La aventura de su vida: salvar niños y proteger ancianos

La aventura de su vida: salvar niños y proteger ancianos

A esta labor se ha dedicado Fernando Quintero. ¿Cómo logró crear la Fundación Proyecto Unión?

La aventura de su vida: salvar niños y proteger ancianos

En el Hogar Santa Rita, en Chapinero, en el norte de Bogotá, más de 60 niños que fueron abandonados por sus padres y están bajo protección del ICBF reciben atención especializada.

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Mauricio Mendoza

Por: Plinio Apuleyo Mendoza
26 de agosto 2019 , 08:16 p.m.

‘El lugar donde la vida recobra la esperanza’ es el lema de la ambiciosa fundación creada por él. Incluye, en las inmediaciones del parque Jaime Duque, la hermosa Casa de los Ángeles, rodeada de jardines; en Chapinero, el Hogar Santa Rita de Cascia, y en el centro, el comedor María es mi Madre.

La primera está destinada a albergar a las madres de niños con cáncer. En la segunda viven treinta y cinco niñas y veintisiete niños, incluyendo bebés salvados del abandono por la pobreza de sus familias. El comedor alimenta diariamente más de doscientos ancianos, muchos de ellos acosados por el hambre.

¿Cómo fue su infancia?

Yo vengo de una familia económicamente muy pobre. Mi mamá era cocinera en una finca y mi papá, recolector de café. Cuando él le dijo que si quería ser la mamá de sus hijos, ella preguntó que de qué iban ellos a vivir. Él le aseguró que cada hijo traería el pan bajo el brazo. Tuvieron quince hijitos. Sus posibilidades de salir adelante eran mínimas.

A los cinco años de edad, yo trabajaba en el Banco de la República, de Manizales, vendiendo maní para ayudar en mi casa con una libra de fríjoles y una libra de arroz. Sentía por dentro un ímpetu diferente al de mis propios hermanos. De modo que, niño aún, viajé a Bogotá y fui a parar a las selvas del Vichada. Arranqué a estudiar allí con los padres Montfortianos y las hermanas de la Sabiduría. Terminé mi primaria porque los padres me iban subiendo de cursos, no por buen estudiante, sino por viejo, pues tenía 12 años cuando empecé la primaria y 18 cuando inicié mi bachillerato.

¿En dónde?

En Restrepo, Meta, al lado de Villavo, donde estaba el Seminario Conciliar San Pío X. Mi meta, ya desde entonces, era conseguirles a mi papá y a mi mamá una pequeña casa en Manizales antes de que murieran, así fuera en el barrio donde siempre habíamos vivido. Eso lo logré en 1989. Después de ciertas vueltas que da la vida, conseguí un préstamo en un banco. Me fui a trabajar para pagar esa casa que me costó un millón de pesos. Mi papá disfrutó mucho de ese regalo y le hizo prometer a mi mamá que no saldría de nuestra casa hasta reunirse con él en la eternidad.

La aventura de su vida: salvar niños y proteger ancianos

El médico Fernando Quintero es director de la fundación. Lo acompaña la dermatóloga voluntaria Luz Stella Flórez.

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Mauricio Mendoza

¿Qué hizo al terminar su bachillerato?

Un día Ray Schambach me dijo: ‘Voy a cerrar una casa que tengo en el Ecuador con 38 niños que chupan pegante porque no tengo quién la maneje’. Entonces, me apresuré a decirle que iba para allá con la condición de que me pagaran un salario mínimo. La mitad debía enviársela a mi mamá en Manizales y la otra mitad debía guardármela porque iba a estudiar Medicina.

¿Finalmente se fue para Ecuador?

Sí, por tres años me fui a Santo Domingo de los Colorados y compartí una casa con monseñor Emilio Stehle, que en algún momento fue muy famoso y muy querido en Colombia. Manejé esa casa con varios propósitos: uno, sacar a los niños del pegante; dos, meterlos a la escuela, y tres, hacerles una panadería y una granja para que no pidieran limosna. Cuando logramos estos propósitos, me vine para Bogotá con la firme idea de estudiar Medicina. Recuerdo muy bien que solo tenía plata para el primer semestre. Fui a la Javeriana, donde el padre Jorge Humberto Peláez, quien me recordó que los aspirantes a esta profesión debían sacar en el Icfes 348 puntos o quedar entre los 10 primeros alumnos del premédico.

A esos 10 primeros me apunté con el riesgo de perder mis ahorros, pero logré entrar a Medicina. Ray y otro amigo me prestaron para pagar el primer semestre. El segundo y el resto de la carrera corrieron por cuenta de una beca de la Universidad Javeriana que la pagaba recogiendo libros en la biblioteca, los vasos de tinto de mis compañeros y ayudando en el ordenamiento del archivo. Así me gradué en el 98. Quería organizar una rumba, pero busqué en mi agenda y como solo tenía amigos curas, hice, entonces, una misa en acción de gracias. Me traje a mi mamá de Manizales para hacerla sentir muy orgullosa de mí. Y en la misa le pedí a mis amigos que llevaran pañales, cuchillas de afeitar y jabones del cuerpo para los viejitos de donde yo era voluntario. Entonces, tuve una sorpresa. Vino un señor muy famoso (el doctor Fabio Tobón) y me metió en el bolsillo del saco un sobre lleno de dinero, nunca visto por mí. Eran quinientos mil pesos, lo que necesitaba para hacer un hospital.

En 2012, cuando muere
mi mamá, pienso que ya es hora de dar el salto hacia otro concepto de hospital. Y en los 25 años que aún me quedan de vida, me propongo hacer un hospital pediátrico

¿Era posible hacer un hospital con esa suma?

Sí. En Ciudad Bolívar alquilé un consultorio pequeño y puse un aviso que decía: ‘Consulta, 500 pesos; incluidos los medicamentos’, y me empezó a llegar muchísima gente. Tenía prioridad por los niños, por los ancianos y por las mujeres embarazadas.
Después, abrí mi segundo consultorio al lado de la calle del Cartucho para atender viejitos de la calle, exadictos y exalcohólicos. Les puse un comedor y, a la fecha de hoy, todavía van doscientos ancianos a comer allá. No pueden entrar drogados ni tomados, ni se pueden pelear entre ellos.

Luego abrí otro consultorio en las explanadas de Fontibón, Puente Grande, que consiste en un contenedor de camión llevado en una grúa. De modo que en 2012 tenía cuatro hogares, un hotel para viejitos que se llama Casa de la Esperanza, el comedor María es mi Madre, la Casa de los Ángeles, destinada a albergar a las mamás y los niños con cáncer que vienen desde otros lugares. Nunca había visto tanta desventaja.

En 2012, cuando muere mi mamá, pienso que ya es la hora de dar el salto hacia otro concepto de hospital. Y en los 25 años que aún me quedan de vida me propongo hacer un hospital pediátrico.

¿Con qué dinero?

Yo también me hice esa pregunta. Fui, entonces, a McKinsey, que son importantes consultores económicos, y me dijeron, tras unas horas de análisis, que hacer la primera etapa de ese proyecto costaba cincuenta mil millones de pesos. Entonces me dije: ‘Voy a hacer unas alcancías que se llaman chanchitos y voy a entregarlas a un millón de familias’. Basta con que cada una las llené con cincuenta mil pesos para lograr los cincuenta mil millones. Se me había acercado mucha gente porque la fundación había crecido. La organizamos como tal, le pusimos un nombre y una personería jurídica. Gastaba gran parte de mi tiempo contestando de dónde iba a sacar el lote y de dónde iba a sacar la plata. Les dije entonces: ‘Ya le mostré a Dios tres lotes y estoy esperando que él me diga dónde quiere que le construya su hospital’.

Conocí al capitán Jaime Duque en el comedor María es mi Madre. Recuerdo que él iba a entrar y no lo dejaron porque lo confundieron con un viejito de los de ahí. Iba con una boinita y una agenda, y lo mandaron a hacer fila. Al fin, le señalaron mi consultorio. Para sorpresa mía, me llevaba un cheque. Cuando él murió descubrí que era quien sostenía el comedor, con siete millones de pesos mensuales. Eso mismo siguió haciendo su esposa, Amparo Quin de Duque.

En diciembre de 2014 vinieron a esta casa los familiares del capitán, y me dijeron:

‘¿Cuál es su sueño?’. Yo les mostré la imagen del proyecto que había en la pared: un lugar pintoresco con animalitos y flores, pero al mismo tiempo un lugar donde había ciencia para atender mejor a los niños. Entonces, me pusieron una cita en febrero, en el parque, me mostraron un terreno y me lo regalaron para que hiciera allí el hospital.

¿De dónde provienen los niños que habitan el Hogar Santa Rita?


Son niños cuyas familias se asustaron porque no los pueden cuidar y que están bajo medidas de protección del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), que tiene su patria potestad. En suma, nosotros sabemos cuidar niños y gente desarropada. A mí poco me gusta aparecer en medios de comunicación porque siempre la pregunta es ¿cómo es que esas madres dejaron abandonados a los niños? No me interesa el cuento. Lo mismo si se refiere a los viejitos.

¿Esta casa, aquí en Chapinero, es de ustedes?

No, por eso ahora estamos metidos en una obra que vale tres mil millones de pesos. Para lograr estos fondos no hemos hecho sino unir amigos y amigos. Ayer, por ejemplo, la Fundación Corona me regaló veintiocho toneladas de cerámica y un amigo me donó cinco millones de pesos para el flete desde Buenaventura hasta Bogotá.

En los 25 años que aún me quedan de vida me propongo hacer un hospital pediátrico

¿Qué edad tienen los niños acogidos por esta fundación? ¿Son enfermos?

Aquí tenemos niños de todas las edades. Los recibimos desde bebés, prematuros, hasta más grandecitos. A mí me gusta coger los niños más ‘apachurrados’, seguramente porque tengo la fortuna de ser médico.

¿Hasta dónde llega la educación de los niños?

No es un proyecto de educación formal, por las condiciones que tienen. A algunos de ellos les ponemos simplemente música, les hacemos texturas, les leemos cuentos, les hacemos masajes o los llevamos a hacer paseos con animalitos.

¿Cuántas personas trabajan en la fundación?

En toda la fundación trabajan 65 personas, y en esta casa de los niños, 45, de las cuales el ICBF nos reconoce 16. Yo consigo la plata para los terapeutas y los profesores, para lavandería y servicios generales. Esta fundación fue hecha por un voluntario, que soy yo, pero gracias a Dios hay muchos más que nos prestan gratuita y generosamente sus servicios. Los sábados esta casa se llena de jóvenes de colegios y universidades que vienen a doblar sábanas, a darles paseos por la casa, a ponerles música y hasta a cambiar pañales.

Cuando yo puse mi consultorio en Ciudad Bolívar sentí miedo porque pensé que había mucho por hacer y no lo podía hacer solo. Me consoló el librito que me vendió un niño, y que explicaba cómo volaban los gansos. Ellos vuelan en ‘v’, y el que está en frente les va cortando el aire a los otros. Si alguno se enferma dentro de la bandada, todos bajan a tierra y se quedan con él hasta que se mejora o muere, entonces se elevan nuevamente. Yo seguí su ejemplo. A nosotros nos toca dejar este país mejor de lo que lo encontramos. Quitarle el sufrimiento a alguien es la mejor huella que podemos dejar.

PLINIO APULEYO MENDOZA
Especial para EL TIEMPO

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