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¿Cuánto han crecido los colombianos?
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El bajo peso al nacer tiene implicaciones negativas sobre los resultados educativos al finalizar el bachillerato y reduce la tasa de empleo en ambos sexos.

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¿Cuánto han crecido los colombianos?

El bajo peso al nacer tiene implicaciones negativas sobre los resultados educativos al finalizar el bachillerato y reduce la tasa de empleo en ambos sexos.

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Investigación advierte que el aumento de la desnutrición infantil tendría graves repercusiones.

La estatura es mucho más que unos números en la cédula. Ser alto ha estado asociado a una mejor salud y una vida más larga. Pero va más allá: la evidencia demuestra que la altura está relacionada con un mayor nivel educativo y más ingresos económicos. Y esta correlación también sirve en la comparación entre países desarrollados y subdesarrollados (vea gráfico). Cuanto más rico es un país, más alta es su población. Colombia ha crecido tanto en la estatura de su población como en su desarrollo durante el último siglo. Sin embargo, por la pandemia, esto podría sufrir un frenazo.

Una investigación publicada por la Universidad del Norte encontró que los colombianos empezaron a aumentar su estatura desde la década de 1910. Antes, la población en general estaba estancada en su talla: en 1905, una mujer colombiana promedio medía 1,50 metros y un hombre 1,60. Pero el rápido crecimiento económico del país en el siglo XX impactó en una mejor nutrición y llevó a que, para 1984, las mujeres crecieran nueve centímetros y los hombres ocho centímetros.

“¿Por qué crecimos los colombianos?”, se preguntó el economista, actual rector de la Universidad del Norte y autor de la investigación, Adolfo Meisel. Y responde: “Tiene que ver con que nos integramos más a la economía mundial, importamos mucho de los insumos que se necesitan para los animales, potencializamos la productividad, pero también porque hubo avances en salud pública, como en la calidad del agua”.

¿Por qué se relaciona la economía con la talla? Por un lado, la talla de una persona es el resultado de la herencia genética y, por otro, es reflejo de las condiciones ambientales o socioeconómicas. Por esta razón, los estudios de crecimiento en esas variables son un buen indicador del progreso social, ya que reflejan las condiciones de nutrición y salud durante los años de crecimiento, de 0 a 18 años.

Entre los más altos y los más bajos del mundo.

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Colombia es ejemplo de esto. El ingreso económico de la población mejoró y eso se reflejó en una mejor nutrición, a lo cual también contribuyó el cambio tecnológico en el sector agropecuario y en el de transporte. Otros factores, como la integración vial del país y el aumento en el comercio exterior, también ayudaron a los avances en nutrición.

Un ejemplo de cómo la talla es un síntoma de la economía de la nación es un estudio del Banco Mundial de 2019. La investigación encontró que el costo económico, en términos de producto interno bruto per cápita, del retraso en la talla de la población para Colombia está entre el 3 y el 5 por ciento del PIB. Además, señala que la rentabilidad de los programas de nutrición orientados a eliminar la prevalencia del retraso en la talla de acuerdo con la edad es del orden del 12 por ciento, rentabilidad difícilmente observable en programas de inversión en infraestructura.

PIB vs. bienestar

Es tal la importancia de aplicar estos medidores de desarrollo en las sociedades, que en el Foro de Davos 2020 se habló de buscar la manera de reemplazar la forma como actualmente se mide el desarrollo económico entre naciones (por medio del PIB), por un sistema enfocado en el bienestar.

La Ocde, por ejemplo, abandera la corriente del crecimiento incluyente, una formulación más sofisticada que se basa en establecer como parámetro fundamental el bienestar de las personas en términos de ingresos disponibles, de acceso a la educación, la salud, la infraestructura, la certidumbre en el trabajo o el empleo de calidad, entre otras.

Dentro de estas medidas, una particularmente importante es la nutrición y la salud infantil. La lógica es sencilla, si los niños están bien alimentados y tienen buena atención sanitaria desde que están en el vientre de la madre, su desarrollo físico y cognitivo será mejor. Por lo tanto, podrán estudiar y aprender más, desarrollar habilidades para la vida y ascender socialmente. Sus hijos seguramente tendrán esas mismas posibilidades, y el círculo se repite.

La altura en el mundo, una señal de desigualdad.

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La altura en el mundo, una señal de desigualdad.

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Ya lo han dicho reconocidos economistas: “Las intervenciones efectivas en la primera infancia tienen el potencial de reducir la desigualdad perpetuada por la pobreza, la inadecuada nutrición y los ambientes de aprendizaje limitados”.

Un nuevo estudio global, dirigido por el Imperial College de Londres y publicado en la revista The Lancet, reveló que la mala alimentación en niños y jóvenes puede haber generado una diferencia promedio de 20 centímetros de altura entre los países con la población más alta y más baja. “Tener una estatura baja y un peso excesivamente bajo para la estatura aumentan el riesgo de morbilidad y mortalidad deteriora el desarrollo cognitivo y reduce el rendimiento educativo y la productividad laboral en la edad adulta”, señala The Lancet.

En esa misma investigación, el resultado para Colombia es que los jóvenes colombianos de 19 años en 2019 medían en promedio 171 centímetros, cuatro más que en 1985, cuando tenían una altura promedio de 167 centímetros. En ese momento, Colombia era el país 156 entre los más altos del mundo en hombres. Hoy ocupa el puesto 116.

Lo más probable es que se vaya a evidenciar una caída en el peso y en la estatura de los niños que nacieron en ese periodo. Y por
lo tanto tendría que haber programas para recuperar a esa población.


Bajo este marco, más allá de que los hallazgos del estudio de la Universidad del Norte se conviertan en una prueba efectiva del desarrollo positivo en Colombia en el último siglo, también es una alerta para lo que puede venir. Según Meisel, en este momento la Universidad desarrolla una investigación sobre la talla de 10.000 recién nacidos en los últimos años. En medio del estudio se encontraron con una cifra preocupante: niños y niñas que se gestaron durante la pandemia están naciendo con tallas menores.

Estatura y pandemia

“Lo más probable es que se vaya a evidenciar una caída en el peso y en la estatura de los niños que nacieron en ese periodo. Y por lo tanto tendrían que haber programas para recuperar a esa población”, afirma Meisel.

El médico Hernando Baquero, decano de la facultad de ciencias de la salud de la Universidad del Norte y quien ha trabajado con Meisel, explica que en los últimos doce años se ha evidenciado que los niños están naciendo con mejor peso y talla en el hospital de Soledad, Atlántico. Aunque estos son datos preliminares todavía no publicados, ya dan una muestra de que hay un desarrollo social importante en la zona. “La talla de los recién nacidos está relacionado con muchas variables. Entre ellas, la calidad de los controles prenatales y el cuidado del embarazo de la mujer”, señala el médico.

Sin embargo, en el marco de esta investigación, encontraron que un número importante de los bebés que nacieron después de los nueve meses de la declaratoria de la pandemia tienen una mella en peso y talla. “Las mamás dejaron de asistir a controles prenatales, la alimentación empeoró. Son muchos los factores que pueden afectar”, agrega.

Incremento en la altura de las mujeres nacidas entre 1910 - 1914 por departamento.

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Incremento en la altura de los hombres nacidos entre 1910 - 1914 por departamento.

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Si los resultados de la investigación determinan que en efecto hay afectación en este tema, el efecto puede ser un gran retroceso social en su más amplio espectro. “Las consecuencias a largo plazo serán una generación que no va a desarrollar todo su potencial intelectual, físico y educativo. Tienen que desarrollarse programas para atender esa población y recuperarla”, dice Meisel.

Más hambre

El problema que enfrenta el país en cuanto al hambre es mayúsculo. La Red de Ciudades Cómo Vamos publicó el año pasado que la alimentación del 15,5 por ciento de los niños menores de 5 años en las familias encuestadas en Bogotá, Medellín, Cali y Manizales ha sido insuficiente o totalmente insuficiente en el periodo de crisis.

La desnutrición en el país no es nueva, la pandemia la exacerbó. Actualmente Colombia tiene 7 millones de habitantes desnutridos, lo que equivale al 14 por ciento de su población. En 2018 murieron 118 niños por causas asociadas a la desnutrición; en 2019, 84; y en 2020, 65. En 2021 van 18 niños.

Baquero ha trabajado desde hace tiempo con la realidad de hambre en varias zonas de la costa Atlántica y asegura: “El hambre se ve en comunidades que están a 15 minutos de ciudades grandes como Barranquilla, Santa Marta o Cartagena. Esto no es algo lejano, está más cerca de lo que creemos”. Esa realidad está presente hasta en Bogotá. “Es preocupante lo que está pasando en la capital, sobre todo en estratos más bajos”, dice.

El Índice de desnutrición crónica 2020 advierte que uno de cada nueve niños padece esta situación en Colombia. Al revisar el Índice de Pobreza Multidimensional (IPM), del Departamento Nacional de Planeación (DNP), para 2018 las tasas de incidencia más altas se encontraron en Uribia (La Guajira), con 92,2 por ciento; Cumaribo (Vichada), con 91,4 por ciento; y Alto Baudó (Chocó), con 90,6, las cuales se correlacionan con las cifras más altas de casos de desnutrición en el país.

Algunas comunidades indígenas son las más vulnerables frente al hambre. “Las comunidades que están más cerca de los centros urbanos se han visto más afectadas tanto por el impacto del covid como por el hambre”, explica Pablo Montoya, director de Sinergias (organización que trabaja por la salud y el bienestar de los indígenas en Colombia). Según explica, es fundamental entender que la soberanía alimentaria y nutricional desde la perspectiva de las comunidades indígenas está muy ligada al territorio y a su cosmovisión.

Las comunidades siempre se han caracterizado por tener una baja talla, relacionada con la desnutrición crónica que tiene afectaciones a largo plazo. Ahora se está presentando una doble carga nutricional: por un lado se presentan las carencias y, por otro, los excesos que deriva en el sobrepeso”, señala Montoya y explica que “en el Vaupés, una región en la que estamos trabajando desde hace varios años, encontramos que 4 de cada 10 niños y niñas tienen esta doble condición”.

En resumen, el progreso que se había logrado en la lucha contra el hambre ha sufrido un retroceso brutal. Y, como concluye el rector Meisel: “Las intervenciones efectivas en la primera infancia tienen el potencial de reducir la desigualdad perpetuada por la pobreza, la inadecuada nutrición y los ambientes de aprendizaje limitados”.



SIMÓN GRANJA MATIAS 
REDACCIÓN DOMINGO
@SIMONGRMA​

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