Redes sociales, la nueva plaza pública

Redes sociales, la nueva plaza pública

Las discusiones y los debates ya no se dan en los espacios tradicionales.

Celulares en la sociedad

Eso es porque las noticias falsas minan la confianza en todas las plataformas mediáticas y refuerzan la opinión de que es imposible discernir el hecho de la ficción.

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iStock

Por: Madeleine de Cock Buning y Miguel Poiares - Project Syndicate
13 de mayo 2019 , 07:51 a.m.

Hoy, los debates sobre cuestiones públicas se desarrollan en las redes sociales, la gente recibe sus noticias a través de plataformas digitales y los políticos promueven sus políticas utilizando estos mismos medios. Internet es nuestra nueva plaza pública.

En la plaza pública de antes, los periodistas y los editores se desempeñaban como guardavallas y actuaban como árbitros. Los agregadores de noticias humanos marcaban la agenda y les ofrecían a las audiencias información creíble y una diversidad de opiniones. Confiábamos en ellos por el profesionalismo y la integridad de sus procesos editoriales.

En la nueva esfera pública, este modelo de periodismo –y su papel a la hora de sustentar la democracia– se ha vuelto obsoleto. Los medios tradicionales ya no juegan un papel dominante de guardavallas ni marcan la agenda. Las noticias falsas pueden llegar a múltiples jurisdicciones al instante.

Pero lo mismo puede suceder con las medidas públicas y privadas que censuran el discurso. El desafío consiste en redefinir los parámetros del discurso civil en la nueva esfera pública sin restringir el pluralismo. Hay ejemplos recientes que destacan el riesgo de mezclar las cosas.

Los medios tradicionales ya no juegan un papel dominante de guardavallas ni marcan la agenda. Las noticias falsas pueden llegar a múltiples jurisdicciones al instante.


A pesar de los titulares agoreros, la influencia de las noticias falsas en la toma de decisiones políticas parece limitada. Según el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo en la Universidad de Oxford, el alcance de este tipo de contenido está restringido, en gran medida, a grupos de creyentes que buscan reforzar sus propias opiniones y prejuicios. Pero eso no hace que el engaño digital sea menos peligroso. Las noticias falsas alimentan la polarización –y viceversa– y, paradójicamente, cuanto más se discute sobre ellas, más disruptivas se tornan.

Eso es porque las noticias falsas minan la confianza en todas las plataformas mediáticas y refuerzan la opinión de que es imposible discernir el hecho de la ficción. Cuando la gente no sabe en qué puede creer, la capacidad de los periodistas de controlar a los poderosos se debilita. Esta tendencia solo se agravará en tanto las “noticias falsas profundas” –imágenes y videos falsos que parecen reales– se vuelvan ubicuas.

Claramente, se deben encarar las vulnerabilidades de la esfera pública digital. Algunos sostienen que la solución es bloquear los sitios web cuestionables o degradar los resultados en los motores de búsqueda. Facebook, por ejemplo, censura las publicaciones engañosas y ha creado una “sala de guerra” electoral para combatir la desinformación. Otras plataformas globales, como Google y Twitter, han considerado medidas similares, y a los tres se los está presionando para que les den a las autoridades acceso a los datos privados de usuarios que publican noticias falsas o hacen comentarios difamatorios. Pero creemos que estas medidas, si bien parecen ser prudentes, son profundamente erradas.

En el corazón de cualquier democracia fuerte hay un consenso político y un arbitraje que depende de la capacidad de la población para debatir y discrepar. No les concierne a las empresas privadas –o a las instituciones públicas, si vamos al caso– censurar este proceso. Más bien, deberíamos esforzarnos por garantizar que los ciudadanos tengan acceso a una amplia gama de opiniones e ideas y entiendan qué están leyendo, viendo o escuchando.

La libertad de expresión incluye el derecho a recibir e impartir información sin interferencia, lo que involucra a los valores de libertad de prensa y pluralismo de los medios tal como están plasmados en la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea. Hay estudios que demuestran que la mayoría de la gente prefiere fuentes noticiosas confiables y pluralistas; el trabajo de los responsables de las políticas es permitirles tomar conciencia de esta preferencia.

Un informe de marzo del 2018 del Grupo de Alto Nivel sobre Noticias Falsas y Desinformación Online, realizado para la Comisión Europea, que uno de nosotros (De Cock Buning) presidió, ofreció un mapa de ruta, y el reciente Plan de Acción de la Comisión Europea ofrece un buen punto de partida. Pero es necesario hacer más.

No hay una fórmula mágica para combatir la desinformación. Solo las estrategias que involucren a múltiples participantes y difundan la responsabilidad en todo el ecosistema de noticias, teniendo en cuenta los derechos fundamentales que esto implica, pueden ofrecer defensas adecuadas contra la desinformación.

Por ejemplo, los medios profesionales deben hacer más para garantizar la veracidad de su cobertura. La tecnología de verificación de datos puede ayudar, siempre que se mantenga al margen de la influencia política y económica. Google, Facebook y Twitter deberían estar al margen del negocio de verificación de datos.

Las grandes tecnológicas están empezando a asumir responsabilidades al comprometerse con un código de práctica basado en diez principios esenciales del Informe de Alto Nivel. Pero las grandes tecnológicas pueden contribuir de otras maneras, como ofreciendo interfaces basadas en clientes para curar las noticias legítimas, garantizando la diversidad en los cronogramas de las redes sociales y haciendo que el posteo de información verificada sea una alta prioridad. Las plataformas también pueden mejorar la transparencia en la manera en que utilizan los datos y codifican los algoritmos. En términos ideales, esos algoritmos deberían darles a los consumidores más control sobre las preferencias editoriales e integrar aplicaciones de edición y verificación de datos desarrolladas por organizaciones de medios confiables.

Las plataformas también deben identificar claramente las nuevas fuentes, especialmente el contenido político o comercial pago. Muchas de estas medidas más inmediatas pueden y deben implementarse antes de la elección del Parlamento Europeo en mayo del 2019.

También necesitamos una nueva colaboración internacional y mejores reglas jurisdiccionales para garantizar que las leyes y las regulaciones protejan a las víctimas de noticias falsas y ofensivas sin restringir la libre expresión o minar los derechos de los denunciantes. En particular, estos conflictos no deberían resolverse legalmente donde solo una de las partes tiene un acceso efectivo a la justicia.

Finalmente, las plataformas deberían cooperar con las escuelas, los grupos de la sociedad civil y las organizaciones noticiosas para fortalecer el alfabetismo en materia de medios de la población. Los datos demuestran que los consumidores en algunos mercados todavía tienen dificultades para distinguir las noticias falsas de las verdaderas.

Los esfuerzos bienintencionados para limpiar la nueva plaza pública de desinformación con certeza producirán efectos indeseados; solo los consumidores pueden marginar las noticias falsas. No podemos permitir que las compañías privadas o los gobiernos decidan lo que la gente debería saber. La historia de la democracia es clara en este punto: el pluralismo, no la censura privada o pública, es el mejor garante de la verdad.

MADELEINE DE COCK BUNING Y MIGUEL POIARES MADURO*
Project Syndicate

* Madeleine de Cock Buning Profesora de Política Digital, Economía y Sociedades en la Escuela de Gobernanza Transnacional en el Instituto Universitario Europeo, fue presidenta del Grupo de Alto Nivel sobre Noticias Falsas y Desinformación Online de la Comisión Europea. Miguel Poiares Maduro Director de la Escuela de Gobernanza Transnacional en el Instituto Universitario Europeo, fue miembro del Grupo de Alto Nivel sobre Libertad y Pluralismo de Prensa de la Comisión Europea.

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