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Ansiedad y depresión, impacto de pandemia en trabajadores de la salud

Pandemia oculta

Profesionales de la salud confiesan el impacto que la pandemia ha dejado en su salud mental. Dos de cada cinco han enfrentado síntomas de trastornos como ansiedad o depresión.

Carlos Francisco Fernández y Ronny Suárez

Carlos Francisco Fernández
y Ronny Suárez

Unidad de Salud

Pocas veces la salud mental de los trabajadores sanitarios ha estado tan expuesta y ha sido tan vigilada. Es claro que la pandemia exacerbó los trastornos emocionales y las enfermedades mentales, al punto que la misma Organización Mundial de la Salud (OMS) ha considerado pueden ser una pandemia tan o más grave como la del covid-19.

Y en ese contexto, dada la presión de actuar en medio de la incertidumbre y enfrentarse a lo desconocido, los trabajadores de la salud se han convertido en grandes víctimas de estos trastornos.

“Estos seres humanos no solamente se enfrentaban a los temores por el riesgo de infectarse, como el resto de la población, sino que sufrían graves amenazas por su quehacer diario, en el que muchas veces al comienzo de la pandemia ni siquiera tenían elementos de protección adecuados. Cuando la pandemia llegó, además, ellos tenían que atender un enemigo desconocido sin herramientas terapéuticas claras, lo que los desbordaba”, afirma la psicóloga clínica Sandra Herrera.

Los números empezaron a verse. Una revisión de estudios publicada en Psyquiatric Research encontró que en 12 investigaciones realizadas sobre este personal la ansiedad estaba presente en el 31,73 por ciento y la depresión en el 34,3 por ciento, es decir, en uno de cada tres de los trabajadores sanitarios participantes.

Investigadores en Salud Mental de la Universidad CES encontraron, gracias a una encuesta a más de 700 profesionales de la salud en el primer pico de la pandemia en Colombia, que el 39,4 por ciento de ellos tenía uno o más trastornos mentales (depresión, ansiedad, insomnio). Es decir, dos de cada cinco tenían comprometida seriamente su salud mental.

El 41,6 por ciento, además, dijo que el trabajo aumentó en la pandemia, la mitad afirmó que la institución con la que trabaja no le ofrece apoyo psicológico para manejo de estrés y ansiedad, el 38 por ciento se tuvo que aislar de su familia por su trabajo, el 35,6 por ciento se sintió discriminado por su trabajo y el 39,2 por ciento aseguró que la pandemia afectó mucho su salud mental.

Otra investigación realizada por el Centro Rosarista de Salud Mental, que analizó 13 estudios, encontró que la ansiedad en las enfermeras colombianas que atendían la pandemia alcanzó una afectación del 25,8 por ciento (una de cada cuatro) y la depresión el 30,3 por ciento (una de cada tres). Al revisar estas dos afectaciones en el cuerpo médico, se encontró que el 21,73 por ciento tenían síntomas de ansiedad y el 25,3 por ciento de depresión.

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Foto: Juan Pablo Rueda

La pandemia significó un reto para los trabajadores de la salud en Colombia y el mundo. La alta tasa de mortalidad y el colapso de clínicas fueron dos de las variables que alteraron su estabilidad mental y emocional.

Otros estudios no solo se remitieron a estos profesionales ya en ejercicio, sino que involucraron a los estudiantes de las áreas de la salud. Uno de ellos, publicado en PLOS One, a cargo de Kannan Pallil y sus colaboradores en Estados Unidos, halló que la ansiedad severa en general estaba presente en un 18,6 por ciento de esta población, con un aumento entre los estudiantes que estaban expuestos (21,6 por ciento) a los entornos hospitalarios, mientras que los no expuestos la expresaron en un (14,9 por ciento).

Por su parte, en los mismos estudiantes la ansiedad leve estuvo presente en ocho de cada 10 y curiosamente quienes estaban expuestos la padecieron en una frecuencia de 85,1 por ciento y los no expuestos en 78,8 por ciento.

El estrés mayor en esta investigación estuvo presente en el 24,7 por ciento en promedio (29,4 por ciento en expuestos y 18,9 por ciento en los no expuestos). El estrés leve, por su parte, estuvo presente en el 65,3 por ciento de los estudiantes (expuestos 70,6 y no expuestos 81,4 por ciento).

Para Rodrigo Córdoba estos hallazgos pueden indicar que las personas con rasgos ansiosos podrían potencialmente alejarse más rápidamente del riesgo laboral que les implica el covid-19, lo cual se demuestra en los cuadros leves tanto de ansiedad como de estrés. “También se puede inferir que la pandemia sí puede incidir en mayor medida en la salud mental de quienes están expuestos a la atención de pacientes”, afirma el psiquiatra.

Un fenómeno que mezcla factores emocionales y físico es el llamado ‘Burnout’, o trabajador quemado, que en la investigación en estudiantes de medicina se encontró en el 59,3 por ciento, siendo más significativa entre el personal de salud expuesto (66,31 por ciento).

Por otra parte, otro estudio publicado en ‘Brain, Behavior, and Immunity’, una revista científica, cualificó los factores de riesgo que para la enfermedad mental tenía atender pacientes en las unidades de cuidados intensivos o en las áreas definidas para los pacientes de covid-19 y se determinó que en todos los trabajadores de la salud dicha condición se relacionaba con el 53 por ciento de los casos de ansiedad, el 13,7 por ciento de la depresión y el 29,2 por ciento de los trastornos por estrés postraumático.

Sin embargo, en los trabajadores de la salud que atendieron pacientes de otras áreas esto se convirtió en un factor de riesgo para ansiedad en el 50 por ciento de los analizados, para la depresión en el 9,8 por ciento y en 21,3 por ciento en quienes presentaron trastornos de estrés postraumáticos

Córdoba evidencia, en ese sentido, que los trabajadores de la salud que atendieron covid-19 tienen mayor riesgo de desarrollar trastornos mentales o incrementarlos. “La pandemia actúa de la misma manera, aunque con niveles menores, sobre los trabajadores que desempeñan su labor en otras áreas hospitalarias, según este estudio. Esto debería llevarnos a prevenir desenlaces mayores”, afirmó.

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Foto: Juan Pablo Rueda

La crisis y emergencia sanitaria agravó los problemas de salud mental entre los trabajadores de clínicas y hospitales. La depresión y la ansiedad fueron dos de los que más se presentaron, según estudios.

Una deuda de la sociedad

Una deuda de
la sociedad

“La enfermedad mental no es un fracaso personal ni algo que les suceda a los demás. Si algún fracaso ha habido es el nuestro por no haber sabido dar respuestas a las necesidades de quienes sufren estos trastornos”.

Con estas palabras, Gro Harlem Bruntland, ex directora general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ya describía hace unos años los rezagos que los problemas psicoemocionales tienen en el mundo y que en el marco de la pandemia no solo se han puesto en evidencia sino que se han incrementado.

Basta ver, por ejemplo, que en América Latina, de acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la carga de las enfermedades mentales es casi la quinta parte (19 por ciento), en segundo lugar después de la masa que son las enfermedades no transmisibles, que representan más del 50 por ciento.

Sin embargo, estos porcentajes cambian de color dependiendo de los países sobre los cuales se ponga el foco y un componente importante para dimensionarla es la proporción de discapacidad total que significan.

Para la muestra está que Brasil, Chile, Paraguay, Perú y Colombia ostentan los porcentajes más altos en este indicador, todos por encima del 35 por ciento. Y si bien estos países tienen similares condiciones socioeconómicas, vale la pena referenciar que en otras regiones como Haití -con todos los factores en contra- esta proporción es menor (el 28,2 por ciento). Mientras, en países más desarrollados como Estados Unidos la discapacidad equivale al 33 por ciento.

A partir de esos datos, Rodrigo Córdoba, expresidente de la Asociación Latinoamericana de Psiquiatría, asegura que la prevalencia de estos trastornos y su afectación en términos de calidad de vida tiene factores transversales que son problemas relevantes y universales, independientemente de los lugares y de otras variables particulares.

La salud mental nacional

La salud
mental nacional

En Colombia, antes de la pandemia, la prevalencia de trastornos mentales podría bordar al 10 por ciento de toda la población, según el Estudio Nacional de Salud Mental (2015). Los trastornos afectivos, tanto en hombres (6,3 por ciento) como en mujeres (7,4 por ciento); los depresivos (4,4 y 5,4 por ciento, respectivamente), y la ansiedad (2,9 y 3,9, respectivamente) encabezaban el listado de patologías, sin dejar de lado que había una presencia importante de alteraciones dentro de todo el espectro.

Pero la pandemia cambió esta fotografía, pues si bien en este momento no hay estudio con el mismo nivel de alcance, una investigación realizada en agosto de 2020 por el viceministro de Salud Iván González y el Grupo Gressa encontró que en el contexto de la emergencia del covid-19 la depresión estaba presente en el 35 por ciento de la población analizada, la ansiedad en un 39 por ciento, los síntomas somáticos en el 31 por ciento y los sentimientos de soledad, con todas sus afectaciones, comprometía a una de cada cinco personas.

Según González, estas afectaciones estaban condicionadas por la sensación de peligro constante, cambios en hábitos y rutinas, la incertidumbre con el aislamiento y un empeoramiento del sueño.

Todo esto se agravaba porque algunas de estas manifestaciones se acompañaron de manera significativa por síntomas generales e incluso, en algunos casos, por el exceso de consumo de alcohol y sustancias psicoactivas.

Otro análisis realizado Profamilia, titulado Solidaridad, profundizó en las afectaciones derivadas de la contingencia pandémica y encontró que el 75 por ciento de las personas manifestaron sentirse cansados sin ningún motivo, el 76 por ciento declaró sentirse nervioso, tres de cada cuatro se sintieron inquietos, más de la mitad aquejó desesperanza y llama la atención que casi seis de cada 10 experimentaron sentimientos de rabia y el 40 por ciento se sintió tan triste que nada podía calmarlo.

Aunque las causas de estos desenlaces están relacionadas directamente con la presencia del covid-19, es importante referenciar que el 56 por ciento confesó su preocupación de caer en ansiedad o depresión por el aislamiento y el 17 por ciento mostraba inquietudes porque todos estos ajustes promovieran situaciones de violencia en el hogar.

“El hecho de que la gente sienta que está mal y puede empeorar ya es muy diciente de la situación”, sentencia Córdoba.

Diarios de pandemia

Cinco trabajadores de la salud de primera línea, encargados de ver al covid-19 de frente todos los días y de salvar las vidas de sus pacientes en distintas ciudades del país, relatan los detalles de sus duras jornadas y lo que queda en sus cabezas después de ellas. Estos son sus diarios, escritos en medio del tercer pico de la pandemia, y allí, las secuelas que ha dejado esta tragedia a nivel emocional. El talento humano en salud alza la voz para hablar de su salud mental.

Conoce sus diarios

Nathaly Vargas

Especialista en medicina de emergencias

Stella Navarro

Anestesióloga e intensivista.

Fabio Varón

Neumólogo intensivista, jefe UCI.

Ana María Ureña Serrano

Enfermera con maestría en salud pública y especialista en cuidado intensivo pediátrico.

Ingris Johana Royero

Enfermera jefe del Hospital San Rafael de Leticia

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Stella Navarro

Anestesióloga e intensivista.

Juan, un respiro

Una jornada más en UCI. Es la hora de llamar a las familias a dar el reporte de los pacientes con covid-19. A Juan lo extubaron ayer tarde y su familia aun no lo sabe. Él me preguntó varias veces en la mañana si su mamá había venido y le repetí que, como está aislado, ella no puede venir. Estaba ansioso, así que decido hacer la llamada en altavoz para que se escuchen. El ruido ambiental es muy alto y yo no estoy vestida para entrar. La persona de oficios varios está en la habitación; me mira tímidamente, me recibe el teléfono. Veo cómo lo sostiene mientras mira hacia afuera tratando de darles un poco de privacidad. Una familia se ha reencontrado y acá todos sentimos un respiro cuando ocurre algo que es motivo de alegría. Todos.

El ritual del pollo asado

En la noche de los viernes en UCI se estableció un ritual: el pollo asado. Como las noches son largas y trajinadas, mi aporte al equipo ha sido asegurar algo para comer, pues con tanto trabajo, no puede ser que también nos toque con hambre. El ritual también ha servido de rescate para algún familiar que lleve horas sin probar bocado, o para el compañero que lleva más de hora y media tratando de terminar lo que tenía que hacer en su turno. El ritual ha sido motivo de risas, de agradecimientos, de momentos de poder estar juntos.

A pesar del covid-19

Ese día decidí comer temprano. Empiezo… pero no sabe a nada. Salgo de la habitación y en silencio subo a las maquinitas. El tinto tampoco huele. Estoy de turno, son 30 pacientes a cargo, son las 10 de la noche. Y aunque me sienta por lo demás bien, todo indica que tengo covid-19 y no era solo cansancio ni exceso de trabajo.

Voy a urgencias a realizarme la prueba y aviso a mi equipo. Cuando vuelvo, tienen dificultades con un paciente al que hay que ponerle un catéter que está siendo difícil. Me pongo mi mejor careta, me visto y entro al cubículo, no vaya a ser que sea yo quien contagie a mis compañeros. Y manos a la obra. Y a seguir.

Un susto en medio del caos

Suena una alarma. La presión de oxígeno del sistema está en el suelo. La aguja está en la zona roja. Miro los ventiladores, son 30 pacientes con oxígeno. No parece estar fallando nada. Pero la cara del ingeniero me quita mis esperanzas de que sea una falsa alarma: se alcanza a ver el terror en su rostro aun bajo el tapabocas. Tal vez haya alguna fuga en el sistema, porque en los pisos de arriba ya la presión no alcanza. La UCI queda en el segundo piso. La alarma sigue pitando. No falta mucho para que se acabe el turno. Los ventiladores funcionan, ¿pero si fallan? Son 30 ventiladores y no hay plan B que cubra ese escenario.

La alarma suena toda la noche a escasos metros de mi pieza, pero yo estoy agotada y pongo mi cabeza en la cama. Supongo que así deben dormir los soldados, oyendo las bombas estallar contra el suelo y solo espabilándose cuando se estremece su trinchera. A la mañana siguiente, la alarma finalmente se silencia a las 8 a. m.

Te fuiste

Hay pacientes que te marcan. Tú fuiste uno de esos. Desde que llegaste a UCI, más de una vez me tocó acompañarte mientras peleabas al borde de la muerte. El covid-19 hizo estragos en tu cuerpo, pero parecía que finalmente todo se resolvía. Cuando paso a verte en la noche, me dicen que tu azúcar está un poco baja. “¿Chocorramo o torta Gala?”. Llevas varios días comiendo, así que puedes aprovechar la baja de azúcar para un pequeño placer mundano. Pediste torta Gala. Y más tarde, cuando tu enfermero te ayudaba a comer, le dijiste que comprara unas gaseosas para los dos, que tú lo invitabas.

Recuerdo que todos sonreímos con la historia. Pero solo horas más tarde, este mismo enfermero llega a mi pieza corriendo. Sangras. Ese ya había sido uno de tus problemas. Llamo urgente al cirujano, pero las miradas que cruzamos lo dicen todo. No hay manera. Te vas. Te fuiste. Ayudo a dejar tu cuerpo limpio y presentable y salgo a llorar al pasillo. Días más tarde, en la cafetería, veo una torta Gala en el mostrador: con los ojos llenos de lágrimas pido una y una gaseosa. Vuelvo a llorar.

‘Secretos’

Hablemos de cosas que creemos son secretos y en realidad no lo son tanto. No es un secreto que la salud mental en los profesionales de salud está en estado crítico. Y que esto puede llegar a tener consecuencias indeseadas para todos. Y que falta trabajar proactivamente en esto.

Hay otro secreto a voces: los problemas de salud mental en el talento humano que atiende la pandemia siguen siendo vistos con recelo y hay mucho tabú al respecto.

¿Y cómo no? Son tantos los factores que influyen que es difícil decidir por dónde empezar. ¿Qué se debe modificar primero? ¿La sobrecarga laboral? ¿Los atrasos en los pagos tanto a las IPS como al personal asistencial? ¿Los picos de la pandemia? ¿La velocidad de la vacunación? ¿La aceptación de la población general a las vacunas y a las recomendaciones de salud pública? ¿La disponibilidad de recursos, insumos, medicamentos, para atención de pacientes? ¿Contar con suficiente tiempo de descanso, estabilidad laboral y económica?

Buenas ideas son que en el interior de las instituciones se generen espacios para que el personal sometido al mayor estrés tenga momentos de descanso adecuados, se faciliten espacios de diálogo ante situaciones críticas y se haga algo ante la sobrecarga emocional que genera presenciar -tanto tiempo y de cerca- escenarios catastróficos sin tener opción de controlarlos o solucionarlos.

Gritar ayuda

Hay recursos que son finitos: el talento humano, el número de camas de cuidados intensivos, los medicamentos, los ventiladores, el oxígeno y la salud de las personas que cuidamos.

Pensando en la salud mental de quienes estamos expuestos a primera línea de la pandemia y viendo que el deterioro es innegable en muchos colegas, es necesario reconocer un primer factor a modificar: identificar los límites propios y aceptar la necesidad de pedir ayuda. Hacerlo al menos nos pondría en el primer paso de un camino a favor de nuestra propia recuperación.

Le pregunto a los colegas que han sacrificado tantas cosas en medio de esta emergencia: ¿Estamos preparados los profesionales de la salud para reconocer que tenemos problemas de salud mental, que debemos consultar y pedir apoyo y que esto irá en beneficio de nosotros, de las instituciones en las que trabajamos y de los pacientes que atendemos? La mayoría tal vez responda no.

Y aunque hay mucho escrito sobre el tema, desde la formación profesional, en el llamado curriculum oculto, todavía hay una mirada de desconfianza y recelo hacia quienes sufren de algún problema de salud mental y esto hace que se genere una fuerte ambivalencia a la hora de considerar consultar o pedir ayuda.

No me saco de la cabeza que es necesario generar climas de confianza alrededor de los problemas de salud mental para poder buscar y recibir ayuda. Pero la situación de pandemia hace que el ambiente sea hostil en este aspecto. Aunque en un tiempo inicial se sentía el apoyo de la comunidad, el momento actual ha llevado a la sociedad a un estado de fatiga y de normalizar las muertes del virus.

Y hay que decirlo las veces que sea necesario: una pandemia no depende de lo que decida un médico en un hospital ni del número de camas de cuidados intensivos y ventiladores que tenga una ciudad. Pero sí es cierto que los que atendemos pacientes no solo somos testigos sino que sentimos la frustración, el cansancio, la impotencia que genera una enfermedad que sigue generando tantas muertes que, aunque naturales, son terriblemente traumáticas para todos.

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Fabio Varón

Neumólogo intensivista, jefe de UCI

De miedos, angustias y pánico

Sé que pocas cosas generan tanto miedo como tener que asistir a un hospital por una enfermedad. Es una sensación cercana a perder el control de nuestro cuerpo, a no saber por qué no responde a cada indicación, a cada exigencia, y a sentir que se necesita ayuda para entender qué pasa y recobrar el control sobre él. Ese miedo se transforma en angustia cuando falta el aire, las bocanadas no son suficientes, se debe respirar más rápido y a pesar de esto llega el ahogo, existe hambre de aire. Y es así como recibimos cada día a más y más pacientes.

La mayoría llega pensando que eso que siente, que lleva en su cuerpo, no puede ser covid-19, pero son tantos los que hemos atendido el último año con esta enfermedad que nuestra agudeza diagnóstica nos permite acertar en la mayoría de los casos, no porque seamos brillantes, sino porque en tiempos de pandemia de una enfermedad respiratoria un paciente con síntomas como tos, fiebre, dolores en el cuerpo es sospechoso del virus hasta que no se demuestre lo contrario.

Y sabemos que esa angustia de asistir a urgencias se convierte en pánico cuando les informamos a las personas y a sus familias que deben ser trasladados a cuidados intensivos y probablemente sean intubados, esto para ayudarlos a respirar con un ventilador. Las reacciones van en frases como “si me intuban me muero” o “yo no me dejo intubar”. Otros pacientes rápidamente entienden lo que está pasando y piden hablar con sus seres más cercanos. Y mientras están los que no han aceptado su condición, ya no logran respirar y la enfermedad doblega su decisión: también aceptan entrar a esa instancia.

Después viene la autocrítica. “Es que nos reunimos solo la familia”, “es que hace un año no estábamos juntos”. Y en ocasiones simplemente la situación obliga a salir a trabajar, a buscar el sustento para sus familias, para seguir.

¿Podremos dar abasto?

Hoy si bien nuevamente estamos con las UCI al tope, aun podemos mantener la atención de los pacientes que lo requieren. A cada uno de ellos. Sin embargo cada día se hace más difícil y las cosas se pueden poner muy complejas. Las medidas que día a día se han repetido pareciera que ya no importan, el autocuidado ha pasado a un segundo plano, las aglomeraciones empeoran y la vacunación no despega. Así caminamos rumbo a una situación cada vez más caótica.

Muchos dirán que los médicos somos alarmistas, otros nos llamarán realistas, lo cierto detrás de tanta cantaleta es que si el sistema de salud colapsa muchos pacientes con covid-19 o con otras enfermedades no recibirán la atención que requieren y probablemente muchos muertos, muchos más, llegarán.

Y lo decimos con propiedad porque mientras en noticias y redes sociales aparecen miles de expertos en la pandemia hablando de riesgos altos o bajos a pesar de hace años no ver a un paciente, el personal de salud de urgencias, de UCI y de hospitalización, especialmente, vivimos una tragedia minuto a minuto. Cada paciente atendido genera riesgos de infección y a pesar de eso estamos dispuestos a verlos a todos.

Las familias que sufren lejos del paciente que está en la UCI o que tienen que enterrar a sus seres queridos sin ni siquiera poder verlos o despedirse también son testigos de la crudeza que se vive en los hospitales. Ellos son desafortunadamente quienes de verdad pueden contar lo que está pasando en esta tercera ola de la pandemia.

Un tsunami que nos golpea a todos

Poco a poco vemos la realidad de lo que esperábamos de esta tercera ola. Y como pocas veces, teníamos razón. Muchos pacientes en urgencias, las UCI no alcanzan para atender la cantidad de pacientes que requieren traslado, el oxígeno empieza a tener riesgo de desabastecimiento, los medicamentos para sedación se agotan, el número de casos reportados cada día es mayor y los fallecidos también.

Mientras, el personal de salud está cada vez más agotado. Ya nadie quiere hacer turnos extras y con razón. Ni física ni mentalmente se tolera más carga. El llanto en los pasillos es más frecuente tanto en las familias que pierden sus integrantes como en los compañeros. Veo a enfermeras, terapeutas y médicos sentados, agotados, con marcas en su rostro de los equipos de protección personal, llamando a sus familias, transmitiendoles una tranquilidad (“estoy bien”, “tendrá que pasar”) que claramente no tienen.

Nos escuda la vocación, una palabra en la que nos apoyamos, pero de la que se abusa para no garantizar las condiciones laborales dignas en algunas instituciones. Los médicos nos preguntamos hasta cuándo estaremos en esto. Y para esa duda que no es nueva no hay aun respuesta. Parece que la fatiga de cuidarnos, la manipulación política de uno y otro lado y la interpretación que hacen algunos “líderes de opinión” de las recomendaciones universales para prevenir la infección nos está llevando al camino del colapso del sistema de salud. Todo el esfuerzo de tantos meses sirvió de poco ante la situación actual.

¿Cuántas personas que trabajan en salud seguirán en sus trabajos después de esto?, ¿cuántos fallecieron por ayudar a otros?, ¿cuántos tienen el apoyo emocional que requieren? ¿Cuántos han perdido familiares y amigos en esta pandemia?

Recuerdo las noches de aplausos. Recuerdo que después se convirtieron en agresiones en algunos hospitales y ahora en violencia contra las ambulancias que no importa que lleven recién nacidos en busca de una oportunidad para vivir. La pandemia ha mostrado las falencias de un sistema de salud, pero también el poco respeto a la vida. Los momentos críticos siempre son de reflexión, de decisiones. Ojalá cada uno de nosotros salga en una versión mejorada de este enorme reto.

Llegamos al límite

Cada día la situación es más compleja. Los servicios de urgencias están repletos de pacientes con ventilación mecánica y con una sobreocupación sin precedentes. Cómo será la magnitud de lo que vivimos en esta tercera ola que en este país en el que estamos acostumbrados a ver servicios de urgencias absolutamente llenos hoy nos sorprendemos de lo que pasa. Las UCI llegaron a su tope, la mayoría de hospitales ya no tienen cómo expandirse más, no lo permiten ni la arquitectura, ni los sistemas de oxígeno ni la disponibilidad de medicamentos.

Y más crítica aún es la situación del recurso humano, que también llegó a su límite. Vemos cómo las instituciones tratan de adaptarse, se moviliza personal entre los servicios, las UCI pediátricas pasan a manejar adultos, los especialistas de diversas áreas apoyan las áreas de atención prioritaria, las farmacias buscan desesperadas medicamentos.

¿Y afuera de los hospitales? ¿Estamos entendiendo lo que está pasando con el sistema de salud y los riesgos que implica el colapso hospitalario ahora que la demanda hace rato superó la oferta de atención? Cada día son más jóvenes nuestros pacientes, las estancias en los hospitales cada vez más prolongadas, no hay dispositivos de oxígeno para enviar personas a sus casas, cada vez es más complejo lograrlo.

Tal vez es hora de cambiar los interlocutores a todo nivel, que sean los pacientes y sus familias quienes nos cuenten lo que han vivido o están soportando por la pandemia. El mensaje no está llegando, el personal de salud no da más y los pacientes cada día aumentan, tenemos que detener esta tragedia.

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Nathaly Vargas

Especialista en medicina de emergencias

El año del miedo

Empiezo mi diario.

Me entrené para la guerra, pero nadie nos preparó para esto. Desde niña soñé con ser médica y trabajar particularmente en el área de trauma y emergencia. Crecí viendo en noticias y viviendo de cerca la violencia que trajeron el narcotráfico, los carros bombas y las operaciones pistola. Luchar contra la enfermedad como enemigo visible fue mi escenario por 20 años, pero nadie nos preparó para esto.

El 2020 fue para mi el año del miedo. De mudarme a otra parte para no contaminar a los míos, de la soledad del destierro, de la incertidumbre por la enfermedad, la desesperanza de ver tan lejos una vacuna. Terminando el primer pico tuve que empezar terapia. A veces lloraba con y por los pacientes. Volvía con la frustración de no poder recibir un abrazo de mi familia.

Tardé en empezar la terapia porque desafortunadamente en el gremio pedir ayuda es una muestra de debilidad y mi especialidad médica no es para débiles. En estos meses he visto cómo mis compañeros han “piloteado” muchos síntomas. Pero ha predominado la irritabilidad. Los problemas chiquitos se hacen grandes y los grandes explotan. Se han perdido amistades e incluso trabajos.

El año del miedo lo terminé viviendo un día a la vez, con la incertidumbre de saber que nos espera como humanidad, pero acá sigo… un día a la vez.

Almas desgarradas

El comienzo del 2021 también estuvo cargado de dolor. Sabíamos de antemano que las festividades serían preámbulo de la tragedia. Cada día veíamos más y más adultos mayores en la sala de emergencias y para muchos de ellos nuestros esfuerzos fueron insuficientes.

Empezamos a tratar de humanizar el proceso incluyendo videollamadas durante la atención médica o en el momento de toma de decisiones difíciles. Debo ser sincera: nada es más duro que escuchar a un esposo pedir perdón a su amada, testamentar en vida o despedirse ante la incertidumbre. Escuchamos en el confesionario imaginario y callamos ante dolorosas verdades. El llanto, las oraciones y plegarias de hijos, padres y esposos, retumbaban en mi cabeza después de cada turno. Era inevitable.

Aunque hicimos lo posible, humanizar una enfermedad que te condena a la soledad no es nada fácil. Nunca olvidaremos cuántas veces agarramos las manos de nuestros pacientes ante la ausencia de sus seres queridos. Ni los llantos al otro lado de la línea. Aprendimos a lidiar con el dolor y la rabia, con la frustración y la culpa. Familiares dolidos, culpándonos o culpándose sumidos en un dolor que sabíamos que no era personal, pero no por eso menos hiriente.

Escondimos muchas veces nuestros oficios fuera del trabajo para evitar rechazo de la comunidad. Los aplaudidos en junio fuimos parias en enero. Esta fue una segunda ola que al tiempo que se llevaba muchas almas, desgarraba las de muchos de nosotros.

La calma antes de la tormenta

Una corta pausa. Con el inicio de la vacunación y un descenso en el número de pacientes entre febrero y marzo, los turnos se hicieron un poco más llevaderos. Podíamos ubicar a pacientes rápidamente en piso o en UCI aquellos que lo necesitaban y el proceso de atención fluía rápidamente.

La preocupación, no obstante, persistía por nuestras familias. Muchos colegas con padres o familiares mayores y con comorbilidades no eran llamados con celeridad a la vacunación a sabiendas de lo que vendría si se contagiaban. El fantasma del tercer pico seguía acechándonos y empezamos a dar muestra de agotamiento. Los pacientes se volvieron cifras y los sentimientos una carga.

Llegó el primer fin de semana largo de marzo y atacó la corazonada. No eran los medios, ni eran las cifras: era la experiencia anunciando que tras ese puente y la Semana Santa íbamos a ser espectadores y actores del peor escenario posible.

Qué dirán de mí

¡No se debe juzgar al paciente!
¡No se debe juzgar al paciente!
¡No se debe juzgar al paciente!

No sé cuántas veces repetí ese mantra en mi cabeza después de las festividades. Trataba de aturdir el corazón para no abrumarlo más cuando al parecer el sistema era el único culpable. Nadie veía al virus, nadie se veía a sí mismo. Los servicios de salud nos convertimos en la cara visible del covid-19 y con ese peso adicional, llegó el hastío.

El hastío tiene muchas caras. Se acaba la empatía, se duda de la vocación, el humor se hace frágil y el sueño ligero. Dormir era seguir trabajando con la alarma de los ventiladores como banda sonora.

Una persona alguna vez me dijo: “lo que el alma calla, el cuerpo lo grita”, y el mío aullaba a diario. Cada día era un predicamento entre dar lo mejor de mí y dar lo poco que iba quedando de mí. Trabajaba de la mano de un síntoma diferente cada día... la espalda, el colon, la cabeza, los ojos, la mente.

Qué dirán de mí... no soy lo suficientemente fuerte, no puedo descompletar el equipo. La culpa y la vergüenza no permiten parar. Porque muchos creen que los héroes no tienen capa, ni enferman ni decaen.

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Ana María Urueña Serrano

Enfermera con maestría en Salud Pública y especialista en Cuidado Intensivo Pediátrico

Recuerdos de la llegada del virus

Es junio del 2020. Hace un par de meses se declaró la pandemia por covid-19, hace varias semanas se notificó el primer caso de covid-19 en el país. Nos han llamado a firmar acuerdos de confidencialidad, mientras el mundo presencia la aterradora imagen de las personas muriendo en las calles de Ecuador y las difíciles decisiones del personal sanitario en Italia al disponer sobre quién vive o muere.

En ocasiones, durante mis clases de epidemiología, imaginaba lo desafiante y llamativo que sería estar en terreno atendiendo un evento transmisible de interés en salud pública. Cuando llegó el covid-19 se palpaba esa incertidumbre que se convertía en miedo.

Ese mismo miedo lo viví en carne propia la primera que fui sospechosa del virus. En julio del 2020 me indicaron que pasaría a ser parte de los equipos de investigación de brotes por covid-19 en las clínicas y hospitales de Bogotá para el talento humano en salud. Me dieron diez tapabocas N95, batas y mono-gafas. Me senté horas interminables con la orientadora técnica del equipo para aclarar dudas sobre los puntos durante la investigación y días después esa compañera me reportó como contacto estrecho porque tenía covid-19.

Recuerdo la agitación en mi respiración al escuchar la voz en la llamada y el primer hisopado nasofaríngeo de muchos que nos hicieron. El resultado de esa prueba fue negativo, cumplí el aislamiento y entonces me vi de vuelta a campo para continuar con la investigación. Todo sin freno. Todo sin poder detenerme a procesar lo que sucedía.

Un primer sorbo

En Colombia el primer pico de la pandemia se extendió durante 24 días, del 21 de julio al 12 de agosto. En ese periodo murieron más de 7.250 personas por covid-19. Durante cada visita a un hospital sentía el agotamiento de los compañeros del área asistencial. En mí, comenzaron a manifestarse episodios de ansiedad y de insomnio de conciliación y reconciliación…

Es un viernes del mes de julio del 2020. En mi carrera he visto gente morir, he visto niños fallecer en una unidad de cuidado intensivo conectados a un tubo para que puedan respirar, pero nada como ahora. Tengo miedo, todos tenemos miedo. Nadie quisiera llevarle este mal invisible a su familia, a sus amigos, a sus vecinos…

Decidí consultar

No dormir lo suficiente o dormir demasiado, la mala alimentación por inapetencia, la ansiedad de comer en exceso o la dificultad de llevar a cabo tareas rutinarias son probablemente situaciones que no deberían normalizarse, y en cambio sí deberían motivar a la consulta. Comenzando agosto del año pasado decidí hacerlo. Enumerar los posibles signos de alarma de un profesional de la salud hacia otro es casi una confesión difícil de tolerar y nos hace concluir que cualquiera puede sufrir un trastorno de salud mental ¡Incluso un profesional de la salud!

Para ese entonces aún estábamos inmersos en el primer pico de la pandemia. En los centros de salud se sentían llenos los pulmones de prisa, de inseguridad, de nostalgia y de dudosa certeza. Confieso que hace mucho tiempo no sentía tanta incertidumbre en mí, ni la veía en los rostros de mis compañeros. Teníamos miedo, pero no temblábamos. Seguíamos trabajando, agotados, pero trabajando.

Problema de muchos

Los trabajadores de la salud nos vemos enfrentados a una lista de afectaciones a la salud mental proporcionalmente mayor que otras poblaciones. La frecuencia de escenarios con la muerte a la que nos enfrentamos, la constante exposición a ruidos del ambiente hospitalario, el trabajo nocturno y especialmente el tipo de contratos laborales informales con los que nos vinculan a cualquier institución hacen de las suyas.

Como trabajadora del sector no solo siento miedo de enfermarme por covid-19 y de enfermar a las personas de mis círculos cercanos, también siento miedo de ser una trabajadora informal, pues el riesgo de exposición no solo recae sobre mi salud física o mental, sino sobre mi estabilidad laboral dadas las condiciones precarias bajo las que nos emplean.

Es imprescindible que en Colombia se formalice la contratación de los trabajadores del sector. La pandemia evidenció esta precarización y el riesgo de salud mental al que estamos permanentemente expuestos.

Infortunadamente, solo nos damos cuenta de la importancia de la salud mental cuando la perdemos. Y confesar trastornos en el gremio de la salud es incluso más vergonzoso. Hacemos sin saberlo un esfuerzo por esconder lo que sentimos, lo que nos pasa. Olvidamos que pedir ayuda es lo que nos salva. Que consultar es un símbolo de salud y no de enfermedad.

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Ingris Johana Royero

Enfermera jefe del Hospital San Rafael de Leticia

Los primeros días

En Leticia tuvimos el primer pico de la pandemia antes que en el resto del país, hacia abril, mayo y junio del año pasado. Yo soy la jefe de enfermería del Hospital San Rafael y tuve que enfrentar los primeros brotes. Sin embargo, con mi esposo que también es trabajador de la salud decidimos que yo me quedaría en casa cuidando de los niños. La pandemia la viví desde allí, pero muy cerquita a mis compañeros, viendo cada día cómo la situación iba empeorando en el hospital y los muertos diarios por un virus desconocido eran cada vez más. Cuando se empezó a saber del covid-19 y de lo que podía causar estábamos muy asustados, sobre todo por las pocas herramientas con las que contábamos.

La gente llegaba necesitando oxígeno y no podíamos dárselo, teníamos que quitarle a uno para darle a otro y todo el personal estaba sometido a un estrés enorme por las cosas que se estaban necesitando y que no había. Recuerdo cómo una compañera me contaba que veían a las personas ahogarse sin mucho que pudieran hacer.

Cuando un amigo se va

Lo llamábamos con mucho cariño Chilavert. Así le decían desde siempre, porque duró muchos años trabajando acá en el hospital. Todo empezó con lo que él creía que era una alergia, luego fue hospitalizado, se puso muy grave y le pusieron ventilación mecánica. Para todos fue muy muy duro ver cómo un compañero de trabajo estaba en esa condición. Después tristemente falleció. Y fue muy difícil ver a las personas con las que trabajamos en esa situación. Lo peor fue que ocurrió lo mismo con un auxiliar y con un jefe de almacén. Los vimos partir a pesar de haberlo intentado todo.

Ese caso nos enseñó que todos somos vulnerables y que todos podemos ser pacientes de esta misma enfermedad.

Las secuelas

Con las luchas que enfrentamos todos los días también aprendimos a lidiar con toda la carga que representa nuestra salud mental. Hoy soy muy consciente de que todo lo que sentí en ese momento fue producto de una emergencia mundial. Recordar todo lo que vivimos y todo lo que pasó nos hace flaquear. Y es imposible ver cómo fuimos nosotros también víctimas del virus y cómo teníamos ese miedo constante de llevar el virus a los hogares. En mi caso siempre tuve miedo de infectar a mi familia y que mis hijos enfermaran o fallecieran. Más que por uno, el terror siempre estuvo en hacer daño a los que queremos. Nadie nos preparó para eso.

Hoy puedo decir que lo que vivimos con la pandemia me afectó muchísimo y si bien siempre creí que la parte psicológica se podía manejar a mí me dejó una lección muy grande. Lloraba todas las noches, duré un mes sin dormir, me sentía sola. Siempre con mi mente en lo que pasaba y en no poder hacer más. La impotencia era parte del día a día.

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DATOS

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OJO A ESTAS SEÑALES

Depresión

Ansiedad

Fatiga Crónica

Depresión

Ansiedad

Fatiga
Crónica

Fuente: María Adelaida Bernal, psicóloga.

Pandemia oculta

CRÉDITOS

Redacción: Carlos Francisco Fernández y Ronny Suárez, Unidad de Salud.

Diseño digital: Daniel Celis y Dany Esteban Valderrama.

Maquetación: Carlos Bustos.

Fotografías: Juan Pablo Rueda, Mauricio Moreno y Jaiver Nieto.

Periodista de Reportajes Multimedia: David Alejandro López.

Editor de Reportajes Multimedia: José Alberto Mojica.

Jefe de Diseño: Sandra Rojas.

Editor gráfico: Beiman Pinilla.

Editor Mesa Central: Jhon Torres.

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Jhon Torres.