El cerrajero argentino que logró fotografiar cómo nace una estrella

El cerrajero argentino que logró fotografiar cómo nace una estrella

Víctor Buso, argentino de 59 años, captó el momento exacto del nacimiento de una supernova.

El cerrajero argentino que logró fotografiar cómo nace una estrella

En el Observatorio Municipal de Rosario, Víctor, acompañado de su esposa, presentó la fotografía del nacimiento de la supernova, ante un auditorio colmado.

Foto:

Marcelo Manera / LA NACIÓN (ARGENTINA)

Por: Candelaria Domínguez
18 de agosto 2018 , 10:08 p.m.

Fue un día, en 1609, que Galileo Galilei descubrió, casi de casualidad, tras varios intentos fallidos, el telescopio. Casi 360 años después, en 1970, Víctor Buso, que en aquel entonces tenía 11 años, hizo lo mismo. Con cartón, plastilina y dos lupas del cajón de su madre armó un telescopio para mirar, de forma más cercana, las estrellas. 

Pareciera ser que mirar al cielo era casi un acto de rebeldía; mientras los niños jugaban con juguetes, veían televisión y leían cómics, Víctor miraba al cielo, buscando mundos lejanos, cazando planetas. Poco sabía que mirar se convertiría en su ticket dorado hacia el descubrimiento que era, como dijeron luego los científicos que analizaron el hallazgo de Víctor –cerrajero rosarino de 59 años que logró captar con una cámara de fotos especializada el momento exacto en que una estrella explotaba dando lugar al nacimiento de una supernova–, una oportunidad de una en 6 millones.

Era una noche tranquila. Había comprado una cámara especializada y quería probarla con una galaxia que tenía diferencias en el brillo de lo que veía y las fotos de los manuales astronómicos. No había tales diferencias; luego de chequear la cámara, Víctor podría haberse ido a dormir. Podría haber cerrado la cúpula de su observatorio, esa masa redonda de hormigón que construyó sobre la terraza de su casa, cuyo techo soldó él y se voló una noche de tormenta. Decidió quedarse. Apuntó el telescopio a una galaxia que le parecía muy linda, llamada NGC 613, llena de estrellas brillantes, y comenzó a sacar fotos. Después de la medianoche y mirando las fotos que se imprimían, Víctor detectó un pixel que se agrandaba conforme se bajaban las fotos, a medida que pasaban los minutos. Miró, extrañado, tratando de chequear que no fuera un error de la cámara, de la computadora, pero no. Había detectado un brillo inusual, una supernova.

Una supernova es la fase siguiente del fallecer de una estrella, un infarto cósmico que alcanza un brillo extremo, distancias de años luz que se extienden por la galaxia. La estrella entra en desequilibrio cuando la presión que ejerce el núcleo pierde estabilidad y la presión gravitatoria de su capa externa en contacto con esa radicación provoca un desequilibrio y su siguiente colapso. Aquella noche, 16 de septiembre del 2016, Víctor Buso estaba observando algo que había pasado hacía 67 millones de años, lo que tardó en viajar la luz de la supernova a su telescopio.

El cerrajero argentino que logró fotografiar cómo nace una estrella

Víctor, en su pequeña cerrajería de Rosario (Argentina), a la que bautizó Halley, como el célebre cometa, donde construyó un observatorio, sobre la terraza de su casa.

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Marcelo Manera / LA NACIÓN (ARGENTINA)

El hombre en la Luna

Cuando Víctor era niño, eran tiempos tranquilos. Su padre era metalúrgico, le enseñaba los trucos de soldar y cortar. Su madre era cosmetóloga y por las noches le hablaba de la luna y sus secretos. En 1969, Víctor tenía 10 años. Su madre lo llamó una tarde, llena de lágrimas, y le dijo: “Mira, Vitito, esto no lo vas a olvidar nunca”. Era el aterrizaje del hombre en la Luna. Las pisadas lentas de Neil Armstrong quedaban grabadas en Víctor, que había comenzado a experimentar con su telescopio y quería ver más allá. “Un año después, en abril de 1970, mi papá se levantó temprano. Me levantó –hacía frío– y me dijo: ‘Víctor, ¿no quieres ir a ver un cometa?’ Te imaginas qué era para un niño de esa edad. Me abrigó con una manta, me llevó a la parte delantera de la casa y me señaló: ‘Ahí esta’, y veo un cometa con una cola larga, hermosa, en abanico. Yo estaba agarrado a mi papá, abrazado a las piernas. El cometa se llama Bennet”.

A los quince años, cuando estudiaba en una escuela técnica, se enteró de un curso de astronomía auxiliar que dictarían en el observatorio municipal. El objetivo era luego trabajar en el observatorio y el Planetario, y, como en ese entonces no había astrónomos en Rosario, armaron un curso especializado. Él fue a anotarse, pero lo frenaron: aún no había terminado la secundaria. Pidió que lo dejaran cursar, que iría a escuchar, que quería aprender. El director se apiadó y aceptó. Miró con curiosidad a ese chico obsesionado con observar en el telescopio, que anotaba coordenadas.

Un compañero, Daniel Manzur, le recomendó que se anotara en un colegio donde el cura, el padre Pizzi, tenía un telescopio y también era aficionado a la astronomía. No lo dudó y fue a buscarlo. En esos años también conoció a José Luis Sánchez, otro astrónomo aficionado como Víctor. “Cuando me gradué de la secundaria Cristo Rey, el padre Pizzi había construido el comienzo del observatorio del colegio. Lo único que había hecho el cura eran las columnas, el hormigón y un agujero en la loza”, cuenta.

Víctor, en su afán por mirar con un telescopio profesional y no a través de lupas prestadas, le ofreció al cura construir la cúpula del observatorio. Le aseguró que él costearía los materiales, y que soldaría las chapas gracias a sus conocimientos de herrería en la cerrajería de su padre. Después, luego de noches de trabajo, fundaron el observatorio del colegio Cristo Rey, en el centro de Rosario. No es fácil ser astrónomo aficionado. Los telescopios cuestan entre 525.000 y 3,1 millones de pesos colombianos.

En caso de no tener acceso a uno también se puede sacar un turno en el observatorio municipal, y observar algo específico. En Argentina hay dos observatorios importantes: en Córdoba está la Estación Astrofísica Bosque Alegre y en San Juan, El Leoncito. Hay cientos de astrónomos aficionados que, como Víctor, están a altas horas de la noche explorando el universo.

La noche del descubrimiento, Víctor entró en desesperación.

“Miré a las fotos y pensé: ‘¡¿y esto qué hace acá?!’, la máquina seguía apilando imágenes y el pixel se iba agrandando cada vez más. Traté de cerciorarme; eso no brillaba como una supernova. Las supernovas son muy brillantes en la galaxia. Me enfrentaba con una sola cosa, ahí me desesperé. Yo tengo que avisar esto, dije, esto es muy grande. Entonces pensé: ‘Tengo que avisar a un observatorio de mi país para que lo apunten y confirmen qué es’”.

Víctor detectó un pixel que se agrandaba conforme se bajaban las fotos. Miró, tratando de chequear que no fuera un error de la cámara, pero no. Había detectado un brillo inusual, una supernova

Víctor sacó la agenda. Primero llamó al observatorio de Córdoba: no tuvo respuesta. Luego llamó al observatorio de San Juan: no hubo respuesta. “Entonces llamé a un aficionado en Córdoba. Le dije: ‘Raúl, estoy viendo un objeto en una galaxia y necesito que lo apunten los telescopios nuestros, por favor, ¡es un descubrimiento!’ Me dijo: ‘No hay ningún astrónomo nuestro mirando los cielos en este momento, están todos en el Congreso de Astronomía en Capilla del Monte’”, cuenta Víctor.

Los minutos seguían pasando y corría el riesgo de que alguien más estuviera viendo lo mismo que él. Llamó a Mendoza, donde tenía un conocido matemático especializado en astronomía, pero nada. Llamo a otra astrónoma, tampoco lo atendió. Pasaban las horas. Se acordó de otro joven, Sebastián Otero.

—¿Quién llama?

—¿Víctor Buso, de Rosario.

—¿Qué te pasa, Víctor?

—Estoy enloquecido, me parece que descubrí algo. Te mando la foto por WhatsApp. Mira...

—Mmm, Víctor, lo que estás viendo no existe, no brilla como una supernova.

—¿Qué hacemos? ¡No encuentro a nadie! ¿Será una nova? ¿Una estrella?

—No, vamos a hacer una cosa, hacemos la alerta. Tenemos que cargar la alerta en la Unión Astronómica Internacional.

Luego de registrarse, de cargar los datos, las coordenadas, venía la lucha por quién se quedaba con las fotos de Víctor. Hay tres sistemas robóticos en el mundo que buscan supernovas y revisan las galaxias. Recibieron la alerta, que entra a un servidor y puede ser vista por todo el sistema mundial de astronomía.

El cerrajero argentino que logró fotografiar cómo nace una estrella

Esta es la foto de la supernova que logró tomar Víctor Buso tras apuntar su telescopio a la galaxia NGC 613.

Foto:

LA NACIÓN (ARGENTINA)

‘Es un descubrimiento’

Al otro día, el teléfono no paró de sonar. Empezaron a llegar felicitaciones de todos lados y reportes de observación de otros observatorios. La supernova de Víctor ya tenía un nombre provisorio. “Sebastián llamó y me dijo: ‘Te felicito, es un descubrimiento, me están llamando de varios lugares del mundo pidiéndome datos’.

Gracias a esa alerta, Melina Bernstein, investigadora del Conicet, especialista en supernovas, y Gastón Follatelli, doctor en Astronomía, ambos de la Universidad de La Plata, lo detectaron. Pero no habían sido los únicos. Un astrónomo estadounidense se puso en contacto con Víctor y le ofreció llevarlo a un observatorio de Estados Unidos a cambio de las fotos y publicar el trabajo. Pero él se negó, quería que su hallazgo fuera trabajado por científicos argentinos.

Melina Bernstein se dedica hace casi veinte años al estudio de supernovas; hace simulaciones del momento de explosión de las estrellas. Cuando recibió la alerta, al principio, entró en duda, ya que suele haber falsas alarmas. “Nos enteramos por la alerta que él sacó. Me dio intriga cuando supe que era de un aficionado argentino. Justo Federico García, miembro del equipo, es rosarino y lo conocía. Habló con él y organizamos el contacto”, dice Melina.

Melina le prometió a Víctor que iban a hacer su máximo esfuerzo por publicar el trabajo y sus fotos en la revista de ciencia más prestigiosa. Pero no sería fácil. Tardaron seis meses en hacer cálculos, calibrar el telescopio, había que tener sustento de modelos teóricos. Melina quería publicar el trabajo en la prestigiosa revista Nature. Luego de un año, en febrero pasado, el trabajo salió publicado. Los coautores fueron Víctor Buso, Gastón Follatelli, Melina Bernstein, José Luis Sánchez, Federico García, Omar Benvenuto y Mariana Orellana.

Es mayo y está fresco. Víctor y su esposa, Viviana, la que dice que la vida cambió, que está orgullosa de la perseverancia de su marido, salen de su casa y se suben al auto. Víctor viste de traje, está sonriente y ansioso por llegar al Observatorio Municipal de Rosario, donde presentará junto con Melina y Gastón el hallazgo publicado en Nature, y donde minutos después los recibirá Héctor Giraudo, director del complejo astronómico municipal.

Entonces llamé a un aficionado en Córdoba. Le dije: ‘Raúl, estoy viendo un objeto en una galaxia y necesito que lo apunten los telescopios nuestros, por favor, ¡es un descubrimiento!’

El hallazgo cambió la vida de todos. A Víctor lo llaman desde varias escuelas y universidades, de países como Japón y Australia, además de Estados Unidos. Lo convocaron de dos observatorios en el desierto de Atacama y en los próximos meses dará charlas en Tecnópolis. Pero él sigue en Halley, su cerrajería de Rosario.

Yo vivo de otra cosa, no vivo de esto. Me cuesta organizarme. Me llaman de acá, de allá, aunque te den de comer y dormir tengo que pagar el gas (se ríe). Tengo que volver a mi taller y seguir trabajando. No es fácil. Trato de que todo siga su curso”, comenta.

Si aquella noche se hubiera ido a dormir, no estaría dando conferencias ni hablando de estrellas en observatorios. Quizás hubiese aprovechado las horas de sueño. Pero no se habría ganado, como le explicaron después, la lotería cósmica.

CANDELARIA DOMÍNGUEZ
LA NACIÓN (ARGENTINA)

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