El peor de los crímenes / Sexo con Esther

El peor de los crímenes / Sexo con Esther

La violación de una menor indígena por soldados es un hecho absolutamente brutal e infame.

Protesta contra la violación de una niña embera

Estos hechos merecen el repudio general y una autocrítica de la sociedad entera.

Foto:

Alexis Múnera

Por: Esther Balac
27 de junio 2020 , 09:00 p.m.

Infame, no de otra forma puede calificarse un hecho tan brutal como el de la violación de una menor perteneciente a un grupo indígena por 7 soldados en servicio activo.

Frente a este escalofriante hecho, nadie puede decir que al conocerlo se ha quedado tranquilo. Esto en razón a que se sale de toda lógica, que los individuos encargados de proteger a la población sean los causantes de una agresión, de la cual la menor difícilmente se repondrá.

Aunque una violación a cualquier edad es un acto criminal, cuando se agrava, como en este caso, por tratarse de una menor en condiciones de una vulnerabilidad extrema, definida, no solo por tratarse de la integrante de una minoría, sino por los factores de pobreza y abandono en la que se encontraba la víctima, merece el repudio general y una autocrítica de la sociedad entera.

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Aquí no hay excusas, frente a la necesaria pregunta de quién responde por la protección de los derechos de estas personas, que a la vista de todos siempre están marcadas por una inferioridad frente al entorno, mientras que las normas y los papeles desbordan en intenciones a su favor, que no pasan de ahí.

No basta rasgarse las vestiduras y clamar investigaciones exhaustivas, en medio de arengas, a favor de las cadenas perpetuas y hasta las penas de muerte, que lo más seguro es que dejarán de sonar, hasta que aparezca otra nueva víctima. No en vano las estadísticas oficiales muestran cifras de abusos de este tipo que crecen ante el silencio colectivo. 

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Aquí nadie puede levantar la cabeza, porque si bien el indeseable grupo de soldados que cometió esta aberración merece la condena máxima, también debería cobijar a los encargados de prevenir estos hechos y la sociedad entera, que debe velar por amparar a todos sus menores sin distingos.

Desde este espacio, no queda más esperar que esta situación no vaya al cajón de la impunidad, pero, más que deplorables abusos como estos, no se vuelvan a repetir y que la víctima en este caso reciba todo el apoyo que requiera para compensar en parte el daño causado. Es lo menos que se le puede dar. Hasta luego.

ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO

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