¿Qué hay detrás del miedo y el caos que se tomaron a Cali?

¿Qué hay detrás del miedo y el caos que se tomaron a Cali?

Desde antes de la marcha, un coctel de pobreza, inequidad y 182 estructuras ilegales causan zozobra.

Toque de queda en Cali

El jueves hubo toque de queda en Cali tras las revueltas y saqueos. Luego, vino el pánico en conjuntos residenciales.

Foto:

Juan Pablo Rueda / EL TIEMPO

Por: Unidad Investigativa
23 de noviembre 2019 , 10:34 p.m.

Imágenes de ciudadanos corriendo, gritando y hasta portando armas largas y palos, para defenderse de una supuesta horda de saqueadores, cerraron la agitada jornada de protesta del jueves 21 de noviembre en Cali.

El Ejército tuvo que salir a las calles a recuperar el orden, aunque autoridades dijeron que buena parte de las alertas obedecieron a una ola de pánico, con génesis en las redes.

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Sin embargo, los saqueos, los destrozos, los enfrentamientos con la Fuerza Pública y los 502 detenidos por violar el toque de queda confirmaron que hay una amenaza real que tiene inquietos a los caleños desde antes de las marchas.

Expertos coinciden en que varios de esos generadores de violencia –que se extendió durante el fin de semana– salieron del convulsionado distrito de Aguablanca, al oriente de la ciudad.

Ese cordón concentra a personas de escasos recursos, a desplazados de la región y a poderosas pandillas de la ciudad, que ya acumula 182 estructuras criminales en sus linderos.

Esa zona deprimida y abandonada por el Estado queda a tan solo 5 minutos en carro de uno de los sectores más opulentos en la capital del Valle: el llamado Valle de Lili, blanco de las amenazas de saqueos y de intentos de robos en conjuntos residenciales.

Inequidad extrema

“A Aguablanca y al Valle de Lili tan solo los separan Ciudad 2000 y El Caney, un barrio que es 50 por ciento estrato alto y el resto, 1 y 2”, le dijo a EL TIEMPO uno de sus habitantes.

“La inequidad y la descompensación social extrema son una olla a presión que se liberó en parte el jueves, pero que demostró su potencial de riesgo”, explica Juan Pablo Paredes, exsecretario de Seguridad de Cali.

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Y llama la atención en un hecho puntual que las autoridades deben analizar.
Los actos de vandalismo por lo general se concentran en el comercio, pero, por primera vez, el jueves, se desbordaron hacia unidades residenciales.Cálculos conservadores estiman que de los 1,8 millones de habitantes que tiene Cali, cerca de 370.000 están en el renglón de pobreza monetaria.

Panico tras el fin del paro

Decenas de estaciones y buses del MIO, sedes bancarias, paredes y mobiliarios, fueron vandalizados. La ciudad amaneció militarizada tras el toque de queda, pese a esto, el comerció cerró sus puertas.

Foto:

Juan Pablo Rueda Bustamante / El Tiempo

Katerin Aguirre, investigadora de violencia, dice que esa dura desigualdad urbana tiró hacia la periferia a personas de bajos recursos y las aisló de oportunidades de progreso.

“Cali tiene complejidades muy profundas. Esta ciudad es de las mayores receptoras de desplazamiento, por lo que terminó heredando violencia de otros territorios”, explicó Aguirre.

En efecto, Cali es una especie de esponja de la pobreza y la violencia en todo el Pacífico.

El investigador de la Universidad del Valle Álvaro José Pretelt completa el diagnóstico con dos cifras concluyentes. “El 68 por ciento de los atracos en Cali se cometen con armas de fuego, y el 64 por ciento de los narcocultivos están alrededor de la ciudad”, dice Pretelt.

Y añade que la migración, unida a la inequidad, deriva en anarquía, que hace que la gente menos favorecida termine cometiendo hurtos y exprese su descontento a través de la violencia.

Germán Garcés, gestor cultural del distrito de Aguablanca, también aporta a ese análisis.

“No se justifican los actos de violencia ejecutados por varios jóvenes de este distrito. Pero a ellos solo los miran para lo negativo. No les dan ofertas laborales ni educativas”, dice.

Según él, la poca gente que logra formarse y educarse no es contratada por las empresas por provenir de ese distrito.

El factor venezolano también entra en el juego.

Armas y coca

Muchos han llegado a Aguablanca y a Siloé y, según sus pobladores, están recibiendo menos remuneración por el poco trabajo que antes era de los locales. Por eso renuncian a alternativas lúdicas y a empleos de baja remuneración para unirse a las bandas y combos.

Además de plata, los combos les pagan a los jóvenes con coca y han convertido el convulsionado distrito de Aguablanca en una gran caleta de fusiles de asalto y pistolas que terminan en manos de bandas criminales y de combos de asaltantes.

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Emilse Muñoz, líder social en laderas y asentamientos de la ciudad, agrega que la disminución de oportunidades genera marginalidad.

“Hay identificados 1.600 mujeres productivas y jóvenes que quieren trabajar. Pero no hay oportunidades ni laborales ni educativas”, asegura la líder.

Por eso, todos creen que la solución que requiere Cali no pasa solo por los toques de queda y el reforzamiento del pie de fuerza.

UNIDAD INVESTIGATIVA
u.investigativa@eltiempo.com
En Twitter: @UinvestigativaET

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