Cuando cunde el pánico: un peligro social

Cuando cunde el pánico: un peligro social

Al hacerse colectivo este sentimiento, las sociedades se vuelven irracionales y vulnerables.

Pánico

El miedo es una respuesta evolutiva a las amenazas del entorno, explican expertos. 

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Por: Unidad de Salud
26 de noviembre 2019 , 03:52 p.m.

El pánico es una reacción natural a una amenaza real o potencial que responde a los mecanismos evolutivos ligados con la conservación del individuo o de la especie. Aunque estos elementos son necesarios, cuando se desbordan se convierten en elementos negativos que pueden convertirse en riesgo.

Como se trata de una emoción, es fácilmente contagiosa, tal como sucede con la alegría o la tristeza. Y cuando esto ocurre se cae en el espectro de lo que se conoce como pánico colectivo, un estado que de no controlarse se transforma en una verdadera amenaza social.

Hace unos días, la palabra 'pánico' cobró relevancia y ocupó muchos titulares en medio del paro que enfrenta el país desde la semana pasada. Sin embargo, poco se habló de estas reacciones a nivel orgánico.

Para empezar, hay que decir que todo parte de un componente individual: no hay pánico colectivo si no se pone de manifiesto una dotación personal.

Para entender el mecanismo

Según el neurólogo Gustavo Castro, el pánico es un poderoso instinto que mantiene a las personas lejos de situaciones peligrosas. Para lograr esto, el cuerpo activa una serie de reacciones que lo hacen actuar de manera automática y sin preparación previa. Eso ocurre, por ejemplo, a la hora de enfrentar una situación que produce daño, pues el individuo tiene dos opciones: permanecer o huir.

La manera de reaccionar se define en la parte más vieja del cerebro primitivo -que se comparte desde los reptiles-, donde están también los controles de la respiración y la alimentación.

En ese sitio existe una parte llamada amígdala cerebral que revisa continuamente toda la información que llega a través de los sentidos (vista, tacto, oídos) y cuando detecta una fuente peligrosa activa una alarma para alertar al organismo. “Es ahí cuando se empieza a experimentar esa sensación de ansiedad”, explica el médico Pedro Cifuentes.

La amígdala se comunica con el hipotálamo y la hipófisis, también en el cerebro, y esta última libera grandes cantidades de una hormona que estimula las glándulas que producen adrenalina, un potente neurotransmisor capaz de actuar en casi todo el organismo. “Aquí se empuja la fabricación y la liberación del cortisol, una sustancia que eleva la presión en las arterias, la frecuencia del corazón y el azúcar para que la sangre llegue con energía y en cantidades suficientes, especialmente a los músculos por si tienen que utilizarse para correr o pelear”, recalca Cifuentes.

Sus manifestaciones

Como el objetivo es defender el organismo, cuando se tiene miedo el pulmón hace que entre más oxígeno, y algunos vasos sanguíneos se cierran para mandar la sangre a sitios más útiles en el combate, como el cerebro, el hígado, los músculos y el riñón. “Por eso, el susto hace palidecer a las personas”, comenta el neurólogo Castro.

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Al estar ocupado en la defensa, el cerebro se olvida de controlar otras cosas; por ejemplo, los esfínteres -que pueden relajarse-, al igual que la vejiga, en el momento de máxima tensión, apunta el doctor Cifuentes. De igual forma se inhiben las glándulas que no producen elementos útiles para la defensa, como las lagrimales y las salivares. “Por eso la gente no llora y se le pone la boca seca cuando siente pánico intenso”, señala el experto.

Igualmente, las pupilas se dilatan para poder mirar de lejos, el oído se concentra en lo peligroso y no se distrae en sonidos distintos, y los pelos se levantan. Debido a la intención de aumentar el volumen y hacer creer al enemigo que está ante una presa de mayor tamaño -son mecanismos primitivos que han permanecido desde siempre-, en esos momentos la gente parece quedarse fija en lo que le produce pánico y no responde a estímulos diferentes.

Por si fuera poco, se activan los mecanismos de coagulación de la sangre para detener una hemorragia en caso de una herida, se tensionan los músculos y se lubrican más las articulaciones para que el cuerpo sea más rápido, fuerte y ágil. Todo lo anteriormente expuesto, con un objetivo protector.

Cuando se hace colectivo

Como se dijo anteriormente, todas las emociones son contagiosas, de ahí que muchas veces se habla de la alegría en las calles o de la tristeza popular, ya no como la suma de sentimientos individuales sino como un fenómeno colectivo.

En el caso del pánico, explica la psicóloga clínica Sandra Herrera, ocurre lo mismo. Y por eso se dicen frases como “la gente tiene miedo” o “la ciudad está amedrentada”.

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Según Herrera, el pánico o miedo colectivo no sigue la lógica de la probabilidad sino que se desliza por un atajo mental más simple: “Si esto nos causa daño es mejor evitarlo por si las dudas”.

En otras palabras, funciona contrario a la idea de “eso a mí no me tocará”, “esos son cuentos” o simplemente “mejor démosle la espalda”.

Lo cierto es que esto tiene una lógica evolutiva porque de acuerdo con Herrera todas aquellas personas o comunidades que más evitaron daños, así las causas fueran inexistentes, sobrevivieron más que los que fueron racionales o escépticos frente a ellos.

Antes de que existieran las redes sociales, bastaba un rumor para que la gente tomara decisiones unificadas para protegerse. “La gente no se detenía a analizar si la amenaza era real o no, simplemente actuaba, se protegía, reaccionaba”, sostiene el psiquiatra Rodrigo Córdoba.

Esto ha cambiado porque hay mucha información y la gente tiene más elementos para poder soportar sus decisiones. Sin embargo, cuando estas son manipuladas pueden brotar la ansiedad y la sensación de incertidumbre general. Es claro, según Córdoba, que el miedo social paraliza y en ese contexto es común que las comunidades traten de defenderse y por encima de todo proteger lo que ya tienen.

“Hay una reacción natural para mantener el ‘statu quo’ cuando se presume una amenaza colectiva y para eso se actúa como en manada sin criterios de lógica sino de conjunto irracional. No hay corteza cerebral, hay acción de grupo”, indica.

Algunos sociólogos llegan a decir que estas reacciones colectivas pueden ser fácilmente manipulables “porque el miedo afecta severamente la capacidad para tomar decisiones y los afectados quedan expuestos a que alguien los guíe, dice la antropóloga Edith Fernández.

“El pánico o el miedo son herramientas de fácil control en virtud a que los afectados quedan a merced siempre de un alguien que los defienda, de ahí que algunas veces se llega a utilizar como un elemento de dominación”, remata Fernández.

En ese sentido, Herrera apunta que la mejor forma de combatir este escenario sería tenerle miedo al miedo y tratar siempre de prevenirlo acudiendo siempre a la lógica. “Es claro que las personas con menor nivel de ilustración caen más fácil en el pánico colectivo. Cuanta más información se tenga, más fácil acudir a la lógica frente a una amenaza”, concluye el psiquiatra Córdoba.

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