‘Necesitamos un visionario como John F. Kennedy’

‘Necesitamos un visionario como John F. Kennedy’

Así lo asegura Jon McBride, miembro de la primera generación que voló el transbordador espacial.

Jon McBride

Jon Mcbride es oriundo de West Virginia y formó parte de la primera generación de astronautas del transbordador espacial.

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Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO

Por: Nicolás Bustamante Hernández
22 de septiembre 2018 , 10:00 p.m.

Uno de los días más oscuros en toda la historia de la exploración espacial fue el 28 de enero de 1986. A las 11:39 a.m. (hora de Cabo Cañaveral, en la Florida), el transbordador espacial Challenger explotó en el aire pocos segundos después de sus despegue rumbo al espacio. La catástrofe ocurrió ante las miradas de millones de estadounidenses que seguían la transmisión por televisión.

Los siete tripulantes de la nave murieron (entre ellos, la profesora de bachillerato Christa McAuliffe, quien buscaba convertirse en la primera civil astronauta) y miles millones de dólares se fueron a la caneca junto con los escombros de la impresionante nave. El futuro del programa de transbordadores, el más exitoso de la Nasa después del Apollo –que llevó a los primeros hombres a la Luna–, quedó en entredicho y, con él, la reputación y el destino de la misma agencia espacial.

Pero esto no ocurrió, en buena medida, gracias al trabajo incansable de un grupo de personas que se dedicaron, durante los meses y años siguientes, a convencer al Congreso de Estados Unidos de la importancia de continuar con las misiones tripuladas al espacio. En este grupo estaba el astronauta Jon Mcbride, quien, en octubre de 1984, había sido piloto de la nave recién siniestrada y quien, además, estaba programado para ser el comandante de la misión inmediatamente siguiente, prevista para ser lanzada tres semanas después a bordo del orbitador Columbia.

Nacido en el estado de West Virginia, en 1943, desde muy pequeño McBride supo que iba a convertirse en astronauta. Como uno de los niños que crecieron en la posguerra, pudo vivir de cerca la carrera espacial contra los rusos para ver quién llegaba primero a la Luna. De esa época destaca las hazañas de Yuri Gagarin, el soviético que fue el primer hombre en abandonar la Tierra, y del astronauta Alan Shepard, el primer astronauta estadounidense.

Consciente de que para poder seguir los pasos de estos y de sus otros héroes espaciales que pertenecieron a programas como el Mercury y el Apollo, McBride sabía que, primero, debía ser un piloto muy experimentado. Fue así como, después de estudiar ingeniería aeronáutica en la Universidad de West Virgina, ingresó a la Armada de su país. “En ese momento no sabía el tipo de nave espacial que tendríamos que volar dentro de 15 años, pero quería estar en el lugar y momento correctos”, cuenta.

En 1978 y tras un riguroso proceso de selección en el que participaron alrededor de 18.000 personas fue escogido para integrar la primera generación de astronautas del programa de transbordadores.

Su objetivo era ir al espacio tantas veces como le fuera posible. Sin embargo, solo pudo hacerlo una vez. Su misión duró ocho días, en los que giró alrededor de la Tierra cada hora y media, para un total de 16 veces diarias. “Veía el amanecer y el atardecer cada 45 minutos. Nunca me cansé de ver el sol subir y bajar en el espacio”.

Finalmente, el siguiente vuelo del transbordador después de la tragedia del Challenger se postergó casi tres años. Y aunque estaba programado para tomar parte de nuevas tripulaciones, McBride fue nombrado Administrador Asistente para Relaciones con el Congreso. Desde su nueva oficina en Washington, McBride tuvo a su cargo conseguir ante el legislativo el presupuesto suficiente para garantizar la continuidad de la agencia espacial. Su trabajo, junto a políticos como John McCain y el exastronautas John Glenn, fue vital para devolver el prestigio y aumentar las arcas de la Nasa.

Su última oportunidad de volver al espacio llegó en 1988, cuando fue nombrado comandante de la misión STS-35, que tendría lugar en 1990, pero decidió renunciar a la Nasa para dedicarse a sus negocios personales.

Ha sido presidente de la Asociación Mundial de Astronautas y Cosmonautas, conformada por miembros de 42 países, y en la actualidad es el jefe del programa de astronautas del Kennedy Space Center (KSC), el cual ayudó a fundar como una manera de apoyar financieramente a los viajeros del cosmos retirados.

La semana pasada, McBride, de 75 años, estuvo en Colombia promocionando las actividades educativas del KSC. “Quiero conocer al primer colombiano en ir al espacio. Quiero pensar que él o ella pueda decir: ‘lo hice porque Jon me dijo que podría’. He tenido algunos de esos en mi vida”.

¿Qué es lo más emocionante de su trabajo en el KSC?

Ver la felicidad en las caras de las personas. No puedes ir a Kennedy y no pasar un buen rato.

¿Cuáles son las preguntas que más le hacen los niños?

Todos quieren saber cómo es el espacio, pero preguntan mucho sobre cómo se va al baño allí. Yo se los explicó cuidadosamente: usamos una silla como las de las casas, pero con un agujero de solo diez cm, por lo que tienes que tener mucha puntería. Todo el desperdicio se va con presión de vacío, se almacena y luego se desecha.

¿Cómo vivió el accidente del Challenger?

Fue un día muy triste. Esa mañana, mi tripulación y yo estábamos haciendo trabajos en el simulador, en Houston, para nuestro vuelo en un mes. En un momento pasé cerca de un televisor y pude ver que había hielo colgando del Challenger. En ese momento pensé que no era posible hacer el lanzamiento ese día.

Cuando la nave empezó a elevarse, estábamos muy felices, pero muy pronto supimos que algo no iba bien; entonces, ocurrió la explosión y pensé que era imposible. Me hundí en un sentimiento muy deprimente. Sientes que tu vida acaba de cambiar. El administrador de la Nasa me dijo al día siguiente que sabían lo que había pasado y que nos lanzarían a nosotros a tiempo.

¿Y qué le respondió?

Había siete personas frente a mí y cinco de ellas dijeron que estaban listas; otro preguntó si podía hacer una llamada. Sabíamos exactamente por qué había pasado el accidente y cómo arreglarlo para no estar en riesgo. Fue una falla que pudo pasar en cualquier momento, incluso dos o tres vuelos antes, o después, en el nuestro. La principal causa fueron las temperaturas por debajo del nivel de congelación, pues los sellos de los cohetes aceleradores sólidos estaban congelados y, con el calor de los gases, se agrietaron. En cambio de expandirse y sellarse, explotaron.

¿Cómo se imagina el futuro de la exploración espacial?

Me emociona. Tenemos a Spacex, Boeing, Blue Origin y todas estas compañías civiles que están tomando parte del futuro de la exploración, particularmente en la órbita baja. Creo que la mayoría de personas en la Nasa creen que es el momento de dejarles esa órbita para que hagan las exploraciones futuras alrededor de la Tierra. Dentro de 10 o 15 años, el trabajo de la Nasa será formular el plan para volver a la Luna e ir a Marte.

¿Cómo será este camino hacia el planeta rojo?

Llamamos arquitectura a la forma como, exactamente, pensamos ir a Marte. Tenemos tres o cuatro alternativas: ir directo desde la Tierra, ir primero a la Luna y desde ahí a Marte, o poner un satélite en la órbita de la Tierra, de la Luna o en algún otro lugar del Sistema Solar y desde ahí viajar al planeta rojo. No hemos decidido cuál de estas rutas tomaremos. Después de esto, diseñaremos la nave con los requerimientos particulares. Todo esto necesita un dinero que aún no conseguimos en el Congreso. Espero que esto ocurra el próximo año y que, como hizo Kennedy, establezcamos una meta dentro de poco tiempo.

La Nasa ha sufrido considerables recortes de presupuesto. ¿Cuál es su opinión sobre la visión actual de su Gobierno acerca de la exploración espacial?

Es una situación triste. Se necesita liderazgo para creer en lo que se está haciendo y estar dispuestos a luchar con el Congreso por conseguir el dinero para lograrlo. Necesitamos un visionario como John F. Kennedy, quien supo ver el valor de esto. Cuando los Estados Unidos llegaron a la Luna, en 1969, todo el mundo nos estaba observando y sentían admiración por nosotros y por todo lo que la Nasa estaba alcanzando. Fueron logros que aún podemos ver en nuestras vidas. Todos los desarrollos y procedimientos que tendremos que aprender para volver a la Luna, a Marte o, incluso, más allá, ya están siendo desarrollados, pero una de las condiciones que debemos cumplir es ser capaces de reciclar y reutilizar todo, y aún no estamos ni cerca de hacerlo. Pronto llegaremos a un punto en el que la tierra no será capaz de sostener a tantos seres humanos y eso será realmente a catastrófico. Debemos prevenirlo.

¿Qué es lo más emocionante de ser astronauta?

Es estar allá arriba y tener la oportunidad de mirar a la Tierra abajo: donde yo crecí, donde viven todos los humanos. Ser la única persona mirando en esa dirección da una sensación de ¡guau!. Es hermoso.

¿Qué es lo más difícil de ese trabajo?

Es complicado encontrar cosas que son difíciles. Pero creo que si hay lo hay, serían tantas horas de entrenamiento en la Tierra, en aviones, en simuladores.

¿Cómo es un día en el espacio?

En el espacio, como en la Tierra, tenemos veinticuatro horas. Y siempre dormimos ocho horas cada día y tenemos tres comidas, las cuales pueden tomar una hora para preparar y sentarnos a comer. Pero el resto del tiempo estamos trabajando diligentemente, haciendo tus experimentos, estudiando la Tierra y el espacio. Es muy caro entrenarnos para ir al espacio, así que lo último que quieren es que subamos hasta allá para jugar.

¿Cómo es la comida de los astronautas?

Puedes comer cualquier cosa que te guste en la Tierra. Si te gusta la buena comida colombiana, puedes prepararla. Mucho de lo que comemos es térmicamente estabilizado, cocinado y servido. Mis comidas favoritas eran el bistec, el puré de papas, las arvejas. Y para el desayuno en la mañana me encantaban los huevos rancheros. La mayoría de ellos son deshidratados y tú les agregas agua, los mezclas, los cierras por unos minutos, cortas la tapa de la bolsa, sacas tu tenedor o cuchara y… te lo llevas a la boca. Los jugos de frutas van deshidratados; leche, café, chai. Agregas agua caliente o frío que sacas de un dispensador, usualmente ocho onzas, le pones un pitillo con una pinza y cuando vas a tomar la bebida le quitas la pinza, tomas y vuelves a poner la pinza. Es muy importante, porque si no lo haces entonces el fluido sigue saliendo en el medio de la cabina.

¿Cuál es su consejo para los niños que quieren seguir sus pasos y convertirse en astronautas?

Le digo a todo el mundo que lo más importante en la primera parte de la vida es estudiar, estudiar, estudiar. Llenen su cerebro con tanto conocimiento como puedan. Solo tienen una oportunidad de tener educación, así que no la echen a perder.

NICOLÁS BUSTAMANTE HERNÁNDEZ
REDACTOR DE CIENCIA
nicbus@eltiempo.com
En Twitter: @nicolasb23

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