La epidemia que faltaba: el abuso de las cesáreas en Colombia

La epidemia que faltaba: el abuso de las cesáreas en Colombia

El acto de darle vida a un ser humano se ha vuelto un negocio rentable.

cesáreas

Los partos naturales han disminuido con el tiempo. En cambio, el número de cesáreas realizadas se ha disparado en el país.

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Istock

Por: Juan Gossaín
21 de mayo 2020 , 05:25 p.m.

Cómo sería la perplejidad que sentí, que mi primera reacción fue negarme a creerlo. Pensé que me estaban engañando.

Yo sé muy bien de qué tamaño son los abusos y los despropósitos que se cometen diariamente en el sistema de salud colombiano, desde la falta de atención a los enfermos hasta el precio que les cobran por los medicamentos, pasando por el atropello de las empresas a los propios médicos.

No en vano se me han ido los últimos años de esta vida investigando, rebuscando y publicando veinte crónicas en relación con semejante asunto. Pero jamás se me hubiera ocurrido pensar que pudieran cometerse exabruptos tan grandes como este que acabo de encontrar.

Lo que me estaban contando los doctores en aquel preciso momento, hace un año exacto, mientras conversábamos en el receso de un congreso de médicos en Cartagena, me dejó con la boca abierta. Yo pensé que ya lo había visto todo en este mundo. No es posible que la epidemia de corrupción que azota a Colombia nos haya llevado a semejante grado de postración.

Siempre he creído, como decía Albert Einstein, que las coincidencias no existen; lo que existe es la armonía universal. Por eso fue que, a los pocos días de aquella conversación, como si se tratara de un mandato divino para que yo dejara de ser tan incrédulo, me llegaron dos cartas con las mismas inquietudes, una de Barranquilla y otra de Manizales.

Sus autores ni siquiera se conocían entre sí. Fue entonces cuando empecé a tomarme el asunto en serio.

Sin más preámbulos, para que vayamos entrando en materia, vean esto con sus propios ojos: los partos naturales de seres humanos se están acabando en Colombia. En cambio, la operación cesárea, aunque una madre no la necesite, ha crecido de una manera asombrosa. Aterradora, más bien.

La vida como negocio

Para ello hay una razón primordial: se trata de cobrarle más dinero a la empresa de salud donde está afiliada la parturienta. O a su familia, si se trata de un particular.

Todo comenzó con la entrada en vigencia de la famosa ley 100, que buscaba modernizar el sistema de salud colombiano, y al aplicarla lo que hicieron fue convertir ese sistema en una cueva de corrupción, en un botín, en un saqueo cada vez más grande y en un servicio cada vez peor.

Las cifras no mienten y son alarmantes: en aquel momento, hace 27 años, cuando se promulgó la ley 100, de cada cien partos, en nuestro país se practicaban 80 por métodos naturales y los otros 20 por cirugía. Es decir, que solo uno de cada cuatro era una cesárea.

Colombia en cuarto lugar

Pero a partir de ahí el vuelco fue tan grande que, según los informes del Estado, de esos 20 partos por cesárea pasamos a 61 en el 2013. Ya se habían triplicado.

Hoy, a pesar de todos los progresos que en estos años ha tenido la ciencia médica, y a pesar de los avances de la tecnología, el número de cesáreas se ha disparado de una manera descontrolada, no solo en Colombia sino en toda la región y el vecindario.

A la América Latina pertenecen los cinco países con más altos índices de cesáreas en el mundo entero. La lista actualizada es la siguiente: primero, República Dominicana, con 58 por ciento; segundo, Brasil, con 56 por ciento; tercero, Venezuela, con 54; en cuarto lugar aparece Colombia, con 52 y medio por ciento, y en quinto, Chile, con 48.

Dicho de una forma todavía más clara y contundente: más de la mitad de los nacimientos que actualmente se producen en Colombia no son de origen natural, sino quirúrgico. En el resto del mundo, en cambio, el promedio de cesáreas llega hoy al 17 por ciento. Y eso que las Naciones Unidas recomiendan que la cantidad de cesáreas en un país no pase nunca del 10 o el 15 por ciento.

La situación en Colombia se ha vuelto tan pasmosa que algunos de los médicos con quienes conversé para esta crónica me hablaron de la ‘epidemia de cesáreas’.

Más de la mitad de los nacimientos que actualmente se producen en Colombia no son de origen natural, sino quirúrgico.

La región Caribe

Ya que estamos mirando las estadísticas actualizadas vale la pena registrar que la Organización Mundial de la Salud hizo en el 2015, hace cinco años, un seguimiento meticuloso por el mundo entero. Así fue como se determinó que el número de cesáreas mundiales en ese momento era del 13 por ciento.

Pero en el caso específico de Colombia ya era del 46 por ciento. Más del triple que el resto del mundo, para que vayan viendo.

Ustedes se preguntarán, con toda razón e inquietud, cuál es la región de nuestro país donde ese fenómeno se ha incrementado en mayores proporciones. O, para decirlo con exactitud, en mayores desproporciones.

Es la costa que queda a orillas del mar Caribe, conocida popularmente como costa Atlántica. Desde hace 25 años, cuando estaba terminando el siglo XX y le dábamos la bienvenida al XXI, en ese territorio empezaron a triplicarse los casos de partos con cirugía.

Además (¿Qué hago si soy maltratada durante el parto?)

En su orden, estas son hoy las siete regiones de Colombia con más cesáreas: Atlántico, Bolívar, Magdalena, Córdoba, Sucre, San Andrés Islas y Cesar. Siete de los ocho departamentos de nuestro Caribe. El único que se escapa es La Guajira, que aparece en la décima posición, superada solo por los dos Santanderes.

Y, a la inversa, los que tienen menos cesáreas por habitante son Vaupés, Vichada, Amazonas, Chocó y Guainía. Es decir, los territorios más lejanos, donde hay menos clínicas y hospitales, y donde la gente tiene menos dinero para pagar una cirugía.

La mortalidad

Lo que viene a continuación es una de las partes más delicadas de esta crónica. Las investigaciones del propio Ministerio de Salud y del Dane han demostrado que en aquellas regiones donde más crece el porcentaje de cesáreas, también crece más el porcentaje de muertes por maternidad, ya sea de la madre o del hijo, o de ambos, dolorosamente.

No solo de muertes sino, además, y en los casos menos trágicos, suelen presentarse serios problemas de salud en el recién nacido. Estos casos, como lo demuestran las estadísticas, son mucho más altos que en los alumbramientos naturales, también llamados vaginales.

Donde más crece el porcentaje de cesáreas, también crece más el porcentaje de muertes por maternidad

La situación es tan grave que en nuestro Caribe la tasa de mortalidad materna es ocho veces mayor que en el resto del país. La relación es de una simpleza estremecedora: en donde hay más cesáreas es también el lugar donde ocurren más muertes de madres o hijos.

Tampoco es una coincidencia que en muchos sitios donde los hospitales o centros de salud no tienen las mejores condiciones para una cirugía es donde más fallecimientos se producen por la cesárea.

—Como si fuera poco —me dice una psicóloga—, está científicamente demostrado que el parto natural aviva unos valiosos movimientos de supervivencia entre madre e hijo.

La ley del dinero

Entonces, llegados a este punto, uno siente que tiene el derecho de hacerse una pregunta lógica: si la situación es así de peligrosa, ¿por qué hay tantas cesáreas? Las respuestas son varias y casi todas insostenibles.

En primer lugar, la presión comercial que ejerce la clínica sobre el propio médico, ordenándole practicar una cesárea, aunque él no la crea necesaria.

“Ya no respetan nuestra autonomía profesional”, me dijeron varios doctores a los que pude entrevistar.

Pero otros médicos fueron más rotundos. “Nosotros mismos no nos hacemos respetar”, dicen ellos. “Muchas veces, clínicas y médicos se ponen de acuerdo para hacer cesáreas solo porque ambos cobran altos honorarios, en comparación con los partos naturales”.

Examiné con cuidado los precios que cobran por un parto varias clínicas de nivel medio, situadas en Bogotá, Medellín, Manizales, Cali, Barranquilla y Cartagena. La conclusión es que en ellas un parto natural, sin necesidad de cesárea, vale en promedio 1’200.000 pesos. Pero por cesárea vale, también en promedio, 2’300.000.

En algunas clínicas me dijeron, con franqueza, que si no fuera por las cesáreas, el servicio de obstetricia no sería rentable. El dinero, siempre el dinero. El afán de lucro. Y el Estado no hace nada por resolverlo.

¿Y los culpables?

Sigamos nuestro camino. A cada rato se detectan casos en los que el único culpable no es la clínica o el hospital, sino, incluso, el propio médico. Los administradores de varias clínicas me dijeron que, a veces, es el propio doctor el que ordena una operación innecesaria, “porque en esos casos, como se trata de cirujanos, sus honorarios son mayores”.

¿Qué se habrá hecho el juramento de Hipócrates?

Para ser justos, como todo hay que decirlo, es bueno señalar que a veces el culpable de esas cirugías inútiles no es la clínica, ni siquiera el médico, sino la propia madre, casi siempre acolitada por su familia.

—En mi trabajo he conocido a muchas embarazadas —me dice una doctora en obstetricia— que imploran una cirugía porque tienen un miedo terrible a los dolores del parto natural.

Pero, aunque se trate de un tema tan delicado, también hay razones pintorescas, vanidades, cuestiones de la moda y la estética. He oído varias historias de señoras que pidieron una cesárea innecesaria –¿o será que en este caso yo puedo decir que es una innecesárea?– fijando la fecha el día 18 “para que coincida con el cumpleaños de mi abuelita”.

Epílogo

En eso, pues, no hay que equivocarse: los causantes son varios, entre ellos la clínica, el médico, la propia madre, la sociedad entera. Los valores humanos han cambiado tanto en esta época que ya hasta el acto sublime e incomparable de darle vida a una nueva persona se ha vuelto un negocio rentable, una costumbre de moda, una nueva versión del salón de belleza.

Hace dos años, el 22 de julio de 2017, este periódico se ocupó en su comentario editorial del tema de las cesáreas. En esa ocasión, el editorialista dijo, con crudeza digna de un fenómeno tan grave y peligroso, que las cesáreas se habían convertido en “una forma descarada de negocio”.

Yo recorté y guardé aquel comentario con la esperanza de verificar, a lo largo del camino que nos esperaba en el futuro, y mientras pasaba el tiempo, que las cosas hubieran empezado a cambiar.

Y es verdad que han cambiado, han cambiado mucho, muchísimo: hoy son peores.

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO

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