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Las megaciudades poscovid-19
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Grandes ciudades como Bogotá han implementado nuevas hojas de ruta que los gobiernos locales deben seguir, por los cambios que ha provocado la pandemia.

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Mauricio Moreno. EL TIEMPO

Las megaciudades poscovid-19

La crisis del coronavirus ha modificado la cotidianidad en casi todos los núcleos urbanos del mundo.

La concentración de la población en las ciudades es una tendencia mundial que, según la ONU, llegó al 55 % en 2018 (4.200 millones de habitantes) y se proyecta al 60 % para 2030.

El proceso es desigual: mientras que Norteamérica tiene una población urbana del 82 %, América Latina y el Caribe registran 81 %, Europa, 74 % y Asia, 50 %; las ciudades de esta región crecen de manera exponencial y son llamadas megaciudades, porque superan los 10 millones de habitantes y se convierten en polo de atracción al concentrar economía, empleo, equipamientos colectivos, educación, salud y servicios que incentivan la migración campo-ciudad.

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Pero los modelos económicos generan apropiación desigual de los recursos, reflejada en ocupación espacial y segregación social. El ‘derecho a la ciudad’ se hace esquivo a quienes ingresan a los asentamientos precarios, cinturones de miseria (1.000 millones en el mundo), y en Latinoamérica, a uno de cada cuatro que vive en ‘villas miseria’, favelas o barrios subnormales.

A las desigualdades sociales ya existentes se sumarían otras como la recesión económica y el desempleo, que agudizarán la pobreza y la crisis urbana.

Según las Naciones Unidas y el City Population, de las 40 megaciudades clasificadas por jerarquía poblacional, entre las diez primeras, ocho son asiáticas: la lista la lideran Cantón (China) con 46,7 millones de habitantes y Tokio (Japón) con 40,4 (ver gráfico). Del grupo de las 40, cuatro son estadounidenses: Nueva York, Los Ángeles, Chicago y Washington, y seis son latinoamericanas: México, São Paulo, Buenos Aires, Río de Janeiro, Lima y Bogotá.

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La crisis urbana se torna más traumática en los países en desarrollo, como es el caso de las capitales latinoamericanas que de forma brusca transitaron de una estructura colonial a la dimensión de metrópoli, proceso que imita lo ocurrido en los países desarrollados. En Latinoamérica, este paso fue violento y acelerado, acompañado de contrastes y paradojas pues conviven las extravagancias de las modernas metrópolis junto a la sencilla vida aldeana (“ciudades de campesinos”).

Por ello, la crisis se sintetiza en:

Primero, la crisis de los servicios urbanos: vivienda, equipamientos colectivos y transporte; esto es de los medios de consumo colectivo que pauperizan la reproducción de la fuerza de trabajo concentrada y socializada por el capitalismo, pero que es esquiva a las demandas de los sectores populares en pos de sus necesidades básicas.

Segundo, la crisis de una cierta forma de espacio: el gigantismo capitalista, el desarrollo desigual entre regiones y entre la ciudad y el campo y la segregación urbana contribuyen a formar monstruosas aglomeraciones humanas (megaciudades) e inducen actividades donde cada movimiento, cada gesto de la vida cotidiana, se convierte en una auténtica carrera de obstáculos.

La segregación urbana contribuyen a formar monstruosas aglomeraciones humanas

Tercero, la crisis de un cierto modo de vida: anonimato, impersonalidad, carencia de solidaridad y pertenencia no son solo la consecuencia de soñar un “tamaño óptimo” de la ciudad, sino de las relaciones sociales imperantes, la competencia y la ley del más fuerte en esa nueva selva llamada ciudad del ¡sálvese quien pueda! Y no falta la nostalgia del estilo: “...

Cuando la gente dice que no le gusta la ciudad, añora el campo o la naturaleza, cuando escapa en filas interminables de carros al campo o a la playa, en realidad lo que grita es que la vida en las ciudades solo tiene sentido si es una actividad social colectiva”, reseña Manuel Castell, en ‘La crisis de la ciudad capitalista’.

Bogotá: macrocefalia urbana

Bogotá ha crecido en los últimos 50 años transformándose de una ‘aldea grande’ en una metrópoli, acumulando los problemas de un crecimiento desordenado, sin planificación, de carácter horizontal que tipifica la macrocefalia urbana (la capital centraliza todo).

A pesar de diversificar su economía y su desarrollo metropolitano, una gran parte de su población vive en condiciones de pobreza respecto a la vivienda digna, salud, educación, empleo, servicios públicos y, peor, la segregación social, que genera violencia y descomposición social.

Bogotá alberga 7,4 millones de habitantes, y si agregamos la población flotante proveniente de las zonas conurbadas, alcanza los 10 millones, de los cuales el 50 % son migrantes nacionales y extranjeros, venidos de todas las regiones del país, algunos expulsados por la violencia.

En la actualidad, Bogotá padece todos los problemas de la macrocefalia urbana: crecimiento horizontal, contaminación ambiental, contaminación del río Bogotá –que es una auténtica alcanta-rilla–, destrucción de bosques e invasión de los cerros, además de que la ciudad está urgida de transporte colectivo masivo –TransMilenio colapsa y es insuficiente–.

De los 13,4 millones de viajes al día que hacen los bogotanos, solo el 18 % corresponde a TransMilenio; el 17,8 %, al TPC-SITP; 14 %, al automóvil; 6,6 %, a la bicicleta; 5,5 %, a la moto y 4,9 %, al taxi.

(Además: OMS advierte que el pico en América aún está lejos)

En relación con la movilidad es notorio el atraso si se compara con otras capitales de América Latina (10 tienen sistema de metro): Buenos Aires, cuyo subte ya tiene más de 100 años (1913); Ciudad de México (1969); Santiago de Chile (1975); Caracas (1983); Lima (2011); Brasilia (2001); Quito (2013), entre otras.

Irónicamente, el metro de Colombia se encuentra en Medellín, que solo tiene 2,4 millones de habitantes, y lo inició el presidente antioqueño Belisario Betancur, apoyado en el sentimiento regional paisa que trasciende los partidos y mandatarios de turno.

Bogotá padece todos los problemas de la macrocefalia urbana

Las ciudades fueron capaces de responder ayer a otro tipo de crisis como las pandemias, trasladándose a la periferia, pero muchas de nuestras urbes han restaurado los cascos históricos, los downtowns, para hacerlos atractivos al turismo, para vivir y trabajar en un nuevo “paradigma urbano que ha hecho que el factor aglomeración, al ahorrar recursos de infraestructura, y favorecer los intercambios sociales, se haya convertido en un modelo deseable, al combinar la esencia de lo urbano y la interacción con la eficiencia de recursos”, como se dijo este año en el Foro Económico Mundial.

Ya desde finales del siglo XIX, el sociólogo alemán Georg Simmel introdujo el concepto de distancia social “como una forma de preservar el necesario anonimato en las urbes, y de algo todavía más importante para definir la experiencia de lo urbano: la figura del extraño, alguien próximamente físico, pero socialmente lejano”.

Esta paradoja se vive en Nueva York con la actual pandemia de covid-19, debido a que se trata de la capital del mundo, visitada por millares de personas de todas las procedencias, que se suman a la densa población que está en un área muy pequeña geográficamente confinada.

Nueva York tiene “muchos de los ingredientes que aceleran o fomentan los brotes de enfermedades infecciosas; por ejemplo, el hecho de que tenemos un sistema de transporte público en el que las personas están muy juntas.

Por todo esto, no es sorprendente que Nueva York haya sido el epicentro del virus en Estados Unidos”, según dijo a este diario la experta en patógenos Syra Madad en entrevista reciente.

El proceso de emancipación de las sociedades modernas, ajustado a la coyuntura poscovid-19, parte de su capacidad de aprender a convivir en espacios urbanos buscando consensos para que las comunidades establezcan un ‘contrato social’ que respete los espacios privados y públicos, y construyan un ambiente sostenible y amigable para las generaciones presentes y futuras.

Esta dinámica y la planificación urbana obligan a pensar estrategias y programas de largo plazo que van más allá de una administración. Por ejemplo, como Brasilia en la década de los 60, y la República Popular China, ahora adelantados por los Emiratos Árabes, Canadá y Australia, ciudades caracterizadas por altas tasas de inmigración.

En las urbes, los problemas se repiten, como lo señalé en mi libro La ciudad latinoamericana: un caos organizado (1983), en el que se critican modelos aplicables a otras realidades, sustentados en mamotréticos planes de desarrollo económico que no consultan el contexto socioeconómico de nuestras sociedades.

“No es posible seguir viendo, inermes, el engullimiento de la sabana de Bogotá por los insaciables capitalistas urbanizadores y, al mismo tiempo constatar la ‘calcutanización’ de la capital colombiana por la estabilización de la miseria: algo que está ocurriendo también en la capital mexicana, fenómeno que se ha tornado inaguantable y que ha dado aliento a fuerzas políticas, cívicas y culturales para impulsar nuevas propuestas de acción”, dijo Orlando Fals Borda en el prólogo de la obra citada.

Pensar un plan de ordenamiento para Bogotá ha sido una de las fallas de las últimas décadas. Aquí, cada administrador parte de cero, desconociendo la experiencia anterior por una competencia de egos, en la que cada cual busca imponer su propia visión de ciudad.

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En medio de este caos que desnudó el covid-19, el pasado 11 de junio, mediante el acuerdo 671 de 2020, fue sancionado el Plan Distrital de Desarrollo ‘Un nuevo contrato social y ambiental para el siglo XXI’, en el que, además de atender la pandemia y contener proyectos importantes para la reactivación social y económica, se priorizan la movilidad, la educación, la salud y el hábitat.

Un problema que agudizó la pandemia fue la pérdida de empleos, que, nacionalmente, alcanzó una tasa de 21,4 %, y para las 13 ciudades principales, 24,5 %. Esto significa que en Bogotá, a mayo de 2020, se elevó al 19,2 %, con un 9,2 % por encima del año anterior.

No es posible seguir viendo, inermes, el engullimiento de la sabana de Bogotá

La tasa de desempleo juvenil fue del 22,9 %, es decir, más de una quinta parte de nuestros jóvenes tendrán un futuro incierto independientemente del grado de calificación y estudios realizados.

Una mirada crítica al plan distrital debería jerarquizar entonces el empleo, la movilidad, la seguridad, la conectividad, entre otros.

El tema de ciudad-región es clave para contener la acelerada migración, no solo como barrera al crecimiento exponencial de la capital, sino como una alianza estratégica para proveer bienes, servicios y oferta alimentaria.

Ciudades después del covid-19

El pronóstico de la Cepal para América Latina señala que la recuperación será lenta y gradual, al tiempo que desaparecerán 2,7 millones de empresas llevándose 8,5 millones de empleos, es decir, se pierde el 19 % del tejido empresarial, que integran 14,5 millones de sociedades.

Lo anterior plantea que las ciudades poscoronavirus no solo tendrán que transformar el diseño urbano, la construcción para el distanciamiento, teatros con lugares más espaciados, modelos amigables con el medioambiente; cambiar los usos de los edificios, hoteles, centros comerciales y financieros buscando un uso flexible en el entendido de que el e-commerce va a reemplazar el comercio tradicional; el teletrabajo, a la oficina; la educación virtual y la banca virtual, lo que ahorrará millones de metros cuadrados construidos.

La concentración de población, actividades económicas, servicios y recreación ahora en tiempos de pandemia van en contravía de las recomendaciones que sugiere la OMS y los expertos epidemiólogos de “evitar las tres C”: concentraciones, cercanías (distancia social) y sitios cerrados.

Como aseguró David García, fundador de MAP Architects, “por primera vez de manera global estamos experimentando una nueva visión de nuestra esfera doméstica, que se ha tenido que volver nuestro gimnasio, escuela, lugar de trabajo y área de reflexión.

RICARDO MOSQUERA M.
PARA EL TIEMPO Exrector y profesor asociado Universidad Nacional.

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