'Ser positiva es para mí una filosofía de vida'

'Ser positiva es para mí una filosofía de vida'

Camila Rengifo, doctora en medicina tropical, habla de la ciencia y el equilibrio con la maternidad.

Mujeres en ciencia y tecnología: Camila Rengifo

Mujeres en ciencia y tecnología: Camila Rengifo, doctora en medicina tropical, madre y experta en antivenenos, contó su historia a EL TIEMPO en el especial: Una Maratón en Tacones.

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Linda Patiño

Por: Linda Patiño - Redacción Tecnósfera
16 de septiembre 2019 , 09:15 p.m.

Camila Rengifo (Bogotá). Camila es una de las biólogas más talentosas del país. Graduada con honores y becada para realizar su doctorado en una de las instituciones más importantes del mundo en la investigación de venenos, esta madre de dos, de 32 años, ha buscado ampliar el conocimiento en los incidentes ofídicos, un área tradicionalmente masculina y poco explorada. Su infancia estuvo llena de animáles exóticos y siempre le apasionó la ciencia y la salud. Logró su primera publicación científica a los 21 años y hasta ha cristalizado proteínas en el icónico acelerador de partículas de la Universidad de Oxford. Su historia resalta la importancia de la autoconfianza y el coraje de mantener en equilibrio la vida familiar con el mundo de la ciencia.

Cuando tenía 4 años, en el jardín, un día una profesora citó a los padres de Camila Rengifo para entender el por qué sus cuentos eran tan “crueles”.

“Mientras los niños hablaban de ositos, yo hablaba, por ejemplo, de águilas harpía que comían conejos. Esa era mi realidad”. En su cumpleaños 6, su mamá invitó a sus compañeros de colegio hasta su casa, una finca a las afueras de Bogotá, para que entendieran cómo vivía.

“Para un niño que vivía en el centro de la ciudad en un apartamento mis historias podían sonar a mentira”, cuenta.

Creció en un hogar campestre, rodeada de ágilas arpía, búhos, monos, loros y hasta cóndores. Su padre, también biólogo, exdirector de producción de sueros antiofídicos del Instituto Nacional de Salud, recibía animales decomisados del tráfico de fauna silvestre y tenía un hogar de paso para rehabilitarlos. La ciencia siempre estuvo en la familia, con numerosos biólogos y médicos en distintas áreas y hasta un exministro de salud.

Tal vez por ello, nunca pensó en algo muy distinto a la biología o a las ciencias de la salud. Estudió en la misma institución de la que se graduó su padre en la que fue la primera promoción de biólogos de la Pontificia Universidad Javeriana.

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Camila Rengifo resultó becada para realizar su doctorado en una de las instituciones de biología más respectadas en mundo en Liverpool, Inglaterra.

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A sus 16 años comenzó a la carrera, pero no disfrutaba las clases, prefería acudir a la biblioteca.

“No veía la hora de acabar con el ciclo básico. Prefería leer los conceptos directamente de sus autores a tener a alguien hablando dos horas sobre algo que hizo alguien más”, aclara que entendía más de las bases, por sus experiencias en el hogar.

Pero a diferencia de otros en su familia no le interesaba salir al campo. Le atraían más los laboratorios y vivir calculando, probando, anotando novedades de los experimentos.

Durante los primeros semestres de la carrera, su padre le aconsejaba que se enfocara. Puede que otras jóvenes de 18 años no estuvieran pensando en su línea de investigación, pero casi a diario Camila discutía sobre cuál podría ser su enfoque.

“Él me decía: Camila, tienes que pensar en publicar. Para mí era extraño. No sabía de qué me estaba hablando, yo pensaba: Estoy muy chiquita para eso y tampoco me parecía gran cosa”.

Mas adelante, en cuarto semestre, resultó siendo asistente de investigación del grupo de Ciencias Fisiológicas de la Facultad de Medicina. Estaba allí para ayudar en lo que se requiriera, pero sobre todo para aprender. El proyecto que desarrollaban buscaba evaluar los efectos del alcaloide de la piel de ranas venenosas -  que son usados los indígenas embera en sus flechas para cazar.

Estos venenos resultan tan potentes y únicos que pueden usarse como analgésicos hasta 200 veces más potentes que la morfina, comenta Camila.

Desde pequeña, los anfibios le atraían. “Mi papá siempre tuvo un invernadero de orquídeas espectacular, y me gustaba cuando chiquita, tomar los huevos que ponían las ranas (Dendropsophus labialis) en las bromelias y pasarlos a un acuario para ver cómo se convertían en renacuajos. Cuando ya eran ranitas las liberaba”, recuerda.

Con 17 y 18 años, Camila combinó las clases de biología con su asistencia en el laboratorio. Estaba allí por su inevitable atracción por uno de las pocas cámaras de órgano aislado disponibles en el país. A esa edad, operaba ratas wistar, extraía un músculo (el frénico diafragma, que habilita la respiración) y probaba diferentes dosis de alcaloides de piel de rana para estudiar su mecanismo de acción. Era una labor exigente, de control, con pautas de tratamiento ético a los animales, pero también de mucha observación.

Mientras todos sus compañeros salían de fiesta ‘a estrenar la cédula’, Camila se quedaba varias horas pendiente de su órgano aislado en una facultad que no era la suya. “Si salí y siempre fui social, pero me gustó mucho la investigación y el laboratorio por lo que siempre fui la más ñoña”.

Mientras que tradicionalmente los estudiantes universitarios esperan a sus últimos semestres para elegir un tema de tesis, a mitad de carrera Camila ya tenía un norte.

“Yo sabía que me quería quedar en ese laboratorio. Me enamoré del trabajo en laboratorio y en especial de la investigación en toxinas de venenos animales, los anticuerpos que los neutralizan y el uso potencial que tienen en la salud humana”. 

Después de leer durante meses y con un poco más de experiencia dentro del grupo de investigación, presentó lo que sería la propuesta de proyecto de grado:  Estudiar el mecanismo de acción de los venenos de serpientes coral (género Micrurus) en la placa neuromuscular para entender como neutralizarlos en casos de accidente ofídico.

Asegura que la decisión también surgió de encontrarse con las cifras que revelan que este tipo de envenenamientos no tienen cura eficaz en Colombia.

Según Camila, en un año ocurren alrededor de 138.000 muertes y el triple de amputaciones y discapacidades permanentes a causa de estos. “En Colombia existe un alto indice de sub-reporte, por lo cual, no se tienen cifras exactas”. 

Esta especie está dedicada a María Camila Rengifo, quien está mostrando un creciente interés en los renacuajos, y creo necesario que empiece a observar las bellezas del mundo de los reptiles

Sin saberlo, el tema del veneno también viene de la familia. Camila empezó a trabajar con un género de serpientes venenosas entre las que se encuentra una especie nombrada en su honor: la Micrurus Camilae

Se trata de una serpiente encontrada por su padre, Juan Manuel Rengifo Rey, en el año 2003, en el municipio de Tierra Alta, en Córdoba. La descripción reza: “esta especie está dedicada a María Camila Rengifo, quien está mostrando un creciente interés en los renacuajos, y creo necesario que empiece a observar las bellezas del mundo de los reptiles”.

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La Micrurus Camilae fue encontrada por Juan Manuel Rengifo Rey, en el año 2003, en el municipio de Tierra Alta, en Córdoba. y recibió su nombre por Camila Rengifo. 

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Camila explica sus temas de investigación con dulzura y paciencia. No es de palabras complicadas o de autoadularse por su conocimiento.

Su tesis de pregrado, en resumen, analizaba los venenos de dos serpientes de la misma familia biológica buscando entender si la composición de la dieta y la zona geográfica cambiaba los efectos de sus venenos. 

“Las corales son muy interesantes, según su disposición geográfica su dieta cambia, algunas comen ranas, otras peces”. Ante ello, Camila pensaba: “Cómo es posible que un mismo antiveneno se formule para todas estas especies sin tener en cuenta que ellas deben ser diferentes”.

“Yo quería entender cómo funcionaban los antivenenos y la neutralización. A diferencia de las vacunas (que llevan el microorganismo inactivado, atenuado, o partes de él), el veneno se inocula a un animal (como un caballo) para que sea éste quien genere anticuerpos, los que luego se formulan como tratamiento”. Sí, eso significa que los sueros antiveneno tienen anticuerpos de caballo o del animal que haya sido utilizado en el proceso de inmunización.

Entre pollitos, cobras y partículas

Hasta ese entonces nadie se había puesto a estudiar y comparar el veneno de las dos serpientes que Camila eligió (Micrurus dissoleucus y Micrurus mipartitus, ambas especies hermanas de serpientes coral). Para cuando empezó, el grupo de investigación había quedado un poco solo. La estudiante a la que había apoyado ya se había graduado y algunos de los médicos que le habían permitido participar habían salido a estudiar sus doctorados, pero Camila no quería renunciar al laboratorio.

Su director de tesis logró reubicar la cámara de órgano aislado en un pequeño cuarto de un segundo piso de uno de los edificios de medicina, justo al lado del anfiteatro. También cambió de método de investigación. Por sugerencia de su director pasó del trabajo con músculos de rata a usar el músculo cervical digástrico de los pollitos.

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Camila fue la menor de su promoción y también la menor en el doctorado, el que inició con 22 años. 

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Aunque suene ‘cruel’ como los cuentos de su infancia, el cambio representaba pasar de 45 minutos sacando el músculo de la rata a 15 minutos con los pollitos y obteniendo el doble de músculos. Lo que implica que usaría la mitad de los animales.

Con 19 años, Camila madrugada para llegar a las 5 de la mañana todos los días. En la madrugaba operaba al animal, extraía los músculos y empezaba con sus experimentos. Tenía que hacer 3 en un día y lograr al menos 200 para su tesis, realizando controles y distintas dosis de dos venenos.

Lo recuerda con gracia “imaginen, tenía pollitos vivos en el laboratorio… Al lado del anfiteatro. Era otra época.. recuerdo que los estudiantes de medicina, con sus uniformes de un lado a otro, preguntándose por qué sonaban pollitos por ahí”.

Camila halló que los dos venenos, en efecto, eran muy distintos. “Era increíble. Uno me dio, por ejemplo, el de la costa era muy miotóxico, un veneno muy diferente al que se espera de una serpiente coral. Mientras que el otro era neurotóxico. Las implicaciones eran muy grandes. No necesariamente hacer un antiveneneno para una te cubre el otro”. Su trabajo soportó la idea de que para que un suero funcionara debía tener en consideración ambos venenos y no solo uno para asumir que también funcionaba en otras especies hermanas.

Ese trabajo extenuante, que en vez de seis meses le tomó 2 años, le valió varios viajes a congresos de investigación en distintas partes del mundo para presentar su proyecto. En uno de los viajes, conoció a Rob Harrison, quien sería su asesor de doctorado. En 2009, su tesis completa fue presentada en el congreso mundial de la Sociedad Internacional de Toxinología que se llevaba a cabo en Recife, Brasil.

El contacto con Harrison le permitió avanzar en su sueño: estudiar en el Liverpool School of Tropical Medicine, el mismo lugar en el que Ronald Ross realizó estudios de Malaria que lo llevaron a ser el primer británico ganador del Premio Nobel de Fisiología. Era el mejor lugar y la referencia obligada para abordar el mundo de los antivenenos. La Alistair Reid Venom Research Unit, unidad en la que Camila posteriormente cursó su doctorado, alberga serpientes y antivenenos de todas partes del mundo, y es referencia en el tema para la Organización Mundial de la Salud.

Siempre fui autodidacta. Si no entendía algo, yo iba leía y me lo estudiaba. Hacer una maestría no era una gran opción. El doctorado era perfecto, pero un reto muy grande

Todo pasó muy rápido. En marzo de 2009 sustentó su tesis, en ese tiempo había hablado con Harrison, quien la postuló como parte de un equipo de investigación para una convocatoria a un fondo. Envió su perfil, sus notas, sus recomendaciones. Con 22 años se graduó, con honores, pues su tesis era más que un trabajo de pregrado.

Aunque los requerimientos parecían inalcanzables, paso a paso logró ser aceptada en el doctorado, pasó su examen de inglés y fue la ganadora del Studentship para doctorados (otorgado a un solo estudiante al año por la universidad) y una subvención de Colfuturo para estudiar en Liverpool.

En Octubre del mismo año en el que se graduó de pregrado, llegó a Liverpool. Desde el primer día empezó a trabajar en su doctorado, pero el nivel de exigencia la hacía dudar “¿Será que voy a poder? ¿Será que tengo las suficientes bases?” – Pensaba Camila – “Siempre fui autodidacta. Si no entendía algo, yo iba leía y me lo estudiaba. Hacer una maestría no era una gran opción. Los parciales y las clases magistrales eran algo impensable para mí. El doctorado era perfecto, pero un reto muy grande”.

Pasó a dar clases. Ni ser mujer ni ser demasiado joven fue un inconveniente para la universidad, sus pares o comunidad académica. A pesar de que el tema de venenos y culebras, como admite ella, sea un asunto tan masculino.

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Camila en la Alistair Reid Venom Research Unit, en la que cursó su doctorado, con sus compañeras de estudio y asesores en Liverpool. 

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Entre mambas y cobras, Camila pasaba los fines de semana. Como buena apasionada, Camila trabajaba horas extra. Fueron cuatro años duros, entre diferencias culturales, en los que la mayor parte del tiempo estaba metida en un laboratorio, que no es el espacio más óptimo para la socialización.

En su tesis de doctorado implementó principios de vaccinología reversa para diseñar un antiveneno (lo que siempre había querido) toxina-específico para serpientes del género Echis en África, todo con datos que analizaba con herramientas bioinformáticas.

“Me la pasaba en un computador analizando secuencias y analizando las proteínas para ver cuál era el punto débil en el que pudiera pegarles un anticuerpo”, relata y dice que más allá de los venenos de serpientes, aprendió mucho de factores de virulencia y proteínas de patógenos para neutralizarlos.  “disfruté cada minuto de mi doctorado”, agrega. 

Hizo su pasantía en la icónica universidad de Oxford, un icónico lugar en el que también estuvieron el economista Amartya Sen, los científicos Albert Einstein y tephen Hawking, los ex ministros británicos Margaret Thatcher y Tony Blair, entre cientos de figuras notables.

Para lograr realizar las técnicas de inmunización que llevaría a cabo en su tesis, Camila necesitaba unas proteínas recombinantes que desarrolló en el Oxford Protein Production Facility. En el proceso, Camila ingresó al Diamond, al acelerador de partículas, para cristalizar sus proteínas. De su tesis, que por ser un producto comercial que se pretende llevar al mercado algunos datos están con reserva de publicación, aún pueden derivar más resultados que lleven a Camila a ser noticia.

Creo que por cuestiones de ser mujer me ponían muchas trabas. Algo que nunca vi cuando estuve en Inglaterra. Me estrellé muy duro. Fueron momentos muy difíciles de los que no me quiero ni acordar

Han pasado ya 6 años desde que regresó a Colombia. “Existían ofertas de post doctorado allá, pero yo no me imaginaba mi vida en otro lado. Yo amo mi vida en Colombia, me parece que acá vivimos muy rico, acá estás cerca de tu familia, tus amigos y pues también allá el nivel de vida es muy diferente. También quería en algún momento tener una familia y casarme”, cuenta.

Después de tales aventuras científicas, siempre teniendo en su mente el deseo de regresar al país, se sintió algo decepcionada por el tratamiento a los doctores y por el sexismo que no la dejaba dedicarse a lo que más le gustaba.

Aunque dice que mucha gente le brindó apoyo, también encontró un par de personajes que no creían en ella, su género y su juventud.

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Camila dicta clases de cátedra con una electiva que diseñó ella misma para maestría: diseño molecular de vacunas, en la Universidad de los Andes.

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Creo que por cuestiones de ser mujer me ponían muchas trabas. Algo que nunca vi cuando estuve en Inglaterra. Me estrellé muy duro y fueron momentos muy difíciles de los que no me quiero ni acordar. Yo seguía siendo nueva en los círculos nacionales, no tenía grupo de investigación. Fue una época muy dura en donde me sentí poco valorada”, cuenta.

Escribiendo su tesis desde Colombia, conoció a Felipe, un ingeniero industrial que se convertiría en su esposo y padre de sus hijos. “Siempre ha sido mi apoyo incondicional. Me acuerdo que el 31 de Diciembre del 2013, terminando de escribir mi tesis de doctorado, con lágrimas en los ojos yo le decía que ya no podía más. Él, con la fuerza que lo caracteriza, dijo: si puedes, tú tranquila, díctame que yo escribo. De esto salimos antes de media noche”.

Buscando trabajo, encontró una convocatoria de doctores en Agrosavia (el anterior Corpoica) y decidió aplicar con una línea de investigación en vaccinología, que pretende aplicar vaccinología reversa para el diseño de vacunas y antisueros para enfermedades de interés en salud animal. “Tuve mi entrevista, me sentí tranquila, pero en ese momento quedé embarazada (…) Tenía 29 años, pero tenía pánico, qué tal me dijeran que no por eso. Era difícil porque iba a entrar y en cuestión de meses luego iba a irme de licencia”.

“Cuando me llamaron para decirme que me seleccionaron, avisé a las personas del proceso. En ese momento la persona encargada de gestión humana me llamó y me dijo: Pues bienvenida tú y tu bebé”, lo recuerda con mucha gratitud. Sigue trabajando allí, entre 80 doctores que realizan investigación, con los mejores laboratorios en el país. También sigue dictando clases de cátedra con una electiva de maestría que propuso ella misma sobre diseño molecular de vacunas, en la Universidad de los Andes.

El equilibrio de las mujeres maravilla

A una mujer obviamente se le complica el tema en ciencia porque como debes estar publicando y estar ahí. Parece ser lo uno o lo otro, pero no debería ser así.

Primero fue martín y este año llegó Sofía. De hecho, Camila habló con EL TIEMPO aún estando en la licencia de maternidad de su segunda hija.

“Ser mamá es lo más divino que le pasa a uno en la vida, pero serlo y trabajar al tiempo es un reto muy difícil. Tratar de llenar espacios, de tener paciencia no sentirte cansado y saber que me importa el día tan pesado que hayas tenido hay una personita que se vuelve tu prioridad en la vida”. Confiesa que, aunque la licencia de maternidad es más importante, es inevitable atrasarse en la carrera científica.

Cuenta, por ejemplo, que cuando ha sido jurado de becas ha visto que las brechas de publicaciones no suelen tener en cuenta factores como ser mujer.

“A una mujer obviamente se le complica el tema en ciencia porque como debes estar publicando y estar ahí. Parece ser lo uno o lo otro, pero no debería ser así. Ese tema, en muchas convocatorias simplemente no se tiene en cuenta si la mujer por ejemplo ha tenido una licencia de maternidad y se evalúa un nombre y el número que va en frente. Automáticamente, se van por el que tiene más publicaciones”.

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Durante su tesis de doctorado, Camila desarrolló proteínas recombinantes en el Oxford Protein Production Facility e ingresó al Diamond, al acelerador de partículas, para cristalizar sus proteínas.

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Linda Patiño

Aunque ha vivido muy rápido y ha logrado cosas que para otros a esa edad son impensables, se ríe de adjetivos como ‘mujer maravilla’ .

“En mi vida personal pasan cosas importantes de la vida familiar que no puedo postergar o dejar de atender, pero tampoco quiero quedarme y debo mantener el ritmo de trabajo de mi carrera científica (…) soy consciente que podría tener más publicaciones. En mi caso he tenido dos licencias de maternidad que han bajado mi ritmo de trabajo y este es un medio súper exigente”, señala.

Tras haber alcanzado tanto, tan rápido -pues fue la más pequeña de su promoción y también la menor en el doctorado- sigue amando su carrera. 

“Creo que se mamá me ha vuelto hipereficiente. Mis habilidades de planificación son las mejores. Es la forma que encuentro para poder disfrutar de mi casa, de mis hijos y también de mis estudiantes y mi trabajo”.

Frente a la falta de mujeres, Camila teme que las chicas “se crean el cuento de que hay imposibles”.

“Siento que a algunos les falta como esa sed de aprendizaje, de querer leer y que creen que todo se los van a dar ahí sentados. Yo trato de que vean que si se puede. Ser positiva es para mí una filosofía de vida. Toca buscar las soluciones y trato de contagiar a mis estudiantes con eso”.


LINDA PATIÑO CÁRDENAS
REDACCIÓN TECNÓSFERA@LinndaPC

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