae (mariposas, butterflyfishes), Labrisomidae (blenis) y Balistidae (cachuas, triggerfishes).

Es otro lugar común decir que las crisis brindan oportunidades. En mi opinión, esto es más verídico que nunca en esta catastrófica coyuntura, pues es el momento de ratificar ante el mundo que los colombianos vamos a concentrar nuestros esfuerzos y voluntades no solo en la urgente reconstrucción de la habitabilidad humana de la divina Providencia, sino que también nos dedicaremos a cumplir con la ineludible tarea que nos confió el planeta: conservar la alucinante belleza y diversidad de la vida marina que sus ecosistemas alojan.

Arturo Acero P., profesor titular del Instituto de Estudios en Ciencias del Mar (Cecimar) en la Universidad Nacional de Colombia sede Caribe. Correo: aacero@unal.edu.co

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