¿Es tan peligrosa la energía nuclear como la pintan?

¿Es tan peligrosa la energía nuclear como la pintan?

Un científico responde a las dudas sobre la serie de moda, inspirada en la tragedia de Chernóbil.

Reactor de Chernóbil

Un grupo de turistas observa la coraza que, en la actualidad, recubre al reactor averiado.

Foto:

Valentyn Ogirenko / Reuters

Por: Jorge Iván Zuluaga
09 de junio 2019 , 10:00 p.m.

Hace un mes, la cadena HBO lanzó 'Chernóbil', una serie calificada por críticos y televidentes como la mejor en lo que va del año.

Esta reconstruye las primeras semanas del desastre que ocurrió en una central nuclear cerca de esta ciudad en el norte de Ucrania, en 1986. El éxito de la producción, que ha sido tendencia en redes sociales, revivió la vieja discusión sobre las ventajas y desventajas de la energía nuclear como alternativa frente a los combustibles fósiles.

Pese a que es la forma más eficiente, limpia e inagotable que hemos aprendido para generar energía, organizaciones alrededor del mundo se empeñan incansablemente en justificar por todos los medios posibles su irracional ‘radiofobia colectiva’.

¿Cuál es el origen del los temores de quienes se oponen a la energía nuclear? En abril de 1986 y en plena era Soviética, una combinación de fallas de diseño y operativas, malas decisiones burocráticas y una pésima transparencia gubernamental convirtieron al que hoy llamamos el “desastre de Chernóbil”, en el ejemplo que muchos exhiben para condenar a la energía nuclear.

El tamaño de este desastre humano es inmenso: casi tres millones de vidas afectadas directamente. No hay argumento técnico que minimice los prolongados efectos personales y sociales originados por el desastre. Pero usar a Chernóbil como argumento contra la energía nuclear y a favor de otras alternativas, es tan equivocado como usar el accidente del Concorde para decir que los aviones son malos y que deberíamos volver los barcos para cruzar el océano.

Lo sugiere el mismo creador de la serie de HBO: 'Chernóbil' no es una serie sobre cómo el átomo puede acabar el mundo, en realidad “es una serie sobre la guerra contra la verdad”.

Contrastes

Veamos algunos datos que juegan a favor de la energía nuclear. La cantidad de residuos producidos por la explotación de la energía en los combustibles fósiles supera las 400.000 toneladas anuales: gases y sólidos que todos conocemos bien.
En toda la historia de la explotación comercial de la energía nuclear en Estados Unidos (donde nació en 1958) se han acumulado 70.000 toneladas de residuos, 1.200 toneladas por año, en promedio.

Si tomamos los residuos producidos en un año por una sola planta de carbón, la masa de residuos sólidos, serviría para construir ocho Titanic. Toda la “basura” nuclear estadounidense podría acomodarse dentro de solo uno de esos cruceros de hollín.
Medio kilo de uranio, que es la materia prima para la energía nuclear, puede producir, sin interrupción, la misma energía que 5.000 barriles de petróleo.

Por otra parte, cada año, los combustibles fósiles (y sus residuos) matan, sin que podamos evitarlo y solo en EE. UU., a más de 10.000 personas. Este es, aproximadamente, el mismo número –según datos de la ONU y la OMS– que han muerto por la explotación de la energía nuclear en toda su historia (la mayoría en el desastre de Chernóbil y por errores que pudieron evitarse).

La única fuente de energía más segura por unidad de potencia generada es la eólica. La energía solar, que todavía depende de procesos industriales muy tóxicos, mata a más personas que la “maligna” energía del átomo.

Pero no todo es color de rosa. La energía nuclear tiene inconvenientes y desventajas frente a otras alternativas. El combustible del que depende (minerales de uranio, que son extraídos con maquinaria que funciona también con combustibles fósiles), es producido por un puñado de países, creando un inaceptable cuello de botella.

Los costos y tiempos de construcción de las centrales nucleares actuales son casi prohibitivos y seguirán aumentado si no ocurre pronto un cambio en las tecnologías en la cuarta generación de reactores.

Los lugares para depositar los residuos nucleares deben cumplir rigurosas condiciones técnicas y de seguridad, que pocos países pueden darse el lujo de asegurar, aunque la nueva generación de reactores promete aprovechar los residuos pasados.

Históricamente, los reactores nucleares han sido usados para fabricar la materia prima de bombas, pero poco se cuenta que una fracción significativa de la energía nuclear en Estados Unidos viene de aprovechar ojivas nucleares desarmadas. No se puede tampoco depender de una sola fuente, por eficiente, limpia y segura que nos parezca. Las alternativas están creciendo, resolviendo los problemas por los que habían sido consideradas inapropiadas.

Finalmente y no menos importante, está el peligro de los inevitables accidentes. Como sucede con los aviones, cuando la energía nuclear falla, falla realmente en grande. O al menos eso es lo que pensamos todos. El peligro de los accidentes nucleares ha sido también sobrevalorado, al menos respecto a los peligros que implica la explotación de otras fuentes de energía.

El único accidente comparable con el de Chernóbil, que fue nivel 7–el máximo, en la escala internacional de accidentes nucleares–, ocurrió en 2011 en Fukushima, Japón. Después de que la costa del país fuera sacudida por un terremoto de magnitud 9 y de que un tsunami con olas de 14 metros dejará inútil los sistemas de enfriamiento de uno de los reactores de una planta nipona, se produjo una explosión similar a la de Chernóbil con varias diferencias.

El reactor estaba en un edificio moderno que contuvo la liberación de los temidos isótopos radioactivos que tanto daño hicieron en Ucrania. Hoy, ocho años después del desastre, Fukushima está retornando a la normalidad.

Chernóbil

Una mujer se fotografía junto a un autobús abandonado durante una visita guiada a Chernóbil (Ucrania), en donde los efectos de la radiación han disminuido considerablemente.

Foto:

EFE

No satanizar

Por su parte, los efectos a largo plazo de Chernóbil han resultado ser menos graves de lo que se pensó en un principio. Inicialmente se creía que la zona de exclusión (un radio de 35 km alrededor del reactor) quedaría inhabitable por cientos, sino miles de años. Hoy, los niveles de radiación, incluso a un centenar de metros del reactor destruido, son apenas decenas de veces los que se experimentan en cualquier lugar del planeta (¡sí! en toda la Tierra hay radiación ionizante).

El número de muertes también se ha exagerado. Por la enfermedad de radiación aguda (con los penosos síntomas de los que somos testigos en la serie de HBO) murieron solo cerca de 31 personas.

De los 600.000 “liquidadores” que participaron en la limpieza y construcción del sarcófago, se calcula que habrían muerto a la fecha, por los efectos de la radiación, otros 10.000 (de ellos una fracción desconocida pudieron morir realmente por factores cancerígenos no relacionados).

Más numerosos, sin embargo, han sido los decesos por las secuelas, alcoholismo y depresión (suicidio), que produjo el evento. Se estima que 50.000 personas han muerto por esa causa, que tampoco está relacionada con la contaminación producida por el accidente.

Aún con todas estas bajas accidentales, la producción de energía hidroeléctrica, la más importante en nuestro país, produce 40 veces más muertes por kWh generado, que la producida tan sólo en Chernóbil. Satanizar a la energía nuclear por el accidente Soviético sería tan irresponsable como satanizar la energía hidroeléctrica por el incidente de 1975 en China en el que un tifón rompió una presa y mató de un envión a 29.000 personas (tres veces más que las que murieron directa e indirectamente en Chernóbil.)

¿Debemos, entonces, olvidar los muertos de Chernóbil (31 directos y posiblemente 10.000 indirectos) o los de Fukushima (uno directo y 2.000 indirectos)? No, cada vida humana cuenta. ¿Debemos minimizar el riesgo de los accidentes nucleares o el problema de los residuos? No, pero podemos compararlos más justamente. ¿Debemos llenar el mundo de reactores nucleares? Tampoco, la diversidad energética es indispensable. ¿Debería Colombia y otros países emergentes considerar la opción nuclear? Tal vez; si bien los costos son todavía muy altos, deberíamos tener en cuenta que en un mundo sin combustibles fósiles, el cambio climático podría afectar nuestras fuentes primarias de energía (incluso las alternativas) y no sobraría tener un respaldo robusto.

Lo que definitivamente no deberíamos hacer es satanizar a una eficiente fuente de energía que con seguridad nos ayudará a resolver las acuciantes necesidades energéticas del futuro.

JORGE IVÁN ZULUAGA
Profesor titular del Instituto de Física de la Universidad de Antioquia

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