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Polvo espacial / Sexo con Esther
Requisitos para ser astronauta

La sexualidad es una función tan natural que no abandona los individuos en ningún “espacio”.

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Nasa / EFE

Polvo espacial / Sexo con Esther

No es claro si el sexo ha estado en escena en las misiones espaciales, pero hay rumores.

Con las imágenes y sonidos que llegan de Marte y unas actividades extraplanetarias que casi diluyen lo que solo era posible en la ciencia ficción, la actividad sexual en el espacio vuelve a rondar la mente no solo de curiosos, sino al parecer la de los científicos dedicados a las tareas de enviar a la gente fuera de la atmósfera.

Aunque han sido centenares los astronautas que han realizado viajes de ida y vuelta a la Tierra o han permanecido por meses en la estación espacial, no se sabe a ciencia cierta si la actividad de la planta baja ha estado en escena en dichas misiones, pero hay rumores. Basta ver, por ejemplo, que los rusos Valery Polyakov y Yelena Kondakova dieron que hablar sobre supuestos eventos extralaborales, pero aledaños al aquello, durante su paso por la estación espacial MIR, algo que si bien nunca se confirmó no estuvo apartado de inquietudes. Por la misma ruta se deslizaron Jan Davis y Mark Lee, dos astronautas norteamericanos que, además por estar casados, permitieron inferir que dieron rienda suelta a sus obligaciones maritales no se comprobó.

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No se trata, de ninguna manera, de darle vuelo al morbo con este tema, sino de recalcar en que la sexualidad es una función tan natural que no abandona los individuos en ningún “espacio” y que, por el contrario, dados los pasos agigantados que se dan buscando llegar a otros planetas, esto exige explorar la manera de poder ejercerla, con las adecuaciones y adaptaciones necesarias.

Al parecer, el tema no ha sido ajeno a las agencias involucradas en la carrera espacial, tanto que algunos se han lanzado a describir manuales para llevar a la práctica polvos con gravedad baja sin que se arriesgue el bienestar, ni se deteriore el entorno, por el manejo de fluidos, dado que hasta ahora no existen desarrollos científicos para generar gravedad artificial.

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Pero el asunto va más allá de arneses y amarres, para mantener los cuerpos cerca, porque la microgravedad impacta de manera definitiva en la mecánica de fluidos del cuerpo y para la muestra están la redistribución de la sangre y las modificaciones en la presión sanguínea y en los requerimientos de bombeo cardiaco, evidenciados en los astronautas, por lo que se cree que hasta el mismo llenado de los órganos vitales para la faena sexual requiere de ajustes, que es necesario conocer.

A lo anterior se sumaría el manejo del sudor, el aumento en el consumo de oxígeno, la potencial disminución de la circulación cerebral y otros detalles de la fisiología humana que no se pueden pasar por alto.

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En síntesis, este es un tema interesante, al que la ciencia le empieza a dedicar el tiempo como debe ser y eso hay que aplaudirlo, no solo –reitero– porque ubica la sexualidad donde corresponde, pero que a su vez permite apartarse un poco de la pandemia. Bienvenido el polvo de estrellas. Hasta luego.

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO

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