'La historia de un trago chiviado que me dejó ciego'

'La historia de un trago chiviado que me dejó ciego'

Don José Castillo es una de las víctimas que cada año deja el licor adulterado en Colombia.

José Audelino Castillo

José Castillo lleva más de cuatro décadas de su vida sin ver por culpa del trago adulterado.

Foto:

Abel Cárdenas. EL TIEMPO

Por: Unidad de Salud
10 de diciembre 2019 , 05:49 p.m.

Lo último que recuerdo haber visto en color fueron aquellos buses viejos, amarillos y verdes, que rodaban por Bogotá hace ya varias décadas y el caminar de personas que observé a través de la ventana del taxi en el que iba con urgencia y angustia hacia el Seguro Social. Era agosto de 1973. Tres meses antes de que el médico me dictaminara una atrofia de nervio óptico por el consumo de alcohol etílico. En palabras menos técnicas, estaba ciego por tomar licor adulterado.

Mi nombre es José Audelino Castillo. Tengo 70 años. A los 11, muy joven, y sin permiso de mis padres, me fui de la finca paterna en busca de mi propio futuro. Terminé la primaria y me gradué de bachiller mientras buscaba cómo ganar dinero. Trabajé de ayudante, mensajero y celador. Cuando tenía 20 años conocí el dizque lucrativo negocio de la guaquería. En Muzo y pueblos vecinos en el departamento de Boyacá, les compraba esmeraldas a campesinos y las revendía en el centro de Bogotá, en la popular calle de los esmeralderos, que queda en la avenida Jiménez entre carreras 7.ª y 8.ª. El próspero negocio me duró casi cinco años, hasta que el 27 de agosto de 1973, un lunes, la vida me dio un giro inesperado.

Guardo muchos detalles de aquel día porque el transcurrir de los años me ha permitido recrear muchas veces en mi mente lo que viví como si hubiese sido ayer.
Tenía tan solo 25. Después de ver, mostrar y negociar algunas piedras, al caer la tarde me fui con algunos amigos a tomar unos tragos en un restaurante ubicado en la carrera 8.ª con calle 13. Estábamos tan contentos que se nos pasó rápidamente el tiempo.

Al despertar de nuevo estaba peor: ya no veía por el ojo izquierdo, y la visión por el derecho la tenía reducida

Pasé la resaca en mi casa, donde vivía con una hermana, en el barrio 7 de Agosto. Pero unos días después llegó el día que jamás imaginé. Me levanté mareado y con la visión borrosa, pensé que tal vez era cansancio o síntomas de un simple malestar general. En realidad, no presté mucha atención y volví a dormir, pensando que un buen reposo bastaría. Al despertar de nuevo estaba peor: ya no veía por el ojo izquierdo, y la visión por el derecho la tenía reducida.

La preocupación se apoderó de mí. De camino al hospital y viendo por la ventana, los colores se empezaron a tornar opacos y los buses se veían muy sucios, el gentío que a esa hora caminaba por las calles de la ciudad fue lo último que vi en mi vida.
Meses después me enteré de que de los demás hombres que estaban conmigo ese día, uno había fallecido, el otro perdió un ojo y otro más sufrió una trombosis. Todos fuimos víctimas del mismo licor adulterado.

¿Cómo es quedar ciego?

El proceso de quedar ciego es algo muy complicado y se debe enfrentar con entereza. Lo primero que me animó para salir de mi encierro y volver a luchar fue un niño que vivía en la misma casa adonde me había trasladado a vivir con una de mis hermanas en el barrio Quirigua, en el occidente de Bogotá. Ese pequeño, con mucha paciencia, me ayudó a dar los primeros pasos, y era como volver de nuevo a aprender todo, como lo hace un bebé.

Otra cosa fundamental que pasó durante mi recuperación fue que en estos cortos paseos conocí a alguien que me abordó y me dio una pequeña información sobre el Instituto Nacional para Ciegos (Inci). Incluso recuerdo que se ofreció a acompañarme hasta allá. Las palabras de esa persona –que fue mi ángel– inspiraron mi deseo de poder volver a ser independiente. De verdad, me abrió una luz en medio de la oscuridad.

Fue así como llegué al Inci, donde conocí más historias y compartí con otras personas con discapacidad visual, incluida la que hoy en día es mi esposa. Una mujer especial con quien tuve dos hijos. Actualmente asisto frecuentemente a actividades culturales que se realizan allí para apoyar a las personas nuevas que entran y para encontrar y aprender más sobre mis capacidades y derechos a una vida independiente y digna.

Doy este testimonio porque quiero recomendar a las personas que toman licor que lo hagan de manera responsable, que lo compren en sitios de confianza, como grandes tiendas y supermercados; que miren bien los sellos y las etiquetas de las botellas, que no compren licor de contrabando, que destruyan las botellas después de consumido el licor. Yo no quiero que a otros les pase lo que a mí por culpa de un mal trago.

Lo que causa el licor adulterado

Un estudio contratado por la Federación Nacional de Departamentos (FND), en alianza con la Universidad Eafit y con el acompañamiento de la firma consultora Invamer, calculó que el 17 por ciento del licor que se vende en el país es adulterado. O, en otras palabras, 4 de cada 10 botellas de whisky ilegal (incluido el de contrabando) fueron elaboradas artesanalmente, incumpliendo las leyes de sanidad y exponiendo a los consumidores a enormes riesgos de salud.

El metanol contenido en este tipo de productos puede afectar directamente el nervio óptico y causar ceguera, secuelas neurológicas, hepáticas e, incluso, la muerte

El metanol contenido en este tipo de productos puede afectar directamente el nervio óptico y causar ceguera, secuelas neurológicas, hepáticas e, incluso, la muerte. Los síntomas de una intoxicación por este consumo son intenso dolor de cabeza, visión borrosa, destellos alrededor de los objetos, dolor abdominal, vómito, dificultad para respirar, corazón lento (bradicardia), convulsiones y pupilas dilatadas. Es imperativo, ante la presencia de ellos, ir al médico.

Las autoridades recomiendan fijarse en la presentación de la botella, que la tapa esté completamente sellada y la etiqueta no tenga imperfecciones. Además, confirmar que tenga la estampilla, cuya información debe corresponder con el producto.

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