Buscaba un desenguayabe y descubrió el ibuprofeno

Buscaba un desenguayabe y descubrió el ibuprofeno

Stewart Adams, creador del analgésico más conocido en el mundo, falleció la semana pasada.

Stewart Adams

Desde muy joven trabajó en la cadena británica de farmacias Boots. Murió a los 95 años.

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Tomada de la Universidad de Nottingham

Por: Carlos Francisco Fernández
08 de febrero 2019 , 08:22 a.m.

A los 16 años, después de salir del colegio, Stewart Adams no tenía claro qué hacer con su vida, más aún en un pueblo como Byfield, al sureste de Inglaterra, en el que apenas era posible pensar en las dificultades que acarreaba entrar a una universidad.
Eran los años 30 y las fórmulas magistrales de las boticas imponían su presencia en los anaqueles caseros. Por casualidad, este joven inquieto, hijo de un maquinista de trenes, logró una pasantía en la cadena de farmacias Boots, una experiencia que marcaría su existencia.

Los morteros y los matraces lo deslizaron fácilmente a buscar un cupo en la Escuela de Farmacia de la Universidad de Nottingham, y no contento con graduarse, buscó un doctorado en farmacología en la Universidad de Leeds, y luego, a principios de los 50, regresó a su pueblo para formar parte del departamento de investigación de Boots Pure drug Company Ltd., a donde llegó con el objetivo de buscar un tratamiento, sin efectos adversos, para la artritis.

En esa tarea tuvo que poner toda su atención en los antiinflamatorios de la época, los de la aspirina. De ahí que era común que se usaran altas dosis para tratar el reumatismo, lo que desencadenaba fácilmente reacciones alérgicas, sangrados y molestias intestinales que preocupaban a Adams.

Sobre la pista de la aspirina, empezó a probar nuevos compuestos en su laboratorio, y cuando el número bordeaba los 600, de la mano del químico John Nicholson y el técnico Colin Burrows, se dio a la tarea de ensayar sus potenciales y observar sus efectos. La clave estaba en encontrar un fármaco que fuera tolerable.

Todo esto se hizo en la habitación principal de una pequeña casa en los suburbios de Nottingham, en donde, sin tregua y a punta de ensayo y error, el reducido equipo fue descartando sustancias, hasta quedarse con algunas que, en su consideración, podían usarse en humanos e iniciar con ellas pruebas clínicas.

Y, aunque el escepticismo lo embargó durante una década, en la que estuvo en este ajetreo, el farmacéutico no desfalleció. Como dijo muchos años después, siempre guardó la esperanza de que algo lograría.

Y fue tal su convicción que nunca dudó en servir de conejillo de indias para probar en carne propia sus mezclas, aunque era consciente de los riesgo. Por eso reforzaba las pruebas de toxicidad, antes de ingerir sus inventos. Con el tiempo también reconoció que se emocionaba al ser la primera persona que tomaba los fármacos que obtenía en sus ensayos. Así probó fallidamente cuatro.

Pero un día de 1961, Stewart Adams se levantó con un dolor de cabeza producto de un guayabo que no le daba tregua y la preocupación de que, en esa misma jornada, debía dictar una conferencia. Fue entonces cuando decidió probar una de sus preparaciones, que se llamaba ácido propanoico 2- (4- isobutil fenil), en una concentración de 600 mg. Al cabo de un rato, Adams terminó por sentir alivio y, de paso, se presentó ante un auditorio.

Entusiasmado por el resultado –había confirmado que el compuesto quitaba dolores–, y tras presentarlo ante un laboratorio, este patentó la fórmula: así nació el ibuprofeno, fármaco que significó la salvación de la compañía, que para entonces atravesaba una época de vacas flacas y cuyo cierre parecía inminente.

En realidad, el nombre de ibuprofeno fue acuñado más adelante, justo después de que en 1966 se dieran a conocer los primeros ensayos clínicos del compuesto y se lanzara al mercado, tres años más tarde, como un medicamento recetado para las enfermedades reumáticas. Con cautela, Adams siguió trabajando sobre su descubrimiento, y encontró que además de quitar el dolor, también bajaba la fiebre y disminuía la inflamación.

De ahí que, por los años 70, el ibuprofeno fue comercializado para el dolor de dientes, los cólicos menstruales y de cabeza. El éxito fue tal que, en 1983, esta pastilla se convirtió en el primer medicamento que no necesitaba receta médica para ser consumido y, en consecuencia, se podía vender de manera libre.

En 1984, la felicidad de Adams fue completa. A pesar de su confeso pesimismo, su descubrimiento pasó las pruebas más exigentes de las dos autoridades sanitarias más rigurosas del mundo. Una de ellas, la FDA, no le hizo reparos, y el ibuprofeno pudo ser exhibido en los mostradores de las farmacias sin restricción.

Para el farmaceuta inglés, esto fue supremamente importante. En el 2011, al completarse medio siglo de su hallazgo, dijo que solo entonces sintió que “había logrado algo”.

Gloria útil

Y si bien el ibuprofeno fue extremadamente importante para su empresa, que hoy es la cadena de farmacias y productos de belleza más grande del Reino Unido, esta píldora también le ayudó a Boots a expandirse en Estados Unidos y el resto de países. De lejos llegó a ser el medicamento número uno de dicha compañía.

Hoy, ya perdida la exclusividad de Boots, el ibuprofeno es fabricado por muchos laboratorios en el planeta y se calcula que alrededor de 22.000 toneladas del analgésico son distribuidas a lo largo y ancho del mundo, al punto de que pocos pueden decir que no lo han utilizado, incluida su presentación en jarabe.

El ibuprofeno es uno de los principales exponentes de los llamados antiinflamatorios, analgésicos no esteroideos (Aines), que actúan a través del bloqueo selectivo de las prostaglandinas, una de las sustancias que responde al dolor y la inflamación.
Cabe recordar que tomado por fuera de las recomendaciones de un médico, el ibuprofeno puede afectar algunos órganos, entre ellos el corazón, la mucosa digestiva y los mecanismos de coagulación de la sangre.

Galardonado con los máximos honores que concede el Reino Unido a sus investigadores, además de doctorados honorarios y altas condecoraciones otorgadas por sus pares, este padre de dos hijos y abuelo de seis nietos se convirtió en el jefe de ciencias farmacéuticas de Boots, cargo que tuvo hasta el 30 de enero pasado, cuando murió en el Queens Medical Center, a la edad de 95 años.

Millones de personas a diario, al tomarse un ibuprofeno, se encargan de recordar a Stewart Adams, el hijo de un maquinista de trenes que descubrió el medicamento que terminó emparentado con la humanidad después de curarse un guayabo.
Sin duda, este farmacéutico pavimentó la autopista de su objetivo, para dar con el medicamento que dejaba de lado los efectos negativos de los esteroides: un aporte de gran calado para toda la humanidad.

CARLOS FRANCISCO FERNÁNDEZ
Asesor médico de EL TIEMPO
Con información de BBC, Agencias, FDA, Royal Society of Chemistry

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