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‘No es un perezoso gigante, es un chigüiro’
Pinturas rupestres La Lindosa 2

Pictografías de roedores.

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‘No es un perezoso gigante, es un chigüiro’

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El filósofo Fernando Urbina analiza el hallazgo de pinturas rupestres en la Serranía de la Lindosa. 

Esta es la pequeña historia de un hallazgo: caballos modernos, perros de guerra, escenas de aperreamiento, vacunos y una espada en el arte rupestre de la serranía de La Lindosa.

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En diciembre de 2011 se publicó el libro, con profusión de ilustraciones, titulado 'La joven Constitución de Colombia'. Sus editores fueron los escritores Enrique Santos Molano y Carlos Nicolás Hernández Camacho.

Charlando con Hernández se me ocurrió proponerle un artículo que hiciera referencia a la Constitución Mítica de Colombia, que no es otra cosa que el ritual de el Hombre Dorado, quien, fungiendo ser un falo resplandeciente, era bañado sobre una balsa en la laguna de Guatavita, haciendo caer en el agua sagrada el polvo dorado que lo cubría, fecundando, simbólicamente, ese útero cósmico para que la tierra produjera buenas cosechas.

En el transcurso de milenios la noticia de ese ritual se extendió hasta llegar más allá de las fronteras del territorio ocupado por los muiscas. De ello se enteraron los invasores europeos a poco de llegar al Continente Prodigioso. Solo que su desmedida ambición –¿la más grande en la historia de la humanidad?– hizo del ritual de fecundación otra cosa; se empezó a pensar que El Dorado era una ciudad en que todo era de oro. Y ese fue el espejismo que alentó la empresa de la conquista. Y la constitución de Colombia.Vea también: Doce nuevas especies de criaturas marinas en el fondo del Atlántico 

Por la región de La Macarena y La Lindosa pasaron mucho más de 2.000 caballos entre las sucesivas empresas de exploración y conquista

Entre muchos otros buscadores de El Dorado llegaron entre 1529-1535 cuatro comandantes alemanes capitaneando tropas imperiales: Alfinger, Federmann, Spira y Von Hutten. Fueron comisionados por la casa Welser, banca que le prestaba dineros al emperador Carlos V para sostener sus guerras en Europa, a cambio de la gobernación de Venezuela, desde donde avanzarían en su “descubrimiento, conquista y fundación de nuevas ciudades”. En cumplimiento de esa tarea Alfinger llegó al Norte de Santander, donde mis antepasados tuvieron la piadosa ocurrencia de matarlo en combate, librando al mundo de semejante depredador.

Años después, Federmann, por un lado, y Spira y Von Hutten, por otro, partieron de Coro y en su arrasadora y genocida empresa llegaron al norte de la serranía de La Macarena. Federmann se desvió a la derecha siguiendo la ruta de comercio que tenían los muiscas con las culturas del piedemonte y las llanuras del oriente, la misma ruta transitada varios siglos después por los vaqueros de los Llanos y por la guerrilla de las Farc.

Terminó llegando por el Sumapaz a la sabana de Bogotá, donde se encontró con Gonzalo Jiménez de Quesada, quien se le había adelantado en apañar el oro de los muiscas.

Y eso ocurrió en 1539. Spira y Von Hutten habían continuado hacia el sur y llegaron al río Guaviare, pero al no dar con un acceso al interior andino regresaron a Venezuela en 1538, no sin antes matar a miles de indígenas y practicar sistemáticamente el aperreamiento: modo de terror que consistía en huchear una jauría de perros de guerra europeos, cuya especialidad era despedazar indígenas vivos, delante de otros, para generar terror.

Poco hemos cambiado en Colombia: se reemplazaron los dientes de los perros de guerra por los dientes metálicos de las motosierras accionadas por los narcoparamilitares apoyados por terratenientes y políticos corruptos. Las acciones de las tropas comandadas por Spira quedaron consignadas en la correspondencia e informe de viaje enviados por Von Hutten a sus familiares y a las autoridades imperiales.

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De esa relación y correspondencia me suministró informes Jörg Denzer, historiador y documentalista alemán en 2013. Con su ayuda estos documentos fueron publicados como libro ('Nuevas noticias') por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia en octubre de 2019.

El libro cuenta con prólogo de Denzer y un artículo de mi autoría donde detallo el testimonio gráfico que dejaron los indígenas, luego de su encontronazo con los invasores europeos: pictografías de cuatro caballos, cuarenta perros de guerra, tres escenas de aperreamiento, una espada y cuatro vacunos.

En su segunda entrada a partir de 1541 Von Hutten avanzó desde Coro (Venezuela), atravesó el río Guaviare y se enrumbó durante 14 días al sureste hasta dar con la serranía del Chiribiquete. Desde lejos vio relumbrar los tepuyes al sol dorado del atardecer, además, contempló un gran poblado con la serranía de fondo, “ciudad a la que no se le veía término”, y con una gran edificación que sobresalía entre todas.

Los indígenas que lo acompañaban le informaron que ese era el reino y morada del cacique Quarica. Von Hutten creyó haber dado, luego de 11 años de exploraciones, con el verdadero, escurridizo y ansiado El Dorado. Acompañado de otro soldado y montando en los mejores caballos, a pleno galope acosaron y trataron de capturar a dos indígenas ubicados entre ellos y la ciudad.

Los dos indígenas les hicieron frente hiriendo a los dos caballeros con sus azagayas impulsadas por propulsores. Von Hutten, herido de gravedad, renunció a apoderarse del gran poblado pues solo le quedaban 40 soldados y escasos pertrechos.

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Regresó a Venezuela con la certeza de su descubrimiento y resuelto a armar la expedición definitiva; pero un español, Juan de Carvajal, le había usurpado el mando de gobernador en Venezuela y terminó apresándolo y decapitándolo. Todo ello lo cuentan los cronistas de Indias que pudieron entrevistar a los sobrevivientes de esa aventura.

De modo pues que los caballitos originarios de América y que se extinguieron hace alrededor de 7.000 años no fueron los únicos que pudieron quedar representados excepcionalmente en los murales de La Lindosa, como afirman los cinco arqueólogos, noticia que a partir del periódico 'The Guardian' está agitando la prensa mundial.

Fueron, con mayor probabilidad, los caballos de los conquistadores o algún asno europeo descendiente de los seis que trajo Colón en su segundo viaje.

Por la región de La Macarena y La Lindosa pasaron mucho más de 2.000 caballos entre las sucesivas empresas de exploración y conquista entre 1536 y 1572, fecha de la fracasada expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada en su búsqueda de El Dorado (el de la ilusión).

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La hueste del Adelantado contaba con 500 jinetes, 1.500 indígenas, muchas mujeres y esclavos afros, 8 curas montados en burros (por piadosa imitación a Cristo), 1.100 caballos, 600 vacunos y 800 puercos.

En definitiva, algunos regresaron a Bogotá en varias tandas; de los que prosiguieron hasta el final (Orinoco) retornaron a Bogotá alrededor de 60 soldados, cuatro indígenas, dos curas y 18 caballos. Algunos de los caballos y vacas escaparon y dieron origen a los rebaños salvajes de los Llanos Orientales.

Fue de tal desmesura la expedición de Jiménez de Quesada, financiada con el oro que le robó a los indígenas del altiplano, y fue tan “quijotesca” su ilusión que, según el maestro Germán Arciniegas, el descomunal fracaso inspiró la figura del Quijote en la magistral pluma de Cervantes.

De otra parte, nuestra discusión académica con el profesor Gaspar Morcote, quien identificó en 'UN Periódico' (octubre de 2015) la imagen de un posible megaterio (perezoso gigante), pintado en uno de los murales de la serranía de La Lindosa, me llevó a escribir un artículo publicado en la revista 'Ensayos' de la Facultad de Artes (U. Nacional, n.º 31, 2016), donde planteo que dicha representación es –con mayor probabilidad– la de un chigüiro, por cuanto la figura carece de cola y tiene la trompa chata; además, sus dedos y manera de apoyarlos así lo muestran.

Las pequeñas figuras humanas que están cerca, o hacen parte de otra escena, o su tamaño es menor siguiendo las razones simbólicas del artista o allí se maneja la perspectiva.

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También he de decir que el mastodonte identificado por el equipo comandado por Morcote no lo es porque o carece de colmillos largos o le falta la trompa larga.

Para mí es un vacuno con cuerna completa, visto en perspectiva cenital-lateral; mirado con atención se descubre su “medialuna de puñales”; bien pudo ser la representación de alguno de los 150 que llevó Avellaneda a la región en 1555, o de los 600 que acompañaron inicialmente desde Bogotá a Jiménez de Quesada en su expedición al Orinoco.

Y respecto de las paleollamas de que hablan los investigadores que firman el juicioso artículo aparecido en 'Quaternary International' en abril de 2020, causa básica del revuelo noticioso de las últimas semanas, he de comentar que las comunidades indígenas vecinas del río Papamene, uno de los que forman el río Guayabero que al unirse con el Ariari da lugar al Guaviare, le hablaron a Von Hutten de las llamas incas, conocidas por los europeos como “ovejas de los Andes”, dato que consignó en las cartas e informes fruto de su primera expedición (1534-1538); también fue el primer europeo en hablar de las mujeres guerreras (de más allá del río Papamene), parecidas a las amazonas clásicas, y esto lo consignó en sus notas de viaje y en su correspondencia años antes de la expedición de Orellana, cuyo cronista, Gaspar de Carvajal, ha pasado por ser el primero en hablar de la presencia de esas formidables hembras en la Amazonia.

No sobra pues que el público, que ha sido sorprendido por la avalancha de noticias respecto a las representaciones de supuesta fauna extinta en las pictografías de La Lindosa y del impacto mediático que pueda lograr el documental que se estrenó el 12 de diciembre en Inglaterra, cuente con otro punto de vista.

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Ahora bien, es altísimamente probable que los indígenas más antiguos compartieran la zona de La Lindosa con megafauna hoy extinta, es posible que la hayan pintado; solo que lo más probable es que sus representaciones se hayan borrado debido a que pinturas sometidas a las inclemencias de la intemperie, al no estar naturalmente protegidas en cuevas como las europeas, no resistirían tantos miles de años.

Existen pues unas pictografías en La Lindosa cuyo análisis iconográfico no permitiría concluir que se trate de “fauna de la edad del hielo”.

El libro 'Notas de viaje', de Philip Von Hutten, está a la venta en el Instituto Colombiano de Antropología e Historia. Y el primer libro en que se habló del asunto, titulado 'La joven Constitución de Colombia' (2011), está en la Red Nacional de Bibliotecas.

Un acceso cómodo a algunos de estos temas se encuentra en la página digital Rupestreweb-Artículos-Colombia: Perros de guerra, caballos y vacunos en el arte rupestre de la serranía de La Lindosa, río Guayabero, Guaviare, Colombia” (2015).

FERNANDO URBINA*
Profesor de la Universidad Nacional.

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