¿Qué soñó un pediatra al borde de la muerte por covid-19?

¿Qué soñó un pediatra al borde de la muerte por covid-19?

Víctor Ballén pasó dos semanas en UCI y vivió para contarlo. Una historia de amistad y colegaje.

Víctor Ballén

Víctor Ballén junto a su esposa y sus hijos, en una foto de diciembre pasado.

Foto:

Archivo particular

Por: Unidad de Salud
22 de mayo 2020 , 11:04 a.m.

“Soy un hombre de ciencia, pero también cristiano y por eso me es imposible no decir que unos ángeles me salvaron la vida”. Bajo esa premisa comienza su narración, desde su casa en Pereira, el pediatra Víctor Ballén.

Esos ángeles, puntualiza de inmediato, fueron otros médicos que lo salvaron de una neumonía causada por el coronavirus -la misma que destrozó sus pulmones- y que hicieron de su historia un relato de solidaridad y colegaje, de amistades que surgen en los momentos más difíciles, de promesas que ahora podrá cumplir.

Víctor Ballén, en un repaso rápido, es un cucuteño de 42 años, padre de dos hijos y esposo. Es un médico pediatra que ha pasado los últimos años dedicado a atender a los pequeños en condiciones críticas en la zona del eje cafetero. Y es, por supuesto, otro testimonio que deja esta pandemia. Uno de tantos en lo que parece ser una interminable colección.

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Aun le cuesta trabajo hablar con fluidez. Carraspea de vez en cuando. Pero no se detiene. Hay mucho por contar de esa experiencia, “la más difícil de su vida”; como esa tormenta de pensamientos en un médico que se sabía infectado así no hubiese resultado de la prueba, como la preocupación de haber contagiado a su familia, como entender que el curso de su enfermedad empeoraba y que era inevitable ingresar a cuidados intensivos. Y sobre todo esos sueños de muerte de los que era difícil escapar en ese limbo que fue su coma inducido.

Víctor Baruk Ballén estuvo 13 días en una cama de UCI de la Clínica Rosales en Pereira, la misma institución en la que se vivió uno de los primeros -y peores- focos de contagio en trabajadores de la salud del país. Allí 110 personas, la inmensa mayoría profesionales y colaboradores, resultaron infectados. Y él fue el único que se complicó, a pesar de su corta edad y de no tener comorbilidades.

El pediatra había vuelto a trabajar en la Clínica Rosales en diciembre pasado. Este año, con el nacer de la pandemia, esa institución se volvió centro de referencia en el eje cafetero para atender pacientes con covid-19. Recuerda que entre las capacitaciones que hicieron colegas mencionaban esas estadísticas que se volvieron retahíla y que dicen que entre el 10 y el 20 por ciento de los infectados se convierten en casos graves. “Y nunca pensé que yo sería uno de ellos”, reconoce.

A pesar de las medidas de protección, que asegura siempre tuvieron, el coronavirus se instaló en esta clínica del centro de Pereira a comienzos de abril, sin que se tenga certeza aun de cómo sucedió. En una primera ola, más de 60 trabajadores dieron positivo en las pruebas, casi todos asintomáticos que fueron aislados.

Contagio en Clínica Los Rosales

Clínica Rosales, en el centro de Pereira.

Foto:

Alexis Múnera

“Fue un brote muy agudo. Los primeros servicios afectados fueron UCI de adultos. Al confirmarse el primer caso los profesionales asumimos las diferentes medidas de bioseguridad más estrictas y los protocolos de protección, pero cuando se trabaja en un lugar con tantos contagios asintomáticos lo improbable es no contagiarse”, acepta.

Preventivamente Víctor se aisló en casa. Le afanaba llevar el virus a su hogar, que es quizás la pesadilla a la que más temen los profesionales de la salud que están en la primera línea de atención. No dejaba de pensar en su hijo de 11 años, en su esposa Margarita y en su hija de tres años, a quien muy pequeña operaron por una cardiopatía congénita.

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“El 17 de abril, cuando me tomaron la prueba, estaba asintomático. Pero dos días después empecé con malestar general, un poco de tos, ambos muy leves. Según las cuentas llevaba 10 días contagiado. Hacia el 23 y 24 de abril comenzó una marcada dificultad respiratoria y el 25 mi esposa me vio tan mal que me exigió irme a la clínica”, recuerda.

Tenía oxígeno por cánula nasal y no paraba de toser. Decía máximo tres frases y debía parar por el ahogo. Pero lo que me derribó fue verle los ojos encharcados

-¿Cómo es no poder respirar? ¿Cómo describe esa sensación?

-Es un ahogo insoportable. Mis pulmones sonaban como un velcro que se cierra y se abre.

Camino al hospital, se cuestionaba. “Me angustié mucho y no por mí sino por mis hijos y mi esposa”. Ya en la institución en la que solía salvar vidas, lo recibió Óscar Pastrana, médico cirujano, intensivista y anestesiólogo. Era la primera vez que lo veía. Una cara nueva en ese centro que, por ser foco de infección, renovó todo el personal.

“Me mandó una tomografía de tórax y al ver los resultados nos dimos cuenta que yo ya no tenía pulmones, estaban completamente destruidos. Por evidencia clínica y radiográfica ya sabíamos que era paciente covid-19 sin que tuviese resultados de la prueba”, relata Víctor.

“Le pregunté: ‘Óscar, tengo una niña de tres, uno de once y una esposa, ¿tú en mi lugar qué harías?’”.

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“Recuerdo bien dónde fue la primera vez que lo vi: el piso 7 de la torre C de la Clínica Los Rosales. Una intensivista me comentó en la entrega de turno que iba a ingresar un colega, un pediatra. Yo me puse todos los elementos de bioseguridad e ingresé a la habitación. Víctor estaba acostado boca abajo. ‘Haciendo prono fisiológico’, fue mi saludo. Una mala entrada, reconozco, pero la verdad estaba muy nervioso”.

Quien habla es Óscar Pastrana, uno de esos ángeles que resalta Víctor en el inicio de esta crónica. Él también tiene mucho por decir en esta historia. Hace pocas semanas se había quedado sin trabajo en Ibagué -“por no pagar seguridad social adelantada”, dice- y decidió estudiar sobre ventilación mecánica en pacientes covid-19.

“Un amigo me dijo que estaban buscando urgente un intensivista en Pereira, en la misma clínica donde había visto que muchos colegas se habían infectado. Me contacté con las directivas y me presenté. Me gustó la oferta económica y me arriesgué”, argumenta.

Cuando recibió a Víctor llevaba apenas dos días de trabajo. “Se sentó en el borde de la cama, con la cara roja. Tenía oxígeno por cánula nasal y no paraba de toser. Decía máximo tres frases y debía parar por el ahogo. Pero lo que me derribó fue verle los ojos encharcados”.

“Luego me dijo: ‘yo soy médico de la UCI, pero de niños. No me tiene que explicar que me van a sedar, ni que me van a pasar un tubo orotraqueal, ni que voy depender de nutrición enteral y menos de lo prolongada que será la ventilación mecánica. Yo eso lo sé. Lo que quiero es que hablemos de la vida”, cuenta Óscar sobre un momento que califica como surreal.

Y sigue: “Yo con ese traje como espacial, la habitación sellada, casi no podía respirar y él diciéndome que habláramos de la vida. Ahí me di cuenta que los médicos sabemos de enfermedad, pero no de salud. No sabemos qué hacer cuando un paciente, en este caso un colega, nos pide ayuda para el alma”.

Lo peor del caso es que Óscar iba preparado para explicarle a Víctor un cúmulo de procedimientos por hacer y que indicaban su gravedad. “Lo más probable es que se fuera a morir, pero eso no lo podía decir. La escena fue durísima: un colega a punto de ser intubado e ingresado a UCI, con más posibilidades de morir que de vivir me pide que hablemos de la vida. A mí casi se me explota el cerebro, me quedé atónito”, insiste Pastrana.

Óscar aceptó hablar de la vida porque se podían ahorrar las palabras de rutina que, en este caso, poco ayudaban.

-“Te voy a intubar lo mejor posible, afortunadamente te tocó un anestesiólogo en UCI”, le dijo.

-“Hermano, yo le tengo un miedo a la intubacion porque eso duele mucho”, respondió Víctor.

Y luego, lo trascendental.

“Me confesó que hace años no habla con su papá, pero lo que más le dolía en ese momento era pensar que Margarita y los niños estuvieran infectados”, detalla Óscar.

Para ese instante, confiesa el anestesiólogo, ya se sabía que la esposa y el hijo habían dado positivo en la prueba. La otra pequeña, a pesar de haber convivido todo el tiempo con ellos, no. “Preferí no decírselo para no angustiarlo más. Solo le prometí que en caso dado yo mismo me encargaría de que los atendieran bien”.

“Cuando yo me responsabilicé del cuidado de su familia, él descansó. Se le sintió de inmediato. Su respiración se volvió más lenta”, recuerda.

-“¿Qué soñará uno mientras está sedado en UCI?”, se cuestionó Víctor.

-“Eso depende de los fármacos que usemos para la sedación y de lo que usted tenga en su alma, porque el cuerpo y las emociones mientras se está en UCI quedan anuladas, pero el alma no”, ripostó Óscar.

-“Le prometo que le voy a contar lo que sueñe”, soltó el pediatra minutos antes de ser sedado.

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Para intubar a un paciente orotraquealmente se debe introducir un tubo que viaja por la boca, la faringe, la laringe, atraviesa las cuerdas vocales, la tráquea -que es un área muy sensible- y llega a la carina, un espacio con poca opción de maniobra donde se bifurcan los bronquios derecho e izquierdo. Todo esto con máxima precisión para no afectar el habla ni dañar aún más los pulmones o provocar colapso hemodinámico.

Esto se hace con un laringoscopio, “la herramienta más poderosa del súper héroe anestesiólogo”, explica Óscar. Este instrumento se sujeta con la mano izquierda, se ingresa por la comisura labial derecha, empujando la lengua del paciente hacia el lado izquierdo de la boca. Con la parte curva de este aparato con forma de gancho o garfio se alza la cabeza desde la boca para iluminar todas las cavidades que luego atravesará el tubo orotraqueal.

El objetivo de todo esto es que los pacientes que sufren colapso en su función respiratoria por la neumonía que causa el coronavirus puedan recibir ventilación mecánica. A la fecha, buena parte de los 505 colombianos que han tenido que pasar por Unidad de Cuidados Intensivos por covid-19 han sido intubados.

Se trata, además, de un procedimiento de altísima complejidad, que solo pueden hacer profesionales especializados y que implica alto riesgo de contagio para quienes lo practican por la expulsión de aerosoles de los pacientes.

Y allí estaba el anestesiólogo Óscar Pastrana, listo para intubar a Víctor Ballén en su segundo día en la UCI de la Clínica Rosales.

Un día después de este procedimiento que resultó exitoso llegó la prueba del pediatra: positivo para coronavirus. Para ese momento Víctor ya nadaba en sus sueños de muerte.

Hoy, desde su apartamento en Pereira, el pediatra Ballén intenta detallar los recuerdos de aquellos días de ventilación mecánica y de recibir potentes medicamentos que ocasionan el denominado coma inducido.

“No había conciencia en ese momento, si acaso quién era, porque las drogas son tan fuertes que la realidad se vuelve difusa, se olvidan los aparatos y la enfermedad. Solo tenía pesadillas de muerte que duraban horas y hasta días. En ellas me intentaban asesinar y yo corría. Y en los pocos momentos en los que bajaba el efecto de los fármacos pensaba en mis hijos. Y en mi esposa. Y en mis padres”, describe.

Hoy supone que quizás esas pesadillas eran su hígado y su corazón fallando y su cuerpo dando la pelea. A Víctor le dieron hidroxicloroquina y esta le produjo una arritmia cardiaca que llevó a un neumotórax. “Mi pulmón izquierdo se llenó de aire y se reventó”, explica con frialdad médica, así se trate de él mismo.

“En ese momento el intensivista de turno llamó a mi esposa a decirle que estuviera preparada porque el pronóstico era muy malo. Era el día siete de ventilación mecánica, lo máximo que suele estar una persona en ese estado. Luego de eso se es susceptible de hipoxia cerebral, falla renal y otros riesgos de complicaciones”, narra.

Y ahí es donde aparece otro ángel, la intensivista Claudia Cardona, quien acababa de llegar de Cali a reforzar el talento humano de este centro médico.

“Mi cuerpo dio la pelea y mis colegas hicieron lo suyo. Tras 12 días lograron compensar mi sistema y me suspendieron medicamentos para salir del coma inducido. Fue el primer momento en el que se alejaron las pesadillas y cuando me di cuenta de qué tan mal estaba”, revive el pediatra.

Ahora, sereno, desde su casa, resume que por protocolo médico estuvo a punto de pasar por traqueostomía (un tubo por el cuello), por gastrostomía (una sonda al estómago para poder alimentarlo) y de que todas sus funciones vitales dependieran de las máquinas.

Recuerda también que al despertar de ese encierro corporal no encontró a su nuevo amigo Óscar, aquel a quien prometió contarle sus sueños.

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Luego de intubar y sedar a Víctor, Óscar se hizo cargo de cada detalle en el avance de la enfermedad. Lo puso boca abajo, conforme a la evidencia que indica que esa posición mejora el pronóstico de los pacientes con covid-19. No escatimó en análisis y alternativas terapéuticas para tratar a su colega. Se trataba de salvar a alguien que podría ser él mismo.

Con lo que no contaba es que pocos días después la amenaza del coronavirus se lanzó sobre él. Como había visto en tantos pares, inició con unos síntomas leves como dificultad para respirar y fiebre que llevaron a su aislamiento en el hotel Rosales, que queda exactamente al frente de la clínica.

Admite que le costó aceptar el hecho de no poder seguir dando batalla junto a otros médicos, muchos de los cuales hacían curso acelerado en cuidados intensivos. “Le recibí a un emergenciólogo de Cali que llevaba ocho días, 24/7, de turno, sin descanso. Como todo el personal se renovó, había muchas enfermeras jefes y terapeutas recién egresadas y médicos ayudando en trabajos que nunca habían enfrentado. Pero todos firmes tratando de dar lo mejor en esta contingencia”, asevera Óscar.

Para rematar, la clínica le comunicó con un mensaje en su celular que su contrato sería cancelado a pocos días de llegar, sin mayores razones, aunque él sospecha que fue por un trino que publicó sobre el doctor Víctor y que supuestamente violó políticas de confidencialidad. Debía cargar ahora con el peso de una cuarentena, de una posible enfermedad, de unas pruebas moleculares que no le hacían para descartar el coronavirus y de unos pagos de seguridad social que no desembolsaban.

Y claro, con la preocupación latente de qué ocurría con Víctor a pocos metros de distancia.

(En otras historias: La encrucijada de los mayores de 70 años en la pandemia)

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“Lo primero que hice cuando una parte de mi conciencia regresó fue buscar dialogar con Dios. Como si fuese una historia clínica, le expuse área por área de mi vida. Le pedí perdón por las cosas mal hechas y le dije que si me dejaba vivir le iba a dar los mejores motivos siendo el mejor esposo, el mejor padre y el mejor médico. Eso le prometí”, revela el pediatra Víctor Ballén desde su hogar, muy cerca de sus hijos que revolotean.

Víctor pediatra

Una imagen de Víctor durante su tiempo en UCI.

Foto:

Archivo particular

Justo el día de la madre dejó de estar intubado. Y estuvo una semana más hospitalizado. Trata de explicar su episodio y, de nuevo, acude a una fuerza superior.

“Como médico sé que era poco probable que sobreviviera, pero como cristiano comprobé la fe de Dios”, asegura.

A Él le agradece ese abrazo con su familia el 15 de mayo, que lo derrumbó como hombre. A Él debe ahora cumplirle su promesa, según dice.

No se olvida, por supuesto, de su amigo Óscar, a quien en pocos minutos le desnudó sus temores y le confió su familia.

No se han podido ver. Óscar sigue en el mismo hotel esperando que le hagan una segunda prueba (la primera dio negativa) y aguardando que la tormenta pase para recomenzar su vida.

Se hablan todo el tiempo, eso sí. Bajo el compromiso de un encuentro que salde para siempre esta amistad y selle esta historia de médicos que cuidan médicos.

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