Cazadores, carceleros e investigadores de los virus

Cazadores, carceleros e investigadores de los virus

Los virus rodean la línea entre lo vivo y lo no vivo, su complejidad los hace difíciles de combatir.

Investigadores de los virus

En el mundo hay gente que se dedica a mantener los virus encerrados en centros de estudio.

Foto:

Sebastiao Moreira. EFE

Por: Ángela Posada-Swafford
22 de marzo 2020 , 12:09 a.m.

En esta era de miedo y desconcierto acerca de la nueva cepa de coronavirus, se hace importante poner en contexto y descubrir el fascinante, aterrador y a la vez benéfico mundo de los virus en general, esas antiquísimas entidades que rigen el planeta, han jugado un papel en nuestra evolución y bordean la frontera entre lo vivo y lo no vivo. Los virus son robots que no tienen un sistema para comer ni para respirar. No tienen personalidad. No tienen cerebro.

Pero sí tienen cosas que son francamente asombrosas: por ejemplo, que hace 160 millones de años, algunos virus intervinieron para que se formara la placenta dentro de una pequeña criatura peluda que se convertiría luego en el primer mamífero.

O sea que si no fuera por esos virus, ¡tal vez los mamíferos no habríamos existido! Es más: nuestro ADN en general está lleno de trozos de material genético de virus que nuestros ancestros han venido acumulando hace millones de años. Y no solo el nuestro, sino el de todos los animales, desde las ballenas azules hasta las bacterias más pequeñas.

Para todos estos organismos, las infecciones pueden o bien no causar molestia alguna, o bien resultar letales.

Para el virus, sin embargo, es la oportunidad de infiltrarse detrás de líneas enemigas y replicarse con una velocidad alucinante, haciendo miles de millones de copias de sí mismo en pocas horas.

El mecanismo es complejo, y por eso cada brote viral es un pequeño misterio. Un cuento de detectives al acecho de una presa microscópica. Cuando se trata de infecciones a las personas, por lo general el problema está causado por el comportamiento humano.

Hasta donde se sabe, muchos virus entran en acción cuando alguien caza o compra, prepara y consume animales salvajes, como sucede notablemente con los murciélagos. Estos, entre otros seres, son el reservorio de muchos virus, su casa. Un animal al que el virus no causa enfermedad porque no le conviene: necesita usarlo como refugio permanente.

Varias especies de murciélagos entonces transportan el equivalente a una bomba nuclear entre las moléculas de sus fluidos: una gota de sangre, saliva, semen, orina, incluso una lágrima, contiene millones de partículas del virus.

Entrar en contacto con ellas es equivalente a disparar un incendio forestal, como está sucediendo en este instante en todo el planeta con el Sars-CoV-2

Entrar en contacto con ellas es equivalente a disparar un incendio forestal, como está sucediendo en este instante en todo el planeta con el Sars-CoV-2, la cepa que causa la enfermedad ahora llamada covid-19.

De ahí que el trabajo de los ‘cazadores de virus’ en el campo sea tan importante. Ellos, incluyendo al célebre C. J. Peters, el médico, virólogo y excoronel del ejército estadounidense de 80 años, tienen la tarea de encontrar el animal portador en el medio salvaje (a punta de capturar y sacarle sangre a cuanto bicho encuentran en la zona de interés), para entonces entender su relación con el patógeno y buscar formas de neutralizarlo con una vacuna en los laboratorios.

En su libro ‘El cazador de virus’, Peters narra aventuras increíbles en las selvas vírgenes de todo el mundo. Desde la caverna de Kitum, en Kenia, donde se esconde el virus de Marburgo, primo del ébola, hasta el Nilo en Egipto, las selvas indonesias y prácticamente toda Suramérica.

Peters relata haber abierto los cuerpos de momias peruanas para estudiar los virus que sin duda alguna habían matado a esos guerreros. Y cómo en otras selvas infestadas ni siquiera los pilotos locales de avioneta querían quedarse a esperarlo.

Coronavirus en EE. UU.
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EFE

De noche, con una linterna y usando un par de guantes de caucho como única protección, Peters había recolectado muestras de sangre de gente moribunda, en tribus indígenas y poblados infestadas de guerrillas. Incluso, en una ocasión, cuando se pinchó con una aguja, siguió sacando muestras.

Su arrojo sirvió para aislar a tiempo a más de una población infectada, salvando quién sabe cuántas vidas. Peters fue tan crucial que su automóvil tenía en el techo una X de cinta reflectiva para identificarlo de inmediato desde el aire.

Carceleros de virus

Del trabajo de campo, los virus pasan a los laboratorios de bioseguridad para estudiar a fondo la forma como infectan a sus víctimas. Estos lugares tienen una tecnología increíble. Están divididos en cuatro niveles, según lo peligrosos que sean los microorganismos bajo estudio.

El nivel IV es el de más alta seguridad, pues es donde se guardan los chicos más malos, como las fiebres hemorrágicas de Marburgo y Ébola (el año pasado se diseñó una vacuna efectiva contra este último, pero sigue siendo altamente letal). Los coronavirus se mantienen en el nivel III, al igual que el chikunguña, y cosas como la salmonela y la hepatitis, en el nivel II.

Los más famosos de estos laboratorios quizás sean el del Centro para el Control de las Enfermedades infecciosas (CDC), en Atlanta, y el del ejército estadounidense en Fort Detrick, Maryland. Fui hasta el primero hace cinco años, cuando investigaba, irónicamente, qué tan preparados estamos para recibir microbios alienígenas, ante la idea de que en un futuro la Nasa planea traer muestras de suelo marciano a la Tierra. Pero son los virus terrestres que aún no conocemos los que le quitan el sueño a todo el mundo.

China coronavirus
Foto:

Efe

La tecnología moderna de contención biológica nació durante la Segunda Guerra Mundial, en respuesta a los temores de que los poderes del Eje pudieran convertir microorganismos en armas. El presidente Richard Nixon cerró oficialmente la parte ofensiva del programa en 1972, pero la parte civil continúa.

“La idea es que mientras más profundo es el nivel de contención, menor es la presión del aire, porque la barrera creada por el cambio de presiones es como una pared de cemento para un microorganismo”, me explica el veterano doctor Peter Jahrling, director científico del Instituto de Investigaciones del Ejército. “Para diseñar estos lugares hay que pensar como un virus. Por eso, los laboratorios de bioseguridad nivel IV están diseñados como un juego de muñecas rusas; o como el Pentágono, a cuyo corazón se llega penetrando los niveles de menor a mayor seguridad”.

A través de cámaras y detrás de vidrios veo lo que sucede en el laboratorio nivel IV del CDC, al cual se entra por medio de una esclusa de aire, con trajes sellados y conectados a mangueras de aire, o respiradores. En el monitor de TV veo a un virólogo moviéndose despacio.

El lugar brilla bajo chorros de luces blancas. Aquí no hay un solo objeto cortopunzante. Las botellas son de plástico y no de cristal. Y todo lo que se estudia está contenido dentro de cajas transparentes con guantes de caucho pegados a los costados. Las superficies de los muebles son lisas, y el acero inoxidable hace que todo sea fácil de descontaminar.

La arquitectura de todo el edificio está planeada para contener a los enemigos invisibles. Todo lo que cae por el lavamanos es bañado con Lysol y después, cocinado a 121 grados centígrados en un autoclave durante cuatro horas. El sistema de ventilación está diseñado para que las corrientes de aire siempre circulen de afuera hacia dentro. Es un laberinto de tubos que guían el aire a través de bancos de filtros purificadores, cada uno de los cuales remueve más del 99 por ciento de las partículas más grandes de 0,0002 mm. El personal dice que salen de allí más limpios de lo que entraron.

Los laboratorios de bioseguridad nivel IV están diseñados como un juego de muñecas rusas; o como el Pentágono, a cuyo corazón se llega penetrando los niveles de menor a mayor seguridad

La cara del enemigo

Más tarde, en la oscura sala de conferencias del CDC, Jahrling nos muestra imágenes, tomadas con microscopio electrónico, de algunos virus invadiendo células humanas. Comparada con un virus, una célula es gigantesca. Ver su interior con el nivel de detalle que permite esta tecnología es como sobrevolar un paisaje complicado. Un mundo aparte lleno de valles, ríos, lagunas, selvas y montes. Hay cosas que hasta parecen poblados, con edificios, casas y parques.

La siguiente transparencia muestra una célula de hígado que ha sido destrozada por el ébola. Es como si hubiera caído encima un escuadrón de misiles arrasando con todas sus estructuras, invadiéndola con sus partículas, que parecen un reguero de espaguetis. Han secuestrado la célula, obligándola a dejar a un lado sus funciones vitales para dedicarse única y exclusivamente a hacer copias a una velocidad asombrosa, hasta que la maquinaria revienta. Y entonces pasan a la célula de al lado.

No es de extrañar que antes de la vacuna, este virus mataba hasta al 90 por ciento de los infectados. Es inevitable contemplar ese vandalismo con la misma fascinación con la que algunos observan los ojos de una cobra.

Otra imagen revela una célula de pulmón siendo atacada por una cepa de coronavirus. En ese entonces, el Sars-CoV-2 no había hecho su aparición, pero su anatomía es casi idéntica. Las paredes de la célula víctima están cubiertas por grumos de partículas redondas, rodeadas de un halo de proyecciones bulbosas que recuerda una corona de espinas. Esas puntas están compuestas de proteínas que a su vez son las que determinan qué células del organismo huésped van a ser infectadas.

La cara del enemigo actual podrá no ser bonita. Pero hay buenas noticias: sabemos qué es y cómo detectarlo, sabemos que es fácil inactivarlo con alcohol o lejía, se han publicado hasta 200 artículos científicos, ya hay prototipos de vacunas y muchos ensayos clínicos que analiza tratamientos contra él.

La lección, no obstante, es que incluso cuando conquistemos el covid-19, el cambio climático, la deforestación y nuestra manía de ir a las selvas a buscar lo que no se nos ha perdido, nos seguirán poniendo a merced de estos, los verdaderos dueños del planeta.

ÁNGELA POSADA-SWAFFORD*
Para EL TIEMPO* Periodista científica. Autora de la novela ‘Un enemigo invisible’, de la editorial Planeta Lector.

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